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Los pueblos bárbaros

A parte de esto, la excesiva centralización que existió en la última época del Imperio, y que mataba la vida propia de los municipios y las provincias, sujetándolo todo a la voluntad del Emperador. La escasez de recursos para satisfacer las necesidades de aquella vida de lujo y de placeres a que se abandonó la sociedad romana, hizo aumentar extraordinariamente el número y cuantía de los impuestos, y agotó las fuentes de riqueza, hizo que los pueblos sometidos a Roma desearan librarse de una dominación tan gravosa para ellos y vieran con agrado las tentativas hechas por los bárbaros desde el siglo IV, para apoderarse de aquel coloso que se denominaba el Imperio Romano.

 
A consecuencia del estado de postración a que el imperio romano había llegado, comenzaron los diferentes pueblos bárbaros establecidos en las orillas del Rhin y del Danubio, a intentar romper el valladar, que a sus aspiraciones oponían las legiones del pueblo rey. No pudiendo Roma acudir a defender los muchos puntos de su territorio amenazados por los bárbaros, había tenido necesidad, bastante tiempo antes del siglo V, de celebrar pactos con algunas de aquellas tribus, y hasta de admitirlas como auxiliares de sus legiones para combatir a las demás, que intentaban apoderarse del imperio. Y este hecho, si bien contribuyó a debilitar las escasas fuerzas de Roma, sirvió para que los bárbaros perdieran algo de su primitiva rudeza, y fueran aficionándose a la cultura y civilización latina, lo cual hizo que tales tribus, cuando más tarde trataron de constituir una nacionalidad, aparecieran en un estado de progreso mucho mayor que el de aquellos otros pueblos que no habían tenido comunicación de ningún género con los romanos.

Cuando a fines del siglo IV y principios del V, Roma no pudo resistir las acometidas de los bárbaros, cayó en poder de aquellas tribus que, con impetuosidad extraordinaria, destruyeron el más vasto imperio de la antiguedad.

Llamaron bárbaros los romanos, de igual suerte que los griegos, a aquellos pueblos que no estaban en contacto alguno con su cultura y civilización. Tanto unos como otros, dividían a los demás pueblos, en relación con el suyo, en tres grupos:  peregrinos, hostes y barbaros. Eran peregrinos, los que mantenían relaciones de subordinación y dependencia con Roma, aquellos que hallándose establecidos dentro del imperio, no formaban parte integrante del pueblo romano, por carecer sus individuos de título de ciudadano; llamaban hostes, a aquellos con los cuales Roma no tenía otra relación que la guerra, pues aspirando a la dominación universal, trataban de sujetarlos a su poder; y denominaban bárbaros, a aquellos otros que por su remota situación, y por existir otros pueblos entre ellos y Roma, no era posible que ésta intentara dominarlos.

Claramente se comprende que esos pueblos bárbaros podían ser, y eran, con efecto, de origen muy diverso y de condiciones muy varias. Sin embargo, en los que se apoderaron de Roma, y hubieron de repartirse el imperio, pueden señalarse dos origenes y dos procedencias distintas: los germanos, de un lado, y de otro los restantes pueblos, a saber: visigodos, alanos, vándalos... etc; aquellos operaron sobre el imperio de norte a sur, y éstos lo hicieron de Oriente a Occidente.

Eran los germanos el pueblo bárbaro más conocido de los romanos. Pertenecían a la misma raza que los escandinavos, que se asentaron en Suecia y Noruega, y que los cimbrios, que poblaron Dinamarca; ocupaba hacía largo tiempo la parte central de Europa, a la que después se llamó Germania, y había luchado con Roma desde tiempos bien remotos, logrando apoderarse en los comienzos del siglo V, no sólo de Italia y la Galia cisalpina, sino de un buen número de comarcas de la moderna Suiza, por cuyo motivo merecía más bien el calificativo de hostes, que el de bárbaro.

Del Oriente venían los visigodos, de origen oriental, eran probablemente también los alanos y vándalos, pero la vida de ninguno de estos pueblos no es tan conocida como la de los germanos, razón por la cual, nosotros hemos de referirnos a los germanos en primer lugar, al indicar los antecedentes de todos estos pueblos.
La manera de ser del pueblo germano, ha llegado a nosotros gracias a las obra de Julio César y de Tácito. Ambos escritores muestran su conformidad en lo fundamental de este pueblo, y si discrepan algo respecto de algunos puntos, muestran bien a las claras tales discrepancias, más que deficiencias de los medios de conocimiento que tuvieron a su disposición esos escritores, el cambio que se operó en la manera de ser de ese pueblo, merced a la influencia ejercida sobre él por los romanos.
Dos palabras acerca de la organización política y social de los germanos.

La forma de gobierno por la que se regían los germanos, era una especie de monarquía electiva y aristocrática; el caudillaje, elevado a su más alto grado de expresión, forma propia de todo pueblo que en la infancia de su vida no está organizado patriarcalmente. Ejercía la monarquía, o mejor dicho, la jefatura, aquel que por su arrojo en el combate sobresalía de entre los demás caudillos, así como éstos, eran aquellos que se distinguían del resto del pueblo por su valor y fortaleza al pelear.

El rey, debido al carácter más de caudillo que de monarca que tenía entre los germanos, dirigía a éstos en los combates pero no podía por sí sólo declarar la paz, ni la guerra, ni ejercía superioridad absoluta sobre ellos, respecto de los demás asuntos, propios de la gobernación de todo pueblo.



Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
De la serie, "Historia General del Derecho Español".


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Queda hecho el depósito que marca la Ley.


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