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Las obra en persona de Luis de Castresana

Reposan sobre mi mesa de trabajo un centenar de cartas y colaboraciones que llegan desde todos los rincones del mundo. Dos veces he leído este trabajo de Marrodán, o "el rayo que no cesa" -como acertadamente Luis le denominara en una de sus crónicas dominicales. He degustado la última novela de "Luis de Castresana", editada después de su muerte por "El Correo Español" y, en definitiva, afirmo con nuestro crítico que, en esta tierra nuestra, lo único que prima es la zalamería y el entusiasmo o la ira de la crítica. Pocas veces, muy pocas veces se hace justicia. Por eso se nos encoje el alma, arrinconamos el bolígrafo y cerramos los ojos. A los autores no se les ayuda, no se les abre un camino. Que todos no pueden llegar, ya lo sabemos; es normal y hasta parece necesario, pero queda demostrado en esta historia que Luis de Castresana nunca llegó al lugar que le correspondía. Y Luis no fue un autor cualquiera.
Froilán de Lózar


Mario Angel Marrodán
Tengo el gusto de dedicarle estas palabras de amigo a Luis de Castresana Rodríguez, porque también las estarás escuchando. No sé, querido Luis, si puedo estar a la altura en la que tú estás ahora. Permite que utilice bien estar dispuesto a decir de ti aquello que mereces, algo que me gustaría fuese similar al modo cuidadoso que tenías de elegir adjetivos e imágenes.


La duda es el signo del mal escritor, sobre todo cuando se compara al auténtico escritor que tú fuiste... por eso, te pido me eches una mano pues la necesito, al tiempo que te confieso mi temor a no quedar bien con el verso de Borges:"Estoy solo y no hay nadie en el espejo".

Luis era un hombre sin énfasis, por eso no aceptó cargos políticos. Luis no era enfermo de hospital, pues para una vez que estuvo en él... Luis fue el sembrador, pero de secretos de confesión. Luis fue el amor más favorito de Carmenchu –su mutua primavera– y el amante ocasional de otros sucedáneos juveniles que transitoriamente la sustituyeron. Sus nombres pasajeros no hacen al caso, pero sí el de Carmenchu, su centro sentimental, su cordón umbilical perdido, su "amorchu", el nombre propio de su vida y con quien en muerte reposa recogido en el cementerio más alto del mundo. Así, pues, Luis tuvo en Carmenchu al gran amor de su vida, así lo era para él y así lo declaraba, "lo mejor que tenía y Dios le había dado". Cuando ella se terminó, se terminó él.

Luis admiraba como lector –y se consideraba discípulo– de Shakespeare ante todas las joyas literarias, a quien leía en inglés y de Husley... Del Quijote hablaba muy bien, pero todavía mejor de Dovstoievsky. Luis estrujaba a manos llenas el zumo de sus personajes. ¿Por qué?. Porque los conocía en carne y hueso. Porque les dio la vida. Porque eran él mismo. Luis era aquel ser que ante la crisis de la civilización te hacía un favor entregando ternura. Luis, –tan menudo de presencia, tan catire que su madre con cariñoso instinto le llamó Luisito– era más grande que una ciudad. Luis–Bilbao, o sea, persona más ciudad. O persona más que ciudad. Haciendo honor perseverante a la honradez más personificada, Luis era la persona honrada más dotada de sensibilidad como superdotada de sentimentalismo. Luis fue para mi el prototipo del exquisito afecto y os declaro solemnemente que tratarle fue un favor especial que el Cielo me hizo. Luis –al que conocíamos bien, aunque no era nada fácil conocerle bien– se nos ha ido para siempre hace unos años a esos otros mundos de los que apenas conocemos algo. La figura de Luis de Castresana impone. Impone respeto. Vista ya desde el recuerdo se asemeja a una comunión con la ausencia infinita, a una conversación con el amigo ido no se sabe dónde, a un rosal marchito, a una aurora en la fama, a una voz en silencio, a una llave perdida en el destierro. O aquello que él más repetía en sus escritos, casi obsesivamente: a una huella digital. A una huella digital puesta nada menos que en el corazón, que lo tenía grande, enorme, además de magnánimo, generoso, y que de tanto repartirlo por eso se le paró. Si alguna definición cabe en Luis, para mí, puede ser ésta: el Novelista con mayúscula. Luis de Castresana o el don de la amenidad. De cuantos he leído, y son demasiados, Luis era el novelista que tenía ínstinto y manifiesto el secreto de la amenidad. Ameno en la plática, en la dicción oral. Ameno en la escritura, en la observación, en la anécdota, en la psicología del personaje. Profundo conocedor del tema a narrar, se volcaba en él como un diestro de primera en el coso taurino: con arte, con dominio, con estudio del terreno, con exigente sabiduría, con seguridad, con nitidez, con plenitud de gran faena. Lo que pocos escritores, estaba dotado por naturaleza de un primoroso estilo, de un gracejo sensible e inteligente escribiendo. Sus relatos tanto estremecen como nos hacen seguir el hilo narrativo con la expectación suficiente como para no dejarlos de la vista, al fin cualidad de buen novelista, porque Luis tenía un acabado: el de entenderse tan bien...

