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Salmodia de esta tierra



Pero las hojas no sienten esta pena honda y rotunda
de mi pena más profunda
que mis sentidos consienten.
Nada son y nada sienten.
Fernando Pessoa



Jaime García Reyero

Tantos desvelos, tantos trajines para no llegar a tiempo. Me siento, una vez más, baldío como la flor mutilada por la helada. Siento de nuevo el mordisco del bicho que ronda mis días. Todo ha sido un correr y correr para llegar a la meta con el control cerrado. Han sido muchas horas con el corazón estrujado; muchas horas con el punto de mira del alma apuntando a un único objetivo, que no ha sido otro que el verte por última vez y darte el beso postrero. Un fracaso más en la balanza de mis días. Siempre igual, siempre el golpe más duro cae sobre la estaca más débil.

Mi compañero de piso se pasó horas aferrado al teléfono después de recibir el telegrama. La culpa sólo fue mía. ¡Qué estrella adversa me empujó a ese viaje en el fin de semana! ¡Qué hado enemigo me sumergió en esa excursión, sin avisar y sin esperarlo, como la seta en el pinar, sin ceremonias previas! Dije dónde iba, pero sin direcciones ni puntos concretos. Pero Rochester es una ciudad lo suficientemente grande y hermosa como para localizar a un visitante ávido de endulzar los ojos, con los pies convertidos en colas de lagartija. Cuando Stephen, mi compañero de apartamento, pudo localizarme a través del hilo telefónico: "Ángel, tu padre..."

Antes de que se me helara toda la sangre, de mi garganta brotó el fogonazo de un cuándo lastimero y semiahogado, "Lo siento, Angel. Hace dos días que llegó el telegrama..."

Después, todo fueron carreras de cien metros lisos con el suplicio de un calvario anclado en la garganta. Primero al aeropuerto. "Este vuelo está completo. El de las seis cuarenta y cinco hace escala en ... Puede enlazar con..." Stephen, con su sangre fría y su mente hecha a la precisión, hizo lo que pudo. Yo era ya un árbol zarandeado por todas las brisas. Otro día más y cuando llegué aquí, ya te cubría esta tierra, que tanto has amado...

Ya ves, padre. Todo ha resultado inane. Y aquí me tienes con la conciencia hecha añicos y envuelto en celofán negro del desmoronamiento. Ganas me dan de apartar esta tierra y liberarte de ella para hablarte cara a cara, como hablamos la víspera de mi marcha. Entonces, todo lo dijiste tú. Yo fui rendido oído, porque tus palabras eran miel para la boca de mis miedos. Tu voz, padre, fue la fina y continuada lluvia para mis agostados campos juveniles; llenos de bravas esperanzas, pero resquebrajados por la empecinada sequía de un horizonte confuso.

Tres años, padre, desde que oí por última vez tu voz, esa voz que he llevado bien guardada en la cartera del corazón. Te juro que ni un solo día dejé de solazarme con el recuerdo de tus palabras, que han sido faro para la pobre barca en la que he ido sorteando temporales estos últimos años.

Cuando tomé la decisión de buscar un horizonte más diáfano, porque aquí no hallaba la puerta por donde cupieran los sueños agigantados a lo largo de mis años de universidad.

Tú, al principio, llenaste el cielo de gritos y dislates: "¡Toda la vida dejando sudores por los surcos, tantas privaciones para que el único hijo coloque un océano por medio!".

Añadiste que, de día y de noche, despierto o dormido, en tu mente no anidó otro deseo que el verme con tus propios ojos pasearme triunfante por las eras de la vida. Querías verme casado y que los nietos tocaran a diario las campanillas de la felicidad en tu vejez. Y para eso tenía yo que estar cerca, al alcance de tus manos, donde pudieras palparme, olerme, degustarlo todo y llenar los ojos y el alma de tu obra, porque todo lo que yo lograra, sería tu logro; todo lo que yo alcanzase, sería fruto tanto de mis brazos como de los tuyos. ¡Qué fracaso el tuyo, padre! No sé cómo pude persuadirte. Te prometí que, aunque lejos, estaríamos siempre como el chopo y la ribera, como la raposa y el páramo. Te argumenté que las cartas y el teléfono se había inventado para eso.

