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Situación de las personas y de las tierras

La situación en que se encuentran las comarcas libradas del poder de los árabes al comenzar la Reconquista, es, en cierto sentido, bastante rara, al mismo tiempo que lamentable, considerada desde otro punto de vista. Se trata de unos territorios que se bailan en insurrección, desde luego legítima e inspirada en altos móviles, pero en insurrección constante, y esto explica cuanto de anómalo podamos encontrar en la organización de los mismos y la situación de verdadera decadencia, iniciada en los comienzos de la Reconquista.

En cuanto a la situación de las personas, se observa una mezcla grande de elementos completamente diversos, y hasta heterogéneos, cada uno de los cuales presenta su tendencia especial, que en ocasiones se armoniza con la de los demás, y que en otras aparece como totalmente opuesta a las mismas.

La Reconquista occidental empieza, como es sabido, en las montañas de Asturias y Cantabria, esto es, en la región donde siempre fue más viva la protesta y más fuerte la resistencia contra toda dominación extranjera. De aquí que los iniciadores de la lucha pertenecieran, si no a las razas aborígenes de nuestro suelo, sí a la de los celtas, unos de sus pobladores más primitivos; pero no fueron ellos solos los que comenzaron tan gran obra, sino que a su lado pelearon hispanos, venidos de diversos territorios, y hasta elementos de origen visigodo. En los primeros momentos aparecen perfectamente marcados los caracteres de los diversos elementos que a la Reconquista contribuyen, pero bien pronto esas diferencias desaparecen, lográndose en poco tiempo la aspiración no realizada durante tantos años.

Al lado de esos elementos fusionados, aparecen otros varios, según va avanzando la obra de la Reconquista, porque, según ésta camina, acuden al territorio, libre ya de invasores, cristianos, ya de los que se quedaron en las localidades donde vivían al ser conquistadas por los árabes, ya de los diversos Estados que por entonces se iniciaran, y aun en ocasiones, de países extranjeros. Y conviene notar que ese elemento extranjero venido en auxilio de los cristianos, representa un retroceso, y no un adelanto, lo cual hace deducir que, si fue preciso para la prosecución de la obra iniciada, fue a la vez perjudicial para el adelanto de la cultura.




Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
De la serie, "Historia General del Derecho Español".


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Queda hecho el depósito que marca la Ley.


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La reconquista de Cataluña y engrandecimiento de los Estados

Apenas tuvo una hija Ramiro, se apresuró a casarla con Ramón Berenguer, conde de Barcelona, por cuyo matrimonio quedaron unidos Aragón y Cataluña, mientras que Navarra continuó haciendo vida independiente, hasta que fue unida a la corona de  León y Castilla bajo la regencia de Fernando I el Católico.


La Reconquista en Cataluña, ofrece una particularidad notable, pues no fueron los esfuerzos de los cristianos, como en Asturias, ni los de los cristianos auxiliados por elementos extranjeros, como en Navarra y Aragón, los que consiguieron rechazar a los árabes, sino que tal resultado fue debido a los reyes francos, los cuales constituyeron en dichos territorios varios condados dependientes de ellos, entre los cuales sobresalió bien pronto el de Barcelona. Este condado vivió bajo' 'la dependencia del imperio Carolingio, hasta que logró hacerse independiente, sino de derecho, sí de hecho, en tiempos de Wifredo el Velloso.

Alfonso II sucedió a Pedro II (1198), y a éste, Jaime el Conquistador (1213), bajo cuyo reinado comenzó Aragón a ejercer influencia fuera de España. Los tiempos posteriores a este monarca, son notables por la separación momentánea de las islas Baleares, y por los disturbios que en el reino hubo de producir el famoso Privilegio de la Unión, revocado por Pedro IV. Le sucede a éste Juan I, y Martín el Humano, a cuya muerte y en el célebre Compromiso de Caspe los aragoneses, catalanes y valencianos, eligieron como monarcaa D. Fernando de Antequera, infante de Castilla, ocupando después de éste el trono de Aragón Alfonso V (1416), Juan II (1458) y Fernando el Católico (1479), casado con Doña Isabel de Castilla, por cuyo matrimonio se verifica  la unión de ambos reinos.

