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El pastoreo


Dureza, adversidades y métodos del pastoreo

Descubre la autora, con estilo peculiar, el significado que alcanza en estas latitudes eso que se conoce como "Pastoreo". Este relato le hace ganadora del primer concurso de Leyendas convocado en su pueblo de Báscones de Ojeda.


 Mari Carmen Rodríguez

.—IDEA GENERAL 

     El pastoreo universal tiene una esencia y una imagen, así como un "pintoresquismo", plasmado en la literatura y en la poética de todos los pueblos del mundo. Reducir o encerrar este tema a las dimensiones de un pequeño pueblo, no supone ni empequeñecerlo ni reducirlo a cuatro lugares comunes que ignoren la idiosincracia y lo típico de un poblado castellano. Queremos dar una versión completa, verídica, histórica y amena del pastoreo en Báscones de Ojeda, que fue y ya no es, aunque sobrevivan algunas reliquias venerables como signo y testimonio de un naufragio en el mar de castilla.

.—EL CONDICIONAMIENTO SOCIAL Y CLIMATOLÓGICO EN BÁSCONES. 

      Tuvo Báscones desde siempre bien ganada fama de pobreza. Su término municipal era reducido y gran parte de sus tierras eran de secano y de baja calidad. Sus montes, alfombrados de brezos, de "hurces", de "argayugos", de "carquesas", y de leña, se cultivaban poco y mal. Los escasos fertilizantes que fabricaban las ovejas y las vacas de labor, se reservaban para la Vega. Ésta, de reducidas dimensiones, era una parte pequeña de la actual, pues los arenales y las sotas estaban bien representados en su superficie. Los tres cultivos que constituyeron sucesivamente la base de su modesta economía fueron: el lino, la alubia y la patata. 
      Siempre con el esencial protagonismo del río Boedo, o de la plata, que fecundaba los linares, criaba cangrejos y truchas y hasta daba oportunidad para que de tarde en tarde se bañara algún vecino, o se adiestrara en el manejo de la "refolleta". 
      El clima de Báscones era y es duro, recio, frío; como hecho para curtir rostros y sazonar matanzas. Con tres cuartas partes de invierno y un delicioso paréntesis veraniego en el corazón del estío. Siempre y cuando a la puesta del sol, o antes, no enseñe su oreja el cierzo que hace tiritar en pleno agosto. Como elemento adverso para su agricultura cabe señalar las heladas tardías que roban la fruta de los huertos con tanta saña como las pandillas de mozos en la noche de San Bartolomé. También el Boedo, pequeño y matón, presume de narices y cuando se le hinchaban en tiempos pasados, asolaba las fincas de "sembradura" y, el muy curiosón, se metía en cuadras, gallineros, cocinas y alcobas...

.—LA AMENAZA CONSTANTE DEL LOBO. 

      Mejor sería hablar en plural, porque si a veces actuaba en solitario, con frecuencia lo hacían en equipo. No es leyenda ni mito creado por la imaginación de los pastores, ya que muchos labradores fueron testigos oculares y fidedignos que los vieron de cerca en grupos de hasta siete o más. Atacaban a las manadas por sorpresa y con machacona insistencia. Muchas reses fueron presa de su ferocidad y de su audacia. Su hora preferida, el atardecer; el tiempo más propicio, el invierno. Cuando las nevadas copiosas y sucesivas impedían la salida de las ovejas al monte y éstas permanecían acuarteladas en los corrales durante varias semanas, los depredadores, acuciados por el hambre, se mostraban tan agresivos y audaces que penetraban en el pueblo y asaltaban las tenadas. Ocasiones hubo en que mataron más de veinte reses en un corral y en una misma noche. 
       El pastor, en sus correrías por los montes en busca de pastos, debía mantener la manada unida y estar siempre ojo avizor. Los diminutos perros estaban en inferioridad de condiciones. Ladraban y avisaban pero no presentaban batalla. El pastor defendía su "grey" a base de gritos y con insultos poco académicos, rotundos y clásicos, que no sabemos si habrán sido recogidos por Camilo José Cela.

.—EL PASTOR 
.—El hombre 

      En Báscones nunca hubo diferencias sociales: vivían todos al mismo nivel y el pastor era uno más, con sencilla rusticidad y costumbres ejemplares. Afrontaba deportivamente un tenor de vida sacrificada y austera. Las casas de los amos eran también las suyas. Sin remilgos en su trabajo y sin otras pretensiones que allegar unos recursos a su casa y familia.

