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Las Leyes de Las Indias

En el aspecto laboral las Leyes de las Indias salieron al paso de los atropellos o de los abusos, tan pronto como se denunciaron; otra cosa es el grado de acatamiento que tuvieron, o la fidelidad en su interpretación. Para las circunstancias y características que se daban en el Nuevo Mundo se instituyeron la Encomienda Indiana y la Mita.



La Encomienda indiana fue, segun Carlos Prieto, una adaptación de la Encomienda europea medieval. Era una dependencia recíproca -pero no igual- entre dos personas libres, una de las cuales, la poderosa, protegía a la más débil a cambio de un servicio leal. Esta fue la relación que existió entre grupos de indios y colonos o encomenderos en cuanto a la utilización de la mano de obra indígena, relación que siempre dejaba a salvo la libertad jurídica y la suprema soberanía de la Corona.

La Mita era un servicio obligatorio, equivalente al servicio militar, para realizar trabajos que se juzgaban indispensables o urgentes para la Corona o la Comunidad, como el ocasional pastoreo o, de forma más regular, el trabajo en la mina. Los mitayos se reclutaban por sorteo en los poblados de indios y el reclutamiento afectaba a una parte de la población útil (1/7 en Perú, 1/4 en Nueva España), que se relevaba cada diez meses.

Si alguien quisiera juzgar estos hechos desde nuestro tiempo, tendría que hacer un difícil esfuerzo para situarse, en cuerpo y alma, en los primeros años del Descubrimiento. Sin ese esfuerzo, el juicio no sería justo, como no lo ha sido en tantos otros aspectos. Don Modesto Bargalló, quien profundizó como ningún otro en el análisis del Descubrimiento, desde la perspectiva mdetalúrgica supo situarse, desde su exilio en México, frente al hecho inverosímil del Descubrimiento y escribió lo siguiente, que me gusta recordar cuando me ocupo en estos temas:

"Por muy lejos que estemos de todo espíritu de conquista y nos duelan sufrimientos morales y físicos de todo país conquistado, ha de convenirse en que los descubridores y conquistadores de Indias  no mostraron solo ambiciones de tierras y riquezas. Contra la enfermedad y el hambre, y en las luchas con los aborígenes y entre ellos mismos, ofrecieron valentía, audacia, altivez, atracción por lo incógnito; y, con ello, dieron cara al dolor y al infortunio. Y, a no pocos, les estimuló el anhelo de ganar un sitial glorioso en la historia. ¿Pudieron pensar de otro modo el mozalbete Cieza de León al anotar amorosamente en su diario (su futura Crónica del Perú) desde Cartagena de Indias a Potosí, sus impresiones sobre paisajes y pueblos; y Bernal Diaz del Castillo al escribir, ya maduro, sus recuerdos de la conquista, creando la maravilla de su Verdadera Historia de la Conquista de la Nueva España".

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Imagen: Maquinaria de la mina de oro de La Nava de Jadraque, foto de Modesto Bargalló (Archivo La Alcarria Obrera) 





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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Aspectos económicos

La minería y la metalurgia adquirieron, desde los primeros tiempos del Descubrimiento una gran importancia tanto para la economía privada de los descubridores como para la de los reyes. Era natural que pronto también se tratara de ordenar la adquisición y explotación de minas y de resolver litigios, así como de fijar la participación de la Corona en los beneficios. Por ello, además de Virreinatos, Gobernadores, Adelantos, Municipios y Capitanías, se crearon Audiencias, Tribunales, Cajas Reales, Casas de Monedas, Bancos de Rescate y de Avío, Ordenanzas de minería, etc... Las minas eran un derecho de regalía y quedaban reservadas al Rey sin que ello impidiera su explotación por los particulares con carácter de usufructo, a cambio del cual se pagaba un canon que variaba según el momento, según el producto y según los beneficios obtenidos. 



Algunas minas o productos quedaron totalmente reservados a la Corona por razones de conveniencia general, reserva que podía ser teporal o definitiva, como fueron reservadas las minas de mercurio de Huancavélica.

En Nueva España se aplicaron las Ordenanzas de Nuevo Cuaderno, recopilación realizadas a instancias de Felipe II (1584), en las que se establecían las reglas que protegían el trabajo y el trato de los indios en las minas. En 1761, se publicaron los comentarios a las Ordenanzas de Minas del criollo don Francisco Xavier de Gamboa. Las últimas Ordenanzas de Minería para el Virreinato de México se aprobaron por la Real Cédula de Carlos III en 1783. Precisamente en esas Ordenanzas se declaraba urgente la creación de un Colegio de Minería en el que se pusieron muchas esperanzas para la debida preparación de los técnicos mineros.

Más grave y complicada fue la Administración del Patrimonio Real (tierras, señoríos y minas). Para ello se instituyeron las Cajas Reales, supervisadas por virreyes y gobernadores.