Mientras tanto en Navarra, de la cual hemos prescindido desde que a la muerte de Alfonso el Batallador fue proclamado García Ramírez, ocuparon el trono Sancho el Sabio y Sancho el Fuerte, al cual se deben multitud de Fueros de suma importancia, y a cuya muerte proclamaron rey los navarros a Teobaldo, conde de Champagne.

Extinguida a la muerte de Enrique I la línea masculina de esta casa, entró á reinar la de Francia, por el matrimonio de Felipe el Hermoso con Doña Juana, hija de aquél (1274), hecho que produjo la incorporación de Navarra a Francia. Nuevamente recobró la independencia este reino con la dinastía de Hebreux, de origen francés, durante la cual fue teatro de grandes disturbios, que llegaron a producir una guerra civil entre Juan II y su hijo el desgraciado príncipe de Viana. Después ocupó la corona de Navarra la dinastía de Foix, primero, y la de Albret, más tarde, hasta su definitiva incorporación a Castilla en la segunda regencia de Fernando el Católico.

La diversa situación en que los distintos pueblos cristianos se encontraron, naciendo separadamente, y desarrollándose al influjo de influencias varias, produjo consecuencias en el orden del derecho, como en todos los demás. De aquí que en el estudio que de esta época nos proponemos hacer, tengamos que examinar separadamente la vida jurídica de cada uno de esos distintos Estados.



Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
De la serie, "Historia General del Derecho Español".


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Restauración pirenaica. Navarra y Aragón

A excepción de Alfonso X, del cual hemos de hablar con gran detenimiento en las sucesivas lecciones, poco o nada debemos indicar de los que sucesivamente ocuparon el trono, a no ser el cambio de dinastía, verificado a la muerte de Pedro I, y la incorporación de Guipúzcoa, Álava y Vizcaya, en tiempo de Alfonso VIII, Alfonso XI y Juan I, respectivamente.


Aún más obscuro que el origen del reino de Asturias, lo es el nacimiento de la Reconquista oriental, a cuya confusión, sin duda, han contribuido las rivalidades y los celos de los escritores aragoneses y navarros. Parece lo natural, que en las comarcas confinantes con Francia y el Cantábrico, ocurriera algo análogo de lo que aconteció en las montañas de Asturias, esto es, que si llegó a existir, fuera muy efímera la dominación de los árabes, siendo lo probable que el primer grito de independencia, se diera por aquella parte en los límites de Navarra y Aragón, hacia Jaca y San Juan de la Peña. La Reconquista oriental, ofrece caracteres especiales, que la distinguen de los demás estados cristianos de la Península, pues apoyada en elementos extranjeros, ejercieron éstos sobre su vida política y social gran influencia, en tanto que en la Reconquista occidental predominó siempre el elemento genuínamente español.

Hasta los tiempos de íñigo Arista y García I, no tuvo el reino de Navarra verdadera existencia, sin que tengan positivo carácter histórico los hechos que al mismo se refieren hasta Sancho Abarca. Bajo Sancho el Mayor, aparecen unidos Aragón, Navarra, Sobrarbe y Ribagorza, formando un estado poderoso; pero este monarca, siguiendo la antipolítica conducta, ya notada en otros reinos cristianos, dividió sus territorios entre sus hijos, dejando a García Navarra, a Fernando el condado de Castilla, de que se había hecho dueño por su matrimonio con Doña Mayor, la hermana del conde García II, con las tierras comprendidas entre los ríos Pisuerga y Cea, a Gonzalo el señorío de Sobrarbe y Ribagorza, y a Ramiro el reino de Aragón (1035).

