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Homenaje a Javier Cortés

Queridos amigos, Querido Javier: En alguna de nuestras visitas a La Olmeda, escuché de ti que el señor de aquella villa fue un Senador, romano naturalmente. Si ello hubiera sido así, no deja de ser curioso que 1700 años después otro Senador, éste por Palencia, sea hoy el encargado de ofrecerte este homenaje, tan relacionado con la vida de mi colega.



No sé si habrás podido comprobar ese extremo relativo a la personalidad del señor de la villa, me imagino que será muy difícil documentarlo, como vosotros decís. Para mí este es un fallo de lo que pudiéramos llamar "tecnología vital", o una inexplicable imprevisión del Creador, porque, si bien contamos con sangre roja para los villanos y azul para la nobleza, que yo sepa, los huesos que son de nuestros cuerpos lo más permanente, lo que de referencia material queda de nosotros en el reposo de los siglos, nuestros huesos, digo, no tienen color, mejor dicho, son todos del mismo, tanto los de los colonos como los de los señores. De haber sido unos blancos, otros rojos, otros azules y otros verdes, por ejemplo, los arqueólogos habríais tenido resueltos muchos problemas de identificación en los enterramientos que descubrís. Así, ahora por ejemplo, podríamos saber si esa costilla o aquel fémur pertenecieron a un villano o a un Senador del Imperio que acabó con sus huesos ahí en la Vega.

Algo sé de estas tribulaciones arqueológicas porque también hice mis excavaciones como furtivo en las laderas del castillo, donde, naturalmente, no encontré más que huesos y todos del mismo color. Mis tías, Josefa y Serviliana, que me los descubrieron escondidos en la tenada, después de santiguarse siete veces y de llamarme judío, llegaron a la conclusión de que debían ser huesos de moros, dado el color oscuro. El ser de moros y no cristianos añadía un morbo especial al hallazgo y tuve que deshacerme de ellos, amén de someterme a una especie de exorcismo, con invocación, claro está, a la Virgen del Valle, para que me salieron los demonios morunosos del cuerpo. Así acabó mi precoz y corta experiencia arqueológica.

Como por los por huesos, Javier, no lo vas a poder saber, en la duda me quedo con la hipótesis de que el fémur en cuestión pudiera ser de un Senador aunque no esté coloreado. Necesito que así sea porque quiero en nombre de aquel colega además de en el mio propio, ofrecerte y unirme a este merecidísimo homenaje. Aquí está tu pueblo, tu Saldaña y su comarca que te dirán, por boca del Señor alcalde, lo orgullosos que estamos de ti; por mi parte estoy encantado de atribuirme la representación del Senado romano. Estoy seguro de que estén donde estén sus huesos, se habrán conmovido, como se está conmoviendo de emoción nuestro esqueleto entero en este acto.

Queridos saldañeses, no voy a descubriros nada que vosotros no sepáis de Javier Cortés. Pocas veces se podría decir con más propiedad que vosotros tenéis de él un conocimiento más cabal que el que yo pueda tener; pero suele ocurrir que la proximidad tiende a trivializar los hechos y las conductas más extraordinarios, los más ejemplares. Por eso mi testimonio de saldañés en el exilio, un saldañés de huesos blancos y admirando con perspectiva la vida y la obra de Javier Cortés.

Javier es para mí un asceta a quien le fue dada la Vega para que hundiera en su tierra la reja de su fe, en ella y en sus pobladores. Con esa herramienta espiritual, y con la casualidad que nunca niega Dios a quienes la buscan y la trabajan, Javier hizo el gran descubrimiento de la primera piedra de una ruina culta que estaba enterrada. Alumbró así la Villa de La Olmeda que ha permitido reconstruir la peripecia en Hispania de un
romano ilustre, e iluminar con ello la historia de la meseta romana.

Permitidme una brevisima puesta en escena de lo descubierto por Javier.

La región vacía que ocupaba principalmente las tierras de nuestra actual provincia, era eminentemente agrícola, como lo es ahora, antes de ser conquistada por Roma; se cosechaban ya en ella excelentes y abundantes cereales; de entonces nos han llegado el trillo (tribulum) y los graneros.

Aunque la conquista romana debió de herir profundamente a la vitalidad hispana, es preciso reconocer que los romanos aportaron mejores técnicas, racionalizaron los cultivos y salpicaron los lugares más propicios con una red de Villas como sistema idóneo para la explotación de la tierra cultivable. Las de nuestro entorno -La Olmeda, Quintanilla, Añoza, Villatoquite, ...- son patrimonio intelectual de Javier Cortés.

Él es ahora su verdadero señor por virtud o de su descubrimiento o de su desprendimiento, y, en todo caso, de sus afanes. La villa como idea, es el antecedente de la casona, de la casa grande, llena de buen gusto y empapada de la autoridad del dueño, en medio del campo cultivado; no hubo villas en baldíos.

Las rodeaba un campo adecuado y fértil, llano, a la ribera de un río; y las comunicaba una calzada por la que exportaba sus productos y recibía los beneficios. Las vías y las calzadas de itinerario de Antonio o del Anónimo de Ravena, fueron los medios de penetración e implantación de formas de vida y de modelos económicos, técnicos y culturales, cuyo conjunto constituye lo que se conoce como la romanización de los pueblos peninsulares prerromanos, cuyas ciudades a diferencia de las villas, estaban situadas en lugares estratégicos, rodeadas de sólidas murallas que encerraban viviendas rústicas para un pueblo rudo.

