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El Impresionismo de la Ojeda


Dejo atrás La Vid, todavía con señas de identidad de Campos pero que anticipa lo que el camino va a traer. Por él irrumpo en un horizonte musical y armónico, digno de ser ensalzado por la poesía bucólica que tiempos atrás brilló en las letras castellanas.


Vega de Bur

La música la pone el cantar de aguas que cruzan agitadas sus campos y amenizan sus villas acompañando al visitante y la ponen pájaros y viento que parecen orquestados para ofrecer la banda sonora de un paisaje de prados, bosques y ríos que difícilmente nadie situaría en plena meseta castellana.

La armonía la conceden las blandas colinas de la Ojeda, ofreciéndose en varios planos superpuestos que parecen obedecer a la dirección intencionada de una mente ávida de asombrar al viajero. Sea al culminar una pequeña subida, sea desde el fondo de un vallejo, el horizonte se escalona en diversas cotas que confunden al observador: Feraces campos de trabajo primero, la línea arbolada de un torrente después, en un pequeño alto un ábside con cientos de años en sus sillares, más tarde dos o tres líneas de prados y montes que se entrecruzan antes de fundirse en el cielo. Presidiéndolo todo y asomando por el norte, los riscos de la cordillera Cantábrica, diseñadora de vertientes.

Si los pintores impresionistas hubieran conocido La Ojeda ésta no sería hoy un regalo de la mano divina a Palencia. Si sus paletas hubieran reproducido el rojo oscuro de las tierras de labor, el verde intenso de sus montes, el más claro de sus prados, el bermellón de las amapolas y el amarillo de sus cereales sazonados, estos paisajes colgarían hoy de las paredes del museo de Orsay y el turismo habría desalojado a ciervos y corzos de sus bosques y altozanos.

Pisón de Ojeda

Pero los maestros jamás habrían podido trasladar al lienzo el olor a mañana nueva en Dehesa de Romanos, el contraste secreto de los capiteles románicos de la iglesia gótica de Vega de Bur o los ríos y riachuelos, arroyos y torrentes que van y vienen amenizando pueblos y campiña, salpicada de embriagadoras espadañas y torres que potencian el sabor rural de la comarca.

Sí podría, en cambio, haber estado aquí La Finojosa, pues la poesía bucólica sabría doctamente narrar los amores de las gentes de esta tierra, sosteniéndose incólumes en inviernos imposibles, esforzándose en sacar del campo cuanto fruto pueda dar o bautizando a sus hijos del siglo XXI en pilas bautismales del siglo XI. Si la revolución llega algún día que me pille en la Ojeda.






Cuaderno de Pedro de Hoyos
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