El autor de "El otro arbol de Guernika" aparte de gran valor literario, fue compañero dilectísimo y amigo entrañable y fraternal en almas como la mía que necesitaba de intimidades y asesoramientos para ponerse tranquilamente a salvo, del que tanto aprendí, ya de vida como de literatura, de experiencia como de consejo; del que, del mal, el menos, o menos mal, nos queda la obra entera, hata la póstuma "El sembrador" que acabo de leer, de la que luego hablaré un poco y que me parece, si no la mejor, sí su novela más moderna. Nos queda esa obra entera de novelística consagrada y de articulismo singular de su pluma perfecta y acabada, de su atinada pluma. Muchos años de pluma y unos cuantos de pincel. Junto a ello, a posteriori, en póstumo recordatorio, estos cordiales homenajes que le van llegando hasta nuevo aviso, esta oportunidad que se me brinda de hablar de él como ocasión vinculante que me lo trae al recuerdo físico y a la memoria anímica porque yo quería a Luis sobre todas las cosas por lo sincero que era, , de los míos, de los de "al pan pan", y por la buena persona que también era, estimación que en vida se la tuve, en directo, con mis propios hechos personales, al igual que él a mí con los suyos. Como mi adios a un corazón cansado de vivir que se paró de sopetón cuando nadie lo esperaba, pero que su dueño deseaba -según última confesión que me hizo, casi a título de intimidad sacerdotal, y que yo temía que llegara. Pese a ello, por ello, por mor del temor, el impacto que me produjo el amigo que se nos fue, que se me fue, hizo que mi llanto espontáneo cuajara en fúnebre soneto escrito con el llanto que va desde Ugarte a La Arboleda, cuna y sepulcro castresianos:

Desde lo más profundo de la vida
llega una realidad, la de la suerte.
Se hace extraño el pensar nunca más verte,
pero la cruel noticia está ofrecida.
Suena un dolor de musa compungida.
¡Qué diferencia la de este ser inerte
a aquel que era con dichosa suerte
pericia y don de pluma trascendida!
El poeta le dice adios al muerto,
ya en la novela del misterio yerto.
Se fue el maestro y queda sin abrigo
tu alma a solas y mi alma triste.
Has vuelto a tus orígenes, amigo.
Descansa en paz porque lo mereciste.

A veces, cuando la anécdota tiene categoría, como mejor se puede conocer a un hombre destacado es a través del anecdotario de su vida. Por sus anécdotas le conoceréis. Aquí traigo unas cuantas, en su nombre, sabiendo que las vas a acoger como auténticas y permitir decíroslas con una sonrisa. La gran deuda de Bilbao a su escritor más típico, al mejor cantor de sus excelencias, al más legible y entrañable, a su intérprete cívico y emocional, fue a última hora uno de los grandes disgustos que le mató. Luis quería liquidar a uno de sus personajes de un proyecto de novela fallida con cianuro, pero el cianuro se lo dio Bilbao a él. Bilbao, y nosotros, dentro de ese unamuniano enfoque del mundo, como un Bilbao más grande. Cianuro del abandono a hijo tan necesitado de favores, de la incomprensión pese a los alardes triunfales de la grandilocuencia heredada de Don Diego. A última hora, Bilbao –repito, y nosotros con él–, no supo, o no quiso, corresponder al hijo como debiese y que debiera estar en la nombrada del rol de los predilectos no le devolvió el fervor filial y el amor bilbaíno que el escritor le demostró. Hasta el punto que pienso con sensatez que esta deuda de ingratitud –en mi vida he visto a una persona tan sola y tan deslaentada, malviviendo en su soledad y desaliento, como al último Luis–, esta deuda de ingratitud, fue uno de los más graves disgustos que le llevó a la tumba. Luis fue en Bilbao mucho Concordia, eso es bien cierto, pero no toda la Concordia de Bilbao estuvo con Luis.
Ahora que proliferan como los hongos los amigos "post mortem" de Luis –a los cuales acuso aquí de su alardeo gratuíto y vanagloria, porque no lo fueron, o si tantos amigos lo fueron y tenía, bien pocos lo demostraron correspondiéndolo. Comportamientos de mucha mentira y más engaño: siempre me tenía dicho y repetido que para contar a sus amigos actuales le sobraban dos dedos de una mano: a mí me confesó quiénes éramos los tres.

