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Mujeres en el penal de Saturrarán (y IV)

Según lo relata Josefa García Segret en su libro "Abajo las dictaduras"


CAPÍTULO IV
En recuerdo de vuestro padecer


El bullicio en el departamento a las horas de expansión era de franca alegría, unas y otras formando corro (mientras la monja no aparecía) con las de más simpatía, batíamos el cobre que era una maravilla. Cada agrupación, a las horas de recreo, se divertía lo mejor que podía; la belleza del concepto y la gracia en el estilo atraen los adornos que algunas poseían, y ello daba lugar a diversiones honestas, muy distraídas, que con toda el alma aplaudíamos, con nuestras risas medio axfisiadas para que no trascendieran detrás de la mirilla; jugábamos al parchís, contábamos novelas, chistes ocurridos en la vida de alguna, en los viajes; además de que las profesoras dedicábamos ciertas horas a la enseñanza. En fin, distraíamos el hambre y entreteníamos la imaginación de la mejor forma posible.

No decía ni un instante la moral, ni aún en los momentos trágicos de las pérdidas en la guerra, nacional o mundial; no nos veían las monjas con caras largas, gesto enérgico o impávido, figurando entretenidas, mientras la campana del penal de Saturrarán volteaba, celebrando las cogidas (las conquistas de nuevas capitales republicanas por los nacionales); o las monjas de Palma entraban fiscalizando nuestras fisonomías.
Y aquí me viene al recuerdo la primera impresión que recibí a mi llegada al penal, al hallarme ante una monja, alta, doble de figura y nada fea, que sin más preámbulos, al llegar a la celda, empezó a registrar mi cuerpo, palpándolo y luego ahuecando los vestidos, mirando el seno con ansia investigadora. Tal acto me produjo la impresión de encontrarme ante una de esas mujeres del hampa, de esas mujeres de mal vivir, que se disfrazan para cometer actos de gangsterismo. Instintivamente sentí repulsión, cuyo reflejo abarcaba a todo lo que aquella mujer representaba, porque aquella monja no hizo más que cumplir con una misión que le había sido encomendada por su superiora.

(...) Pero qué os importa a vosotros la moral? Vuestra moral consiste en taparos con unos sayones; en mirar, con la máxima negligencia, cómo se revolcaba la honestidad de las reclusas en la grosera impudicia al realizar esos actos ineludibles de necesidades perentorias, desalojando lo que en el vientre estorba, unas en presencia de otras, a veces ante todas las de un departamento en cola.
Despreocupación sin límites la vuestra, que tácitamente aprobaba tal descato a la decencia. En querer exacerbar la carnalidad de aquel hacinamiento de mujeres encerradas, obligando a escuchar aquellas pláticas, en la capilla, que estomagaban. en acibarar el dolor de los que vosotros llamáis enemigos, porque no hagan lo que vosotros deseáis. En hacer el alijo de los suminitros que os entregaban para sustento de las cautivas, cociéndoles luego un poco de vitualla en calderadas, bazofia, que al pobre estómago sumergía en baño María.

Cuántas vidas arrancásteis a la existencia con vuestra piratería. Cuánto dolor selló la muerte en el abandono de las enfermerías; si hasta la leche que les pertenecía la vendíais en el economato a las que más dinero tenían. Crimen, crimen execrable el que habéis hecho con tanta superchería.

Moderaos católicos, moderaos en vuestras ambiciones y... ganaréis más, porque esas monjas en sus conventos estarían mucho mejor que esgrimiendo tanta inmundicia lacerante en una guerra civil, que vosotros mismos levantásteis.

Claro que hubo ya en los primeros tiempos quien, por falta de civismo, fundándose en que había que distraerse más, infiltró la corriente de hacer teatro, ofreciéndose para la preparación y dirección del mismo, y era digno de ver entonces la monstruosa profanación del ideal con brillantes veladas teatrales, presididas por las autoridades civiles y militares del fascio, y a las cuales, invitadas, concurrían los representantes extranjeros, haciéndose cantidad de fotografías, en las que aparecía la población penal, cual si viviendo estuviera en el más espléndido edén de las delicias. Falsa cortina de flamante propaganda fascista, en la que la negación idealista de una y la inconsciencia de otras se envolvía, tapando de esas forma la cremación de dolor que en los penales se derretía.

"Mujeres, que rendísteis en el más completo abandono sin el aliento de un cariño, sin el consuelo de un corazón fraterno, vuestro último suspiro en las negras y frías losas de un presidio, sudario de vuestro lento sufrir, yo os dedico la esencia de libre pensamiento en recuerdo de vuestro padecer."

También en asturias republicana
Lista de las 172 fallecidas en el penal
Lista de las 172 fallecidas en el Penal de Saturrarán

Imágenes:
Imágenes encontreadas en GaliciaSurOeste
La autora Josefa García y su libro publicado en Vigo en 1982


NUESTRO PERIÓDICO

Montaña palentina: Belleza y Arte

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