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La peste del estaño



Pregon para escuchar un concierto grabado


He aquí la huella de don Antonio grabada, por arte de la ciencia, sobre un plástico; huella que, por arte inverso, nos permite revivir el pasado y recrearnos en sonidos y vivencias. Se me ha honrado con la presentación de este disco, especie de torta quemada que resulta ser -ya lo veréis- un manjar recién salido de cualquier hornera, con delicioso sabor palentino. Yo he aceptado complaciente, no sólo por atender el deseo de mis queridos amigos los Guzmán Rubio, sino por reducir mi deuda de palentino y de vecino.

Soy uno de los pocos alumnos sin provecho de la Academia de Música que fundara don Antonio; que fue, por cierto, una de sus obras maestras, tanto por su concepción como por su realización. Sin embargo, paradójicamente, me considero uno de los más entusiastas admiradores de aquel maestro; acaso porque, como muchos de vosotros sabéis, mis vivencias infantiles tienen música de Banda al fondo. Lo cierto es que crecí entre la admiración y en respeto hacia él, que ahora se vuelve gratitud de palentino. De aquí la complacencia: me complace dejar constancia de la impresión perdurable que en  mí dejó la personalidad humana y musical de don Antonio cuando pude contemplar su vida y su muerte desde la distancia de la edad y desde la proximidad del tiempo; y dejar constancia, también, de la gratitud que, como palentino, repito, le debo por su obra, una parte muy pequeña de la cual vais a escuchar.

Don Antonio perteneció a una de aquellas generaciones que buscaban la igualdad de oportunidades, no esperaban a que se las dieran. Para venir a Palencia como director de la Banda, buscó la oportunidad en oposición con once aspirantes más que terminaron felicitándole, reconociendo que aquella era la oportunidad del extremeño. Compuso la marcha prevista que, acaso por presentimiento, tituló "Hacia el triunfo"; la instrumentó para banda de cuarenta profesores; la transcribió de piano y orquesta; explicó las lecciones teórico-prácticas a dos educandos (clarinete y metal); y dirigió una obra a primera vista, y la marcha copuesta con el primer ejercicio. Así se calificó como Director indiscutible de nuestra Banda. Era el 7 de agosto de 1924.

Pero antes había dejado atrás unos años mozos entre sinsabores, privaciones y alguna austera suculencia. Los años habían ido quedando atrás, pero su talante se afirmaba, y su música, su patrimonio -que no su capital- se enriquecía hasta sumar, al morir, 236 obras. Fue un permanente insatisfecho consigo mismo, por eso creó y creó, buscando mejorar, a la vez que crecía su enorme respeto por los grandes maestros. Valentín Bleye diría, comentando su muerte, que era un supersticioso de su responsabilidad artística". Aquella superstición le llevó, a veces, a fragilizar sus propias obras humanas y artísticas; como ocurrió con la Coral que no resistió la disciplina que la i puso y con la que alcanzó éxitos apoteósicos. La Coral -su Coral- fue un instrumento para su arte, un órgano en su cabeza, un desafío para su magisterio; mientras técnica y humanamente le siguieron los coralistas, se produjeron los fenómenos difícilmente repetibles de sus actuaciones, acogidas con entusiasmo popular incontenible en Burgos, León, Torrelavega... y hasta en Valladolid. Pero cuando se rompió aquella disciplina, acaso por fatiga, la Coral enmudeció o cantó en falsete. El fenómeno del enmudecimiento de aquel órgano coral tiene también una interpretación metalúrgica que quiero aportar, contando con vuestra comprensión para mi oficio: los tubos de los órganos de verdad son, como sabéis, de estaño, metal que, cuando la temperatura baja, experimenta una transformación interna con cambio de volumen  y de forma que lleva a su desintegración; naturalmente, ya no vibra. El fenómeno se conoce como "peste del estaño". Se puede pensar que en ese órgano metafórico que fue la Coral, pudiera haber descendido la temperatura cordial por un  fenómeno sociológico, a científico, mucho más difícil de entender, y, también por ello, dejase de vibrar. Dejémoslo así, fue otra peste. Pero, ¿por qué se apestarán las mejores obras humanas? Pues... por eso, por eso que estáis pensando.






Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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