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Al partir un poema





Froilán De Lózar






Voy a permitirme, van a permitirme que hable hoy de los otros, de aquellos que lejos de los grandes medios de comunicación labran en silencio su poema.
Fue un poeta norteamericano, Henry W. Longfellow, quien aseguró que “muchos triunfarían en cosas modestas, si no estuvieran obsesionados por grandes ambiciones”. Y es verdad que las personas encuentran justificación a las cosas, aparentemente más insignificantes, cuando depositan todo su empeño en ellas, aunque a los ojos de los demás no tuvieran sentido y se les niegue de ese modo su valor —no sabemos si obedeciendo a ese asunto que se llama envidia o a ese defecto imprevisto que se llama impotencia.

Resulta que, cuando a mediados de los años ochenta me planteé la edición de una pequeña revista literaria, simulacro de algo que queríamos hacer bien y que no podíamos todavía, comenzaron a lloverme de todas partes mensajes envueltos en un poema; cartas, en su mayoría, de poetas que vivían angustiados con la idea de dar a conocer su obra para que otros les juzguen; que se rompa el triste efecto de no saber si el poeta nace o se hace, si sufre mutación o palidecen sus trabajos a medida que un editor sin nombre, con la duda en la frente, se dispone a llenar con la tinta de otros un espacio en blanco. Triste paradoja que uno mismo ha conjugado antes en propia carne.

Hace unos días, cuando el poeta de Mazariegos, José Mª. Fernández Nieto, abría su último libro: “Antología” (Cálamo), delante de Casilda Ordóñez y Marcelino García Velasco, yo me veía ya mayor, como ellos, repasando trozos de mi vida, reinventando mi historia, mostrándole mi libro de secuencias a Manolo Bores, a Jaime García Reyero y a Lola Villar, los otros poetas palentinos que me dieron su confianza, que me abrieron la puerta de sus corazones y me dejaron que estampara su nombre para hacerme yo grande a su sombra. Aunque fueron muchos más los que me acompañaron en aquel ejercicio...

Tuve la suerte de llenarme los ojos con autores tan buenos como el argentino Rafael Flores, autor de varios libros (editorial Orígenes, Madrid), que remitió además en prosa varios trabajos interesantísimos: un ensayo sobre Arthur Rimbaud, publicado en el número 21 (1986) y un extenso y documentado trabajo sobre “Los letristas del tango y su ambiente”, publicado en el Número 32. Posteriormente, los críticos del Norte de Castilla vinieron a reforzar mi tesis, elogiando la pluma de mi amigo y colaborador de aquellos años, y el diario “El Mundo” publicó varios reportajes suyos en el suplemento dominical. De Canarias me llegaba el aliento de un muchacho que puso voz y corazón a las palabras, Juan Manuel García Torres, colaborador asímismo del diario “El Día”. De Málaga me llegaba la voz de José Repiso Moyano, crítico del diario “Sur”. Desde León, una mujer, Azucena Modino Robles, atormentada con relatos como “Cárcel de almíbar para un pájaro viejo” (Primer Premio del Concurso Nacional del Santo Angel de la Guarda).

“Ya sé que te he robado el arcoiris,
y que vas a temblar en las noches de viento;
y que no estaré yo cuando te de la espalda hasta el último nieto.”
”Déjame, carcelera, puestas las alas.
Déjame ir a buscar gaviotas de cristal
en el suspiro alado de los lirios.
Quiero ser revendedor de amor
en el puesto morado de las lágrimas…
Quiero soñar, soñar y diluirme en ella
como una ténue sábana de saliva de orquídea…”

Desde Granada, el crítico Victor Córcoba (leonés de nacimiento y de mirada), doraba las palabras, como Mario Angel Marrodán desde Portugalete, con doscientos libros a cuestas, uno sobre Palencia al que en su día nos referimos. En 1988 Mario ingresaba en la Sociedad de Amigos del País. El proceso de acercamiento del escritor y crítico a esta entidad, que agrupa a famosas personalidades del País Vasco, se iniciaba en 1982, a propuesta de un grupo de escritores y amigos suyos, entre los que se encontraban Luis de Castresana (Premio Nacional de Literatura), Elías Amézaga, José Mª. Martín Retana y Rafael Osa Echaburu. Después, Mario fue un incansable colaborador de las emisoras de radio y televisión del País Vasco, y los pintores, a quienes siempre ha defendido y publicitado, le ofrecieron varios homenajes en vida, que es ya todo un triunfo.