A García IV, sucedió Sancho IV el de Peñalen, a cuya muerte proclamaron los navarros como rey al que lo era de Aragón, Sancho Ramírez, con lo cual se realizó la unión de ambos estados, que continuó durante los reinados de Pedro I y Alfonso I el Batallador. Éste, hubo de dejar en su testamento el reino a la orden de los Templarios, los cuales, como no quisieran, afortunadamente
para la obra de la unidad nacional, aceptar la herencia, dieron lugar a que se dividieran los aragoneses y navarros, proclamando aquéllos a Ramiro II el Monje, y éstos a García Ramírez, descendiente del de Peñalen.

Imagen:  Iñigo Arista de Pamplona - Compendio de crónicas de reyes (Biblioteca Nacional de España).




Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
De la serie, "Historia General del Derecho Español".


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Formación de los Estados de León y Castilla

El nombre de Castilla había aparecido durante la Reconquista, sin tener ningún antecedente en nuestra historia, cosa que no sucedía con los de Asturias y León, pues el país de los astures y el del territorio donde se asentó la legión romana, de donde tomó origen el segundo, nos son ya conocidos. Castilla, se hallaba enclavada en el antiguo país de los vascos, pelendones, arévacos, etc., el cual, una vez reconquistado por los reyes de Asturias, fue entregado a gobernadores, condes dependientes de los monarca o a aventureros, que en él levantaron castillos en los puntos más estratégicos, para defenderse mejor de la morisma, y de aquí el nombre de Castella, Castelana, tierra de castillos, con que fue designada tal región. 


Se citan entre los primeros condes a Rodrigo, fundador de Amaya; a Diego Rodríguez Porcellos, que fundó Burgos; Nuño Núnez, gobernador de Castrogeríz, y Nuño Fernández, que tanto auxilio prestó a García en la rebelión contra su padre, antes de los cuales, es casi seguro que existieran otros, de los que no tenemos tan exactas noticias.

En los comienzos del siglo X, aparece en Castilla el gobierno de los jueces, uno para la paz y otro para la guerra, y tras el período en que Castilla fue gobernada por tal institución, surge la figura del conde Fernán González, tan realzada por la poesía popular, y con el que Castilla fue independiente de hecho, si no de derecho. Casi al mismo tiempo que pasaba la corona de León a Bermudo III, era proclamado conde de Castilla García II, por muerte de su padre Sancho García; pero asesinado por los Velas, alegó Sancho el Mayor de Navarra los derechos de su esposa Doña Mayor y consiguió incorporar a su Estado todo el territorio castellano, que más tarde cedió, con parte del de León, a su hijo Fernando. Éste, después de haber conseguido ceñir a sus sienes la corona de Castilla y León, y tomando ejemplo de lo hecho por su padre, dividió sus Estados entre sus hijos, dando a Sancho el reino de Castilla, a Alfonso el de León, a García Galicia y Asturias, y a Doña Urraca y Doña Elvira los señoríos de Zamora y Toro, respectivamente. Sancho, desposeyó a Alfonso García y Doña Elvira de los territorios que su padre les dejara, y cuando se ocupaba de la toma de Zamora, pagó con la muerte el haber dado oídos a las engañosas palabras de Vellido Dolfos.

Entonces, en 1073, fue proclamado rey Alfonso VI, cuya estancia en Toledo durante el reinado anterior, así como la resistencia que al suyo opusieran los castellanos, están llenos de novelescos episodios. Alfonso VI, consiguió dar gran impulso a la Reconquista, haciéndose dueño, primero de Alcalá, y más tarde de Toledo, hecho que inicia la supremacía de las armas cristianas sobre los árabes, y que en cierto modo puede explicar, el que un simple caballero como el Cid, guerreando sólo por su cuenta, pudiera constituir en Valencia un estado cristiano, aun cuando su existencia no pasara de la vida de su fundador. Ocupó las coronas de Castilla y León, a la muerte de Alfonso VI (1109), Doña Urraca, casada con Alfonso I de Aragón, en cuyo momento, y de no haber sido por las disensiones que mediaron entre los dos esposos, debió realizarse la unión de todos los reinos cristianos.