El primitivo trueque de cosas se fue sustituyendo por el contrato pagado con barras de plata, tejuelos de oro o metales en polvo, mercaderías cuyo valor dependía del grado de afinación, de su peso, o de su volúmen; de ahí que la autoridad introdujera el ensayo para determinar el título (pureza) de los metales, y también la división de las piezas en fracción es que llevaban estampado su precio y su valor. Así se llegó a la moneda acuñada con el valor fijado por el Estado.

Por Real Cédula de 1535 se crean en el Nuevo Mundo tres casas de Moneda -México, Lima y Santa Fe (Colombia)- que habían de hacer las amonedaciones de acuerdo con las Casas de Castilla. La Casa de Moneda de México empezó a acuñar moneda de plata y de cobre en 1536; por cierto que la de cobre hubo de sustituirse por medios reales de plata porque los propios indios la despreciaban. Hasta 1675 no se permitió en Indias amonedar el oro.

Cuando las haciendas o Reales de Minas estaban lejos de las ciudades en las que estaban ubicadas las Casas de Moneda, se hacía difícil, peligroso y gravoso enviar las barras de oro y plata; y complicado y largo cobrar su importe, lo cual incidía en el pago a los mineros. Por otra parte, las Casas de Moneda solían quedarse sin metal que amonedar. Esto explica la aparición de mercaderes que especulaban con la plata rescatada, con perjuicio para los mineros y también para la Real Hacienda. Los citados Bancos de Rescate procurarían que nunca faltase en  las Cajas Reales próximas a los Reales de  Minas, moneda bastante para pagar al minero, a precio justo, sus metales. Hubo Bancos de Rescate en San Luis de Potosí (1791), Zacatecas, Pachuca, Sombrerete, Rosario Zimpan. Chiuahua, Durango y Guanajuato (desde 1791).

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Nota de Curiosón
El mercurio causa daños tanto en el sistema nervioso del hombre como en las tiroides, los riñones, los pulmones, el sistema inmunológico, los ojos, las encías y la piel.

Imagen: Impacto





Felipe Calvo, humanista palentino. 
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Importancia del Mercurio

Como habrá podido apreciarse, el azogue (mercurio) era el producto básico para el beneficio de los minerales de plata por amalgamación cualquiera que fuese el procedimiento o la variante: el mercurio, no conocido en Tierra Firme, llegaba en baldreses desde España. Por eso fue muy importante el descubrimiento de las minas de Palcas (Huamanga) por Enrique Garcés (1563), y de las de Huancavélica (Perú) por Navincopa, un indio de Amador Cabrera, cuando éste seguía la pista al limpe (bermellón) utilizado por los indios en sus tatuajes.



El mercurio estuvo tan asociado a la plata que su consumo sirvió de base para el cobro del quinto real. Esto explica la influencia del gremio de Azogueros que controlaba la obtención, transporte, reparto y precios del azogue. Don Pedro Cañete y Domínguez dedicó una obra al ilustre Gremio de Azogueros de Potosí y la azoguería de Nueva España no pudo tener un panegirista como el Señor Cañete, porque tardó en encontrarse mercurio y, porque, cuando se encontró, no lo fue en abundancia. Hubo explotaciones en Chilapa (1676), en la Sierra de los Pinos (Nueva Galicia), en Cerro del Carro y el Pinacho (1740), y en Temazcaltepec (1743), el Mercurio para los Reales de Minas de Nueva España llegaba de Huancavélica (Perú) y de almadén (España), y llegó hasta de China, vía Acapulco.

En las leyes recopiladas de Indias quedó bien reflejado el carácter reservado del tráfico, venta, aprecio y distribución del mercurio. La ley número 78 decía:
"Sólo por cuenta de la Real Hacienda se comercia el azogue, pena de ser pedidos; y se prohibe la venta a los mercaderes y mineros, aunque sea de lo que se les ha repartido por cuenta de la Real Hacienda".
Curiosamente, las cosas no han cambiado mucho en la Vieja España por lo que respecta a su aún más viejo mercurio: la Real Hacienda sigue imponiendo su Real gana, monopolizando su explotación y, naturalmente, su comercio.

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Nota de Curiosón

En Querétaro hay en la actualidad 300 minas, la mitad de ellas trabajan en la informalidad y se concentran en la Sierra Gorda; los mineros ganan de mil a dos mil pesos semanales, según su nivel de producción.

Una gran parte de los mineros dedicados a su extracción -según informa "El Financiero"- trabaja de forma clandestina, sin las más mínimas medidas preventivas para su salud y seguridad, lo que el año pasado provocó la muerte de al menos cinco trabajadores. Son auténticos gambusinos que buscan el metal en las minas abandonadas o que trabajan a cambio de una comisión por sus hallazgos.

