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El efecto "panayotis"



Carmen Posadas
Escritora


Espero fervientemente que esta embarazosa revelación que voy a hacer sobre mi vida sentimental ayude a algún amante desdichado que en éste momento se encuentra desolado por  un fracaso amoroso. Me temo que esta historia (que dice muy poco en mi favor) no servirá para  anular  el sufrimiento de personas terriblemente enamoradas  a las que su pareja acaba  de abandonar, pero incluso a éstas es posible que , si lo piensan bien, les ayude  a rebajar unos grados el dolor de su  pérdida. En algunas ocasiones he escrito  que es mucha la gente que confunde el amor con el amor propio. Las personas que, ante el abandono del ser amado se desesperen tanto por haber perdido a esa persona sino por haber fracasado. 

Sobre este punto, déjenme que les cuente lo que me ocurrió hace un par de  veranos y que me ha ayudado mucho  a discernir  entre estos  dos amores que tanto se parecen y que en realidad son casi contradictorios. A grandes rasgos les diré que, durante unos días que pasé en Grecia, era sistemáticamente perseguida por un individuo de nombre Panayotis, pequeños de estatura, recio y gañán   de aspecto  que, según él había sido fulminado por un rayo de amor irresistible  desde el primer momento que me vio. Yo me había marchado a esa isla sola (me gustan mucho las  escapadas  solitarias) precisamente para no ver a nade y así se lo dije a Panayotis. Pero él insistía, me traía flores, venía a buscarme todas las mañanas como si nada. No  era un  pesado, de modo que  charlábamos  un rato, yo le reiteraba mi necesidad  de  estar sola  y luego se marchaba, Todo muy bien. Pero ocurrió que un día  recibí de Madrid una llamada  telefónica, una magnífica noticia profesional, un salto muy grande en mi carrera, y en el momento en que me informaban que dos grandes editoriales americanas habían hecho importantes ofertas por mis libros (amén de otra noticia aún mejor que me callo por pura superstición), aparece en el horizonte mi amigo Panayotis. Recuerden que yo estaba sola en la isla.  Recuerden que a uno cuando le pasa algo realmente bueno necesita compartir con alguien, y en mi entusiasmo y- ante el  sorpresa  de Panayotis al que no le expliqué la razón de tanta  la alegría- le planté un besazo en la mejilla y le dije: “Esta noche te invito a cenar”. Aquí vienen, pongan atención  lo insólito de la situación.  Este personaje, un tanto rústico al que yo nunca había dado  ni bola como decimos en Uruguay, se me queda mirando, sonríe en forma de disculpa y  ante mi estupor dice: “Bien… no sé,  tengo mucho trabajo, vengo luego o  te lo confirmo” y luego para suavizar la cosa añadió: “te prometo que haré lo posible.”

 La historia continúa de la siguiente manera: Ahí me tiene de punta en blanco vestida para cenar, mirando frenéticamente el reloj  y esperando a un Panayotis que llamó  5 minutos antes de la cita para plantarme como una lechuga, eso sí con muchas palabras bonitas. Desde ese momento, me encontré pensando a todos horas en  aquel tipo. Cada moto  que pasaba creía que era él, cada llamada de teléfono… un absurdo de tal calibre   era aquello que tuve que tomarme un buen Gin-& tonic  para digerirlo. Absurdo 1). Soñaba con Panayotis  Absuro 2) Cuando me lo encontraba me temblaba un poco la voz , en suma : estaba –actuando- como- una -novia abandonada –de- un –tipo- que- nunca- me interesó- en- absoluto. Fueron muchas las cosas que aprendí en ese verano  sola en Grecia, pero sin duda la más importante (incluso ya me ha servido en otras situaciones   con componentes REALMENTE afectivos) es que el amor propio herido se parece tanto al amor que a veces es imposible diferenciarlos. Quede aquí mi tonto “fracaso”  veraniego como  grotesco ejemplo. Espero que la experiencia pueda servirle a alguien:  ¿De veras  le  vale la pena sufrir tanto por esa persona que le ha dejado? Piénselo, quizás se lleve una agradable sorpresa: ÉL/ ella no merecían la pena y el que llora no es usted si no su ego herido:  Era tan solo un Panayotis, nada más.

Ver también, entrada de Carmen en "Curiosón invitado"

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