La correspondencia me axfisiaba. Llegó un momento en el que me fue imposible contestar a todos. Tantas eran la ilusiones que aquellos hombres y mujeres desconocidos depositaron en una pequeña y artesanal publicación, que sus palabras de aliento, reforzadas por el constante fluído de sus cantos, me empujaban a complacerles más allá de mis posibibilidades, ahogándome en un mar de papeles, obligándome a poner el punto final a aquella historia en el momento cumbre, cuando llegaban frescas las palabras de aliento de Antonio Gala, los artículos de Raúl Guerra Garrido y José Fernández Castro, los trabajos del grupo de poetas manchegos, agrupados en torno al grupo Literario Guadiana y la revista Manxa y capitaneados hasta su muerte por Vicente Cano. El poeta de Argamasilla de Alba (1927), que aceptó mi invitación y entró a formar parte del cuadernillo “Promoción de Autores” del núm. 29, nos dejó fresca su siembra, y casi, casi, en aquella entrega venía vislumbrándose una especie de despedida:

“El hombre nunca sabe de dónde viene,
bajo qué estrella alienta,
ni que sima o montaña
le espera, allí, escondida
detrás del último horizonte.”

“Todo es dejar atrás sus purezas primeras
y la grandeza incierta de su historia
por sendas de fugaces resplandores
que llevan siempre al epitafio.”

"Me espanta ese sentimiento de que se aprende de la vida a medida que te estás yendo". Esta frase, pronunciada por la actriz Charo López viene a rebajar un poco la creencia de que somos mejores a medida que crecemos. Es posible que la experiencia valga un grado —como dicen— pero todos hemos experimentado en alguna ocasión la necesidad de ser escuchados mucho antes. Quizá por eso mismo, como Escarlata O’Hara, la protagonista de “Lo que el viento se llevó”, hemos ido dejando nuestros deberes para mañana, negados por una porción de incrédulos que interpretaron al revés nuestro anhelo. No queríamos protagonismo alguno, ni fama, ni dinero, ni bienes, ni reclamos, ni un sillón en la Academia. Que nos guarden, si acaso, como compensación, un lugar en el cielo, a espaldas de José Mª. Fernández Nieto, el de Rocamador. Como bien lo define la uruguaya Cristina Peri Rossi en uno de sus últimos trabajos, “La inmovilidad de los barcos”:

“Todo lo que he perdido
lo perdí a sabiendas
y lo que no gané fue por pereza”.

Lola Villar, compañera de aquellas “Crónicas del Jueves” en el diario “Noticias de Palencia”, que ejerce como abogado en Cervera de Pisuerga, fue la autora de un número completo y en la página central dejó su testamento al que me adhiero:

Por si acaso muero
no dejes que hablen
no quiero sermones
ácidos pregones
que enturbien mi paz.
Ni que me lleven a casa
que luego flota la mortaja
y hay sueños malos
que llegan al alba…
“No dejes que digan
que inventen historias
no les des la gloria
de hacerme feliz
cuando ya no es hora…

Alfredo Musset dijo una vez que “Poesía es hacer una perla de una lágrima”. Y Luis de Castresana, a quien dedicamos un amplio ensayo en el núm, 33, (hace pocos días lo rescatábamos en este blog), escribió que “El síntoma de un gran poeta es contarnos algo que nadie nos había contado antes”. Hace sólo unos días recibía el último libro del poeta burgalés Carlos Frübeck de Burgos, académico numerario de la Institución Fernán González, con numerosos galardones obtenidos dentro y fuera de España, quien muy acertadamente utiliza la dedicatoria de su libro para extraer el título, o al revés: “Escribiré versos hasta que me muera. Todo lo demás no vale la pena.”
Quedan muchas historias. Quedan por citar muchas personas a las que recuerdo con cariño, que tanto me dieron sin pedir nada a cambio. Porque, sí, yo les cubrí un papel en blanco y lo eché a volar luego por el mundo, pero ellos me fueron llenando con su esencia y a ellos les debo buena parte de esta vitalidad que muestro.




Cuaderno de @Froilán
De la sección del autor "La Madeja", para "Diario Palentino" y Globedia.

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