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Victoriano Crémer

Su modo íntimo de creación y su manera de estar en la vida. Poeta comprometido con su tiempo.

Beatriz Quintana Jato con Victoriano Crémer

Cada mes de Junio vuelve a avivarse el recuerdo de la mañana lluviosa en que le dijimos adiós en León (Junio 2009) en ese Barrio Húmedo que lo acogió cuando llegó hace más de un siglo a la ciudad.
Como anécdotas de aquellos días, su gran enfado cuando Pili, la señora que le hacía las tareas de casa, decidió llamar a una ambulancia porque lo veía sin fuerzas, y cuando le dijeron que había que ingresarlo, les espetó: “Pero oigan, que tengo mucho trabajo, yo no puedo quedarme aquí”, y en su cama de la habitación 317 del Hospital de León decía que de momento no tenía previsto morirse ese año ni el siguiente, porque tenía mucho que hacer…

Sirvan estas expresivas escenas para acercarnos al personaje, a aquel hombre que luchó toda su vida por sobrevivir, que “las pasó canutas”, como él decía, que fue un ejemplo increíble de honestidad y laboriosidad, más allá de la literatura, y que la víspera de su muerte, ya agotado, preguntó si le pagarían la nómina del mes de junio…

Antes de comenzar nuestro acercamiento a su persona y a sus ideas, a su vida, es necesario recordar la convicción del autor de que “lo que no es autobiografía no es nada”(nada de ficción, pues, en su vida ni en su obra). Por eso, en la mayoría de las ocasiones serán sus propias palabras las que nos ayudarán a comprender el devenir histórico y personal de aquel niño nacido en Burgos en 1907.

Palabras que, en muchas ocasiones, recogí de su propia voz y recibí a través de sus cartas. Porque yo he hablado con Victoriano Crémer, mucho y muy intensamente durante algún tiempo; me honró con su amistad, y ese privilegio fue una ayuda imprescindible que me guió a escribir sobre él y me guía ahora en lo que hablo.

Recuerdo que un verano del 2001, Victoriano se llevó con él la vieja máquina de escribir cuando se fue de vacaciones, para contestar a todas mis preguntas. Guardo como un tesoro aquellos folios cargados de vida y de recuerdos, así como sus cartas, que solía rematar con sus originales palomas y que contestaba siempre a vuelta de correo. Escribía a máquina y luego ponía los acentos con bolígrafo, y en el membrete de los sobres venía impreso el logotipo de “Espadaña”, la vieja revista surgida en León en 1947.

También me envió, manuscrita entre otras varias páginas, esta “Pequeña autobiografía”, realmente entrañable:
“Me nacieron en Burgos, siendo el mes de diciembre del año 1907. Me plantaron, regaron y sulfataron en León cuando andaba por los diez años. En León, pues, renací y me hice un hombre de provecho. Me casé con leonesa altiva y tengo hijos, nietos y biznietos. Me quedé sin esposa y me duele la soledad en el alma. Escribí muchos libros, tal vez demasiados. Planté algunos árboles. Los amigos me otorgaron títulos y honores superiores a mis merecimientos. Ya puedo morir tranquilo”.
Lo primero que nos llama la atención al analizar la figura de Crémer, es su profundo y contagioso vitalismo.. Afirmaba sin dudarlo, que lo más importante para el ser humano es vivir, “con dignidad si puede ser”.
“Lo único que merece la pena es la vida, con su palpitación de cada día, con su luz distinta de cada instante, con él súbito nacimiento del dolor, con la imperfección humana de la rosa”.
Le asustaban el tiempo y la muerte, pero les plantó siempre cara con ese optimismo que lo caracterizó:
“La edad es una asesina. Hay que hacer como que no se la conoce. Lo que importa es la voluntad”.
Él nunca fue viejo. Era un joven que murió con 102 años en el cuerpo, que quería conocerlo todo, se lamentaba de no haber aprendido informática, y decía tener planes de trabajo al menos para unos 20 años. 
“En ningún momento voy a dejar de hacer cosas… Hay cosas que no tienen jubilación. Me parece que en tanto que no estés retirado de la circulación, tienes la obligación de funcionar, sobre todo en campos como la cultura”.
Crémer negó siempre que haya 3ª, 4ª ó 5ª edad (“el que es joven, lo es toda la vida”), y al cumplir 90 años afirmó convencido:
“Siempre es uno el que se margina a sí mismo, el que se echa en la cuneta del camino y se deja morir”.
En una entrevista afirmaba ser joven porque hoy ser viejo no significa nada ni es cotizable:
“Procuro ser joven y asombrarme de la mayor parte de las cosas que ocurren. Ahora, hay un resorte en los mayores que no falla, y es hablar mal de los jóvenes. Yo, en cambio, me acerco a la juventud a ver si se me pega algo”.
Sin embargo, decía sentir una paz interior grande. Los sinsabores se fueron disipando, dejando sólo el optimismo y la vitalidad que transmitía (“Quiero morir en paz, tranquilo. Creo que lo conseguiré, porque tengo paz interior”).
Asegura –y se lo creemos- haber cultivado la amistad por encima de todo, y tener muchos amigos y ningún enemigo (“porque los enemigos los nombro yo, y no recuerdo haber extendido ninguna credencial como tal a nadie”), y también nos impresiona la valentía con que proclamaba su despego ante la gloria o el dinero: “No tengo ambición alguna, no quiero pasar a la posteridad, no me importan demasiado la gloria ni el dinero”, diciendo también que “le importaba un pepino la opinión de los demás”, precisamente porque se sentía en paz consigo mismo.

