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No hay mayor soledad


Froilán de Lózar



Hace tiempo que archive esta entrada, que me pareció tremendamente ilustrativa de esa realidad que se esconde en tantos pueblos y ciudades de nuestro país y, probablemente, del mundo.
Los que quedamos aquí, procuramos adornar el motivo de la muerte con causas naturales, o enfermedades terminales, obviando el descuido, el olvido, la soledad...

Porque también se muere de soledad.

La autopsia "adivinó" que Trinidad Figueroa había fallecido por causas naturales. La encontraron en diciembre de 2013, en el número 25 de la calle Bilbao La Vieja, casi de forma fortuita, pues la autopsia también determinó que llevaba más de dos años muerta.

Ni los hijos, ni los vecinos, ni los Servicios Sociales que la atendieron en algún momento, la echaron de menos; ni siquiera en Navidad o Año Nuevo, cuando se renuevan, a veces farisáicamente, nuestros votos de amistad y de solidaridad.

Al recibir la noticia, el "supuesto hijo", declaraba:
"No nos hablábamos desde hace más de veinte años".
Claro, claro, el hijo, por descontado, molesto por lo que tuvo que escuchar tras saltar la noticia a los medios, se defendió diciendo que "si llegamos a saber en qué situación estaba por supuesto que le hubiéramos echado una mano..."

La tendera donde realizaba las compras, tampoco la echó de menos, aunque la recordaba siempre impecablemente vestida y muy reservada y por esa intuición que nos lleva a los demás a sacar enseguida conclusiones de todo, quiso ver también una profunda depresión en ella.

Ni siquiera el hecho de que dejara de hacer efectivo el cobro de su pensión, hizo saltar las alarmas de ningún sitio, ni de los Bancos, ni de los Servicios Sociales, ni de la Seguridad Social que, tras los requerimientos por escrito a los que están habituados, procedieron a suspender el pago y, no contentos con eso, a requerir la devolución a Hacienda de las mensualidades que había recibido de forma indebida, cuando seguramente, lo único que faltaba eran los intereses "indebidos" que le había cobrado su banco por no llegar al límite que ellos establecen como modelo para obviar el cobro del mantenimiento.

Por la fecha del calendario que colgaba en su cocina y la caducidad de los yogures, se llegó a la conclusión de que su muerte se produjo en 2011.

Esto viene a demostrar la comedia mediática que se monta en torno a todo y lo abandonados que estamos a la hora de la verdad.

Uno puede morir de amor, no me cabe duda y, posiblemente, el mundo esté lleno de casos que nos sorprenderían.

Y uno puedo morir también de soledad.

De la serie "La Madeja", publicado hoy en "Diario Palentino". 

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