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Agur jaunak, maestro


Felipe Calvo
Madrid, 1982


Mundaca es un prodigio de hermosura en esta mañana radiante de enero. Está así dispuesto por quien puede. Se va a dar tierra a un maestro, a un vasco ejemplar, a un español superlativo cuya vida llena se acabó en Madrid. Había elegido la tierra de este camposanto colgado sobre la ría de Guernika, abierto al viento que se hace también vasco al pasar rozando el Machichaco o la isla de Izaro y sigue su camino, ría adentro, para mecer a un roble: el árbol. En este rincón inefable, balcón al mar entre su cuna y su sepulcro, está la tierra querida por él para el reposo en la esperanza cristiana; es la vuelta al hogar definitivo de los restos, que cierran una losa grabada con sus apellidos: Bustinza Lachiondo.

Ahí tienes, Mundaka, a Don Florencio, tu vizcaíno señor. Un hombre que cumplió como nadie la obligación de ser bueno sin ser visto.

Con qué ganas se habrán quedado los antibióticos de ganar a la muerte la batalla por la vida de Don Florencio, el gran compositor de su sinfonía, de la que, al menos una vez al año, interpretaba para sus alumnos, el solo del maestro. Su pasión magistral se vaciaba sobre el aula llena, en silencio, de una juventud pasmada que, puesta en pie, ovaciona durante minutos al profesor vencido y callado por la emoción.

¡Qué privilegio el mío haber tenido en cada etapa de mi vida, desde mi cuna a mi final, el maestro cabal!. El día que se acabe esta especie humana que nos compromete con su ciencia, con su oficio, y con su ejempo a bien hacer con generosidad, con mansedumbre, con fe, la humanidad, ahíta de leyes para el desgobierno, ayuna de educación, vacía de fe, llena de soberbia, acabará consigo.

En la lección del maestro no importa tanto la ciencia o el oficio como la conciencia, que es lo que transciende y se derrama por el prójimo siempre amado. En el caso de Don Florencio, era el recuerdo oportuno para los que sufren, su esperanza en los valores espirituales sin patria, su delicadeza, su honestidad, las calidades del "vir bonus".

Don Florencio se hizo tierra mientras los pagos de su Mundaka repetían el "Agur jaunak", para él tan querido. El sol no pudo con nuestro escalofrío. El mar de Viacaya que conoce bien este "agur" robusto que nos deja mudos de emoción, lo repetirá por nosotros, por todos sus discípulos. Dichoso este adiós a lo muertos que se quedan con los vivos, mientras su cuerpo espera en esta orilla. Un himno viril, rotundo, dicho en la lengua de ultratumba, cantada con la serenidad de una fe profunda.

Al coro se han unido una legión de voces y, forzando a gusto su garganta, han dicho en vasco el adiós de España a su maestro. Estos discípulos, Don Florencio, harán suyas las palabras de Scott con las que usted se despidió de sir Alexander Fleming:
"Nunca durante el curso de mi vida encontré a un hombre que me inspirase mayor admiración y afecto que usted. Sin embargo, nunca pude demostrarle lo mucho que su amistad significaba para mí, porque usted tenía mucho que dar y yo nada para corresponderle".
Su cuerpo ha llenado la vacante para su identidad y su amor filial en el panteón del camposanto de Mundaka. Quiera Dios seguir creando hombres de su condición y de su talla, y déjennos las leyes de la tierra seguir haciendo discípulos para vacantes de Elpidios, de Emilios, de Florencios. Porque aún es válido el sentido del texto en las "Partidas del Rey Sabio": "Discípulo deve ser antes el escolar que quiera aver honra de maestro".

Agur jaunak, maestro.





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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