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Setecientos treinta días



Froilán De Lózar




Desde la habitación donde ensayo las historias que me devuelvan al periódico, oigo la voz de mi esposa. Luego me contará que ha llamado a una amiga y que aquella le ha puesto en vilo el corazón con una historia de terror. Una de sus hijas fue atacada por un grupo de jóvenes a la salida del colegio. Cuatro o cinco jugadores de Rol que confesaron más tarde la oportuna aparición de su víctima. Casualmente pasaba por allí y como vieron en ella los rasgos exigidos, se dispusieron a sacrificarla. Menos mal que el padre de la joven, alertado por un compañero, llegó al lugar a tiempo para evitar su muerte, aunque no las heridas que conlleva salir a la calle y comprobar con impotencia que un grupo de gente a la que no conoces se dispone a romperte la vida para ponerle punto y seguido a un juego macabro.


Estos hechos me afectan, lo reconozco, y marcarán un poco estos capítulos. Estos hechos y saber sobre todo que ya no queda tiempo. El año 2000 es como un filón a punto de caer bajo la presión de nuestra incertidumbre. Puede que allí se colmen todas las ausencias, aunque tan grande es la pasión que nos consume, que muchas historias se quedarán por el camino: por la prisa, y porque lo estamos dejando todo para entonces.



Leo estos días en los periódicos que los pacifistas han quedado satisfechos por la respuesta obtenida a su campaña: “Espacios sin pena de muerte”. Apenas termino de leerlo y de sentirme un poco más tranquilo, cuando aparece sobreimpresionada en la parte baja de la pantalla la noticia de un nuevo atentado mortal de ETA. Qué importa que la mayoría te diga que es posible la paz, si la minoría te demuestra que lo de menos es la vida, que urgen más donaciones de cuerpos para reivindicar la injusticia que se ha hecho con los promotores de una coalicción a la que se añaden ramificaciones sin fin.



Cuentan que el filósofo griego Aristipo, discípulo de Sócrates y fundador de la secta cirenaica, iba embarcado a Corinto. Sobrevino una tempestad y no fue capaz de disimular el miedo que sentía.

Otro de los pasajeros, al observarlo, le dijo:
—Nosotros, pobres ignorantes, no tenemos miedo; en cambio tú, un filósofo, tiemblas.
—Ello se debe –contestó el filósofo– a que tenemos una vida muy distinta que conservar.


El pueblo tiene miedo. No es un temor que se vaya como ha venido. Ni servirán las manifestaciones para convencer a quienes nos atacan de que eso no se debe hacer porque va contra todas las reglas, ni servirán los lazos o la firma de libros. Son muchas las voces de repulsa que abogan a esas fórmulas para ganar la fe que están perdiendo, para tocar la sensibilidad de quienes permanecen inactivos, para que recapaciten quienes lo ven como una guerra, para que los políticos se unan de una vez por todas y para siempre contra quienes enseñen las pistolas o quienes las aplaudan.



Pero somos tantos, tanta es la violencia desatada, tanto amamos la vida que nos ocurre un poco como al filósofo Aristipo, nos atemoriza ese río de violencia que no cesa. Y a los actos criminales de tanta mente herida, se unen las tragedias particulares: el enamorado que se vuelve loco y mata a una familia entera, escenas de la vida rural que nos inquietan y sucesos diarios de matanzas viejas: maridos o prostitutas que fueron pasados a cuchillo y emparedados luego, muchachas secuestradas, niños vendidos, ancianos envenenados…

La vida es una película que muchos interpretan a su libre albedrío, sin importar lo que pase mañana: “Tú a mí me harás daño, pero yo a tí te mato”. “Yo iré a la cárcel, pero tú estarás muerto”.
Y son muchas las interpretaciones que se hacen después de los hechos, cuando ya nadie pueda devolverte la vida. Así nuestro debate pierda fuerza a medida que pasan los años y continúa cayendo lava encendida e incendiaria de nuestros volcanes interiores.
Shakespeare, el autor de Hamlet, dejó escrita una frase que bien pudiera servir para aplacar tanta impotencia: “El que va demasiado deprisa llega tan tarde como el que va muy despacio”.
Estamos soportando a diario la tragedia. Formamos parte de ella y sucumbimos como el dramaturgo inglés aventuró que sucumbía en su obra el hijo del Príncipe, en una espiral de ira, venganza y duda.
Ya sólo quedan setecientos treinta días, y mientras, descollamos la epopeya o como Machado repetimos “Todo pasa y todo queda”, o nos invade el miedo porque creemos que sabemos y no sabemos nada, arrimándonos con mucho disimulo a la barandilla y tratando de pasar ignorados por aquellos puentes, entre aquellos pobres que, tal vez más pobres que nosotros, extienden sus manos y ponen ojos de pregunta:
—Nosotros, pobres ignorados, no tenemos nada. En cambio, tú tienes un siglo por delante para seguir pensando.?




Cuaderno de @Froilán
De la sección del autor "La Madeja", para "Diario Palentino" y Globedia.

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