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Suevos, Vándalos, Catos, Silingos, Visigodos....

  • Sintiéndose impotentes los romanos par contener la gran avalancha de tribus bárbaras que hacía largo tiempo amenazaban caer sobre el Imperio, hemos dicho que procuraron defenderse buscando para ello el auxilio de algunos de esos pueblos, a los que, a cambio de su ayuda, concedieron territorios donde asentarse. Tal política hizo que se detuviera algo la ruína del imperio, pero no bastó para evitarla.



España visigoda VII


En el año 406, gran número de suevos, vándalos, borgoñones, y de guerreros de otras tribus, cayeron sobre Italia, desde las orillas del Báltico, donde se hallaban asentadas, y si los esfuerzos hechos por Estilicon evitaron que se hicieran dueños de la península itálica, no pudieron impedir que se corriesen hacia las Galias, en cuya región se asentaron durante tres años, y desde la cual, en 409, vinieron a nuestro suelo, del cual se apoderaron con muy poco esfuerzo, a virtud del estado de debilidad en que se encontraba el poder de Roma en España, consecuencia natural de la decadencia del Imperio.

Los vándalos se enseñorearon de la parte meridional de nuestra patria, a que dieron nombre (Vandalucía), mientras que los alanos se hacían dueños del centro de la Península, y de la antigua Lusitania. Su estancia en nuestro suelo fue bien corta, pues después de sostener continuadas luchas con las demás tribus, especialmente con los suevos y visigodos, pasaron al África en 429, llamados por el gobernador romano Bonifacio, donde constituyeron un Estado, que logró cierto desarrollo y florecimiento.

Menores aún son las huellas que de su paso por España dejaron los catos y silingos. Llegaron a ella, revueltos con las otras tribus, y menos numerosas sin duda que éstas, y acaso menos guerreros también, fueron de tal suerte obscurecidos por ellas, que apenas si de ellos tenemos otro recuerdo que el de su nombre.

Los suevos eran de todos los pueblos que invadieron la Península en los comienzos del siglo V, los de mayor cultura y civilización, debido al mayor trato que con los romanos habían tenido, mientras estuvieron asentados en la Germania, entre el Oder y el Danubio. De sus costumbres y usos existen algunos datos, merced a los escritores romanos y especialmente a Julio César.

Dueños de la parte noroeste de nuestro suelo, allí fundaron un imperio, que logró existir durante siglo y medio, y alcanzar bastante desenvolvimiento. Idólatras al llegar a España, profesaron el arrianismo desde su rey Rechiario y fueron convertidos al catolicismo bajo el reinado de Teodomiro, gracias a los esfuerzos de Martín de Dumiun, o el Dumiense, quien consiguió reunir un concilio en Braga. Sus instituciones todas guardaban gran analogía con las de los visigodos, y a ellas hay que atribuir el origen de algunas particularidades, que en la vida jurídica de la región donde se asentaron se observan, toda vez que sobre ella no pesaron durante la edad media otras influencias especiales que las determinaran.

El reino suevo murió a manos de los visigodos en los tiempos de Leovigildo.
Ocupaban, pues, la Península diferentes pueblos bárbaros cuando en el año 414 atravesaron los Pirineos los visigodos al mando de su rey Ataulfo.

Difícil, si no imposible, es preciso el origen de este pueblo, pues mientras que unos escritores suponen que procedía del Asia, y pertenecían a la reaza seyta, otros le creen escandinavo, y no falta quien, aunque con escaso fundamento, le atribuya un origen germano. Sea de ello lo que quiera, lo cierto es que en los primeros siglos de la era cristiana, aparecen situados en las orillas del Báltico, y entre los ríos Tanais y Danubio, y divididos en dos tribus: ostrogodos, o godos orientales, y visigodos, o godos occidentales, separados por el Boristenes. Ya porque encontraron en esas comarcas abundantes pastos para sus ganados, ya porque se lo impidieron las legiones romanas, es lo cierto que en ellas estuvieron asentados durante largo tiempo. Obligados más tarde por nuevas emigraciones de pueblos bárbaros, a correrse hacia el imperio, pactaron con ellos los romanos, y mediante el trato y comunicación que entre ambos pueblos se produjo, ejerció gran influencia sobre las primitivas costumbres de los visigodos, la cultura y civilización romana.

A la muerte de Teodosio, creyeron los visigodos llegado el momento de hacerse dueños del imperio, y a las órdenes de Alarico devastaron la Tracia, la Macedonia y la Tesalia. Arcadio, para conjurar el peligro, les concedió la Ilirica, y tras varias vicisitudes, favorables todas a sus planes, lograron imponerse a los romanos y llegar a nuestra patria, según unos, como auxiliares de los emperadores, para combatir a los demás pueblos bárbaros, según otros, con intento de asentarse definitivamente en ella.

Bien pronto lograron dominar en casi toda la Península, pues arrojados de ella los vándalos y alanos, y oscurecidos los catos y silingos, sólo quedaban, en la región noroeste, los suevos, a los que, como hemos dicho, vencieron en tiempo de Leovigildo.

Los hechos principales de la dominación visigoda, a partir desde la invasión, fueron, a parte de los ya indicados, el establecimiento de la duplicidad legislativa, mediante la aparición de códigos, de que nos ocuparemos en lugar oportuno; la conversión de Recaredo al catolicismo, uno de los primeros gérmenes de unidad que existieron; el mayor engrandecimiento de la monarquía visigoda; el cambio de carácter experimentado por la misma, y con el cual continuó, hasta que en el siglo VIII tuvo lugar la invasión árabe, que acabó con la invasión de los visigodos, cuando casi puede decirse que era un hecho la unión de los dos pueblos, el vencedor y el vencido.

De esa dominación, que duró unos 300 años, arranca la existencia de nuestra nacionalidad.



Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
De la serie, "Historia General del Derecho Español".


Es propiedad del Autor.
Queda hecho el depósito que marca la Ley.


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