Luis me contaba que, el hijo de un pintor vizcaíno actual, pintor que le proporcionó estudio cuando Luis también pintaba, en el Casco Viejo, y en el que curiosamente estuve muy pocas horas antes de derrumbarse pasto de las llamas, no aprobaba la asignatura de matemáticas para pasar a COU, dándole una importancia de catástrofe, cuando se lo decía a Luis, que con ironía me comentaba, comparativa y trágicamente, tener un hijo incurable y rematadamente loco.
El famoso busto que acordaron hacerle el Ayuntamiento de Trapagarán y el Escultor Borlaf para una plaza pública de su pueblo, no se pudo conseguir por la habilidad del novelista. Daba largas al proyecto diplomáticamente, según costumbre; no decía que no, pero no quería posar en vida... porque Luis sabía perfectamente que era un hombre que iba para estátua.

El mismo día que asesinaron a Carrero Blanco emprendimos ambos viaje en coche a San Sebastián acompañados del editor Retana. Nos enteramos de la noticia en Donostia. Ellos pudieron pasar la frontera a Euskadi Norte donde iban a hacer unas gestiones, mas a mí me lo impidieron los gendarmes, no recuerdo si por mi aspecto de sospechoso aquel día, o por problemas de salvoconducto, pero aproveché para corregir galeradas solitarias en la Bella Easo al aire libre y campechano de mi ·Guía Lírica de Vizcaya", que en compensación a la prolongada espera de un poeta de provincias convertido en Job me fuera espléndidamente prologada por él.

Luis rendía culto de creyente a los favores recibidos del Espíritu Santo y los pedía o agradecía en los anuncios de prensa. Nunca supe por qué tanta ingenuidad en él, aunque se explicara con argumentos que no eran capaces de deslumbrarme, y mucho menos, de convencerme. Recuerdo que empleaba una oratoria suculenta y de conversacion bien dotada, muy bien trenzada, pero mandaba el corazón más que la razón en ello. Creía y esperaba siempre en que se le iba a abrir una puerta, pero seguramente, como eso no llegaba, se la reclamaba al Espíritu Santo, que, dicho sea de paso, nunca le otorgó ningún favor ni ninguna gracia especial.

Hablar del humano anecdotario de Luis supone por mi parte recordar el viaje y presentación del Padre Barandiarán en su Ataun, cuando observé se estimaban y mutuamente se reverenciaban. El que su madre fuera vecina y tan amiga de la mía. Sus escritos tan generosos en torno a mi persona y a mi obra, exageradamente bonancibles pero con un fondo de ejemplar catadura a lo que yo hacía. El pedirme consejo y asesoramiento para cómo matar -con tiro, veneno o navaja- a un personaje de su cuento: tal vez, pienso, ?no me lo decía por él?. El cordialísimo encuentro en Madrid, en el "Café Gijón", antes de su vuelta definitiva al Bocho, considerándome, ante Gerardo diego o García Nieto, Umbral o Azcoaga, López Anglada o Jesús Fernández Santos, como embajador de la última y mejor -recuerdo sus palabras- poesía vasca en castellano. Así lo dijo él allí, y de allí salimos para festejarlo. Su obsesionante manía de pensar en la muerte, de quererla para sí, de acostarse en la cama y no amanecer más. Era patética de expresión cuando esto decía, convicto y obsesivo de ello pese a mi verso contestatario con que le interrogaba: ?qué sería de nosotros? ¡Si el mundo no despertara de esta cárcel nocturna!. Comprobé que Luis quería morirse -morirse de verdad y no de tanto repetírmelo cuando le ví por última vez- al haberle podido proporcionar la versión al lituano de uno de sus cuentos más destacados incluído en la excelente Antología hecha por mi amigo Bruno Dovydaitis y conseguida ex-profeso para él, aunque le produjera cierta curiosidad verse en tal extraña grafía -hablo de la última vez que le vi allá en su piso de Begoña, desde donde había oteado tantas veces esa imagen crepuscular de la niebla de la Villa que ahora ya tocaba con evidente agonía anímica y en la que quiso dormirse y apagarse para siempre sin corona de laurel.

