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Yo, Ángel Urrutia



Por Consuelo Allué



Era otoño, el dorado otoño de valle del Larráun, concretamente el 20 de octubre de 1933 cuando nací en Lecumberri. Fui el 6º de 8 hermanos. Mi padre era también de Lecumberri, y mi madre de Bedayo (Guipúzcoa). Aniceta, mi madre, cuando vino a Navarra no sabía castellano, aprendió poco a poco (en unos versos de “Retrato de mi madre” lo menciono). El euskera fue mi lengua materna y paterna. Castellano aprendí en la escuela, y en castellano he escrito toda mi obra excepto dos poemas, uno en latín y otro en vasco.

En marzo de 1938, cuando yo tenía cuatro años y estando mi madre embarazada del octavo hijo, que nacería en agosto, mi padre murió de peritonitis por la patada que le dio un mulo. Esto agravó las estrecheces normales provocadas por la guerra y la posguerra.

Sin cumplir los once años, en 1944, ingresé en Pamplona en el seminario de los paúles, donde conocí, entre otros, a Jesús Górriz. Creo que en el seminario de los paúles se pagaba menos que en el diocesano, pero el hambre y el frío eran muy semejantes. En otro verso del “Retrato de mi madre” confesé que, por la hambre viva que allí pasábamos, alguna vez comí cáscaras de naranja.

En los paúles, desde la mañana temprano hasta la hora de dormir, salvo los ratos de las comidas y algún recreo, nos dedicábamos a estudiar: se alternaban las clases con los periodos de estudio. Y no podíamos perder el tiempo con distracciones, porque al que no aprobaba no le era posible continuar. También hacíamos deporte: dábamos grandes paseos, fundamentalmente por el extrarradio de la ciudad para no mezclarnos con el mundanal ruido, y jugábamos a fútbol en los ratos de descanso. La disciplina era muy estricta. Muestra de ello es que, en principio, solamente se podía hablar en los recreos.

Los estudios no eran oficiales, no nos proporcionaban un título que nos permitiese buscar otro empleo: o nos convertíamos en sacerdotes paúles, o nada. Bueno, tanto como nada no: si lo dejábamos antes de ordenarnos volvíamos al mundo con una aceptable formación en humanidades.

El despertar de la vocación literaria en muchos alumnos se debe en parte a algunos profesores. Entre ellos recuerdo por ejemplo a Javier Mauleón. Elegían con buen tino las lecturas de clase: Lorca, Gerardo Diego, Alberti, Pemán, Juan Ramón, Azorín... Además en el seminario dedicábamos muchas horas a redactar: todos los días ejercicios y ejercicios de composición en latín y en castellano.

En 1950, a los 17 años, cuando concluí los estudios en el seminario de Pamplona, pasé al de Limpias. Por una parte, los cursos superiores exigían mayor esfuerzo intelectual y dedicación. Por otra, esta marcha a Santander supuso no ver a mi familia con la frecuencia de antes: del colegio sólo íbamos a casa en vacaciones de verano. En Limpias permanecí entre 1950 y 1952, hasta los 19 años. Sucedió algo curioso, quizá decisivo: yo escribí un poema a mi madre, y el padre Luis Bacaicoa le puso música, fue como darle un visto bueno especial, y propinarme a mí el espaldarazo definitivo hacia el mundo de la palabra escrita.

De Santander íbamos a Madrid, donde estuve entre 1952 y 1955. Aunque había empezado los estudios de teología en Cuenca, a los 22 años tomé la decisión de no ordenarme sacerdote. En aquellos momentos de alguna manera me sentía derrotado, no era fácil volver. Era consciente, por ejemplo, de que para mi madre iba a ser un gran disgusto. En ese poema, “Retrato de mi madre”, hay un verso -“ni cuando vine de hombre con los brazos caídos junto a ella”- que recoge aquella imagen de mí mismo

Al abandonar el seminario tuve que cumplir el Servicio Militar. Era 1956, en Hortaleza, Sanidad.

Ya de vuelta en Navarra en 1957, mi primer empleo fue guarda de parques y jardines en Pamplona. En este año empecé a publicar poemas en la revista Pregón. De guarda de parques y jardines pasé a la industria Penibérica, donde prefería los turnos de noche para dedicar algunos ratos a escribir. Entonces conocí a José Luis Amadoz.

La década de los 60 es importante para la exteriorización, ampliación hacia fuera quiero decir, de mi vida literaria. Hilario Martínez Úbeda nos propuso a Jesús Górriz, a José Luis Amadoz y a mí que lo apoyáramos en la creación de editorial Morea. En 1963 salió la primera obra, Glosas a la ciudad de Ángel María Pascual. De Morea son también mi Corazón escrito (1963) y los Sonetos para no morir (1965). Por aquellos años comienzan las tertulias literarias del café Niza y del club Viana. Y los programas radiofónicos dedicados a la literatura, alguno de los cuales yo conduje,“Invitación a la poesía”, “Papel de primavera”...

Luego vino otro cambio de empleo: dejé Penibérica para trabajar en una librería. En Galería Artiza, entre libros, me encontraba satisfecho. En 1972, en “Edición preparada por Galería Artiza” como se especifica en la obra, se publicó Mujer, azul de cada día.

