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La cultura del bien hacer

Escasea el goce de la perfección conseguida con esmero




Hubo un tiempo no muy lejano, en que lo que se valoraba no era la cantidad si no la calidad, las cosas bien hechas, bien rematadas. Lo más próximo a la perfección tenía un valor inestimable, se aplaudía a la persona mañosa, al creador y creadora virtuosos que se enorgullecían de la obra conseguida a base de pasión, concentración, habilidad y un incalculable número de horas invertidas. Artistas en lo suyo, artesanos, buenos profesionales valorados y buscados pero también madres y padres de familia u operarios de toda índole cada uno en su función. Era la cultura de bien hacer. El tiempo de goce era el de la ejecución, mientras se estaba bordando, forjando, tallando o construyendo se vivía el momento del disfrute. Pero llegó la invasión de los dogmas economicistas y comenzó a ser indiferente que las cosas tuvieran más parte humana o más exclusividad o que estuvieran cargadas de las emociones de quien las creó, se trataba de hacer muchas, muchas cosas iguales, venderlas pronto y obtener beneficios rápidos. Los objetos singulares quedaron para los pudientes como símbolo externo de riqueza o autosatisfacción de poseer algo especial, porque lo bien hecho quedó relegado al ámbito de los especialistas en eso, en hacerlo bien.

Precisamente, sobre el valor de poner amor en las cosas que hacemos a diario, especialmente las mujeres, trata un interesante libro de  Katrine Marçal titulado ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? En su reflexión la autora analiza la invasión que hemos sufrido por parte del Homo economicus.  Adam Smith, padre de la moderna economía decía que ni el carnicero ni el panadero miraban por nuestro bienestar si no por su negocio, por supuesto que hoy parece una verdad de Perogrullo pero entonces era un enunciado novedoso, así Kastrine le apostilla y añade que Adam Smith cenaba cada noche gracias a que su madre le preparaba la cena, y no lo hacía por egoísmo, sino por amor.

Expresiones populares como coge el dinero y corre, llámame perro y tírame pan, o más vale hacerlo que mandarlo hacer, dejan muy claro que lo que cuenta es tener cosas y dinero, tenerlo pronto y tener mucho, da igual cómo, o trabajar deprisa para salir corriendo. El placer ya no está en nosotros, sino fuera. Todo lo etéreo del ser afectivo y emocional sucumbe a lo que se puede tocar ¡Tan pobres somos!.

imagen: www.supernins.com




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Historias para la prensa de Elisa Docio, ahora también en © Curiosón

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