Por eso me solidarizo en la protesta con su sobrino José Luis cuando los aduladores le dieron la espalda, los injustos atacantes pretendieron desplazarle del envidiado lugar ganado en las letras, los editores judaizándose en las arcas a su costa, los estamentos oficiales ignorándole e incomodándole, protesto -aunque ya sin remedio- contra cuantos ocasionaron el precario estado de su época negra.

Los vizcaínos no sabemos pagar bien a quien lo merece y necesita, a quien nos ama. Castresana sentía lo bilbaíno con especial clarividencia, puesto en evidencia de una manera apasionada en las certeras y bellas páginas que escribió. Luis era resuelto y afectivo, interlocutor válido para ennoblecer a la humanidad frente a la mentalidad social conflictiva, pervertida. Sus medios de expresión han creado personajes que mantienen una comunicación ejemplar y vital con los lectores en los que la penetración psicológica del gran novelista carga de interés y amenidad, fuera del alcance del reposo de lo que fuera un largo caminar del escritor, caballero en el saber tratar, señor en el escribir, hombre de pipa, tertulia y vértigo de Menniére.

Aunque para Manfredo Tafuri criticar es "recoger la fragancia histórica, someter a éstos a una rigurosa valoración crítica, descubrir sus mixtificaciones, valores, contradicciones y dialécticas internas y hacer estallar toda la carga de sus significados", la mía sobre la novelística de Luis de Castresana es más simple, quizá porque no cabe en esta oportunidad todo, o porque un día, tal vez, la desarrollé ex-profeso, mi crítica es, entonces, sinónimo de trabajo, de profundización en el corazón palpitante que ha captado en toda su plenitud una trama, matriz y original, una problemática temporal de los esquemas lingüísticos locales, un pilar de reflexión y una actitud de novelista a título privilegiado.

Su poder de fabulación le llevó a imaginar una novela de corte religioso sobre la Leprosería en el Extremo Oriente, "Nosotros, los leprosos", del año 1950, tan excasamente conocida como poco difundida, que ha pasado a la categoría de novela rara y ya de joya bibliográfica y que acabo de conseguir providencialmente en un mercado de libros de lance. Ahí narra y resuelve las vicisitudes de la lucha de una sociedad problemática conocida de "visu" y de "facto" en sus tiempos de corresponsalía, bajo la influencia de un ambiente sospechado y de una enfermedad, "la lepra", si apenas conocida o medicamente superada desde el salpicamiento humano de esta plaga de entonces, dando pie al autor para construir una de sus novelas -por eso la cito destacadamente aquí- más extrañas, complejas, simpáticas, crudas e impactantes, del ámbito del misionerismo católico pero de tendencia realista, sobre todo en su narrar descarnado del mal de los leprosos, de sus ínfimos habitáculos y de sus carnes de despojo, con la interrogante del abrazo de la moral y la literatura; es decir, de la ética narrativa, a cuyas tierras lejanas relató en correcta y sugerente ambientación. El autor escribe la novela histórica del Padre Damián de Vaeuster, misionero católico, transmutado en el leproso blanco Hans Freugel, que va dando testimonio de la vida en la leprosería de Kalamao, isla de Molokai, cuáles son sus alojamientos y qué síntomas presenta la enfermedad, narrando todo, desde el comienzo hasta el fin, sin ocultar nada en absoluto. Todo cuanto ha vivido aquí está, porque se cree obligado moralmente a ello.

