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Antonio Machado



Después de tantos y tantos fastos conmemorativos del 98, quiero sin embargo resaltar, a modo de pequeño homenaje, la fecha del 22 de febrero, en que se cumplirán setenta y siete años de la muerte de aquel poeta al que Unamuno denominó “el hombre más descuidado de cuerpo pero el más limpio de alma”.


Fue un miércoles de ceniza, y ocurrió en Collioure, un pequeño pueblo de la costa francesa cercano a la frontera española. Había llegado un mes antes, el 28 de enero, procedente de la guerra de España y aunque iba herido de muerte, su mal no estaba tanto en el cuerpo como en su alma de republicano y de demócrata convencido que veía extinguidas todas las esperanzas de triunfo. Pasó la frontera a pie porque la ambulancia en que viajaba con algunos familiares y amigos se averió en el camino, entre otros miles de españoles que iban al exilio, entre el frío exterior y la tristeza de ver perdido para siempre aquel “nuevo florecer de España” con el que se había atrevido a soñar. En uno de sus bolsillos encontraron arrugado un papel en que había escrito su último verso, teñido de nostalgia: “Estos días azules, y este sol de la infancia”.

Y es que efectivamente, la infancia de Machado había estado llena de sol y de días azules: había nacido en Sevilla en julio de 1875 en el Palacio de las Dueñas, en el seno de una familia de tradición progresista y liberal (su abuelo paterno había sido profesor en la Institución Libre de Enseñanza y gran amigo de Giner de los Ríos, y su padre, folclorista y escritor que firmaba con el seudónimo de “Demófilo”, había sido excomulgado por su liberalismo anticlerical).

Mal estudiante, Machado acabó tarde sus estudios de Bachillerato y por ello tuvo que conformarse años más tarde, muertos ya el padre y el abuelo, con ser profesor de francés en el Instituto General y Técnico de Soria. Aunque su juventud estuvo llena de teatros, de bohemia, de varios viajes a París y algunas traducciones de francés, el contacto en 1907 con la ciudad de Soria y a través de ella con el paisaje y las gentes castellanas, dejaron una huella profunda en el poeta, que trazará una y otra vez cantos llenos de amor hacia aquellas “tardes tranquilas” junto a las grises tierras que baña el Duero. En Soria también encontró el amor en la persona de una niña de quince años, Leonor Izquierdo, con la que se casó en 1909; pero la felicidad duró poco, porque Leonor enfermó durante una estancia del matrimonio en París, y en agosto de 1912 murió sumiendo al desconsolado esposo en una terrible etapa de la que sólo años más tarde logró recuperarse. De nuevo en Andalucía, el Instituto de Baeza fue segundo destino como profesor aunque su corazón quedó para siempre entre los cerros plomizos que circundan la ciudad soriana, y cuando paseaba por los campos de su tierra, “bordados de olivares polvorientos”, se sentía inevitablemente “solo, triste, cansado, pensativo y viejo”. Fue entonces cuando se interesó por la Filosofía hasta el punto de matricularse en la Universidad Central de Madrid y obtener la licenciatura en Filosofía y Letras. En su deseo de acercarse a la capital, donde estaba su familia, pasó al Instituto de Segovia en 1919 y más tarde, al recién creado  Instituto de Enseñanza Media “Calderón de la Barca” de la capital.

En sus últimos años, un nuevo amor vino a ilusionar la vida del poeta. Se trataba de una escritora casada, Pilar de Valderrama (Guiomar), a la que veneró Machado desde el primer momento; pero la guerra los separó, marchando ella con su familia a Portugal y enterándose de la muerte de Machado por las noticias de la radio...

En cuanto a sus ideas, siempre estuvo en la base de las mismas la profunda convicción de que cada uno debe trabajar para hacerse un lugar en la vida; su famosa identificación de la vida con un camino individual e inexcusable que cada cual debe recorrer después de haberlo trazado, está presente en todo cuanto escribió.

“España inferior que ora y embiste  
cuando se digna usar de la cabeza”, 
esa “España de charanga y pandereta,  
de espíritu burlón y de alma quieta” 

Con el tiempo su postura se radicalizó, tal vez ante tantas y tantas injusticias sin solución, y sus anatemas contra esa "España", son un desesperado intento de llamar a la acción a esa otra España joven a la que tanto admiró Machado, la España “del cincel y de la maza”, “implacable y redentora” en la que estaban, junto con el trabajo y el pensamiento, las claves del progreso en su opinión (“la patria no es el suelo que se pisa, sino el que se labra”). Por otra parte, su profundo amor a España le impidió halagar a los españoles y vio con profundo pesar el desprecio con que en nuestro país se consideró siempre el desarrollo científico y cultural, así como los grandes interrogantes sobre la existencia.

El Desastre del 98, hecho aglutinante para los miembros de la que será llamada Generación del 98, hizo mella en Machado al igual que en el resto de los componentes del grupo y lo mismo que a ellos, le sirvió de acicate para reflexionar sobre los vaivenes de la política española. Su conciencia crítica ante los males de la patria no hará sino ir aumentando con el tiempo.

Influido por el Modernismo en su juventud, publicó en 1903 su primer libro, “Soledades”; pero la huella de Rubén Darío fue desapareciendo ante la fórmula personal que poco a poco se iba adueñando de su poesía, en la que ya siempre predominó el fondo sobre los revestimientos formales:

“Ni mármol duro y eterno, 
ni música ni pintura,  
sino palabra en el tiempo”. 

En el Prólogo de su primer libro afirmaba Machado que “no hay poesía sin ideas”, y fue precisamente una poesía profunda cargada de ideas la que desde entonces escribió: en 1912 “Campos de Castilla”, reflejo de su contacto con tierras castellanas; en 1924 “Nuevas Canciones”, en metros y estrofas andaluzas; además, el “Cancionero apócrifo de Abel Martín y Juan de Mairena”, y su colaboración en alguna obra de teatro con su hermano Manuel: “La Lola se va a los puertos”, “Julianillo Valcárcel”...

A aquel hombre humilde, solidario, humanísimo y profundo, inteligente, pobretón y desaliñado, de fino humor, que consiguió ser respetado por todos y por todos entendido, que ha sido y seguirá siendo figura de leyenda, nuestro humilde recuerdo teñido de gratitud, a los setenta y siete años de su muerte.





Sección para "Curiosón" de Beatriz Quintana Jato.


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