Y, además, yo volvería en vacaciones como siempre. Te lo prometí. Pero no fue así y me pesa como la roca de un crimen sobre la conciencia. Por todo esto quiero hablarte cara a cara para que el bálsamo del perdón remedie mi agrietada ánima y para que conozcas la verdad de esas cartas, que se fueron espaciando y del teléfono que fue enmudeciendo entre los dos. Tú, en tus cartas me decías que tu campo sólo esperaba ya una sola cosecha, la de volver a verme, la de tenerme cerca y la de llenar los ojos de mí, de mis éxitos, que serían tus triunfos. Pero os sueños, padre, no siempre se tornan en realidad al pie de la letra. No todos los días son luminosos y plenos de sol o la lluvia llega cuando más se necesita. Mis cartas fueron globos de feria, bonitos por fuera, pero de contenido falaz y huero. Y mis llamadas espurias, fingidas y ausentes de verdad.

La vida, padre, no es como se sueña. Aquí la esperanza se llama, como en todas las partes, sudor, lucha y partirse en pedazos para alcanzar una simple décima de peldaño de la escalera de la vida.
Me fue faltando coraje para enfrentarme a ti y decirte que mi pasear por las eras de la vida es renqueante, que no hay tales triunfos en mis manos, que, después de uno, dos y tres años allá, sigo igual que el primer día, viviendo simplemente, bregando como tú, dejando sudor día a día en mis esquinas, como tú en tus surcos. Por eso, en las primeras Navidades, ya no recuerdo el subterfugio que me inventé ni las excusas que se sucedieron.Te juro que estos tres años he estado pendiente de ti; pero no, de volver. Aunque reconozco que más de una noche baldía, en la soledad de mis sábanas, me surgió el leve pensamiento de regresar a tu lado totalmente cubierto del polvo del fracaso..

Tres años, padre y parece que marché ayer. Pero estoy seguro que para ti han sido un largo desierto, un arrancar cada día la esperanza de tu vida. Yo lo he estado intuyéndolo. Pero me ha faltado aire en los pulmones para abrir los ojos de par en par y darme la vuelta, huir de todo, no sé si cobarde o valientemente, y regresar, regresar y decirte: ¡Padre, aquí estoy igual que marché, con las manos vacías, sin nada que endulce tus anhelos y sin una sola coplilla que haga bailar el único sueño de tu vida.

Recuerdo ahora, cuando me contabas de niño, cómo conociste a madre, cómo fueron mis primeros pasos por la casa, siempre derecho a la lumbre de la hornacha, como si las llamas fueran figuras de juguetes llamativamente coloreados. También recuerdo cómo me contabas como una mañana, cruzada por los puñales de la helada, madre se fue a los cielos sin decir adiós. Entonces, tus ojos perdían color, se agrandaban fijos y dejaban asomar un par de lágrimas que nunca llegaron a caer. Nunca han traspasado las puertas de mi olvido aquellas tardes domingueras en que me llevabas para ver si despuntaba el trigo. Ahora sé que eso era un simple pretexto, porque lo que tú ansiabas era caminar conmigo, codo con codo, hablar de hombre a hombre, para imbuirme sobre el terreno tus fatigas diarias, tus empeños, tu esencia de hombre hecho a imagen y semejanza de esta tierra. Me explicabas los efectos de la helada, las bonanzas de las nieves, la diferencia entre el trigo infante y la cebada que apenas levantaba medio palmo. Tomabas un terrón en las manos, lo desmenuzabas entre los dedos y palpabas la tierra para detectar su soltura. "Con este sol y si en mayo las nubes son generosas, podremos tener buena cosecha", me decías.

Sí, padre. Sólo me deja un resquicio por donde veo única y exclusivamente a esta tierra, tu tierra, la que ahora te cubre. Y quisiera fundirme en ella, penetrar en ella y abrazarte y así huir definitivamente de todo. Solos tú y yo, hermanados, de hombre a hombre, como a ti te gustaba. Pero sabes que no puede ser, que aquí la tierra manda en nosotros, que es ella la que marca nuestras horas y hace bailar los vientos de las borrascas que nos zarandean. Por esto, padre, me fui, huyendo de ella, solamente de ella, nunca de ti. No quería ser como lo has sido tú, porque esta tierra cuando te agarra con sus manazas ya es imposible soltarse y, poco a poco, te va hundiendo en ella, hasta que te cubre concluyentemente, como a ti ahora.

Perdona, padre, mi falta de coraje para enfrentarme a las ansias de esta tierra en definitiva. Perdón por no decirte antes que no podía ser, porque no quería ser granizo para tu sementera de esperanza. Todos no estamos hechos del mismo metal; ni tampoco nos dieron el mismo temple.
Espero tu clemencia, padre, desde el corazón de esta tierra, que ya te envuelve y que hoy desprecio y amo más que nunca.

Revista Literaria Pernía 
Edita y dirige: Froilán de Lózar

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