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Alguien sorbe una lágrima



Hasta la mesa de mi ordenador se cuela la oscuridad del invierno, el tragaluz bajo el que escribo me cuenta la tristeza de esta tarde de lluvia y granizo que parece haber venido para instalarse sobre Palencia. Levanto la mirada y sólo veo el gris de una tarde deprimente. Pequeños dardos descargan contra el cristal y tararean la monotonía invernal hace tantos años aprendida.

La lluvia baja del monte El Viejo a tomar la ciudad empujada por un viento polar que mortifica el alma. Los peatones se sujetan el gorro y aprietan el paso intentando esquivar la humedad; tal vez la compra o la visita al médico corren prisa y el invierno no es obstáculo suficiente para esa señora que corre o ese anciano que se parapeta tras el paraguas. Sopla el viento y se aprietan las bufandas.

El Carrión resopla al paso por Puentecillas y se despide de sí mismo en la isla Dos Aguas para reencontrase de nuevo en el puente de Nicolás Castellanos, allá donde la ciudad mata su tensión y se hace lúdica y deportiva. Su superficie es reflejo agujereado de la fuerza con que los cielos se están derramando. En sus aguas las luces mortecinas de los comercios apenas tienen reflejo pues la grisura de la tarde parece absorberlo todo. Sólo la sirena de una ambulancia repiquetea en el asfalto mojado mientras se aleja a toda velocidad. Se detiene el tráfico y el ulular huye urgentemente por el primer cruce a la derecha.

Todavía es pronto, aunque del sol no se ha tenido noticia en todo el día, pero en el comercio de la esquina ya bajan la persiana y echan siete candados. Alguien sorbe una lágrima y una leve palmada cae sobre un hombro sobrecogido. El cierre es definitivo, hace tiempo que los clientes se niegan a entrar y todos los sacrificios por mantener el negocio abierto han sido inútiles; préstamos y avales para nada sirvieron, nuevos empleados van al paro y Palencia es un poco más pobre. El padrón municipal volverá a menguar sin que nadie sepa cómo evitarlo. Tal vez Vizcaya, tal vez Barcelona lo agradecerán.

El Carrión es eterno y eterna es su queja al besar la ciudad. Su lamento lleva siglos repitiéndose y forma parte imperceptible del sumiso ambiente ciudadano. Sólo la airosa torre de San Miguel que lleva siglos testificando sequías y riadas repara en su gemido. Pero tampoco sirve de nada.

Hasta la mesa de mi ordenador se ha colado la oscuridad del invierno, el tragaluz bajo el que escribo me cuenta la histeria de una decadencia en forma de lluvia y granizo que parece clausurar Palencia sin que nadie sepa qué hacer. El último que cierre la puerta.






Cuaderno de Pedro de Hoyos
Ver todos los artículos de esta serie en su cuaderno: "Es Palencia; es Castilla, oiga

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