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La casa donde uno nació



Por Froilán de Lózar
Escritor y Publicista

Además de creer o valorar en su justa medida los terribles inviernos que en estas altas tierras se vivieron, siempre he recordado, por haberlo vivido en carne propia, uno de los últimos tiempos, cuando la abuela, un poco perdida la cabeza, con aquel gracejo suyo que aun en las más adversas condiciones delataba, entonaba uno de sus romances preferidos.
El pasado mes de agosto, aprovechando unos días de vacaciones en San Salvador, he recorrido de arriba abajo por última vez la casa donde nací, allá por el barrio que Gabriel, “el dios de la Pernía” bautizó como de “Cantarranas”.

El desván estaba lleno de baules, repletos éstos de ropas y vajillas, gordas y raídas enciclopedias, cuentos de Anderssen, recibos de la contribución territorial de mediados de siglo por valor de 47 pesetas y 49 céntimos a nombre de mi abuelo Clementino Rodríguez Bárcena, oriundo de Olleros de Paredes Rubias, y un incalculable número de ejemplares de Diario Palentino, cuando nuestro redactor jefe, Gonzálo Ortega Aragón, escribía sobre los palomares de Tierra de Campos. En aquel rincón de la vivienda, junto a las primeras fórmulas publicitarias de los bancos, he hallado un montón de coplillas de ciego, como la titulada: “el joven que dio muerte a su padre por abusar de su hermana”, o las costumbres de mozos y mozas, como tituló el autor a un ramillete de coplas populares, así como algunas fotos de emiliano, el hermano de mi abuelo que residía en Francia y que venía todos los años para ayudar en la recogida de la hierba.

Además, fotos familiares de mi tatarabuelo Gumersindo a las puertas de la que fue su casa, junto a su mujer y sus tres hijos, utilizando todos ellos ropas y calzados de la época. Sirva este testimonio para ir desarrollando el árbol genealógico que te trae la estampa de aquellos personajes con sus motivos y lugares que años después se convirtieron en los tuyos. Mientras descerrajo una vieja fresquera, lugar donde su curaban los jamones y quesos, y echo abajo el vasar de madera –que mi familia trasladó a la bodega cuando ocupó su lugar en la cocina un armario de formica–, pienso en la cantidad de recuerdos que allí se concentran. Ya sabemos que la casa era un templo secreto donde los hombres y mujeres se guarecían del frío y conversaban al calor de la lumbre, (fuego local cuyo efecto se logra situándose –donde la ubicación del fogón lo permitiese– los miembros de la familia en círculo), para hacer recuento de la jornada diaria: a qué vecino le ha caído en suerte la vecería, en particular el día de fiesta, (tema de conversación y de preocupación quince días antes); a quién le había tocado “la cruz de los pobres”, que era una cruz de palo que existía en cada pueblo y que el alcalde asignaba a los vecinos siguiendo algún tipo de orden establecido. El poseedor de la cruz, tenía la obligación de dar cobijo y comida a los pobres que llegaran, los cuales, normalmente, venían de uno en uno, andando por montes y cañadas.

En los pajares encuentro diversos aperos de labranza; varios telares, una rueca y un huso, la primera cuna de los primos y algunas cosas más que remueven nuevamente mi ánimo. Abajo, en la tenada, un trillo, un carro y su rabera, un viejo arado... y entre las vigas un montón de utensilios: picachos, mazas, azadillas, horcas, garios... En una esquina del corral está el pozo artesano que tanto debió llamar la atención del comprador, y donde el abuelo trabajó hasta lograr que despertara el manantial de agua que fue neustro alimento, también para los animales, para el huerto, para el aseo diario...

El último invierno que recuerdo, invierno que aquí empieza en octubre y acaba a últimos de mayo, invierno aquel largo y tremendo, yo esperaba la visita del médico encima de la trébede, mientras la abuela, acomodada en una silla de mimbre, en sus momentos de lucidez volvía a hacerme soñar con aquellas historias de sus tiempos de moza, las fiestas de tambor y pandereta, los métodos de trabajo, las fantasías, los miedos. Por encima de la placa, colgando de las escarpias del techo, las varas de los chorizos, los bloques de tocino adobado, las patas, las costillas, la morcilla blanca, el lomo y otras piezas del cerdo, alimento fundamental de aquellos años donde lo que menos preocupaba a las gentes era el colesterol.

La casa ha quedado vacía, lista para que el nuevo inquilino derribe algunos muros y levante, quizá, ójalá, una suntuosa morada con miradores y salones espléndidos, de cara al camino aquel de “Tornavacas”, aunque, sinceramente, sea cual sea la idea del nuevo propietario, cuesta mucho cerrar la página de un libro que fuímos imprimiendo letra a letra, invierno a invierno, sin maestro que guiara nuestros pasos ni editor que colocara en el mercado nuestros gestos.

@De la sección de Froilán de Lózar "Vuelta a los orígenes", para Diario Palentino, 2000






Cuaderno de @Froilán
De la sección del autor "La Madeja", para "Diario Palentino" y Globedia.

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