Le sucedió Alfonso VII (1126), quien, siguiendo la inhábil política de algunos de sus sucesores, hizo reyes de Castilla y León a sus hijos Sancho III y Fernando II, respectivamente (1157). Después de los reinados de Fernando II y Alfonso IX en León, y de Sancho III, Alfonso VIII, Enrique I y Doña Berenguela en Castilla, se unieron nueva y ya definitivamente ambas coronas en Fernando III el Santo (1230). Las conquistas de Córdoba y Sevilla, y la sumisión de Murcia y Jaén, dan idea del papel que en el desarrollo de las armas cristianas, representó este monarca, que, de otro lado, dispensó gran protección a las letras, y cuyas virtudes hicieron que la Iglesia le considerase como Santo.

Imagen: CC BY-SA - commons.wikimedia.
Escultura de Fernán González en el Arco de Santa María de Burgos.



Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
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Los tres primeros Alfonsos

Sucedió a Bermudo, Alfonso II (791), cuya corta edad, a la muerte de Fruela, su padre, quizás pudiera explicar la existencia de los reinados anteriores. Bajo su reinado llegaron los cristianos hasta el Duero, y consiguieron alguna organización, pues este monarca estuvo atento al engrandecimiento material y moral de su reino, y a él se deben algunos fueros municipales.


Ramiro I y Ordoño I, ocuparon después el trono de Asturias (842 y 850), sucediéndoles Alfonso III, quien logró rebasar la línea del Duero y después de sujetar a los árabes, trató de organizar el reino, para lo cual trasladó su corte a León. Se inicia con García (909), su hijo y sucesor, un período de marcada decadencia, durante el cual ocuparon el trono: Ordoño II (914), que sufrió una cruel derrota en Valdejunquera; Fruela II (924), cuyo reinado es notable por los severos castigos que impuso a los nobles y obispos que se opusieron á su elección; Alfonso IV (925), Ramiro II (930), Ordoño III (950), Sancho I, desposeído de la corona por Ordoño, y de quien se cuenta que hubo de encontrar en la corte de Abderrahman III alivio a la excesiva obesidad que le afligía; Ramiro III (967), primer monarca que ocupó el trono en la menor edad, dándose además la circunstancia de desempeñar la regencia su tía, la monja Doña Elvira; Bermudo II (982), y Alfonso V (999), que ocuparon el trono en la época de mayor apogeo del califato, cuando los repetidos triunfos de Almanzor hicieron temer a los cristianos que nuevamente perdieran su independencia; y Bermudo III, a cuya muerte el reino de León quedó confundido con el de Castilla.

Imagen: De Hispalois - commons.wikimedia: Inscripción del año 875 en la fortaleza de Alfonso III




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Principales sucesos relacionados con la Reconquista

Hemos indicado antes de ahora, que «a consecuencia de la invasión musulmana, cayó rápidamente la monarquía visigoda, pues aquéllos se enseñorearon en bien poco tiempo de toda la Península. Sin embargo, apenas realizada la conquista, surgió un movimiento de protesta en las montañas del Cantábrico, donde siempre encontraran oposición los intentos de los diversos pueblos que sucesivamente habían pasado por nuestra patria con espíritu dominador.

En efecto, apenas repuestos los cristianos de la sorpresa que los produjera el rápido triunfo de los musulmanes, aparecen constituyendo en las asperezas donde en un tiempo se sentaran los cántabros, y muy cerca del país de los astures un núcleo de resistencia; y ayudados por lo abrupto del terreno, o mejores conocedores de él que sus contrarios, luchan por recobrar la independencia perdida, inspirados en un alto sentimiento religioso, y consiguen la victoria de Covadonga, tan realzada por la imaginación popular, y que si en sí no debió ser de gran entidad, fue de importancia grande, porque inició esa epopeya que se denomina la Reconquista.

Los nuevos horizontes que a los cristianos abría la victoria de Covadonga, debió hacerles pensar en constituir una nacionalidad, y lo hicieron proclamando rey a D. Pelayo, acerca de cuyo origen no están de acuerdo los historiadores, si bien parece lo más verosímil que fuera de sangre real goda.