Afirmaba Crémer que durante toda su vida le faltó tiempo para escribir, por estar demasiado ocupado en vivir y en sobrevivir, y que toda su obra está escrita “a salto de mata”, y sentía un gran placer cuando conseguía rescatar un tiempo para el poema y le disgustaba ir posponiendo una y otra vez algunos proyectos por falta precisamente de ese tiempo.

Y llegados a este punto, es necesario decir que Victoriano reconocía que la literatura es hoy “un menester inútil”, y sin embargo, paradójicamente estaba convencido de que
“Sólo los poetas pueden mover los pueblos”.
Su afirmación de que la poesía es son por sí sola suficientemente elocuente.
“Un lujo de los pueblos pobres pero honrados”
así como su convicción de que
“Ser poeta es una de las pocas cosas decentes que nos es dado ser a los hombres en la sociedad actual”.
En este aspecto, se mostraba escéptico ante la poesía actual, que en su opinión, ha perdido la fuerza de denuncia...
 “porque los poetas se creen que si hacen un soneto bonito a la rosa ya está todo hecho. La poesía se ha olvidado del hombre y se ha centrado en el lenguaje.. Hoy los poetas escriben muy bien, están todos muy preparados (recordemos que él entró por primera vez en la Universidad en 1992, al ser investido Doctor Honoris Causa en León), pero todos son juegos maravillosamente escritos: que si el mar, que si las flores, que si el amor…¿y dónde está el hombre? Los poetas no miran la sangre que corre por las calles, y se han convertido en algo que no interesa a la gente”.Son duras en ocasiones sus palabras: “Esgrimirse sobre un canto rodado al sol del estío por placentero afán de lanzar gorgoritos rítmicamente, cuando el hombre a secas trabaja, sufre y muere, es un delito”.
Fuerte, dura, ácida en ocasiones, “visceral, hecha a puñetazos, a puntapiés” según Carlos Bousoño, la poesía de Crémer se ha ido haciendo al compás de su propia vida, con la intención última de “construir verso a verso los laberintos del tiempo”.
En el prólogo de uno de sus últimos libros, “La resistencia de la espiga” afirma que los libros de poesía nacen como resultado del amor, y nacen imperfectos, magníficamente imperfectos, impetuosos, alterados, como es el hombre:
“Canto y cuento lo que sé, lo que soy. Me reinvento. Me aprieto el corazón y sangro recuerdos”.
No le gustaba el calificativo de “tremendista” ni el de “social” aplicados a su obra, y sin embargo el existencialismo de su poesía es innegable (“¡Hay que aguantar la vida, compañero! / Hay que seguir viviendo”).