Mientras se aplica en México, autoridades ambientales procuran aminorar el daño que pueden tener los mineros con la sustitución de su tradicional proceso de horneado con leña para obtener el metal, con hornos de gas, lo que además impedirá que continúe la deforestación de la zona.

Informó 
El Financiero, 14/4/2014






Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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Amalgamación y método del "patio"

Digamos, en primer lugar,  que la amalgamación (disolución, aleación o reacción) de la plata y el oro con el mercurio, era un hecho bien conocido. Precisamente cuando Medina andaba todavía por Sevilla, Vanoccio Biringuccio había publicado su libro De la Pirothecnia (1540) en el cual no sólo se describe el fenómeno en sí, sino que en su capítulo XI, libro noveno, se refiere al "Método de extraer toda partícula de plata u oro de escorias de minerales, o barreduras de cecas, hatihoas y orfebres; y también de las contenidas en ciertas menas". Cabe pensar que hasta Sevilla, parada y fonda de los Metales del Nuevo Mundo, llegara desde la Europa aún estupefacta, el libro de Biringuccio. 



Y cabe que Bartolomé de Medina tuviese conocimiento de lo que en él se decía, pero debidamente explicado al mercader por alguien con cierta experiencia en el arte. Aquí es donde pudo entrar en escena el alemán, no católico, que se dice llegó con Bartolomé de Medina a Nueva España, aquél a quien las autoridades no dejaron desembarcar para no perjudicar la fe aunque se beneficiasen mejor los metales. Si esto sucedió así, Medina hubo de echarle mucho valor, tesón, intuición y talento, para sin el alemán y sin experiencia -aunque con fe en Nuestra Señora- cuajar su invento.

Aún está pendiente de aclarar también si Bartolomé de Medina fue realmente quien introdujo la amalgamación en el Nuevo Mundo. La cuestión se plantea porque existe una cédula de la Princesa Gobernadora, extendida en Valladolid el 4 de marzo de 1551 que permite dudar de ello. En esa Cédula se dice que "habiendo visto lo que nosotros y vuestro Virrey de esa tierra nos habéis escrito acerca de la necesidad grande de que se envíe a ella cantidad de azogue para beneficiar la plata...". Como puede apreciarse esto ocurría tres años antes de que Medina, con o sin el alemán, desembarcara en México. Por otro parte, al dar la noticia de las minas de Guadalcanal (México), descubiertas poco antes de 1555 (año de Medina), se alude a unos alemanes que llegaron con un Juan de Juren (o Xuren) a quienes se les reconoce saber las técnicas de fundición, pero no las de afino ni, desde luego, las de amalgamación. En vista de ello, la citada Princesa requería a don Agustín de Zárate para que platicara "con Juan de Xuren si esos alemanes han usado del azogue para lo de las fundiciones, porque de la Nueva España tengo aviso que es muy provechoso para ellas y se hacen mejor y más presto y a menos costa; escribidme heis si lo saben hacer o no". No sé si don Agustín de Zárate llegó a platicar con Juan de Xuren pero la respuesta tendría que haber sido no, ya que ni el azogue se usaba en la fundición, ni nadie, antes que nuestro Bartolomé de Medina, utilizó el hecho de la amalgamación -aunque fuera conocido- para beneficiar la plata de sus menas, lo cual hizo diseñando el proceso, con rigor, con base en la experimentación, en cuya prueba no faltó ni la preparación previa de la mena, ni las adiciones de los productos convenientes, ni la recuperación y reciclado del reactivo principal -el mercurio- por el procedimiento idóneo -la destilación y condensación-. Dejemos, pues, a los alemanes en su sitio y a Bartolomé de Medina en el de indiscutible inventor.

Europa aceptó complacida el hecho de la abundante plata y, curiosamente, se interesó poco por el cómo. Así se explica que más de doscientos años después de los acontecimientos que venimos comentando (1786) el Barón de Born propusiera, esencialmente, el mismo tratamiento que nuestro don Alvaro Alonso Barba desarrolló en Perú. Federico Sonneschmidt que formaba parte de la expedición de mineros y metalurgos sajones que acompañaron a don Fausto de Elhúyar a Méjico (1788), escribía en 1798: "No tengo embargo en declarar que con diez años de trabajo no he podido lograr ni el beneficio de Born ni otro método preferible al del patio" (procedimiento de Medina).

Retrato de Álvaro Alonso Barba por Eulogia Merle.
Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología-commons.wikimedia






Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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Bartolomé de Medina


A mediados del siglo XVI aparece en Nueva España el método de amalgamación para el beneficio de los minerales que contenían oro y/ o plata, lo introdujo Bartolomé de Medina en 1555 desarrollando su método del patio en las minas de Pachuca, como ya se ha dicho. Su éxito fue tal que en 1562 ya había en Zacatecas 35 haciendas en las que se utilizaba aquel procedimiento, incluso con menas no aptas para beneficiarlas con fusión. Diecisiete años después (1572), Pedro Fernández de Velasco lo llevaba al reino de Perú, cuando las minas de Potosí declinaban porque descendía la ley del mineral de su famoso Cerro.

