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Romance del milagro de San Antonio

Literatura Popular 
Por Encarnación Ramos Merino 

 Cuando muy pocos sabían leer y escribir, allá por la Edad Media, y cuando no había ni televisión ni radio para comunicar las noticias, o entretener las largas noches de candil, los juglares y trovadores rimaban, de un modo sencillo y popular, en versos de ocho sílabas, los galanteos amorosos, las belicosas hazañas y las justicieras venganzas de cualquier punto de nuestra piel de toro. Corrían después de boca en boca y han llegado hasta nosotros por tradición oral, o en recopilaciones que llamamos cancioneros, y que constituyen el joyel más preciado de nuestra literatura. Poetas anónimos identificados con el pueblo español, donde se cuentan brava y sabiamente la ilusión rústica de los villanos, la bravura del Cid, las lágrimas de doña Jimena, las hazañas fronterizas de los soldados, la traidora muerte de los Infantes de Lara... etc. Paralelamente a esta manifestación popular inmortalizada en los cancioneros de la Vaticana y otros, existe otra más localizada y concreta que es la viva expresión popular de las costumbres de nuestros pueblos y de su forma de vida. Me refiero a los cantos de Baile, de Rondas y de Siega, que no me propongo relatar ahora. Hoy me voy a fijar especialmente en el romancillo de San Antonio y los pajaritos. Muchos lo recordarán porque lo cantaron en las reuniones nocturnas o para arrullar a sus hijos y en innumerables ocasiones. ¿Verdad que así era? Pues, ahí va. Creo que os hará ilusión recordarlo y revivir así algunas de las situaciones y hechos que os sugiera esta lectura.
 



  •  San Antonio y los pajaritos 

Divino Antonio precioso,
suplícale al Dios inmenso
que por tu gracia divina
alumbre mi entendimiento.

Para que mi lengua
refiera el milagro
que en el huerto obraste
de edad de ocho años.

Desde niño fue nacido
con mucho temor de Dios,
de sus padres estimados
y del mundo admiración.

Fue caritativo
y perseguidor
de todo enemigo
con mucho rigor.

Su padre era un caballero
cristiano, honrado y prudente,
que mantenía su casa
con el sudor de su frente.

Y tenía un huerto
donde recogía
cosechas del fruto
que el tiempo traía.

Por la mañana un domingo,
como siempre acostumbraba,
se marchó su padre a misa,
cosa que nunca olvidaba.

Antonio querido,
ven aquí, hijo amado,
escucha, que tengo
que darte un recado.

Mientras que yo estoy en misa
gran cuidado has de tener,
mira que los pajaritos
todo lo echan a perder.

Entran en el huerto,
comen el sembrado,
por eso te encargo
que tengas cuidado.

Cuando se ausentó su padre
y a la iglesia se marchó,
Antonio quedó cuidando
y a los pájaros llamó.

Venid, pajaritos,
dejad el sembrado,
que mi padre ha dicho
que tenga cuidado.

Para que mejor yo pueda
cumplir con mi obligación,
voy a encerrar a todos
dentro de esta habitación.

A los pajaritosentrar les mandaba,
y ellos muy humildes
en el cuarto entraban.

Por aquellas cercanías
ningún pájaro quedó
porque todos acudieron
como Antonio les mandó.

Lleno de alegría
San Antonio estaba,
y los pajaritos
alegres cantaban.

Al ver venir a su padre
luego les mandó callar,
y llegó su padre a la puerta
y comenzó a preguntar:

Dime, hijo amado,
qué tal, Antoñito,
¿has cuidado bien
de los pajaritos?.

El hijo le contestó:
Padre, no tenga cuidado,
que para que no hagan mal,
todos los tengo encerrados.

El padre que vio
milagro tan grande,
al señor obispo
trató de avisarle.

Acudió el señor obispo
con grande acompañamiento,
quedando todos confusos
al ver tan grande portento.

Abrieron ventanas,
puertas a la par,
por ver si las aves
se querían marchar.

Antonio les dijo a todos:
Señores, nadie se agravie,
los pájaros no se marchan
hasta que yo los mande.

Se puso a la puerta
y les dijo así:
Vaya, pajaritos,ya podéis salir.

Salgan cigüeñas con orden
águilas, grullas y garzas,
gavilanes y avutardas,
lechuzas, mochuelos y grajas.

Salgan las urracas,
tórtolas, perdices,
palomas, gorriones
y las codornices.

Salgan el cuco y el milano,
zorzal, pastor y andarríos
canarios y ruiseñores,
tordos, jilgueros y mirlos.

Salgan verderones,
y las cardelinas,
y las cogujadas,
y las golondrinas.

Al instante que salieron
todas juntitas se ponen,
escuchando a San Antonio
para ver lo que dispone.

Antonio les dijo:
No entréis en sembrados,
marchad por los montes,
riscos y los prados.

Al tiempo de alzar el vuelo,
cantan con dulce alegría,
despidiéndose de Antonio
y toda su compañía.

El señor obispo,
al ver tal milagro,
por diversas partes
mandó publicarlo.

Árbol de grandiosidades,
fuente de la caridad,
depósito de bondades,
padre de inmensa piedad.

Antonio divino,
por tu intercesión,
todos merecemos
la eterna mansión.


ROMANCES
@Revista Pernía, núm 5, Febrero de 1985. Edita y dirige: Froilán de Lózar 
@Encarnación Ramos, en el año de esta aportación a la revista era alcaldesa de Cervera de Pisuerga y profesora.

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