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La explotación de las minas (I)



En las Provisiones Reales ofrecidas a Colón en 1495 se concedía a los indios y a los españoles la tercera parte de todo el oro recogido (no de rescate), y por Real Cédula de los Reyes Católicos (Medina del Campo, 5 de febrero de 1504) se ordenaba: "Todos los vasallos, vecinos y mercaderes de Indias que cogieron oro, plata, estaño, azogue, fierro u otro cualquier metal, habrán de contribuir al Real Patrimonio con la quinta parte de lo que sacasen neto, sin otro algún descuento ni compensación de gasto que el que estuvieren obligados a poner en poder de los oficiales de la Real Hacienda de cada Provincia". En 1548 el quinto se reduce a la mitad, quedando en un diezmo la cuota asignada a los mineros de Nueva Galicia a Zacatecas. En su momento, la Corona se reservaría las minas de azogue y la explotación de las principales salinas; el azogue y la sal eran para la amalgamación, ingredientes indispensables e importantes, respectivamente.

Felipe II confirma en 1563 que los indios podían descubrir, poseer y labrar, como los españoles, minas de oro, plata y otros metales; y, unos años más tarde, dispone que los mineros y beneficiadores debían ser favorecidos y considerados en todas sus prerrogativas, no pudieron embargárseles, en caso de deudas, ni esclavos, ni herramientas, ni provisiones, "ni cosa alguna necesaria para sus trabajos".

El laboreo de minas y el beneficio de metales estuvieron reglamentados por las Ordenanzas (Recopilación de Castilla) conocidas como Nuevo Cuaderno. Además de las Ordenanzas de Castilla, regían en cada sitio las de sus Virreyes las de don Luis de Velasco en Nueva España.

Aunque con Colón llegaron a la Española (en su segundo viaje) "mucha parte de gente trabajadora... para sacar el oro de las minas", y de que en el Memorial a los Reyes (1494) se pedían lavadores de oro y mineros de Almadén, lo cierto es que ni los expedicionarios ni los primeros colonizadores tenían, en general, la más remota idea de prospección y laboreo de minas -eran soldados, no mineros- y este inconveniente para nuestro objeto, hubo que salvarse con laboriosidad, sentido común e ingenio y, en tanto se adquiría experiencia propia, se aprovecharía la de los aborígenes, donde la hubiera. Se seguiría la veta partiendo de su afloramiento, cavando, en un principo, a cielo abierto, o mediante socavones o tiros inclinados, para profundizar después en el seguimiento, abriendo galerías donde apenas se tuvo en cuenta ni la seguridad de la mina, ni las facilidades para el transporte y desagüe. Más tarde se perforarían pozos o tiros verticales. En las minas de Avino (Durango) se trabajó inicialmente la veta grande a cielo abierto como revela una zanja de dos kilómetros de larga, se senta metros de profundidad y diez de anchura.

Imagen: Mapa de Cristóbal Colón. Lisboa, taller de Bartolomé y Cristóbal Colón, hacia 1490.





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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