Dos siglos antes de Cristo necesitó Roma para llegar a someter a los diversos pueblos hispanos con la ayuda de los primeros vencidos y captados, lo cual debió acentuar los rasgos vigorosos de las primeras formas de los hispanos nativos. La hispania primitiva era el confín de la tierra, de una tierra áspera y de comunicaciones muy difíciles, de la que los historiadores y geógrafos griegos y romanos empezaron a hablar cuando su pueblo, al que me vengo refiriendo, era ya milenario. A este pueblo le había tocado ocupar o defender este extremo del mundo conocido y esta circunstancia determinó  según D. Claudio Sánchez Albornoz que fuese: "ávido de aventuras, amador de libertad, sufridor de dolores y fatigas, gustador de caudillaje, nada razonador, xenófobo, acerado, orgulloso, ariscado, bravo, impulsivo y vehemente". No pudo ser de otra manera el nieto de las comunidades más audaces, más inquietas, del mundo antiguo.

Pero, insisto, la dominación de Roma fue fecunda y muy importante para que se hiciera lo que fuera España: favoreció el contacto entre culturas diferentes, la relación entre personas de distinta procedencia, e inspiró la unidad superior de Hispania mediante la creación de Instituciones.

El largo señorío de Roma, que duró aproximadamente cinco siglos, dejó entre otras cosas, la huella casi insuperable de sus textos de Derecho, la de sus obras públicas, la de sus villas con todo su significado.

Sirva esta referencia para que cuando volváis a visitar La Olmeda, amigos, os asoméis a La Morterona, tratéis de recrear su momento en la historia; que penséis en sus protagonistas y en sus circunstancias, en sus artes, en sus materiales, ... Preguntaos cómo sería esta Vega, esta campiña. Acaso las cárcavas de las cuestas de Relea y del Castillo -que no sería más que uno de tantos sitios- no estarían aún corroídas por los aguaceros. ¿Qué habría cuando no hubo pinos? ¿Habría en la ribera, verderas o plantíos, o habría árboles recios?
Prescindid del puente, de la barbacana, de los gaviones y tened vías de piedra, volved al carro y caballo. Escuchad en la fronda el grito de la res en celo; dejad a oscuras el campo, y en silencio como cuando el señor mandara... Situaros a más en roble una Virgen que reinaría en esta comarca.

Al volver en sí de aquel momento y os encontréis con la realidad tangible de esta Saldaña, enlazada, por la sangre de sucesivas generaciones, con aquella recreada que produjo el hecho histórico de La Olmeda, cuando volváis a encontraros con vosotros mismos haced el propósito de trabajar tanto y tan bien como lo hicieron nuestros antepasados. A los más próximos los tenéis todos, estoy seguro, en una fotografía de familia como la que yo he contemplado con especial atención estos días. En ella nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros tíos y una canalla que cuesta identificar están dispuestos jerárquicamente -como debe ser- alrededor de los patriarcas en mi caso Isabel y Tomás.

La fotografía, como recordareis, se tomaba en el corral. El piso de tierra, paja y cagalitas, se cubría con mantas de labor, la tapia con una colcha; los personajes también se cubrían de pies a cabeza con un paño negro y faldas de fiesta y con lino blanco en camisas, puntillas, puñetas y lazos. Allí no había más carne al aire que la cara y las manos; ni en los niños - la canalla- que gastaban medias de punto y faldas largas pero enseñando las enaguas. Botas altas para todos; para ellas abotonadas con la horquilla.

Probablemente os estaréis preguntando a qué viene en esta ocasión este comentario. Verdaderamente puede que me haya pasado; pero viene a cuento porque en el mosaico de Aquiles que descubriera Javier aparecen en unos medallones de la cenefa los que se piensa que pudieran ser retratos de los señores y parientes de la Villa. No quiero decir que los personajes allí representados tengan parecido físico con los de mi fotografía, pero sí antropológico. Mi tío Epifanio, mi tía Seviliana y mi tía Secundina tienen nombre y faz de romanos ilustres, eso es evidente. Y digo más: a juzgar por los retratos de tu villa, querido Javier, que más hubieran querido sus señores que parecerse a mi madre y a mis rudos tíos.

Lo que quiero decir con ésto es que tu descubrimiento, Javier, además de ser intrínsecamente hermoso es como un eslabón perdido y recuperado de una cadena de acontecimientos -la historia- que a veces se nos ocultan pero que nunca se interrumpen.

Gracias ascético Javier por habernos descubierto que hace 1600 años hubo una Palencia romana creadora, culta. Gracias por tu permanente lección en la que uno no sabe qué apreciar más si tu dedicación, si tu sabiduría, si tu humildad o si tu liberalidad. Nos tienes admirados.

Yo creo, amigos, que con este acto hemos formalizado el casamiento siempre difícil de un buen partido soltero Hijo Predilecto de Saldaña, con Doña Olmeda, la Villa predilecta de la Castilla romana.

Que tengas muchas villas más.





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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