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El viaje del Rey



Es innegable que la noticia de que D Alfonso XIII iba a venir a Cataluña con motivo de las terribles inundaciones, cogió bien de sorpresa a todos los catalanes. Tampoco puede ocultarse que el movimiento espontáneo del Rey o el consejo de su primer ministro, señor Maura, halagó a la mayor parte. Dígase cuanto se quiera, es lo cierto que tal viaje de suma atención a Cataluña y un deseo evidente de atraerse voluntades. Y esto llena siempre a quien es objeto de semejantes muestras de simpatía o interés. A nadie se le ha ocultado que, semanas antes, Málaga había sido víctima de espantosos desbordamientos y por ello no se habló de visitas reales. En cambio, a las primeras noticias de la catástrofe catalana, se anunció el actual viaje de D Alfonso acompañado del Presidente del Consejo de ministros, empezando, como es natural, por la ciudad andaluza. No queremos juzgar ahora el acierto del iniciador de la presente excursión real. Lo positivo es el vivo deseo de agradar a Cataluña, como no puede menos de ser tratándose de un acto de cortesía.
Diríase que Maura ha aprovechado la primera nueva ocasión que se le ha ofrecido para introducir al Monarca en Cataluña, en la enojada, en la indignada Cataluña, con el único y exclusivo intento de realizar un acto de propaganda favorable a las Instituciones. Ello podría ser, más en fuerza confesar que el Sr. Maura se ha equivocado una vez más con respecto al espíritu catalán. El primer engañado sería D. Antonio Maura.

Cataluña -podemos asegurarlo nosotros que vivimos en ella, que la constituimos, que somos ella misma- ha llegado a la posesión absoluta de su ideal político, y para arrancarla del sitio en que constantemente se ha colocado, es bien poca cosa un viaje de cortesía.

Un pueblo como el nuestro no vive de ilusiones, de promesas, de halagos; es más,  le producen honda indignación en cuanto oportunamente no le siguen realidades, actos positivos y concretos, que, aunque no sean los solicitados, constituyan un paso firme en la evolución del momento actual, en el desarrollo del ideal supremo.

Y la mejor prueba de esa aseveración es sin duda, la correcta actitud de Barcelona ante el anunciado viaje de D Alfonso. Nadie ha echado a volar las campanas. Nadie, por otro lado, se ha sentido molestado. ¿Viene el Rey? Es regular que venga. Se trata de un acto oficial que cumplen todos los jefes de Estado. No hace mucho lo realizaba en su país M. Falliéres con motivo también de unas inundaciones. Mas Barcelona habrá de continuar su vida normal; los catalanes pensarán políticamente igual que antes de recibir de D Alfonso muestras de simpatía. Lo agradecemos, pero no nos conmueve.

Por esta mayor seguridad de ideales y también por el motivo de la visita, en esta ocasión no se ha discutido airadamente la actitud que han de adoptar nuestras autoridades genuinamente catalanas, ni siquiera la de aquellos hombres públicos a quienes el cargo no les obliga a la recepción oficial. A medida que cada indiiduo penetra en el campo de la política con una idea seriamente sentida; así que conoce por sus actos y hasta de cerca, personalmente a los hombres a quienes eleva a los cargos públicos, tiene más fe en ellos y juzga con más imparcialidad y más formalidad sus acciones de carácter político, convencido de que aquellos, como él, no abandonan sus creencias por movimientos de nuevas cortesías hacia aquellas personas, de las cuales sepáranles abismos de doctrinas o sentimientos. Dudar de su rectitud significa haberse equivocado en la elección, o lo que es peor, poseer un bajo concepto de su propia conciencia, tener las resoluciones de su propia debilidad.
No son precisamente los monárquicos los únicos que en semejantes casos han de rodear al Rey; sin negar que éstos naturalmente se han de acercar con gusto al personaje que representa el símbolo de sus amores políticos, mejor fuera que abundaran en el momento de las explicaciones aquellos catalanes que por su carácter y convicción no pueden caer en el pecado del servilismo. La intervención no ha de confundirse con la adhesión; la cortesía es cosa muy distinta del acatamiento.
Nosotros, si ello valiera la pena, nos alegraríamos del proyectado viaje de D Alfonso, porque, aparte de su trascendente significación, da motivo a exteriorizar una vez más el temperamento catalán: severo e independiente, generoso y cortés. Así son los pueblos fuertes, de ideales hondamente arraigados y de esperanza firme en su porvenir.

La Cataluña
revista semanal
19 de Octubre de 1907

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