Este estudiante sin estudios, discípulo de todos los maestros, afirmaba que la única universidad a la que asistió fue la de la vida, como estudiante por libre. “Doctor de los contenidos del alma”, como le llamó Jesús Torbado, su pensamiento voló hacia su madre el día en que fue investido como Doctor (“si mi madre levantara la cabeza…”)

Tal vez porque nunca quiso andar por las calles con las insignias de hombre importante, por haberlo tenido siempre tan cercano y por la familiaridad de su presencia, tal vez por ello se nos olvidaba en ocasiones que nos hallábamos ante un Premio Nacional de Literatura.
Antonio Pereira lo definió como “un ciudadano corriente de una ciudad donde los convecinos saben que viene en el Espasa, en los libros de texto de los chicos, y sin embargo lo consideraban muy próximo”.

Profundamente irónico, cuando presentó su novela “La Casona” en el 2001 dijo:
“Cuando cumpla 100 años me darán un premio, no porque lo merezca sino porque toca. Y vivir 100 años te da este tipo de privilegios”.
Comenzaba muchas de sus intervenciones con aquel “Queridos amigos, queridas autoridades competentes e incompetentes, y reconocía haber sido siempre incómodo para las autoridades y para las instituciones.

Caía a veces en el pesimismo y dejaba escapar en boca de alguno de sus personajes palabras de profunda desconfianza en el hombre:
“La Humanidad, que es lo menos humano de este mundo, está formada en sus capas más sensibles y visibles por ferocísimas bestias, por egoístas animales de bellota, por insensibles aves carniceras. La Humanidad como tal, produce asco, dolor y tristeza” (“Los trenes no dejan huella”).
Su pesimismo alcanzaba también a la juventud, preocupándole profundamente de permisividad de la droga y las “movidas”, y en una entrevista reciente se preocupaba con preocupación dónde están los jóvenes, afirmando no entender un mundo cuya juventud se parece a menudo a las momias.
Pensaba Victoriano acertadamente, que a los poderes analfabetos les interesa una juventud ignorante, incapaz de hacer una crítica profunda de la sociedad, y por ello la embrutecen y la halagan, anulando su inteligencia.

Él siempre intentó en sus versos y en sus novelas romper los límites que se le señalaban.
También caía a veces, sobre todo en los últimos años, en una cierta nostalgia: Hasta cierta edad, vives de lo que vives, de tus propias acciones, vivencias, ilusiones… Después, como sigues vivo, que eso es lo malo, que vives demasiado tiempo, como ha cambiado todo, te sientes un poco desplazado. Y entonces te recluyes, te guardas en el recuerdo…”

Castellano nacido en Burgos y renacido en León,  afirmaba ser castellano desde la raíz hasta los ojos, y todo lo que a Castilla concierne, le conmovía y exaltaba.

“La tierra, mi tierra, esta tierra nuestra
tiene el color del sudor y la impotencia
y sabe a pan, a viento roto contra las tapias, a sol viejo.
 La tierra, esta tierra nuestra,
es ancha y profunda”

Sin embargo, será la ciudad de León, escenario de momentos terribles y maravillosos, la que llena la mayor parte de sus páginas:
”Es  León, este trozo vivo en el que muero, el fundamento de mi discurso…. Quisiera hablaros de una ciudad perdida entre piedras y emblemas y viejos pergaminos con olor a maderas y a sangres amarillas, que en la noche rechinan aventando fantasmas.Una ciudad cercada de murallas, de montes y pantanos y tierras de pan y vino agrio, donde los perros del pastoreo ladran a las sombras y se pierden las rutas del milagro”.
Y a la catedral, esa maravillosa catedral de León, dedicó Crémer numerosos y poéticos elogios:
“Como una nave de gloriosa arboladura, en la hora cándida del amanecer atraca en el Puerto de la Plaza”.“La esbelta desnudez de la Catedral, la más exenta y lírica de la cristiandad, la más luminosa, la más gloriosa, la más milagrosa de las catedrales…”“La catedral de piedra sin piedra…”
Crémer, que vivió 50 años enamorado amando a su esposa con exaltación,  que siempre escribió la palabra Amor con mayúscula y creía que el hombre que no es capaz de enamorarse está perdido porque es como una piedra o un animal, me respondió afirmativamente a la pregunta de si hoy se puede todavía morir de amor.
“Y como todo ser vivo, me enamoré. Tan perdidamente, tan absolutamente, que aquel alejamiento del mundo real no me permitía ver ni sentir nada que no tuviera relación con la mujer que se había interpuesto en mi camino. Era una muchacha trabajadora, de origen muy humilde pero de una belleza luminosa, penetrante, ante la cual, pese a mis juegos masculinos de dominio, acabé sucumbiendo y dándome por entero… Fue la gran compañera de mi vida y ahora que ha muerto, me doy cuenta de lo que aquella novia única representaba para mí. A su lado, a su sombra y con su apoyo, pasé las dramáticas vicisitudes que me correspondieron correr en la guerra, y desde la distancia de su muerte y mi vida de hombre mayor a la deriva, me doy cuenta de que todavía me sube por la sangre aquel enamoramiento implacable y glorioso. Se llamaba Trinidad y de ella fueron mis hijos.”
Hay a lo largo de su obra numerosas y maravillosas descripciones del amor, y después de la muerte de su esposa, a la que quiso cuidar personalmente y con verdadera entrega hasta el final, escribió un poema sobrecogedor titulado “La casa vacía”:

“Hondos y lejanos suenan los aletazos del silencio.

Revuelvo los archivos en los cuales
quedara aquella imagen y el recuerdo
de su luz, y tan solo entre los dedos
me queda la dolorida ausencia de la nieve.
…Tanteo las paredes, por si en ellas
quedara todavía la huella de su sombra
o la estampa floral de su sonrisa.
…Piso su huella derramada, me sumerjo
en el clamor de su música y su viento,
digo su nombre, lo repito
contra el silencio de la casa,
tan vacía sin ella, tan sin mí,
ya sólo sombra de un recuerdo,
atributo perdido de la nada,
con el alma sonámbula por la casa vacía
perdiéndome, muriéndome
entre aletazos de silencio y pena”.

“…No hay mayor soledad que la del hombre 
condenado a vivir sobre el recuerdo, 
escuchando el vacío de la casa
y el inútil clamor de las estrellas.”

También me contó en una ocasión el sentimiento de desesperación que sintió al quedarse solo:
“Durante 50 años permanecí a su lado, es decir, nos mantuvimos el uno apoyado en el otro hasta el final. Cuando murió me sentí tan absolutamente solo, tan dejado de todos los hombres y de todos los dioses, y sentí tal sensación de inutilidad, que posiblemente pasó por mi mente la idea de abandonar la pelea.”
“…Soy hombre de un solo amor. Aunque pueda sonar a cursilería o a romanticismo trasnochado, di en encontrar en mi camino a una mujer que fue como la versión ideal de lo que yo necesitaba.”
“Yo estaba profundamente enamorado de mi mujer. Todo lo hacía porque ella existía, hasta el punto de que iba a dar conferencias a los sitios más inauditos y me presentaba a los premios no por el premio en sí, sino porque ello suponía hacer un viaje y poder viajar con ella.
 Desde que ella falta no voy a ningún lado porque no sé estar solo. Pero no cometo la irracionalidad de hacer esa especie de combinación mercantil que suelen hacer algunos escritores, que se buscan una chica joven y con ella hacen una especie de razón social”.
Con la fina ironía que lo caracterizaba y siguiendo con el tema: “Las chicas se enamoran de situaciones estables. La mujer es muy lista. Y aparte de que yo no tengo posibilidades económicas, ni de futuro, ni de ninguna índole que puedan atraer a una mujer. Las mujeres son muy listas, y cuando quieren ser misioneras, se van al Zaire y no se quedan en España cuidando a un valetudinario de 90 años”.

Y antes de ir finalizando, me acercaré a algunas de las páginas de su vida que más importancia tuvieron para él, escuchando siempre sus propias palabras.

Hijo de padre de ferroviario con muchas bocas que alimentar, las necesidades estuvieron presentes en su infancia:
“Recuerdo mi niñez de un modo tan claro, tan preciso, tan convincente, que aquellas vivencias primeras son las que acreditan mi verdadero perfil. Nunca puedo olvidar que fui niño pobre, pero pobre en el sentido más cabal, más total, pobre de miseria, de hambre, de trabajos…” “Tuve que ser hombre, aunque pequeño”…”Formábamos una manada mal alimentada, metida a puñados en aquel cuartón destartalado”…
Recuerdos, pues, de quien nunca pudo ser niño, que trabajó vendiendo periódicos junto al Arco de Santa María en Burgos, logrando aportar al presupuesto general de la casa 6 céntimos de peseta, justo lo que valía un cuartillo de leche.
Vendrían luego otros trabajos como amanuense o mancebo de botica, hasta dar con el trabajo de tipógrafo que ya nunca abandonaría.

