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Rosalía de Castro también importa en Castilla

Rosalía de Castro muere el 15 de julio de 1885, ahora hace 132 años, y no debemos olvidar tal conmemoración en el corazón de esta Castilla a la que nunca entendió... Conviene hacerlo porque es difícil encontrar una autenticidad humana tan profunda y un lirismo tan delicado y sincero como el suyo. Su poesía humanísima y sincera brotó precisamente cuando el Romanticismo languidecía y los poetas brillantes y huecos componían sólo para el aplauso y despreciaban el intimismo de Bécquer.



Es la suya también una poesía atrevida, que denuncia la pobreza y las vicisitudes que soportan sus paisanos y llora de impotencia ante “los campos de soledad” y “las viudas de vivos y de muertos” en que la emigración dejaba sumida a Galicia. Una poesía que también transparenta como pocas el sufrimiento y la tristeza que llenaron gran parte de la vida de su autora, una pena existencial que encontraremos posteriormente en poetas como Machado o Miguel Hernández (“La aguda espina dorada” de que nos habla el primero, o “el carnívoro cuchillo” que encontramos en la obra del segundo, son reflejo exacto de aquella “negra sombra” que persiguió a Rosalía desde su nacimiento hasta los últimos dolores de su enfermedad).

Y en esta España autonómica conviene también apreciar los valores reales de la poesía dondequiera que estén, tanto por la universalidad de su mensaje como por el sentimiento íntimo que provoca en cualquier lector, ya sea castellano, andaluz o gallego.

Pero es necesario hacer un breve recorrido por su vida y su obra para conocerla mejor: hija ilegítima, y además de canónigo e hidalga venida a menos, Rosalía nace en Santiago de Compostela un 24 de febrero de 1837 “de padres incógnitos” según registra la partida bautismal.

Tuvo una infancia llena de soledad, sin el cariño y el amparo de unos padres y con las murmuraciones y la ironía de los que la rodeaban y que ella no lograba entender. Es ahí precisamente donde se forja su espíritu sensible y temeroso; hay que suponer que si su infancia hubiese transcurrido en un pazo y con el amor de una familia, nunca habría tenido un conocimiento exacto del sufrimiento de las gentes del pueblo como lo tuvo, incluso es casi seguro que nunca habría escrito en gallego, ya que éste fue un compromiso que contrajo con su tierra al oírlo por los caminos y los campos a la gente del pueblo.
Al mencionar este tema de la lengua gallega como instrumento de su mejor poesía, tengo que insistir en su gran valentía al hacerlo: ella no conocía tratado o gramática alguna, ni siquiera había leído la poesía de los Cancioneros medievales; es decir, que se guía exclusivamente por lo que oye, por la lengua que escucha día tras día en el pueblecito de Ortoño a las gentes sencillas para las que escribe, aunque ella misma reconoce que tendrán que pasar muchos años antes de que ese público pueda leerla, pues en su mayoría eran analfabetos.

Se relacionó desde muy joven con un grupo de escritores en el Liceo de la Juventud de Santiago, y esta mujer “joven poco amiga de vanidades, flaca, de poca salud, sin apellido, sin fortuna y sin grandes valedores”, se casa en 1856 con Manuel Murguía, periodista entonces y una de las personalidades más importantes que en el campo de las letras ha producido Galicia; aunque siempre tuvo el poyo profesional de su marido, la felicidad conyugal que encontró junto a él no fue grande.
Después de cuatro siglos de inactividad y olvido de la lengua gallega, se publicaba en 1863 su obra Cantares gallegos, que supone el inicio del “Rexurdimento” de la literatura gallega; con esta obra empieza a existir de nuevo como tal, y se inicia el verdadero proceso de Regeneración de Galicia. Es un libro de reivindicación y desagravio hacia esa tierra y esa lengua a las que amó Rosalía más que a nada; pero confundir este libro con un conjunto de páginas costumbristas e idílicas teñidas de sentimiento, es empequeñecer su contenido. El libro es, en efecto, un canto a las bellezas de su tierra y a su gente, pero es también un deseo de demostrar a España que tanto el pueblo gallego como su lengua son dignos, al menos, de respeto.

La lengua gallega, según ella, es dulce y sonora como cualquier otra para escribir poemas, y no ese tonillo irónico con que es imitada más allá del Bierzo...

Por eso al analizar este libro es necesario aclarar que Rosalía no odia a Castilla, pero no puede ver belleza alguna allí donde se desprecia a los suyos (Recordemos que ella tuvo que salir de Galicia acompañando a su marido, y vivió en distintos lugares como Simancas o la Mancha. En aquellos años, la miseria hacía que muchos gallegos viniesen a trabajar en verano a Castilla, en unas condiciones terribles).

La obra fue publicada el 17 de mayo, y ese día fue elegido precisamente para conmemorar el Día de las Letras Gallegas.

En 1880 aparece su segundo libro en gallego Follas novas, libro profundo y tremendo lleno de melancolía, en que la autora penetra hasta lo más hondo del ser humano. En el prólogo afirma que el poeta no puede ser ajeno a su tiempo, debiendo reproducir el lamento exhalado por otros labios (compromiso bien distinto de la poesía rosa de las mujeres de su tiempo).

Sin embargo, la poesía de Rosalía es difícilmente analizable desde una perspectiva ideológica o política: a ella le duelen profundamente el sufrimiento y la injusticia, pero en mi opinión no pretende cambiar el mundo, por mucho que algunos intenten colgarle la etiqueta revolucionaria.

Sus últimos años los pasa en Padrón en medio de una gran soledad, desesperanza e intensos dolores. El cáncer se la llevó un 15 de julio de 1885, siendo posteriormente trasladados sus restos a Santiago, donde reposa en el Panteón de Gallegos Ilustres.

Para finalizar, y como justificación de la importancia de esta mujer admirable, citaré a Azorín, nada sospechoso de feminismo: “En tanto que aquí, en la gran ciudad, los poetas lanzaban versos rotundos y enfáticos, allá, en un rincón de Galicia había una mujer que iba componiendo en silencio unas poesías delicadas, suaves, íntimas, henchidas de emoción...”

Efectivamente, estamos ante una mujer que en el siglo XIX se atrevió a escribir, lo cual no es poco; pero que además escribió poesía, y en gallego, dedicando su obra a los campesinos y pescadores de su tierra.

Esa mujer que fue alabada y leída por Unamuno, Machado, Azorín o Juan Ramón Jiménez con admiración, merece hoy nuestro homenaje, ciento treinta y dos años después de su muerte, en Castilla.

Imagen: De Luis Sellier Escritoras.com Dominio público-commons.wikimedia





Sección para "Curiosón" de Beatriz Quintana Jato.


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