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Por el curso que dejaban los renglones


"Soñar imposibles nos llevó por el curso que dejaban los renglones; entre uno y otro, por trochas, atajos y conductos silenciosos que, iniciados a partir de nuestro entusiasmo, vinieron a devolvernos haciendo quedar allí lo imprescindible, mientras escapábamos por los caminos que inventamos". 


Por  Ramón Pedregal Casanova


Desde que el funcionario puso en el libro de registro carcelero nuestra fecha y número de entrada, no hicimos más que marchar en columna de a uno por el patio. Jóvenes y viejos en las hondas condenas. Caminábamos para ironía y desprecio de nuestrros capturadores.

Aquella prisión se alzaba al margen de las distancias y de las estaciones del año; donde la realidad exigía, sin condiciones, deseos y sueños.

Solo que, una tarde oscura andando en círculo por el patio de paredones mohosos (todavía oigo golpear en ellos el eco de órdenes y pitidos), la niebla, que destilaba agua en todo, se evaporó. Fue a robar nuestra atención la repuesta claridad que no habíamos visto en años: la amplitud de la pieza que desconocíamos, la altura exacta de sus paredes y, sobre todo, algo que nos dejó inermes al instante, causó el efecto de la caricia que traspasa.

Abandonamos la fila... Un camino, (estrecho, si se quiere saber algo mas de él) se abría paso entre los muros, (mis ojos todavía creen que se disolvían los ladrillos) y, desde su final la luz del campo te animaba. Nos absorbió. La columna entera fue a parar frente a aquel espectáculo inaudito. ¿Cuánto tiempo?. Aturdidos, volvimos los ojos sin voluntad alguna. Los guardias, en sus garitas, pendientes del centro del patio, atendían al círculo de tantas figuras como nosotros que se movían en él, con la misma pesadumbre.

El camino estaba abierto. La conmoción me dejó saber que éramos nosotros, todos, los viajeros únicos, constantes, de aquella pequeña vereda. Al fin un borbotón humano desbordó en el campo libre. Atrás los torreones; cada momento más lejos, era un golpe de maza gigante derribando las mazmorras. Habíamos escapado para siempre de aquel lugar.

Es hora de revelar que semanas antes, una tarde, cuando estábamos solos en la celda-aula, tuve un momento incontrolable y expuse algo semejante en la pizarra. Para acabar, añadí que era un sueño. Un sueño que me arrastraba y me conducía agitándome, martirizándome, hasta hacerme levantar. El mismo sueño, por no tener explicación, me aprisionaba, o por encontrar agudamente su conducto, me sentía liberado.

Terminé incapaz de pronunciar palabra. Prisionero del vacío. Me vino a sacar de aquel estado una explosión de quimeras, delirios, figuraciones semejantes a la mía, que todos mis compañeros hacían desembocar en la pizarra. Al terminar, el genio y la fantasía nos permitieron hábilmente mezclarlos. Así, imaginamos formas y artes de escapada. Sin duda nos entusiasmó aquello. Se irguieron contentas las cabezas peladas; bajo los asientos, salieron piernas, más de las que parecía haber, para tomar el banco por escalón o tarima. Los ojos se reunieron con el resto de los sentidos. Las ropas, que asemejaban vacías y solas, se llenaron. Hasta a la bombilla humilde se la vio bailar en el techo y le dimos palmas. Veíamos las paredes voltear a nuestro alrededor mientras se contoneaban. Una nube de hojas calendarios, revoloteó por la celda-aula, semejante a una manada de aves migratorias que algunos no vimos declinar nunca y otros pensaban que caía y se levantaba...

Entre las lineas de escritura en la pizarra, veíamos pasar caminos y salidas claras. No hubo necesidad de explicaciones para entendernos. Sin volver al asiento, cada uno fotografió en su mente, con sus instrumentos internos, lo que le correspondía urdir hasta llegar a nuestros sueños. Aún antes de retirarnos, se gritaron tres vivas infernales, que nadie, fuera de aquellas cuatro paredes, escuchó.
Brindamos con las manos, simulando copas. Algunas lágrimas.

¿Y cómo no? Seguro que nuestros enemigos, celosos guardianes, pensaron en el primer momento que se habian socavado los muros, que habíamos huido por alcantarillas o túneles desconocidos para ellos. Más tarde verían que no. Nunca se hizo así.
Soñar imposibles nos llevo por el curso que dejaban los renglones; entre uno y otro, por trochas, atajos y conductos silenciosos que, iniciados a partir de nuestro entusiasmo, vinieron a devolvernos haciendo quedar allí lo imprescindible, mientras escapábamos por los caminos que inventamos.

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Ramón Pedregal Casanova, uno de nuestros colaboradores fue Delegado por España en el Primer Encuentro de Jóvenes Creadores Iberomericanos, en la modalidad de cuento, celebrado en Madrid en Junio de 1986

@Revista Pernía, Número 20, Mayo de 1986. Edita y Dirige: Froilán de Lózar.

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