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Los albores de la piratería


Cuando se menciona la palabra pirata, tendemos a pensar en un robusto marinero de sombrero emplumado, pechera con volantes, botas mosqueteras y un buen vientre cruzado por una bandolera sobre un chaquetón con alamares. O sea, la figura típica del corsario inglés de los siglos XVII y XVIII, encarnada por Francis Drake, Henry Morgan, o el legendario capitán Kidd. Sin duda, esos personajes y su época representan la Edad de Oro de la piratería en Occidente, que dio fama y popularidad a tan intrépido y arriesgado oficio. Sin embargo, su Historia había comenzado mucho antes, desde la más lejana antigüedad, en escenarios que abarcan casi todas las épocas y los diversos mares del mundo.

Se consideraba como piratería todo acto delictivo en el mar, o también “desde el mar”, ya que a menudo los piratas desembarcaban para saquear poblaciones costeras e incluso llevaban sus tropelías a largas distancias tierra adentro. Sin embargo, la mayor parte de su actividad consistía en abordar y robar otras naves, en lo posible indefensas y con cargamentos valiosos. El término se aplica generalmente a los malhechores marinos que actuaban por su cuenta y riesgo, pero abarca también otras categorías, según época y lugar. Así los primeros piratas franceses del Caribe, que solían alimentarse de carne ahumada (viande boucanée) fueron llamados boucaners o “bucaneros”; los piratas a los que un rey o gobierno otorgaba patente de corso eran “corsarios”; los armadores y capitanes que pirateaban en nombre de un país pero con barcos privados, se denominaban privateers; y los marineros de diversas nacionalidades y etnias que se asociaban para navegar libremente en busca de un botín (booty) eran calificados por los ingleses de freeboters, voz que pasó al francés como flibustiers y al castellano como “filibustero”.


Los españoles, principales víctimas del auge de la piratería, no se detuvieron en estas distinciones y consideraron a todos como piratas, no sin bastante razón. Hubo así algunos piratas y corsarios que alcanzaron un gran ascendiente, riqueza y celebridad, gracias a su habilidad, osadía, ambición y, sobre todo, a sus buenos servicios al poder, ya fuera éste visible o invisible. Esos excepcionales hombres y mujeres (que las hubo) protagonizaron aventuras y hazañas que dieron pie a la leyenda romántica de la piratería.

La verdad es que los piratas reales no fueron tan seductores o tan execrables. Por detrás de los capitanes exitosos, la tripulación de piratas de a pie estaba formada por aventureros de poca monta, excombatientes, marineros amotinados, desertores, fugitivos de la ley o esclavos escapados, que buscaban un refugio y medio de vida en la piratería. Reclutados entre las capas más marginales, muchos esperaban hacerse ricos con los fabulosos botines de los relatos tabernarios, que en la realidad no eran tan abundantes ni tan fáciles de obtener.

Lo de los parches y garfios no se lo inventaron Stevenson en “La isla del tesoro” o James Barrie en “Las aventuras de Peter Pan”, sino que eran consecuencia de las mutilaciones en los combates cuerpo a cuerpo o por accidentes a bordo. Tampoco es pura literatura lo de la afición desmedida al ron, licor antillano de caña de azúcar muy fácil de elaborar y muy difícil de aguantar. Sus casi 75º de alcohol hacían estragos en organismos ya minados por la mala nutrición y las fiebres e infecciones tropicales.

No obstante esos marineros vulgares fueron, literalmente, la carne de cañón que hizo posible los enfrentamientos navales, los abordajes y saqueos que dieron fama a los grandes corsarios e incidieron en la política y la economía de esa época de la Historia.
Porque la piratería tenía para ellos dos grandes atractivos: por un lado, un estilo de convivencia y unas pautas de conducta más libres e igualitarias que cualquier legislación de la época; por el otro, el participar en un proyecto secreto para emancipar a la humanidad de sus miserias, un plan trascendente y oculto que no alcanzaban a conocer, pero que daba sentido a sus vidas. No obstante, ya hace más de cuatro milenios, las naves egipcias y fenicias solían ser blanco de acciones que podrían calificarse de piratería, pero la literatura invita a la leyenda…

Imagen: «Sir Francis Drake The Noblest Knight». Publicado bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons.




© Una sección de Félix Casanova para Curiosón, 2016

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