El método o procedimiento del patio era un proceso en frío que comprendía cinco etapas:
  • 1) Quebranto de la mena con mazos, seguido de pulverización en molinos o arrastras. 
  • 2) Repaso (amasado) de los polvos obtenidos humedecidos, se hacía por pisada de caballerías.
  • 3) Mezclado de la masa húmeda con sal, mercurio y magistral (¿piritas cobrizas tostadas?) para obtener las tortas.
  • 4) Lavado con agua para separar la amalgama de plata.
  • 5) Calentamiento de la amalgama en las llamadas capellinas, para destilar y recuperar el mercurio, quedando la plata como residuo. El proceso duraba varias semanas, posteriormente se abrevió calentando.

En Potosí, inicialmente, también se trató el mineral molido en frío pero en cajones (pequeñas bolsas o tinas de piedra o de obra), que luego se calentaron por debajo y tomaron el nombre de buitrones. Alonso Barba, en 1590, desarrolla su procedimiento de amalgamación en caliente por cazo y cocimiento que describe minuciosamente en su Arte de los Metales.

Pero, ¿quién era Bartolomé de Medina? Pues, lo leído: uno de los multiples mercaderes de Sevilla que, por cierto, comerciaba en telas. Cómo llegó a sus cincuenta años, a interesarse por la metalurgia de la plata, que se desbordaba por Sevilla, es un misterio. Pero es bien cierto que, dejando mujer y cinco hijos -como él mismo decía al Virrey-, llegada a Nueva España hacia 1554.

Aunque, por aquellos años, se pedían desde el otro lado del océano afinadores por capelación, lo más probable, para acabar debidamente el beneficio de la plata contenida en los plomizos -oficio éste de afinador en el que, según parece, los sevillanos fueron diestros, ello no explica el caso del mercader Bartolomé de Medina. Las circunstancias de su invento siguen aún confusas y merecen que se profundice en ellas; será en otra ocasión. No obstante, fue tan importante la introducción de la amalgamación como procedimiento de extracción de plata contenida en las menas que conviene ahora, al menos, dejarlo situado en su momento metalúrgico.

Imagen: Retrato de Bartolomé de Medina por Eulogia Merle
Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología-commons.wikimedia





Felipe Calvo, humanista palentino. 
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La explotación de las minas (y II)


El transporte del material y del agua por el interior de la mina se hacía a hombros y así se sacaba al exterior cuando no había tornos. El material se transportaba en cestones de fibra (mantas) o de cuero (tenates) que los tenateros cargaban a la espalda y sujetaban con un cinto a la frente. Si había que ascender, o se tallaban peldaños en la roca, o se disponían en zigzag, vigas con muescas, o se hacían escaleras con tiras de cuero trenzadas.

Del material extraído se separaban la ganga y las piedras mineras que contenían mineral -rompiendo la mena cn martillos, operación llamada pepena. Lo mismo se hizo cuando se aplicó la amalgamación ya que, además, parte de lo extraído sería amalgamado y parte sería fundido. Los minerales así separados eran triturados y molidos con mazos o batanes, o bajo piedras voladas sobre soleras. También se molió por atahonas o arrastras, cuatro pesadas y duras piedras montadas en un eje vertical que volaban, sobre soleras de hasta tres metros de diámetro. Los mazos y los molinos estuvieron movidos por caballerías.

Para la metalurgia extractiva con fusión se emplearon hornos castellanos que quemaban carbón vegetal. Alonso Barba describió con detalle este tipo de horno en los que se fundía el mineral troceado. El mineral en polvo se fundió en hornos de reverbero. El metal plomizo así obtenido se purificaba con copelación.

Me parece este el momento adecuado para centrar el tema de la participación de mineros alemanes en el tratamiento de las menas argentíferas de Nueva España. Cuando la ley de las menas bajó y su beneficio por fusión se hizo más difícil -ocurría alrededor del año 1540- apareció en la escena de la minería y de la metalurgia de aquel Virreinato un tal Juan Alemán, quien informó al virrey, don Antonio de Mendoza, de que la solución a aquel problema -la dificultad de fundir- estaba en mezclar las menas de plata con menas plomizas. Se supone que el tal Juan Alemán, era Juan Enchel, uno de los metalurgos alemanes que, efectivamente, llegaron a Nueva España en 1536, reclutados por Cristóbal Raizer (o Riasser), agente de los Fugger (o Fúcares), los influyentes banqueros de la Corte Española. La presencia de estos alemanes ha sido utilizada para tratar de reducir a mínimos la aportación española en el campo de la minería y metalurgia. Así, James A. Mulholland en su reciente libro !A History of Metals in Colonial América" despacha el asunto con el siguiente párrafo: "Los españoles, adoptando las técnicas de los mineros alemanes, descubrieron y explotaron los yacimientos de plata de aztecas e incas". En su abundantísima bibliografía cientos y cientos de citas no se incluye ni un solo documento español o hispanoamericano. Cabe pensar en su descargo que la espaola no fue una América colonial; y cabe pensar también que haya tenido dificultades con el idioma, pero -¡qué le vamos a hacer, Mr. Mulholland, si los descubridores, exploradores y cronistas -que no los piratas- hablaban el castellano y en ese idioma escribieron!. Lo cierto es que, lamentablemente, así se han escrito y siguen escribiéndose ciertas historias, también de la metalurgia.