.—Religiosidad

      Fue siempre intensa, sencilla, sincera y de marcado signo mariano. Durante la jornada que tanto daba de sí, desgranaba las cuentas del rosario y ofrecía a Dios el sacrificio duro y permanente de su soledad. Los domingos y festivos salían más tarde al monte para cumplir antes con sus deberes religiosos, oyendo la misa parroquial. No revestía malicia ni contraste el que intercalara alguna típica jaculatoria si se ponían pesadas las ovejas, o si el lobo hacía acto de presencia por aquellos pagos. Más de un pastor ayunaba durante toda la cuaresma; claro que, al final, surgía el fenómeno de visiones o apariciones angélicas.

.—Vestimenta 

      Se le reconocía bien de cerca y de lejos. Endosaba el traje de pana, como sus convecinos. Lo específico de su atuendo le daba un aire singular; una casaca o abrigo de piel de oveja, –caseramente curtida, conservando la lana con capucha y todo, con lo que se adelantaba al aspecto de los siete enanitos del cuento infantil-. Sus piernas iban protegidas por gruesos "zajones" de cuero, sus pies por las albarcas y su mano blandía la cachaba en actitud ofensiva y defensiva. Su acompañante era siempre el perro o los perros: animales listejos de gran movilidad y con penetración síquica para adivinar  los pensamientos de su amo. La finura de su instinto se nutría y se agudizaba con el hambre, que si en algo coincidían el pastor y el can, era en estimar que la vida era perra. Completaba la figura del pastor, el zurrón, cruzado en bandolera, hecho de piel ovina, con la parte exterior lanuda; era como un termo portátil que defendía y conservaba la frescura del pan.

.—Alimentación 

      Era en extremo frugal y rutinaria. Si el estómago funcionaba a tope y lo toleraba todo, se le rociaba a primera hora con una copita de orujo. Durante toda la jornada se alimentaba sólo de pan, eso sí, regado con el agua cristalina de las mejores fuentes, diseminadas por montes y veredas que él conocía como nadie y que limpiaba y embellecía en sus ratos de ocio. Sólo en tiempos ya modernos el creciente nivel de vida le permitió usar la fiambrera con algunos tropiezos de matanza o tortilla.

.—Horario laboral 

     De la salida del sol hasta el anochecer. Sin descanso semanal, ni vacaciones de verano. en caso de enfermedad o de ausencias forzosas, les sustituía algún miembro de la familia.

.—ESCENAS DIARIAS. 
.–La suelta de ganado 

      El pastor era el despertador del pueblo. Todos los vecinos tenían su puntita de ganado lanar y en cada corral se cumplía el mismo rito: levantar a los animales para que al desperezarse aliviaran el instentino, dejando en casa el oro negro de sus píldoras fertilizantes. Cada vecino sacaba a la calle sus bestias. Había en Báscones antiguo tres zonas de concentración: la solana, en el barrio de arriba; la proximidad del actual puente nuevo para el barrio de abajo y el camino de las eras para el cabo. De manera espontánea surgía la lucha de carneros que, tozudos y cabezotas, se embestían ruidosamente, hasta que el más débil de mollera se batía en retirada.

.—El cierre vespertino 

      Ocurría al anochecer. Se llenaba el pueblo de polvo, de balidos y de ruidos de cencerras. En la puerta de cada corral se aireaba el "chiquina", "chiquina", con voces bien templadas que invitaban al pienso y al descanso. Antes de retirarse el pastor a su domicilio, ofrecía el parte de novedades, si le había, a sus respectivos dueños.

.—Juntas y reuniones 

      Revestían carácter peculiar las convocatorias a los actos que llamaban "el ajuste". Cada pastor se reunía con los ganaderos de su manada. Antes de discutir y firmar el pacto, se cenaba fuerte a base de matanza y condimentos caseros. Había puja hacia arriba por parte del pastor y conatos de contención por el bando distinto, que no opuesto. Unos y otros hacían alarde de comprensión y cordura. Seguía luego el reparto equitativo de las cargas o pagos en proporción matemática con el número de reses. En tiempos remotos se pagaba en grano, como al médico y al veterinario, a base de cargas, fanegas, cuartos y celemines. 
      Tras el acuerdo total se prolongaba la sesión amistosa, activando la digestión con dulces caseros y profusión de vinos. Se cantaba y se gesticulaba hasta donde permitía la invasión orgánica del alcohol. Pastor hubo que se destapó cantando y hasta cambió de oficio, pasando a ser sacristán de la parroquia con el beneplácito de todo el vecindario.