Capítulo tristemente importante en su vida fue, sin duda, su detención al estallar la guerra civil, por su vinculación con movimientos sindicalistas y su amistad con Durruti y con Ángel Pestaña.
De su estancia en San Marcos (“el más abominable de los infiernos”), guardaba terribles recuerdos entre los que destacan como los más atroces, los fusilamientos figurados, para diversión de los vigilantes:
“Quien no haya muerto alguna vez, no sabe la enorme presión interior que el hombre es capaz de soportar…Nosotros sabíamos lo que era morir de noche, porque nuestros guardianes jugaban a matarnos con fingimientos espectaculares. Nos fusilaban de mentira contra los tapiales del patio. De las pruebas volvíamos a la celda muertos”.
En la celda nº 5 estaban cuatro detenidos: un profesor de matemáticas, un turista francés, un obrero del ferrocarril y el propio Crémer. Todos menos él fueron fusilados.
Sus palabras sobre la contienda, siempre estarán teñidas de dolor:

“Pisamos trigos, huesos, 
cenizas y metales;
arrancamos los trigos,  
teñidos de amapolas.”

Se le concedió la libertad provisional para instalar los talleres de un nuevo periódico, “Proa”, y tuvo que aguantar el rechazo de unos y otros, y además, una difícil supervivencia, con varias personas a su cargo a las que tenía que alimentar.
Fueron años muy difíciles que afrontó con entereza ejemplar.
Comenzó su colaboración en varios periódicos y también en la radio, donde tuvo un notable éxito.
En 1944 apareció el primer número de la revista “Espadaña”, con todo lo que supuso de entusiasmo y de esfuerzo para él.
Poco a poco su figura comenzó a ser conocida, y llegaron los premios...
Hasta que un 27 de junio a las 9 de la mañana se nos fue, cuando las fiestas de León estaban en su apogeo y él se quejaba de no poder ir a los toros ni a comerse un arroz con bogavante con los amigos… Pero dejaba hechos los deberes, ya que su columna de colaboración en el Diario de León siguió saliendo los días que permaneció ingresado, y también el día que siguió a su muerte…



Otras anotaciones
La prensa leonesa volcó su cariño y su dolor, encontrando titulares tan emotivos como estos:
  • “Se ha muerto el siglo XX”
  • “León pierde la palabra”
  • “Cien años de dignidad poética”
  • “Adiós a un poeta inquieto y agitador de conciencias”
  • “Todo lo que queda es silencio” (Gamoneda)
Palabras que Carmen Busmayor en 1991, al ser nombrado Doctor Honoris Causa:
Por las calles de León bulle un hombre diminuto, andarín, de perenne compromiso, verbo rápido y ágil pluma, adversario de algunos y enemigo de nadie, un hombre modesto que dio en la cárcel, ayer con proyecto de exilio americano, hoy un poco menos soñador, y afincado para siempre en León por voluntad propia; porque en León descansa desde 1989 Trinidad Leonardo, la mujer a la que en plena guerra hizo su esposa, y que sigue hablándole hoy, constantemente…”
Palabras de Juan Carlos Mestre al hablar de Crémer 
Crémer, el poeta insumiso al que admiro, el amigo al que quiero, la imagen más entrañable de lo que debe ser un poeta”.
La autora y amiga, repasando notas y reflexionando:
...Recuerdo que cuando al principio le conté mi proyecto y el miedo a no poder hacerlo bien, él me dijo una frase que ha quedado grabada en mi memoria: "Hay que ser humilde, pero humilde con moderación... Pero, ¿cómo no vas a poder?...