Imagen:
Bosquejo de la costa noroeste de la isla Española (actual Haití), posiblemente realizado por Cristóbal Colón o alguno de sus tripulantes hacia el final de su primer viaje a las Indias, en enero de 1493.





Felipe Calvo, humanista palentino. 
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La explotación de las minas (I)



En las Provisiones Reales ofrecidas a Colón en 1495 se concedía a los indios y a los españoles la tercera parte de todo el oro recogido (no de rescate), y por Real Cédula de los Reyes Católicos (Medina del Campo, 5 de febrero de 1504) se ordenaba: "Todos los vasallos, vecinos y mercaderes de Indias que cogieron oro, plata, estaño, azogue, fierro u otro cualquier metal, habrán de contribuir al Real Patrimonio con la quinta parte de lo que sacasen neto, sin otro algún descuento ni compensación de gasto que el que estuvieren obligados a poner en poder de los oficiales de la Real Hacienda de cada Provincia". En 1548 el quinto se reduce a la mitad, quedando en un diezmo la cuota asignada a los mineros de Nueva Galicia a Zacatecas. En su momento, la Corona se reservaría las minas de azogue y la explotación de las principales salinas; el azogue y la sal eran para la amalgamación, ingredientes indispensables e importantes, respectivamente.

Felipe II confirma en 1563 que los indios podían descubrir, poseer y labrar, como los españoles, minas de oro, plata y otros metales; y, unos años más tarde, dispone que los mineros y beneficiadores debían ser favorecidos y considerados en todas sus prerrogativas, no pudieron embargárseles, en caso de deudas, ni esclavos, ni herramientas, ni provisiones, "ni cosa alguna necesaria para sus trabajos".

El laboreo de minas y el beneficio de metales estuvieron reglamentados por las Ordenanzas (Recopilación de Castilla) conocidas como Nuevo Cuaderno. Además de las Ordenanzas de Castilla, regían en cada sitio las de sus Virreyes las de don Luis de Velasco en Nueva España.

Aunque con Colón llegaron a la Española (en su segundo viaje) "mucha parte de gente trabajadora... para sacar el oro de las minas", y de que en el Memorial a los Reyes (1494) se pedían lavadores de oro y mineros de Almadén, lo cierto es que ni los expedicionarios ni los primeros colonizadores tenían, en general, la más remota idea de prospección y laboreo de minas -eran soldados, no mineros- y este inconveniente para nuestro objeto, hubo que salvarse con laboriosidad, sentido común e ingenio y, en tanto se adquiría experiencia propia, se aprovecharía la de los aborígenes, donde la hubiera. Se seguiría la veta partiendo de su afloramiento, cavando, en un principo, a cielo abierto, o mediante socavones o tiros inclinados, para profundizar después en el seguimiento, abriendo galerías donde apenas se tuvo en cuenta ni la seguridad de la mina, ni las facilidades para el transporte y desagüe. Más tarde se perforarían pozos o tiros verticales. En las minas de Avino (Durango) se trabajó inicialmente la veta grande a cielo abierto como revela una zanja de dos kilómetros de larga, se senta metros de profundidad y diez de anchura.

Imagen: Mapa de Cristóbal Colón. Lisboa, taller de Bartolomé y Cristóbal Colón, hacia 1490.





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La localización de otras minas


Según la noticia del platero Luis Rodríguez, originario de Valladolid, las minas de plata de Zumpango fueron las primeras que se explotaron "hasta sacar plata limpia". Las de Taxco se descubrieron en 1534, y en 1570 ya formaban un conjunto de Tres Reales de Minas y seis cabeceras, a las que, diez años después, se habían sumado otras seis. Pero la plata obtenida de ellas durante los treinta primeros años fue relativamente poca.

En 1546 Juan de Tolosa descubre las minas de plata de Zacatecas. Por la excepcional riqueza de sus primeros minerales, su desarrollo fue muy rápido  mientras se explotaron las zonas superficiales.

La mina de Santa Bárbara en Chilhuahua, situada a 2000 km de México capital, para llegar a la cual hay que pasar los desiertos subtropicales de la meseta, se descubrió en 1547.

