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Josefina López de Serantes

Su verdadero nombre era Josefina López González, nacida el 6 de Abril de 1922 en A Coruña. 
Cultiva el Cuento, el relato, el artículo, la novela..., colaborando con asiduidad en periódicos y revistas como "Lecturas", "Siluetas", "El Hogar y la Moda", "Mujer"...etc.
Entre sus novelas, "Orgullo vencido" (1984), "Deber sagrado" (1952), "Un sueño de amor" (1952), "El misterio de Foretmer" (1958), "Volvieron en primavera" (1962), "Yo conocí a Marcela" (finalista del Premio Planeta en 1979), "Empezar a vivir" (1985)...  
Entre las biografías destacan: "El buen Papa Juan" (1967), "Benito Vicetto, ignorado" (1978), "Vida e morte dun poeta" y su última obra"Enigma y misterio de Cristóbal Colón", que ya no pudo ver impresa.
Josefina nos dejó el 6 de Marzo de 1998.


Noche de difuntos

Sucedió hace ya muchos años en un pueblo lejano, rodeado de castaños y pinos, que parecía recostado a la orilla del mar...
Aquella noche era fría y oscura y los niños no jugaban con su acostumbrado bullicio de risas y gritos alrededor de "lareira". 
Estaban quietos, sentados en el escaño de piedra y mordisqueando las castañas sujetas por un hilo a modo de rosario.

La madre se movía de un lado para otro sin abandonar sus quehaceres, mientras sus labios repetían en un susurro incesante una letanía de rezos. Cerca del hogar, el padre, callado y pensativo, repasaba sus aparejos de pesca, mientras en su mente bullía el recuerdo de aquellos seres que ya no volverían jamás.

Era la noche de difuntos, y ante una tosca imagen de Jesús crucificado, parpadeaban temblorosos, sobre un lecho de aceite, numerosas mariposillas encendidas en memoria de aquellas ánimas queridas que quizás aún no gozaban de la gloria de Dios. Al menos, eso era lo que en su fe sencilla pensaba aquel matrimonio de aldeanos.

Los niños miraban las inquietas luces con una curiosidad infantil, descifrando las sombras fugaces que se reflejaban en la pared. A todas las conocían por sus respectivos nombres. La de la derecha era la del hermano mayor, muerto en plena juventud, cuando el amor y la vida le sonreían. La otra era la del primo que nunca regresó de la guerra. La de más allá parpadeaba con guiños mimosos por aquella tía buena que no había tenido hijos y que a ellos tanto quisiera.

También había encendido una por aquel pariente que marchara a América y que no regresara jamás. Pero, sobre todo, quizás brillara con más fulgor la de la abuela, aquella que nadie podía encender ni apagar, excepto el abuelo, el patriarca del hogar a quien todos respetaban y temían.

Los niños le miraban sobrecogidos cuando veían temblar sus fuertes dedos al hacer aquella piadosa tarea. Entonces, los ojos de la hija se velaban de lágrimas. ¡Ay, el pobre viejo parecía un ave poderosa y gigantesca, con las alas rotas, desde que le faltaba la fiel compañera!.

-Se irá en una noche como ésta -decía la hija entre sollozos-. Se le partirá el corazón en una noche de Difuntos.

Pero él no quería compasión. Él poseía un extraño secreto. En aquella noche en la que el tañido de las campanas tenía un acento doliente y tristón que se iba repitiendo a través de los campos, se sentía casi dichoso, porque entonces creía tenerla más cerca a ella. Creía verla entre las sombras de los sauces y entre las aguas del río. Y tan pronto era joven y bella como el día de sus nupcias, como viejecita y blanca, ya en el umbral de la vida.

Y él, que jamás le había dicho ternuras; él, que era brusco, casi brutal, sentía trémulos los labios, y un escozor desacostumbrado de lágrimas que resbalaban por sus curtidas mejillas.

Y entre tanto, allá, a lo lejos, la voz de la hija parecía seguir diciendo con acento plañidero:

-Se le partirá el corazón en una noche como ésta...

Y el viejo, agarrando desesperadamente con ambas manos la camisa, dando al aire y al viento su torso vigoroso, decía con los dientes oprimidos y los ojos brillantes por la interna fiebre de la angustia:

-¡Oh, Dios! ¡Si al fin se partiera...!

@Revista Pernía, Núm 33, 1988. Edita y dirige: Froilán de Lózar

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