Al poco, mientras continúan las tertulias y se intensifica la vida cultural en la ciudad, nace Río Arga (número uno en diciembre de 1976), la revista de poesía que ha servido a muchos cuando menos para darse a conocer y para tener los primeros contactos con el mundo de la publicación.

En 1979, cuando se edita Me clavé una agonía, yo debía estar sin empleo. Se cerró Artiza, y trabajé como contable cinco años en una empresa de calzado. Después, el paro. De aquellos tiempos son los poemas de esta obra.

En adelante ya no hubo ningún empleo fijo, pero sí otros libros de versos: primero Milquererte y la Antología de la poesía navarra actual, mi primera antología, aplaudida y criticada, con la que yo quise evidenciar un momento de auge de la vida poética de Navarra. Ese mismo año, 1982, dejé Río Arga. Después leí aún más que antes, por ello más antologías (Homenaje a la madre, Pamplona cantada y contada, Antología del vino y Sonetistas pamploneses), y otros poemarios (A 25 de amor -1987- y Libro de homenajes -1989, Rocamador-).

Tras muchos proyectos, algunos más factibles, otros menos, vimos nacer en 1990 Medialuna Ediciones, que yo dirigía. Lo primero que publicamos en Medialuna fue al mismo tiempo mi última obra de creación, Los ojos de la luz. Aunque también son una cierta creación las antologías (Poemas a Euskal-Herria y De Navarra a Compostela).

Sobre mi obra se han escrito algunas cosas muy bonitas, muy agradables. Según José Mari Romera, “el puente hacia una nueva época lo tendió Ángel Urrutia [un servidor] que escribía unos versos tirando a desarraigados [...], vanguardista a su manera y un clásico también a su manera.
(1) Teodoro González dijo que yo era una permanente invitación a la poesía (2), Juan Colino que amé a Navarra sobre todas las cosas y a la poesía como a mí mismo. (3) Pues sí, mi vida estaba volcada hacia la poesía.

José Hierro considera que los autores contemporáneos lo son de obras completas.
(4) En mi caso parece cierto. En Corazón escrito (editada en 1963 pero donde se recogen poemas compuestos desde 1957 –algunos de ellos publicados en Pregón-) me reencuentro con el exseminarista y cristiano convencido que yo era, y que aún no había asimilado del todo el giro que imprimió a su vida al dejar los paúles. Está también en aquellos poemas el enamorado que comienza a cantar el amor, y hay muchos otros temas que retomaré en las obras siguientes. Y las referencias al color azul, la palabra “milquererte” que en 1982 se convertirá en título de un libro... Por otra parte, si un lector sólo conoce uno de mis poemarios, por ejemplo, si sólo ha leído Milquererte, ¿qué idea tendrá de mi obra? En esos versos encontrará un poeta que canta y cuenta casi sin pudor su vida amorosa, una poesía sensual, erótica....

Según Carlos Murciano “el amor viene a ser como un río que cruza toda la poesía de este navarro.
(5) Pues sí, amor a la esposa, a la madre, a las personas, a la literatura... Y algún mérito tendrá que yo escribiese sobre un amor real y realizado (o realizándose), no de amores platónicos o de amores imposibles y ficticios. Escribir el amor de cada día es más difícil, hay menos tradición literaria.

Pero además del amor también traté otros temas: la vida indisolublemente unida a la muerte, las reflexiones y las dudas sobre la existencia, la rebeldía ante la condición humana, Dios y nuestra relación con él, el arte, la literatura... Poesía agónica, existencial, arraigada. Sin embargo no sólo quejas, también vivencias puntuales: la belleza de una mariposa, la organización de la vida cotidiana, una ciudad, un paisaje...

Es cierto que, en cuanto a la métrica, empecé muy clásico, con romances, tercetos, sonetos..., como si necesitara afianzar y demostrar la técnica, y no puedo negar que sentía una atracción indudable por el soneto. No obstante, y sin dejar las formas clásicas, también me lancé a la polimetría, a los versículos y a la experimentación gráfica (tímida experimentación gráfica si se quiere, la de algunos de mis poemas). Nunca ahorré metáforas, ni adjetivos, ni me asustaron las imágenes surrealistas, y me subyugaban los neologismos (milquererte, urrutiaré, nievedad, semillado, azucenar...). En fin, ¿qué hago monologándome sobre mi obra? Sólo espero que en el futuro alguien de vez en cuando la lea.

___________

(1) ROMERA, J.M.: “Ángel Urrutia del Arga”, en Río Arga, nº.72, 1994, pp.39–38
(2) GONZÁLEZ, T.: “Ángel Urrutia, permanente invitación a la poesía”, en Río Arga, nº.72,
/1994, pp.17–18
(3) COLINA, J.: Sin título, en “Traslapuente”, nº 10, 1994, p.23
(4) HIERRO, J.: “Prólogo”, en IV Premio de Diudadela, Ayuntamiento de Pamplona, 1994, p.13
(5) MURCIANO, C.: “Prefacio”, en “Milquererte”, Barcelona, Rondas, 1982, p.8


B I O G R A F Í A
@Alfonso Pascal Ros, para la revista "Pernía", Barañaín, 17 de noviembre de 2004
@Consuelo Allué, para la revista "Pernía", 17 de Noviembre de 2004
@Revista Literaria Pernía, Nueva Época, 2010. Edita y dirige: Froilán de Lózar


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