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La tragedia de los cátaros

En el siglo XI comienza a verse a estas gentes desinteresadas y bondadosas (cátaros, perfectos, buenos hombres o albigenses).


Efectivamente, las gentes del país de Oc, tolerante y natural, parecía como si vivieran en medio de la poesía frente a la del resto de Francia, brutal e inculta. La palabra LANGUEDOC procede precisamente de ahí: frente a la «langue d’Oil», la «langue d’Oc», que dio nombre a esa región.

Amaban la paz y la libertad y su tiempo se repartía entre la meditación y el trabajo. No aceptaban los castigos de los nobles ni de la Iglesia, y tenían una moral exigente que les impedía matar o engañar. Pero también (y aquí es donde más enemigos fueron concitando), rechazaban los sacramentos y el lujo de la Iglesia, siendo llamados por las gentes para ayudarlos a morir, y provocando poco a poco las iras de Roma, que en varias ocasiones los conminó a abjurar de sus creencias, hasta que en el año 1209 dio comienzo la llamada Cruzada contra los albigenses, bendecida por el Papa Inocencio III y vista con agrado por el Rey de Francia para su política expansionista. Era la primera vez que se organizaba una cruzada contra un pueblo cristiano.

Hay muchos episodios lamentables pero entre todos destaca el asedio y posterior destrucción de la ciudad de Béziers, que fue quemada y asolada, con el balance de unos 20.000 muertos según documentos de la época. Fue una matanza de proporciones colosales, cometiéndose con la población indefensa atrocidades que resultan increíbles incluso para la época. Allí se dio la famosa orden: «Matadlos a todos, y Dios ya separará a los buenos…» El botín era inmenso, lo cual hizo que se alistaran miles de personas sin escrúpulos ni recursos dentro de las filas cristianas. El sanguinario y cruel Simón de Monfort estuvo al mando y fue recompensado en el Concilio de Letrán.

Desde 1243, caídas Carcasona y Toulouse, el castillo de Montségur era el último bastión del catarismo. Allí se refugiaron unas 500 personas que fueron sitiadas por más de 20.000, y tras varios meses se negoció la rendición.

La mayor parte de ellos no abjuraron y fueron quemados en un prado situado en la ladera de la montaña y que aún hoy se conserva. La contemplación de Montségur impresiona, y lo digo por haberlo experimentado personalmente. Multitud de leyendas corren por sus muros derruidos, y los Pirineos guardan celosamente su secreto y el recuerdo de aquel terrible genocidio cometido en nombre de Dios, del que se cumplen 800 años.

@Imagen: Cruz cátara, en Wikipedia






Sección para "Curiosón" de Beatriz Quintana Jato.


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