Otra faceta literaria a destacar en la obra personal de Castresana es el apego que tenía a la biografía, tan históricamente novelada y observada, que se le debe considerar tan pleno de aciertos hasta decir abiertamente que tenía ínsito el arte de la biografía. Las vidas y entramados de Dovstoievski (por el que sentía predileción especial, sobre todo por los hermanos Karamazov), de Catalina de Erauso (que la entendió, captó, interpretó y justificó como pocos), de Iparraguirre (santo de su devoción vasca), Rasputín (un personaje de novela de intriga), o el Padre Pío de Pietralcina (una biografía excepcional) están dirigidas al gran público, al lector medio, al que gusta, al que goza de la sencillez y de amenidad, valores dominantes que ante nosotros se agitan como aventuras noveladas. Si los hechos pasados presentan múltiples enigmas, nuestro novelista no cedió a la tentación de relatar conjeturas, que el lector sigue con hambre de sucesos y descripciones. La mayor virtud de sus biografías era ese suguir los pasos del biografiado por encima de dramatismos innecesarios. Sus pasos van por el humo humano por encima de los documentos. Nos acerca a los personajes con una curiosidad tal que nos hace conocer sus remotas posibilidades en aquellos confusos periodos que él interpretaba a su ley literaria para presentarnos una vida en una agitada novela, o una vida agitadamente novelada.

El mundo y su obra, que ha sido tan concienzudamente estudiado por Jacinto Ariño, revela cuanto como hombre, como escritor, por sus raíces vascas, por su entrega al alma y al pasiaje nuestro, al pálpito de lo que se ama, ha ido dejando como una estela de recuerdos, narraciones, meditaciones y otras croniquillas en todas sus obras, las mejores y las que no lo son tanto, con sabor vasco, con regusto vasco, los aspectos varios de su rico repertorio de lo de aquí -capital y provincia, región y país- como transmisor de mensajes y portavoz de las esencias emanadas de la tierra por la que fue poseído.

Como pintor prefiero no destacarle, porque nunca destacó en arte el que quiso probar suerte, una especie de fortuna de capeas, armó un revuelo en las notas de sociedad bilbaínas de aquellos años, rompió su caballete cuando comprendió que lo tenía que romper, vendió sus tubos al mejor postor cuando más lo necesitaba, quedan sus cuadros en manos particulares y pinacotecas, más por curiosidad que por invención, pero tampoco es menester censurar o minimizar al novelista consumado que se metió a los flirteos de pintor autodidacta como de rondón, hizo una pintura literaria, aunque esta correcta definición nunca le gustara; cambió la pluma por el pincel, jamás se arrepintió de ello, e hizo bien. Tuvo una sana experiencia con el óleo y un buen día lo aborreció para nunca pintar más. Había llegado con estrépito a la pintura. Se fue de ella sin avisar a nadie.
Aludo ahora al bello soneto de Blanco White en que aborda las posibles impresiones de Eva y Adán ante la primera noche de su vida que se parecía al destierro del endecasílabo de Leopoldo Marechal "con el número dos nace la pena", cuando vieron cómo se desvanecía el día y con él desaparecía la luz, situación en la que ambos, Luis y Carmenchu, como Tiresias ante la diosa Atenea, los imagino mientras los rememoro...

La novelística castresaniana es una suma de ausencias y recuerdos, tratados fundamentalmente con aspectos literarios en los que el acercamiento al tema es pilar básico para que su novelar observe. A este novelar suyo lo forja a base de concebir vivencias aportadas por una fuerte personalidad en el arte de escribir, que es en él, el arte de describir, y, aún más, el arte de descubrir.

Lo que significa el escritor de Bilbao -como ha sido llamado- está claro en un punto: no haber sido un escritor provinciano. Sus novelas son tribunas donde explorar lo universal a través de lo local, trascendiéndolo, elevándolo, superando el estado infértil de una ciudad empequeñecedora. A esta ciudad de habitantes desconcertados le queda el reflejo de su carácter, de su idiosincracia narrada de forma distinta, de su atmósfera de edén y cárcel, en uno de sus escritores, poco y mal leído, que amó a la tierra en que nació y vivió, en la que se sintió a veces feliz y otras no tanto, y en la que se plantó como si fuera un árbol. Estaba tan orgulloso de haber nacido en ella, como nosotros lo estamos de él.

Lo que significará Castresana en el mundo de la literatura no creo que sea el vagar de un pájaro solitario. Uno de los más grandes novelistas que ha dado Euzkadi al mundo, no puede rodearse de incomprensión para que vivan sus libros fuera de casa. Ni una implacable destrucción podrá asolar la aparente simplicidad del lenguaje de sus novelas. La calidad narrativa y la capacidad del entendimiento del instinto humano quedan como motivos fundamentales para pervivir su nombre. Lo aleatorio no puede ser su futuro. Ha muerto un gran narrador. Ha desaparecido un ser humano poco corriente, nada corriente, que para que el haber de su obra funcionase en el futuro, no precisó de trepar o de pasar la mano zalamera por el lomo de la crítica o de expandir oportunos telegramas de adhesión, o de animarse a dar incienso al poder. Su figura de novelista independiente y responsable, va más allá que la pretensión de haber sido atrapado por la gloria y el dinero. Está claro que, por méritos, el sitio que le corresponderá será más destacado que el ofrecido en el llamado "serial de vanidades literarias".