...También he de decir que pienso que esas experiencias son muy difíciles de imaginar para los que no hemos padecido hambre ni cárcel. Y quizá por eso, yo al menos, sienta un cierto sentido de intrusismo al teorizar y valorar sobre estas experiencias sin tener idea de lo que pudieron ser realmente…

...He de decir que el conocimiento de Crémer y de su obra, además de disfrutar de ambos, me han aportado una importante lección de vida: la de que hay que luchar, ser fuerte, no dejarse vencer por los vendavales de la vida. Y de que cuando se quiere algo con fuerza, al final acaba lográndose porque tenemos lo que día a día cosechamos. Y no hay más.

También ese vitalismo contagioso de Crémer me ha transmitido otro mensaje, y es el de disfrutar cada momento y paladear cada pequeña maravilla que la vida nos regale.

Vivir importa, amante
Se muere
de ganas de vivir

...No pretendo ningún tipo de erudición…
Crémer sobre la Poesía
“La poesía consiste esencialmente en dotar a las palabras de una fuerza, de una vibración, de un soporte mediante el cual nos sea dado traducir el mundo”.

“Sin poesía la vida sería mostrenca, aburrida y rufianesca. He vivido para la literatura, que físicamente necesito para respirar”

“La poesía está en todo, lo invade todo, a condición de que el poeta no se desentienda de su condición de hombre”:
Victoriano era sólo 8 años más joven que Borges y 9 que Lorca. Era mayor que Miguel Hernández, que murió hace casi 70 años…
  “Debo de tener una cantidad de años tan abrumadora que yo mismo me siento un poco sorprendido”…

En el Congreso celebrado en León en octubre de 2007 (“Crémer, 100 años de periodismo y de literatura”), dijo: “El problema que tengo es que me sobran 70 años…”

Este hombre indócil, exaltado en el sentido más positivo, irreverente ante el oficio de los palabristas, alegre, solidario, necesario e irrepetible…

Un hombre honesto, tozudo, mordaz, ingobernable, de ideas claras, un hombre pequeño de voz potente que amó durante 50 años a su esposa de forma apasionada y nos dejó el eco de ese amor en versos maravillosos…

Biografía

Victoriano Crémer nació probablemente el 18 de diciembre de 1907 en Burgos, siendo el varón mayor de seis hermanos, en una familia humilde que vivía del sueldo del padre ferroviario, quien, por cierto, se olvidó de inscribir al niño en el Registro Civil, por lo que la fecha es sólo probable.
La figura paterna, y sobre todo la de su madre, estarán presentes a lo largo de muchas de sus páginas. Así, a su padre le dedicó la impresionante “Elegía a la muerte de un ferroviario”:

“Entre los cardos del recuerdo, muerte:
Allí un hombre –mi padre- del tamaño del mundo, que todo lo llenaba.
Llegaba del trabajo cansado como un perro.
…Nunca hablaba de amor. Le parecía
una debilidad, pero con cuánto lluvioso amor nos contemplaba
dormidos sobre el halda materna, sobre el tronco que él a besos regaba y sostenía”.
... para qué tantos esfuerzos?? Para éstos...

La figura de la madre aparece con una dimensión más profunda y constante a lo largo de sus obras.
Hacia ella voló su pensamiento el día en fue investido Doctor Honoris Causa: “Si mi madre levantara la cabeza…”
Y a ella se refiere cuando en “Historias de Chuma-Chuco”  describe a la madre: “Sus pies son largos y juanetudos. Pies de campesina, pies de andar sobre la tierra, con dureza…”
Su madre será la que lo amparará cuando lo van a detener al estallar la guerra, y se encara con sus captores…
“Recuerdo mi niñez…”

