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¿Debe borrarse lo vivido en la pizarra de la historia?


José Fernández Castro

Entre tanto libro pueril o vano como se publica, reconforta leer alguno que despierta interés, dejando huella en nuestros sentimientos y espíritu. Es lo que ocurre con "Crónica negra de la transición española", de E. Pons Prades, sin duda, uno de los relatos más sinceros sobre la movida político-social de la última década, escrito por un hombre que no sólo está al tanto de lo publicado, sino que vivió intensamente nuestros avatares y desgarros desde sus dieciséis años en que se lanzó, románticamente, a luchar en defensa de la República.

"Echarse a la carretera por diferentes regiones de España -dice el autor- para recoger testimonios y hacer fotografías, es ir al encuentro de sorpresas de la más variada especie; por las venas del pueblo culebrean los miedos de siempre".
Hay mucha verdad en esa confesión. Todos tenemos miedos, temores, pánico ante la incógnita del futuro, que no es tan despejado como puede parecer a primera vista. Vamos, pues, guiados por él, a otear muchos valles y colinas, trochas y pueblos, en busca del sentir y el pensar de gentes aisladas, pero con los ojos abiertos; ansiosos de saber vivir hostigados por el aleteo de sus corazones.

Libro testimonial tiene a más de su valor literario, el afán de ahondar en la raiz de los hechos, la verdad y el amor que une a la generalidad de los seres si afrontan los problemas con serena objetividad. En sus páginas brotan relfexiones preocupantes. Se dice, por ejemplo, que al querer borrar el pasado y olvidar las figuras señeras floreció el bipartidismo propiciado por Peces Barba, arrinconándose la lección de la historia y el sacrificio de cuantos lucharon por la libertad y la democracia, mezquina etapa superada por el pueblo en las últimas elecciones, a pesar de los trucos de la vigente ley electoral.

Se avanza en la lectura como si alguien nos mostrara pasadizos, armarios, madrigueras o rincones ocultos en nuestra casa sin que distraidos, indiferentes o hipócritas, situados de espaldas a la realidad, no los viéramos.
Cual travieso buzo toca diferentes temas.
¿Saben ustedes los polvorines que hay en España?
En otras páginas reactualiza episodios de que hablaron diarios y revistas, impregnándolos de autenticidad y valor literario, como hicieron, a través del tiempo, notables escritores realistas.
Captar el fondo injusto, pintoresco y humano de noticias que fueron hojas volanderas, con fondo sensible, como "Muerte de un aficionado cualquiera", o el caso de Santiago Corella, "El Nani", por lo que al apasionado Pons podría llamársele "historiador de la vida cotidiana", eventos arbitrarios, crueles y estériles en múltiples ocasiones.

Tema ortiga en "Crónica negra" es el de la tortura, escrito con tacto y valentía, datos y testimonios que tienen, además de interés literario y humano, el histórico, recogido en el texto literario de una carta al jefe del Gobierno, Señor González, por un grupo de torturados. Son documentos esenciales, con impronta irrepetible, que despiertan atención en muchos y aportan claridad en defensa de la democracia.

Es Pons, como dije, un catalán que muy joven acudió a la defensa de Madrid, epopeya que recuerda emocionado en páginas que aluden a dos figuras entrañables: María Zambrano y Tierno Galván. Ella confiesa:
"Me llevé de Madrid la imagen de algo invulnerable, de algo durable, de algo que no podía ser destruído; una imagen más que de la historia, de la vida". 
Y es grato haber comprobado cómo ese algo del pueblo de Madrid afloró muchos años después en el entierro del viejo profesor. En la conciencia colectiva de la gran ciudad creció la certidumbre de que don Enrique, impaciente voluntario en su defensa, años después ilustre profesor y alcalde, replicaba a quienes le comparaban con Besteiro:
"Coincidíamos en algunos aspectos, pero yo nunca hubiera entregado Madrid a Franco, capitulación que favoreció la furia represiva".
Para los jóvenes que oyen hablar de la guerra civil como de algo lejano, más quimérico que real, entre otros aleccionadores testimonios, recuerda el autor las confesiones de los más destacados jefes militares sublevados: 
"En este trance -dijo el General Mola- yo he decidido la guerra sin cuartel. Yo veo a mi padre en las filas contrarias y lo fusilo". 
Y Queipo de Llano afirmó:
"El ochenta por ciento de las familias andaluzas están de luto y no vacilaré en recurrir a medidas más rigurosas".
En tanto que Millán Astray gritaba en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, ante Unamuno: 
"¡Viva la muerte!".
La lectura de "En el feudo de los Lalanda" descubre cómo, más que las dos Españas de que tanto se habló y se hablará, existen otras Españas aisladas, incontables, que reiteran a diferentes niveles de pasión y pragmatismo, la pervivencia del laberinto español, de Brenan.

Sabe mucho Eduardo Pons de los guerrilleros y excombatientes, a los que buscó y habló en su infatigable recorrido por los pueblos; su fichero será enorme, como sin duda lo es su memoria viva, emocional, de cálida comprensión hacia cuantos históricamente se jugaron la vida. En general, su crónica es un breviario idealista, resumen de acontecimientos históricos, políticos, sociales, con ramificaciones hacia la cultura y el arte, vibrante anecdotario de vivencias sobre víctimas y verdugos que todos, en la intimidad de nuestras conciencias, debemos asumir.

Capítulo inquietante es el VI, "La mili sigue matando", en el que se reoplantea "Otan sí, Otan no", problemas de expropiaciones militares y la muerte de numerosos soldados en circunstancias sorpresivas y anormales, sin pasar por alto la pugna sobre la finca Cabañeros, tema cada día más confuso y alarmante del que se habla como "el gran ataud otanero".

Y no se olvida el vehemente y andariego escritor, cualquier Quijote en busca de los desheredados del mundo, millones de adultos y niños que mueren de hambre, de anotar, cual gesto digno de imitar, el acuerdo del Ayuntamiento de Lentejuela, provincia de Sevilla, que, a pesar de tener 725 hombres y mujeres en paro -el 40% de su población (1988)-, dedica el 1,5% de su presupuesto para ayudar al tercer mundo. ¡Lástima que tan generoso latir de proyección universal no afecte ni conmueva a cuantos, insensibles e insolidarios, dilapidan miles de millones en cohetes, festejos chabacanos o comilonas.

Ante lo escurridizo de la verdad hitórica y las burdas interpretaciones de cuanto ocurrió en nuestro país, el autor promete ahondar en su investigación directa, convencido de que al pueblo llano "sólo le queda el remedio de asumir el papel de médico y enfermo para recuperar su pleno equilibrio sin olvidar lo vivido, pues, de no ser así, como afirma Santayana, se repetirán sus errores e infortunios.

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José Fernández Castro es escritor y está incluido en la Colección Austral" con "La Tierra lo esperaba".
@Revista Pernía, Núm. 35, Enero de 1988. Edita y Dirige: Froilán de Lózar.

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