Ahora me impongo la tarea de releerle, a modo de homenaje. Aún tengo ánimos para sacar sus libros de la estantería o tratar de conseguir los ejemplares desconocidos, los de mayor rareza. Se fue el hombre arrancado de las entrañas y al que no veremos ni oiremos más, pero su talento literario y su experiencia vital quedan en sus libros. A ellos me acojo, no como penitente, no, sino como un consuelo de percibir al autor como cuando estaba presente y escribía.

Se ha dicho de Castresana que fue un escritor de raza, de la raza del País Vasco. Su oficio de escritor conllevó una forma de vida. Vida en la que para él siempre ha sido domingo : Hasta el punto de que en el último artículo de colaboración en prensa que escribió se despedía para reanudar la historia en este punto el próximo domingo, que no llegó. Estoy convencido de que, de cuantos galardones obtuvo, por muy importantes que fueran, el más importante, el que mejor le encajaba, era éste: "Premio Nóbel de la Amistad".

Hablando de todo un poco, como deuda de gratitud contraída con él, que escribió para nosotros y dedicó páginas inolvidables que van desde el Bocho a los montes de hierro, desde la Ría al Casco viejo, desde el Roble de Guernica hasta el escritor con alma chimberiana, quedan pendientes -por lo menos- las realizaciones de estas tres cosas: una casa de recuerdos, un Museo Castresiano y la puesta en marcha de su estatua en su pueblo, o en la misma aldea ugarteña que le vio nacer y que yo lei así:

Un barrio llamado Ugarte:
donde se inician caminos
encartados como vinos
que sorbes para encartarte.
Rincón del que forma parte
compañía muy humana:
Allí nació Castresana,
le piropea una calle,
la calle que le engalana
a San Salvador del Valle.

Y, por último, una Asociación de Amigos de Luis de Castresana, levemente insinuada, en la que tengamos cabida todos cuantos lo fuímos de él, los lectores que le veneran, los conocidos que le recuerdan y los compañeros de Letras que le amamos, comprendimos y reverenciamos.

El novelista de Bilbao -como Cornelius Jansen, el sembrador-, desde un principio caminó con paso firme, con el paso decidido del hombre que sabe dónde va y qué quiere. Carrera literaria en Madrid, consejos de Don Pío Baroja (no olvidemos el don cuando se refería a él), premios nacionales, viajes de corresponsal por Europa y Oriente Medio y el vivir malamente de la pluma con un bagaje particular de millares de artículos, colaboraciones y prólogos, guiones de película y espacios televisivos, alguna que otra obra de teatro en colaboración, unos cuantos cuadros, algunas secretas poesías y treinta y tantos libros andando por el mundo. Pero, sobre todo, un hombre que hace posible lo imposible: dedicar una vida a la escritura a través de una dedicación únicamente rota , más que por el desgaste de los años, por la incomprensión de alrededor que le hizo -pese a las apariencias- el gran olvidado de su tiempo.

Nuestro novelista sentía una antigua devoción a lo que más le unía: la psicología de la narrativa, esa especie de estratagema con que atenazaba a los personajes creados por él, movidos con una tempestad de interrogantes en su cabeza, en base a preguntas que queman como una llama, puestas en actitud meditativa como aquel inimaginable adulterio de laboratorio. Bien claramente manifestó que casi todos los seres humanos somos extras de una película. Pero esta crítica social no daba la espalda a lo que un escritor necesita: la libertad de espíritu. O sea, ese eje que se hace bandera con que remover las conciencias de los lectores a través de las lecciones de humanidad que dan los personajes de la fábula. Dueño de una pluma acortejada, segura, reposada, cortante, personalísima e inconfundible, nunca contradictoria ni dada a sumisiones ni a hostigamientos, sí amena y brillante, sin afán de agredir sino de mostrarnos un interés creciente y fehaciente por la vida, esta especie de creación de amor y desamor tan dada al conflicto que un narrador de historias como él ha puesto en nuestro camino como su más auténtico testimonio narrativo.