La primera veta de Guanajuato, la descubrieron en 1548, según cuenta el P. de Acosta, unos arrieros de don Juan de Rayas camino de Zacatecas al encender una hoguera. Diez años después (1558) se descubrió la famosa Veta Madre que, junto con la mina Valenciana, hicieron famosa la ciudad.

En la mina La Valenciana se abrió un tiro, llamado de El Santo Cristo de Burgos, de 150 metros de profundidad; el de Nuestra Señora de Guadalupe profundizó hasta 345 metros y, por último, en el Pozo General, Señor San José, octogonal, de 26,8 m de perímetro, se llegó a 514 metros. Según Humboltdr este pozo fue uno de los más grandes y audaces empresas de la historia de la minería.

En esta cita incompleta de las minas más importantes es obligada, por último, una referencia a las Minas de Padhuca y Real del Monte situadas a sólo 100 km de la capital, a cuyo descubrimiento (1552) se apuntaron varios descubridores acaso porque varias fueron sus vetas. Entre estas minas ha pasado a la historia de la metalurgia, de forma especialmente señalada, la Purísima Grande en Pachuca porque en ella ensayó Bartolomé Medina su método de amalgamación para el beneficio de las minas de plata, minas que, en aquel yacimiento, contenían plata nativa, y tam bién en forma de cloruro y bromuro y algunos sulfuros.

Como puede apreciarse los hombres de Cortés recorrieron puestos y desiertos del territorio de Nueva España y por ello siguieron abriéndose establecimientos que luego tomarían el nombre de Reales de Minas; y ocurrió de tal forma que casi todas las minas que hoy siguen explotándose empezaron a rendir metal en los primeros treinta años de la conquista.

En aquel hervor expedicionario, Pedro Almíndez Chirinos, José de Angulo y Cristóbal de Oñate, en sus andanzas por los alrededores de la actual ciudad de Durango, tuvieron noticia de la existencia de una Montaña de Plata. Nuño de Guzmán, envió en 1552, a Ginés Vázquez del Mercado en busca de aquella Montaña, que resultó ser sólo un cerro y de mineral de hierro. A regresar, Ginés fue herido por los repehuanes y de ello falleció pronto en Juchilpila (Zacatecas), pero su apellido se asoció a la realidad del Cerro -que no  montaña- que pasó a conocerse como Cerro del Mercado.

Durante los primeros años apenas se explotaron los minerales del Cerro del Mercado. Sólo los herreros rurales de lugares próximos obtuvieron hierro en pequeñas ferrerías para fabricar algunos aperos. La noticia es así  de poco concreta porque los cronistas e historiadores de la Nueva España apenas se ocuparon -más bien no se ocuparon de nada- de la minería e industria del hierro que, sin embargo, tuvo mucha importancia. Una vez más el pobre Oro desplazaba la atención debida al valiso hierro.

De Battroid, Dominio público, commons.wikimedia
Minería Guanajuato





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Los primeros españoles que labraron minas


A pesar de todo, según Teja Fabre (Historia de México: una moderna interpretación, 1935) el valor de rescates y despojos no hubiera sido suficiente "ni siquiera para compensar los gastos de las expediciones militares". Llegado el momento hubieron de buscarse los metales en la propia tierra, orientándose por las referencias del propio Moctezuma, de los indígenas, o de la relación que daban los pueblos tributarios.

La verdadera minería hispanoamericana empezó a practicarse en Nueva España. Antes de Cortés, Francisco Hernández de Córdoba (1517) y Juan de Grijalba (1518) parece que obtuvieron en sus expediciones noticia cierta de verdaderos yacimientos de oro y plata, y con esta noticia se puso en marcha la fantasía.

Según don Modesto Bargalló, los primeros españoles que de un modo estable labraron minas (de oro) en Nueva España fueron los compañeros del capitán Pizarro el Mozo que, por orden de Cortés, fueron a buscarlas. Pizarro volvió sólo con un soldado; se quedaron Pizarro el viejo, Cervantes, Barrientos, Heredia el viejo, Escalona el mozo, y Alonso Hernández Carretero. Eran los primeros mineros en Nueva España, los primeros ejemplares de esa "rara" y compleja especie humana, mezcla de intuición y ciencia, de técnica y perseverancia, de imaginación y cautela; decidida, valerosa, sobria y paciente en la adversidad, vital y generosa en el éxito, y siempre apasionada por su profesión" (Carlos Prieto).

Este homenaje de don Carlos Prieto fue más específicamente, dedicado al gambusino personaje en el que, además de lo dicho, se dio el entusiasmo, la dilección por la ventura de descubrir; un pertinaz discípulo de la naturaleza misma, en montes, breñas y desiertos; sabedor de lugares, piedras y colores; gustador de tierras. Estos fueron los grandes protagonistas de la primera época de la minería mexicana.

Imagen: Dominio público
La moneda de oro fue establecida en 1771 y representó un avance en la economía del virreinato.