.—OTROS ASPECTOS DEL PASTOREO 
.—Los rabadanes 

      En Báscones se daba a esta palabra un sentido peculiar y localista, distinto del que se registraba en el diccionario. El oficio de pastor era especialmente complicado en el tiempo de la paridera. Muchas ovejas rendían el fruto de su vientre cuando estaban en los montes. Se necesitaba un auxiliar que le ayudara por amor al arte, y a éste colaborador, generalmente niño, le llamaban "rabadán". Solía ser hijo, nieto o pariente del dueño de una parte de la manada. Corría el turno cada jornada, según el orden establecido. Se vestía al pequeño con atuendo similar al del pastor, se le proveía de zurrón y de cachaba, se le preparaban viandas adecuadas y se le ponía a las órdenes de su jefe circunstancial. Resultaba una jornada gloriosa para el niño: se libraba de asistir a la escuela, no tenía que hacer recados, respiraba a pleno pulmón el aire sano del campo, buscaba nidos y perseguía "lagaternas", comía entre matorrales y prados y si las ovejitas se mostraban oportunas en dejar su fruto por los "cárcavos", el pastor depositaba la cría en brazos del peque que la llevaba presurosamente al pueblo, a casa de la María o de la Pepa que siempre tenían a mano una rosquilla o una magdalena, o una perra chica para premiar el buen servicio.

.—El esquileo 

      No consta que las ovejas de Báscones fueran más vanidosas que las de otros pueblos, ni que en asamblea democrática presionaran con la huelga si no se la embellecía con adecuado corte a navaja o a tijera, de sus sedosas guedejas. Pero el buen pastor adivinaba sus pensamientos y sus deseos. La víspera del día concertado resultaba obligado templar y afilar las descomunales tijeras que sólo se usaban en esa ocasión. Se verificaba la operación en el recinto del corral entre balidos lastimeros y aromas poco parisinos. El amo inmovilizaba al animal con seguridad y destreza. El pastor o pastores –según el número de víctimas–, se encoraba sobre el animal que yacía en tierra, se daba una riñonada de campeonato y sacaba el vellón hermoso y entero. El propietario recogía las vedijas sueltas, las colocaba en el centro, rociaba con cuquería y agua las lanas para aumentar inocentemente el peso, y lo enrollaba y ataba, dejándolo en condiciones de ser comercializado. Ese día se comía más y mejor y era opinión generalizada que no corrían bien las tijeras sin la bota o el porrón. Los esquiladores operaban con exquisita perfección pero algunas veces se les iba la tijera y hacían pupa. Una gota de aceite puro de oliva restañaba la herida y a correr. Menos mal que aquellas ovejitas no tenían el vicio de mirarse al espejo, porque llevaban a cuestas unas escaleritas que nunca hemos sabido cómo les caían a sus admiradores los "marones".

.—La charquería 

      Palabra misteriosa cuyo orígen o deformación desconocemos, pero que no figura en el acervo de las lenguas castellanas. Con ese término se designaba una organización local instituida para lograr el abastecimiento de carne fresca durante el verano, cuando no había ni carnicerías ni otros frigoríficos que la "mosquera": un cajón con red tupida que, colocado en la parte norte de la bodega, daba paso al aire fresco e impedía la entrada de las moscas. 
      Se confederaban varias familias en cada grupo. Cada domingo de madrugada, se sacrificaba una res. Se quedaba el dueño con la cabeza, las patas, las entrañas o menudos, y se repartía el resto entre los asociados. Cada uno iba recibiendo en rotación la misma cantidad y parte que antes había dado. Resultaba curioso en la amanecida del domingo, el ir y venir por las calles del pueblo, de hombres y mujeres que portaban raciones de carne, consiguiendo un abastecimiento total en inmejorables condiciones. El pastor desempeñaba en este asunto el papel de orientador y seleccionador. Llevaba en su mente el "currículum vitae" de cada borro; calculaba el peso del bicho en canal, así como la solidez y prietura de sus carnes. Se aportaba el rumiante elegido y se le prodigaba cuidados y piensos que le ayudaran a prosperar en peso y calidad.

.—El pastor, matarife local 

      A la hora del sacrificio, cualquier animal ovino que fuera, allí estaba el pastor, cuchillo en ristre: lo mataba con golpe certero, lo desollaba con pulcritud y destreza; destazaba el cuerpo inerte con acabado conocimiento de su anatomía y en escasos minutos consumaba su obra como pudiera hacerlo el carnicero más competente. Tal escena se repetía en las fiestas familiares, y sobre todo en vísperas del patrono del pueblo.

ENSAYO
©Revista Pernía, número 2, Noviembre de 1984. Edita y dirige, Froilán de Lózar.

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