Recorre uno con amor y hermanamiento sus novelas -como él hacía pateando los viejos caminos mineros, justo encima de su pueblo-, por las que se va el alma frutal, férrea y lírica, acariaciada por la mano del hombre que lo lee, ascendiendo como él ascendía al verdadero balcón de Vizcaya, el de la Reineta, para conocer la psicología sustancial de su identidad telúrica de hombre escritor en el que se mezclan el monte y el valle, la mina, la fábrica y el caserío, las altas cumbres y los campos verde esmeralda, la razón de ser del hombre que echa raíces y se planta como si fuera la razón de haber crecido árbol.

Lo que era Luis nos lo dejó él mismo claramente testimoniado:
"Creo que he escrito y que he vivido demasiado deprisa".
Por eso decía, nos decía, que "llega un momento en que todo hombre -y más si es escritor- necesita depurarse, remansarse, mirarse ojos adentro". A poder ser -añado yo- acompañado de una pipa inacabable, despreocupado e irónico..Luis fue, con su acendrado bilbainismo, un enamorado de Bilbao, falto de solidaridad humana por los demás pero rico en tiempo.

La obra literaria castresaniana es como una panorámica totalizadora, como una abarcadora cosecha en la que se aúna armoniosamente el biógrafo, el narrador, el articulista, el cronista, el imaginativo, el ensayista, el humanista, el conversador, el artista.... Esto es y todo esto da cabal idea de que Luis de Castresana fue cualificado exponente en los campos de la Biografía, de la Novela y de la Literatura, con especial resonancia por una de sus novelas, la más conocida y aquella que le dio más fama. Atento a lo que llevaba dentro de argonauta para navegar por los mares de la vida con linaje vasco, supo conectar con el hombre de carne y hueso prestándole atención en la medida en que buscó al hombre de mala prensa atendiendo en su producción a procurar para él la pasión ética como padre, el sentimiento de tolerancia como amigo, la gran valía como esposo que no estuvo para tafetanes, la coherencia como ciudadano, la nada corta expectación como particular, el amor más profundo a su tierra como vasco, el proceso de desangramiento espiritual como trabajador de la pluma, la descripción precisa como autor y la suasoria clarividencia como escritor hecho catedrático de la gran Universidad de la Novela.

En su autorretrato poético, Castresana tras una patética comunicación consigo mismo, que supera los meros escarceos líricos para convertirse en un poema lírico consumado escribía poesía para sí mismo: una treintena de poemas con una forma de adentramiento íntimo y que debieran recogerse en libro. Ese título de "Hombre ante el espejo" al fin de cuentas no era sino una forma de autorretrato:

Soy un superviviente de mí mismo,
cansado (y casi avergonzado)
de no estar muerto ya.
¡Por Dios, Luis, la obsesión te era tan clara que lo anhelabas ya!
Lo que ha de ser
será.

Así ha sido, después de declararnos patéticamente sobre la vida y la fatalidad de tu destino, nos susurras al oído tu más sincera confesión, cuando estabas en escena en el gran teatro del mundo y sabías que:

Un día haremos mutis,
con alivio o con pena,
y otros ocuparán nuestro lugar.

Pienso, Luis, que no, que tu lugar no lo ocupará nadie. Aunque él insistía con el verso:

No quiero nada, no ambiciono
nada (sólo un poco de paz). Camino
sin rumbo fijo. Voy
no sé adónde. Pongo
mi vida
en manos del destino.
Lo que haya de ser
será...

Aunque no te sabías poeta, sentías en poeta, al menos a juzgar por estos versos que duelen, que hacen estremecer y te apostrofan en la última esclavitud de tu mente atormentada y sobre todo que impresionan, que emocionan (al fin de fines, el "leit motiv", los supremos valores del por qué y el para qué de la buena poesía).