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El cómo y en qué de los metales



¿Cómo y en qué empleaban los metales? Pues en lo que siempre hicieron todos los usuarios del mundo: en joyas, en útiles y en armas, según las peculiares cualidades de cada metal.

En 1932 se descubrieron bellísimas joyas, casi todas de oro, en las tumbas de Monte Albán (Oaxaca), joyas que revelan la maestría y el arte de los joyeros mixtecos. No es de extrañar que para Cortés, no hubiera platero en el mundo que mejor lo hiciese. Para Bernal Díaz, los plateros de España deberían "mirar en ello". Tan extraordinaras piezas fueron hechas batiendo el metal con martillo de piedra pulida y tienen pocos componentes moldeados. Aunque don Alfonso Caso dejó escrito que los mixtecos no sólo fueron los mejores orfebres de América, sino que ningún otro pueblo los superó en el mundo y que "tendríamos que llegar al Renacimiento para encontrar artistas que pudieran comparárseles", ello no es rigurosamente cierto, como puede deducirse conteplando y analizando joyas etruscas, por ejemplo.

Según referencia de fray Toribio de Benavente Motolonía contenida en sus Memoriales, también vaciaban (moldeaban) por el procedimiento de la cera perdida utilizando un molde de carbón pulverizado amasado con arcilla.

De Alejandro Linares García - commons.wikimedia
Exhibición de platos hechos de plata en el Museo Franz Mayer.





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El interés de algunas aleaciones



Desde el punto de vista metalúrgico tienen más interés las referencias a algunas aleaciones como el bronce que ya preparaban, aunque en poca cantidad y sólo en ciertos sitios. De los análisis realizados, cabe deducir que el bronce que prepararon lo fue por mezcla de sus componentes (cobre y estaño) y no directamente por beneficio de menas cupro-estañíferas. Algunas piezas aztecas fueron trabajadas en aleaciones oro-plata-cobre.

Los aborígenes orientaron a los expedicionarios hacia la región de Oaxaca cuya riqueza en oro pudiera haber llevado a Moctezuma a guerrear con sus pobladores. La mayor parte de los pueblos obligados por los aztecas a tributar en oro (citados en el códice mendocino) ocupaban aquella región.

El oro nativo y el óxido de estaño (casiterita) los extraían de placeres en los ríos, o de fondos poco profundos. En la arena que sacaban entre las manos buscaban los granos de oro "que iban guardando en la boca". En las zonas más desarrolladas lavaban las arenas en jícaras, tentando para separar por densidades las diferentes partículas.

Con respecto a la plata y al cobre, sólo se trabajaron yacimientos superficiales que contenían metales nativos o algún compuesto fácil de descomponer. No se practicó verdadera fusión, en el sentido metalúrgico del término. La minería antes de Cortés fue una minería rudimentaria, poco profunda, cuando no del todo superficial; al carecer de herramientas apropiadas practicaron la explotación del mineral por fuego, calentando la roca y enfriando rápidamente con agua, con lo cual se producía su quebranto.

Los pedazos de metal encontrados u obtenidos, los fundían en crisoles de arcilla relativamente pequeños calentados en fuegos que avivaban soplando con cañas. El metal líquido se moldeaba en arena o piedra.

El plomo los obtendrían por fusión reductora  de su sulfuro (galena) con carbón vegetal; y, de forma análoga, reducirían las menas dóciles de plata, cobre y estaño.


De Alejandro Linares García - commons.wikimedia
Peine de plata del siglo XIX en la exhibición en la Casa Museo de Allende en San Miguel de Allende, Guanajuato.





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Encuentro con Tierra firme



Los indios que poblaban las orillas del actual Grijalva obsequiaron a los expedicionarios con hachas de cobre y bronce, y aun hoy se desentierran piezas como aquellas en la región de Oaxaca. Pero el latón (aleación de cobre y cinz) no era material conocido. Los mercaderes de la antigua Tenochtitlan vendían, junto con objetos hechos, oro en granos metido en canutillos de pluma de ansarones. Se sabe que, por rescate, Cortés obtuvo también algunas piezas de estaño (platos, vasijas y monedas).

Pero donde conquistadores y cronistas rivalizan es en ponderar las riquezas, el oro de los templos, casas reales y particulares, riquezas acumuladas por tributos o botines de guerras entre tribus, y también las acumuladas por Cortés por obsequio o despojo. Son conocidas las noticias del tesoro de Topilzin "que hubieron de llevarlo 180 hombres", o de la estatua de Nezahualtoiotzin de "oro muy natural", o de las ruedas, como "las de carreta", con que Moctezuma obsequió a Cortés, una de oro fino (hechura de sol) y otra de plata (figura de luna); o los veinte ánades, tigres, leones y monos, y las largas varas de justicia, "todo de oro fino y de obra vaciadiza" (Bernal Díaz del Castillo). Si, como parece, eran tesoros heredados, formados por acumulación, se puede deducir que la riqueza de los yacimientos no debía ser excesiva, y menos los de plata que explotaron los aborígenes, ya que éstos no sabían beneficiar más que la plata nativa o de menas dóciles, fáciles de tratar.

