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Unamuno en Aguilar de Campoo



"Andanzas y visiones españolas" (1922) es una suerte de libro de viajes, donde Miguel de Unamuno expresa las profundas emociones que experimenta ante el paisaje evocado o real.


Miguel de Unamuno


“En la antigua Villa de Aguilar de Campoo, entre ruinas, en esta Castilla en ruinas que dijo Senador Gómez, como peregrinos de la Historia y de la Patria. Hace muchos años, recorriendo con unos amigos alrededores de nuestro Bilbao, un aldeano decía a otro señalándonos: “Estos, ¿de minas o de aguas?…”, y el interpelado, que nos conocía, contestó: “Éstos? ¡No! A ver “náa” más; “inosentes”. Y así en Aguilar de Campoo, inocentemente, a ver nada más. A ver, a vivir; a morir, a revivir y también a remorir. A apacentar nuestras desesperadas esperanzas entre ruinas.

Por dondequiera escudos heráldicos, muchos en ruinas, de casas y ruinas de nobleza. Aquí, como empresa del escudo: “Qui la sierpe mató con la infanta casó” y un águila sobre un árbol mirando la matanza de la sierpe. Pero la mataron matándole el pasto, matando la tierra y ahora ¡pobre de la infanta! Allí: “Ceballos para vendillos ardid es de caballeros”. Sí, se ha cebado de dinero a los moros peligrosos, pero “vencellos”? Más allá: “Belar se debe la vida de tal suerte que quede vida en la muerte”. Si en nuestra muerte de hoy, si en esta trágica modorra, si en este acorchamiento del ánimo patrio quedase alguna vida… ¿Pero dónde está?

En los soportales de la plaza de Aguilar de Campoo se lee: “Café siglo XX”. Es lo único del siglo XX, el café. ¿Pero eso es de siglo? Todo un mundo aquellos soportales por donde resbala mansamente, como el Pisuerga allí cerca, la Historia. Cuando resbala… Allí, al socallo, se duerme la vida y alguna vez se la sueña. Pero es el sueño de siempre, el mismo de cada vez. ¿Vez? No hay más que una, el rato inmóvil. “Es un sosiego hediondo, como el del agua corrompida”, dice en uno de sus libros Senador Gómez.

Las ruinas del castillo de Aguilar, entre ruinas de montes. Y no se distinguen las unas de las otras. Diríase que son ruinas de castillos, de castillos de esta Castilla leonesa, aquellos atormentados monolitos, que remedan fábricas arquitectónicas, de la cumbre de las Tuerces, donde un tiempo ramoneaba el ganado entre matorrales y hoy el tasugo (tejón) pasta macucas hozándolas. Del pelo del tasugo se hace brochas para enjabonar la cara al que se afeita y de su piel colleras de lujo para colgar esquilones al ganado… ¡una industria!

¡Las ruinas de Santa María la Real, convento que fue de premostratenses¡ ¡Ruinas! Ruinas en que anidan gollorios y gorriones, piando alegría de vivir fuera de la historia, y allí cerca discurre sobre verdura el agua clara que baja de los riscos calizos. Y las ruinas siguen arruinándose. Faltan capiteles que han sido llevados al Museo Arqueológico de Madrid. Es la tala de la ciencia. ¿Ciencia? Y del mismo modo va yendo España toda al Museo. Y un Museo es el más terrible de los cementerios, porque no se le deja en paz al pobre muerto. Y luego ruinas de cementerio, ruinas de tumba.

Allí, junto a las ruinas de Santa María la Real, carretera por medio, en las escarpadas laderas del risco una cueva y en ella una laude, la tapadera de un sepulcro, donde dice: “Aquí yace sepultado el noble y esforzado caballero Bernardo del Carpio”, etc. Probablemente una superchería. Que es otra forma de ruinas. Porque las supercherías y las leyendas en piedra, suelen ser ruinas; ruinas de historia, piezas de Museo.

Casi toda la tradición tradicionalista de España, la de los falsos cronicones, es superchería; superchería bajo un mítico Santiago –embuste de Compostela- en cuyo día se esperó este año… ¡otra superchería! Porque se nos quiere hacer vivir de mentiras, señor, de mentiras. Y a lo mejor –que es lo peor- cree en ellas alguien, señor, las cree… ¡el muy frívolo! Y esto no tiene remedio…

Sentados al socallo, allá en lo alto de las Tuerces, al abrigo de una roca saliente, a este rico sol, henchimos nuestra mirada con aquella desolación que nos ceñía en redondo –golpes de verdura al borde del agua que corre en el fondo del valle- y entre aquellas ronchas de lo que fue monte y es hoy desierto veíamos la patria rezumando pus y grandeza por entre agrietadas costras de cicatrices.

¿Quedan entre estas ruinas hombres? ¿Queda en los arruinados hombres hombría? Y pensábamos en esa simbólica sandía, fruto de secano, que saca dulce jugo, frescor de agua entrañada, de la reseca roca. Hay agua en el fondo, en el cogollo del corazón rocoso. Hasta una ruina puede ser una esperanza.

Pero hay que libertarse del Museo; hay que sacudirse del ensalmo de las piezas del Museo. Como el testamento de Isabel la Católica, por ejemplo. Nuestras leyendas mismas ya no viven, no hay en ellas vida en la muerte; son ruinas de leyendas, piezas de museo. El troglodítico tradicionalismo español huele a museo donde no entra ni el sol ni el aire. La guerra de África que hizo don Pedro Antonio de Alarcón, v. gr., no es ya ni leyenda, es cosa de erudición literaria, pronto cosa de archivo.

Y esta España arruinada, entre ruinas de leyendas, mandadas recoger para el Museo, ¡va a arruinarse más aún, arruinando Marruecos? ¿Pretenderá luego conquistar el Sahara? ¿Fundar allí un imperio sin hombres?

“Belar se debe la vida de tal suerte que quede vida en la muerte”, dice Aguilar de Campoo.

Aguilar de Campoo, agosto de 1921.

Unamuno nace el 29 de septiembre de 1864 en Bilbao y muere en Salamanca el 31 de Diciembre de 1936.

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