Cuando pienso atormentadamente en le vacío que nos has dejado Luis, cuando con emoción física veo sin ocupar su puesto en el café, pienso cosas así: ?Qué autoridad tengo yo para ocupar un puesto de comentarista de los ecos de tu mensaje? Por qué no me dices que ahora estás contemplando lo que no pudiste ver entre nosotros: la luz, la verdad y la belleza?. Te siento respirar en el recuerdo; pasaste de citar en tu bibliografía títulos de libros de los que debiste quedar arrepentido; fuíste tan bilbaíno como el sirimiri o el Nervión; dominaste tres idiomas pero la calificación más sobresaliente la obtuviste en la asignatura del amor; escribiste tu "Otro árbol de Guernika" con la única receta provechosa del escribir de una manera natural, como formando parte sustancial de tu identidad. Ya no escribirás más relatos dolientes ni sonreirás pudorosamente y hasta de modo irónico; la sencillez y la claridad, adobadas con la solemne calidad fueron tus dotes de escritor. ?Por qué, tus cuadros, cuando pintabas, eran lúgubres y tristes?. A una edad todavía pronta para morir, tus 61 años fueron de culta inquietud, puesto el corazón por delante de tus vivencias personales. Hablar -seamos sinceros-, escucharte, era una auténtica gozada; su suavidad de trato encandilaba, lo mismo que el humor salía de sus ojos compasivos; la Providencia me evitó el amargo trago de presenciar tu muerte. Al evocarte pienso que eres irremplazable, aunque en los vaivenes de la literatura quedes como un interesante elemento de consulta. Tuve el honor y el placer de conocerte a fondo y por ello me ganaste para tu causa de amigo, de amigo de tus amigos; como defensor que fuíste acérrimo de la franqueza, hablabas sin dobleces, aunque eras comprensivo; sin herir, abierto al diálogo, como quien legítimamente eras, un amenizador de sobremesas, no de chácharas, sencillo y hunmanitario en todas tus obras. Desde que nos dejaste, el mundo vale menos. Hasta luego, Luis. Sé que en tu nueva residencia seguirás tomando notas de lo que aquí pasa, de los que todavía hemos quedado atareados en esas pequeñas cosas que llamamos vivir.

Por Salvador de Madariaga sabemos que "nuestros actos son las flores de nuestro carácter". El de Luis, vivaracho, lúcido, culto, fruto de su claridad de ideas, pero sobre todo y ante todo, de su calidad humana. Era un hombre de a pie, que caminaba muy a gusto por el alma de Bilbao. Le encantaba hablar de lo que amaba. Pese a que no dividía el mundo entre escritores y no escritores, decía que hablar de Literatura y de Bilbao son dos de las cosas con las que me siento profunda y preocupadamente enraizado. Por eso lamentaba que empresas literarias fallecieran aquí de anemia y de asco por la indiferencia bilbaína. Fue juez y parte de eso tan simple y tan difícil que se llama autenticidad. Nunca perteneció -ni dentro ni fuera de España- a ningún partido político en que prosperar ni a ninguna organización o capilla en que comulgar. Profesaba la religión del hombre neutral: estar en paz consigo. Sabía, hasta el punto de declararlo públicamente, que un libro es como un hijo, formnando parte de nuestra sangre y de nuestro espíritu, en especial su recuerdo novelado del otro árbol de Guernica, el libro-niño, el libro-hijo predilecto que no envejece nunca. Luis tuvo consigo el don que más acerca el hombre a Dios, aunque al final, flaco de bolsa, le fallaran las inyecciones económicas. Entonces sus deseos fueron cumplidos: "En Bilbao quisiera encontrarme cuando la muerte me ponga la mano en el hombro y me diga: "Es la hora".

Reflexionando sobre todo lo que llevo dicho me doy cuenta de que apenas he dicho nada sobre el universo de Luis, el humano y el novelístico, la vida y la obra de un escritor ejemplar que todavía no está a la altura que le corresponde, poseedor del gran caudal del Amazonas literario en la moderna literatura española, pilar fundamental e indeleble, irrechazable e irrenunciable, de la narrativa vasca de ahora y de siempre.

Vuelvo a pensar que yo no soy quién para asegurar que Luis de Castresana fue un gran escritor, o para demostrar que también fue un excelente e inigualable novelista. Eso lo sabe todo aquel que lo haya leído. Pero sí soy quien para decirle adiós -decirte adiós, Luis, ahora, en esta nueva etapa de tu vida, después que, como el final de tu mejor personaje que fuíste tú mismo-, te has ido a ser examinado de amor.
Te digo adiós, Luis, con el abrazo que ya no puedo darte.

© MARIO ANGEL MARRODÁN
En exclusiva para nuestra revista literaria Pernía

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Equipo realizador de «El otro árbol de Guernica» En el centro Juan Mariné (operador), Pedro Lazaga y Luis de Castresana. Ref. Alberto López Echevarrieta, «Cine vasco de ayer y hoy»

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ENSAYO | BIOGRAFÍA
Separata Núm 33 de Pernía: "La obra en persona de Luis de Castresana | Julio de 1988







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