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Maten a todos los escritores




Raúl Guerra Garrido



Lo primero que uno escribió para la prensa, allá por los años sesenta, fue un alegato contra la pena de muerte que, por supuesto, no fue publicado. Y uno se sobrecoge cuando, un cuarto de siglo después, desde un país europeo y democrático se ve obligado a escribir de nuevo en contra del asesinato legal, esta vez promovido por la sofisticada novedad de un decreto pontificio de ejecución. El ayatola Jomeini, en nombre del Islam, pone precio a la cabeza del novelista Salman Rushdie por haber ofendido a su Dios. La arbitrariedad de tamaña orden comienza por los honorarios, pues distingue entre el sicario creyente y no creyente, al descreído le remunera de forma sensiblemente más baja, y excluye a la mujer de la posible recompensa. Las razones en contra de la pena de muerte son obvias y no voy a inistir en ellas, pero sí quisiera poner de manifiesto las inéditas y gravísimas circunstancias que este caso conlleva.

En el plano de la geopolítica, Jomeini inaugura una nueva dimensión del terror, ha inventado una escabrosa fórmula de persecución universal que, al superar en nombre la fe las fronteras nacionales, se resuelve de hecho en la abolición de las respectivas soberanías y el derecho de asilo. El terrorismo individual, el organizado, incluso el del Estado, resultan un juego de niños al compararse con las inmensas posibilidades del terrorismo sacro. Lo explica Vázquez Rial con lucidez implacable: "la República islámica, mezcla de teocracia populista y catártica, suma los poderes terrenales y espirituales en manos de un jefe carismático, refuerza la autoridad en el ámbito interno hasta cotas desconocidas, flexibiliza los límites geográficos de su acción política y extiende su soberanía al conjunto del planeta; cada uno de sus ciudadanos en el exterior es un representante de su Fe/Estado que, al cumplir órdenes, devienen en invasores tácticos. Una invasión imposible de evitar en un país democrático puesto que todo individuo (con independencia de raza, color, credo...), es inocente mientras no se demuestre su culpa. Y en caso de asesinato, cuando se demuestra, ya es demasiado tarde para el asesinado. Este es un aspecto a meditar por los políticos.

En la plano religioso, Jomeini ha puesto en entredicho la razón íntima y profunda por la cual la fe existe, el amor. Un Dios ofendido por una blasfemia, jamás convertirá su ofensa en razón suficiente para justificar el derramamiento de sangre de una de sus criaturas. En este sentido, Jomeini ha hecho un flaco favor  al Islam al presentarnos a un Alá dominado por la ira y no por el Amor; pero lo que de veras me preocupa es la postura católica, la del Vaticano y la del crítico Hans Küng, al condenar el libro con ciertos "peros" que en definitiva sirven de atenuante a la condena del autor. Y eso es necesario hacerlo en un Euskadi profundo donde la iglesia católica es tan proclive al "pero" ante la violencia intolerante, venga de donde venga. 
Decir que Rushdie ha cometido un crímen de lesa deidad es empezar a justificar su asesinato: en democracia todas las ideas, Dios, Patria, Pueblo, Raza, Loquesea, pueden (y deben), ser sometidas a crítica y libre interpretación, el no aceptarlas es el comienzo de la negación de los derechos humanos. Si para sus fieles el Corán está dictado directamente por Dios, atribuir la revelación a través de Mahoma a la inspiración satánica puede ser como mucho un pecado, algo que se redime con el amor divino y que jamás puede transcender fuera del ámbito espiritual. El advenimiento de la Inquisición es un punto a meditar por los teólogos.

En el plano de la praxis inmediata, la decisión de Jomeini ha pulverizado el efecto preventivo de las reivindicaciones tradicionales de la intelectualidad democrática, pues de nada sirve la defensa de la libertad de expresión cuando, gracias a ella, la orden de búsqueda y ejecución ha podido difundirse a esclaa universal. Quizá la única forma de evitar la muerte de Salman sea haciendo inviable el conjunto de la orden. El ayatola ha condenado al autor y a todos los editores de la novela y, en consecuncia, si todos los autores del mundo se convirtieran en editores, la inmensidad de la masacre quizá pudiera desanimar por pura fatiga a los fanáticos verdugos: no darían abasto. Esta es la decisión que ha tomado la Asociación Colegial de Escritores (1300 asociados), si "Versos satánicos" no se editan comercialmente en España será la A.C.D.E. quien lo haga en forma no venal, decisión a la que se adhirieron todos los escritores presentes en Congreso Hispanoamericanos de Sevilla, en el pasado mes de Febrero, con estas palabras:

"Las condenas vertidas por el Gobierno iraní contra el novelista van más allá de conculcar  la libertad de expresión y constituyen un acto de barbarie inaceptable. La libertad de todos nosotros es inseparable de la de Salman Rushdie".

Las declaraciones retóricas se han convertido en una simple coartada para acallar la conciencia de quien las formula, hay que comprometerse y este es un punto a meditar por los intlectuales.

Para algunos, "sólo está en juego la vida de un solo hombre, pero si la Democracia se permite el lujo de perder dicho juego, que los dioses no se enfaden contigo.

Notas:
Raúl Guerra Garrido es un conocido escritor, premio Nadal en 1976.
Nacido en 1935 en Madrid pero de ascendencia leonesa, vivió su infancia en Cacabelos, en la comarca de El Bierzo. Cursó estudios de Farmacia, obteniendo también el doctorado. En 1960 se estableció en el País Vasco, residiendo desde ese año en la ciudad de San Sebastián, en la que ha ejercido como farmacéutico comunitario.

La librería Villar de Bilbao, suspendía la venta del libro "Versos satánicos", tras una polémica desatada en el programa "La bisagra" de Radio Nacional de España, en la que un religioso musulmán hizo las siguientes declaraciones: "Todo aquel que publique o venda el libro está amenazado".
El nombre de la librería se conoció tras una "indiscrección" de Iñaki Gabilondo en un programa radiofónico.

@Revista Pernía, Número 35, Enero de 1989. Edita y dirige: Froilán de Lózar.

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