De Thelmadatter - commons.wikimedia
Olla para cocinar hecha de cobre, encontrada en la cocina del monasterio de Zinacantepec, Estado de México.







Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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Los metales que nos esperaban


Cuando Hernán Cortés y sus hombres desembarcan en Tierra Firme (1519) y comienzan a protagonizar los diversos y portentosos hechos que aquí nos han convocado, encuentran que mis queridos metales estaban allí bastante completos aunque con desigual desarrollo y con dos ausencias importantes: faltaban el hierro y el mercurio.
Efectivamente, los objetos que constituían los obsequios, los tributos o los rescates, prueban que los aborígenes de los que pronto se llamaría Nueva España, conocían y trabajan el oro, la plata, el cobre, el estaño, el bronce (aleación de cobre y estaño) y el plomo, pero no el hierro ni el mercurio.

Debo adelantar que, para un metalurgista, el "escalafón", la jerarquía entre los metales, no se corresponde con la que pudiera establecer un historiador, un artista, un economista y, mucho menos, un defraudador o un joyero. Para nosotros el oro es un pobre noble, escaso y poco útil, que servir, servir, sirve para muy poco, y cuyo precio -que no valor- da una buena medida de la necedad humana.
Tiene a su favor propiedades muy discutibles como la ductilidad y su falta de reactividad -la llamada "nobleza"- por la cual, por cierto, hemos podido aprender en él muy poco. Y si, además, escasea, ya me dirán ustedes en qué puede residir su embrujo, como no sea en ese consenso universal, pura codicia contagiada, en virtud de la cual todos quisiéramos que se nos pagara en moneda de oro.

Sin embargo, volviendo a nuestro escalafón, en el vulgar y barato hierro y en su variedad los aceros -que han soportado y siguen soportando toda nuestra civilización por sus cualidades y precio- hemos aprendido la casi totalidad de nuestros principios metalúrgicos fundamentales y se han ejercitado los artesanos en el noble arte de la forja, por ejemplo. Es decir, en nuestro escalafón el hierro y el acero sin, si duda, los primeros.

De Alejandro Linares García - commons.wikimedia
Soporte para libros de la época colonial. Museo Franz Mayer en la Ciudad de México.







Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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Repercusiones del arte metalúrgico

Salamanca, 1980...


Parece lógico empezar a desarrollar las repercusiones que se enuncian en el título de este trabajo, cuál era el estado del arte metalúrgico en aquellos momentos, tanto en el Nuevo Mundo como en el Viejo.
Don Alvaro Alonso Barba -el primer cura minero conocido- que desempeñó su curato y su mineralurgia en la Parroquia de San Bernardo de la Imperial Potosí, nos dejó escrito en su Arte de los Metales, entre otras cosas, cuántos eran estos, al menos en el año 1640 en que publicó su libro:




".... Los que no sin nota de vana curiosidad atribuyen a las Estrellas y Planetas particular influjo o dominio sobre algunas cosas, demás del General de los Cielos sobre todas las cosas sublunares, apropiaran a las Estrellas fixas la superintendencia en la producción de las piedras preciosas, que parecen las imitan no solo en el resplandor y lustre con que brillan, sino más principalmente en la fineza y permanencia de su ser, como, al contrario, por la inestabilidad y la poca constancia que en él parece tienen los metales, estando debaxo de varias formas, ya derretidos, ya quaxados, les señalan especial sujeción a los Planetas que, por la variedad que representan en sus movimientos, llaman Estrellas Erráticas. Atribúyenles su número, nombres y colores, llamando Sol al Oro; a la Plata, luna; Venus, al Cobre; Marte al Hierro; Saturno al Plomo; Júpiter al Estaño, y al Azogue Mercurio, aunque, por no ser metal aqueste último cuenta otros, en su lugar, al Electro, mezcla natural del Oro y PLata, en cierta proporción, que fue en un tiempo tenido por más precioso de todos. Pero, ni esta subordinación o aplicación es cierta, tampoco lo es que los metales no sean más de siete: antes se puede presumir, probablemente, que haya en el interior de la tierra más diferencias de ellos que las que de ordinario conocemos".

Es decir, que la humanidad había alcanzado aquel momento, el del Descubrimiento, haciendo lo que pudo y a veces lo que no debió con tan sólo siete metales. Parece oportuno subrayar que don Álvaro tenía razón: los metales iban a ser más de siete. De los noventa y dos elementos naturales que completan la Tabla Periódica, ochenta son metales, y son innumerables sus aleaciones.

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Imagen: De Alejandro Linares Garcia - commons.wikimedia.
Plato caliente en el taller de Abdón Punzo en Santa Clara del Cobre, Michoacán





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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