Un hecho decisivo fue su enamoramiento y su matrimonio en plena guerra.
 “Me enamoré y me casé, de uniforme, con la mujer querida. En plena guerra”
Al estallar la guerra fue detenido y llevado a San Marcos y a la cárcel de Puerta Castillo, de donde salió inexplicablemente vivo pero con el alma marcada por las terribles experiencias allí vividas.
Cuando en abril del 31 se había proclamado la Segunda República, Victoriano ejerció el periodismo clandestino (estuvo varios días en la cárcel) y fue secretario del Ateneo Obrero Leonés, haciendo amistad con figuras importantes de la vida política y cultural de León: José Vela Zanetti, y los líderes anarquistas Buenaventura Durruti y Ángel Pestaña.
Cuando estalló la guerra civil en 1936, fue detenido y después de algunos días de encierro en un calabozo “para maleantes, borrachos y mendigos”, fue conducido a la prisión de San Marcos.
Sus palabras sobre la contienda estarán teñidas siempre de inevitable dolor:
"Toda España olía a sangre sudor y lágrimas...Y se llenaron las cunetas, las tapias de los cementerios y los montes de hombres y mujeres fusilados con la primera luz del alba. Fue monstruoso. Las monjas fueron sacrificadas y los republicanos y socialistas mutilados hasta el último suspiro. Y yo, que no podía prescindir de mi formación religiosa, me vi envuelto, asqueado y envilecido por tanta crueldad".
En la ficha acusatoria había varios cargos contra él, como el de fustigar al gobierno de la República por no dar armas al pueblo, manifestar su satisfacción por el asesinato de Calvo Sotelo, ser secretario del Ateneo Obrero de Divulgación Social, pertenecer al Partido Radical Socialista, al Partido Comunista, ser cotizante del Socorro Rojo Internacional, y hasta masón (aquí se le escapó un lo que faltaba para el duro”, y fue golpeado por su interrogador).
Poco a poco su figura fue conocida, y llegaron los Premios:
  • En 1963, se le concede el Premio Nacional de Poesia "Leopoldo Panero".  
  • En 1989 la ciudad de Burgos le concede el título de Académico de Honor de la Institución “Fernán González”. 
  • En 1991 el Ayuntamiento de León le concede el distintivo de Hijo Adoptivo de la ciudad y es investido Doctor Honoris Causa por la Universidad leonesa.
  • En 1995, y con varios años de retraso, se le concede el Premio Castilla y León de las Letras por unanimidad del jurado.
  • En Salamanca, en 2001, en el IV Encuentro literario Hispanoamericano, y en ese mismo año, Medalla de Oro de la ciudad de Burgos.
  • En 2001 también, le llega el Premio “Francisco de Cossío” de periodismo por la labor desarrollada a lo largo de toda su vida…
  • En 2003 estuvo en Palencia en las V Jornadas de Poesía, junto a García Montero y Esperanza Ortega.
  • Medalla al Mérito del Trabajo en 2004.
  • Premio de las Letras “Santa Teresa de Jesús”, recibido en Ávila en 2005.
  • En 2005, recibe la Medalla de Oro de la provincia de León, manifestando al recibirlo su hondo leonesismo una vez más: Uno no es de donde nace, sino de donde se hace…Aquí en León se me dieron los hijos y los nietos, de esta tierra y de esta luz fue la mujer compañera del alma compañera, y aquí a la sombra de la Catedral pienso morir… Allí también, por cierto, declaró su profundo pesimismo sobre la situación actual, pues en su opinión “se está haciendo democracia sin el pueblo, y eso es grave”. A su juicio, esta situación es una de las que producen los levantamientos y quemas, en un mundo “que está en llamas, aunque no lo percibamos”...
  • En octubre del 2007, como homenaje a sus 100 años, se celebró un Congreso en León con el título “Victoriano Crémer, 100 años de periodismo y literatura”, y en esos mismos días “EL AULA CRÉMER” abrió sus puertas en León, en la 2ª planta de la Casona de los Pérez, en la Fundación Carriegos, reuniendo unos 5.000 libros y 40.000 documentos del veterano poeta.
  • En un sentido homenaje que se le hizo por su 100º cumpleaños, se dijo que V.C. no es de unos tiempos o de otros, sino que es de siempre y de todos, “Es un siglo de vida  de la ciudad”.  Allí, el poeta manifestó su conformidad con lo que alcanzó: “Amo lo que tengo, y no aspiro a ser más de lo que soy”...
  • Inesperadamente, en 2008 es galardonado con el Premio “Gil de Biedma” de poesía por su obra “El último jinete”, que sus amigos habían presentado al concurso sin que él lo supiera…
  • En enero de 2009 se inauguró en Burgos una exposición, que recientemente ha estado en Valladolid coincidiendo con la Feria del Libro, “Manuscritos y garabatos”, a la que no pudo asistir por razones de salud.





Sección para "Curiosón" de Beatriz Quintana Jato.


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