Le sucedió su hijo Favila, y tras su breve reinado (737-739), ocupó el trono Alfonso I, apellidado después el Católico, yerno de Pelayo, y hombre de ánimo esforzado y corazón guerrero. En las diversas expediciones realizadas por este monarca, llegó por un lado hasta Galicia y la Lusitania, y hasta Vizcaya, Álava y los confines de Aragón por otro.

Su hijo y sucesor, Fruela I, fundó Oviedo, donde hubo de organizarse la capital del naciente reino. A su muerte (768) se inició un período de cierta decadencia, denominado de los reyes, intrusos, y en el que sucesivamente ocuparon el trono Aurelio, Silo (774), Mauregato (783), y Bermudo (789). Es difícil realmente fundamentar el apelativo de intrusos con que se designa a estos cuatro reyes, toda vez que la monarquía en Asturias era electiva, sirviendo para demostrar la decadencia a que debió llegar el naciente reino, la tradición relativa al período que aludimos, del tributo de las cien doncellas, hecho que de ser cierto constituiría un verdadero baldón para Silo y para Mauregato, especialmente.

Imagen:  Don Pelayo en la batalla de Covadonga en una imagen del siglo XII, folio 23 recto del manuscrito 2805 de la Biblioteca Nacional de España.



Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
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Prestaciones y servicios



La organización del ejercito dependía de la voluntad del monarca; en él preponderaba la caballería sobre la infantería, y luchaban con la espada, la lanza y la maza, usando como armas defensivas el escudo y la armadura.
La base del sistema tributario, por lo que a las prestaciones de carácter real se refiere, era el diezmo o décima parte de los productos de toda propiedad que su dueño estaba obligado a satisfacer para el sostenimiento de las cargas públicas. A su lado existía el impuesto de aduanas, cuya cuantía solía ser del 10 por 100 de las mercaderías importadas o exportadas, figurando también como ingresos la confiscación, muy usada entre los árabes, las propiedades que correspondían al fisco cuando no existían herederos legítimos, y la quinta parte del botín
de guerra.

Del producto de los impuestos, se hacían tres partes: una para el sostenimiento de las cargas públicas, otra para las mezquitas, huérfanos y viudas, y la última para las necesidades extraordinarias o imprevistas. Las mezquitas constituían la principal institución religiosa de los musulmanes, sobre cuyas creencias hemos hecho ya las oportunas indicaciones.

El gobierno de las mismas correspondía a sacerdotes, encargados no sólo del culto, sino también de la dirección de la enseñanza y de la administración de justicia. Los imanes presidían la oración y dirigían la palabra a los creyentes, a los cuales llamaban desde los minaretes de las mezquitas, para que se congregasen en ellas a orar.

Especialmente en la época de esplendor del califato, fue grande la cultura de los árabes, sobre todo la de los árabes de origen, mucho más ilustrados que las tribus de bereberes, que tanto contribuyeron a la conquista de nuestro suelo. El esplendor que entonces consiguiera el califato, casi desapareció al ocurrir las invasiones de los almorávides y de los almohades, si bien volvió a aparecer de nuevo en el reino de Granada.

Cultivaron los árabes la poesía y la literatura, así como las ciencias filosóficas y exactas, sobresaliendo en el conocimiento de la aritmética y del álgebra. Las ciencias naturales no tuvieron gran desarrollo entre los musulmanes, debido, sin duda, a que por el Corán les estaba prohibido la representación de la naturaleza viva.

La medicina, a la que se dedicaron bastante, tenía más de nigromántica que de racional.

Aun cuando no era muy dado el pueblo árabe a las faenas agrícolas, España les es deudora en esta materia de grandes beneficios, debiéndose quizás el desarrollo que siempre ha tenido en las regiones de Levante la agricultura, al sistema de riegos que ellos implantaron.

Los judíos vivieron siempre entre los musulmanes, a los cuales merecieron algunas consideraciones, tanto por las afinidades que entre la religión de unos y otros existían, como por el auxilio que en la conquista de España les prestaran.

De aquí que no sólo respetaran el ejercicio de su culto, sino que gozaran de cierta autonomía en cuanto al régimen interior de las colectividades que formaban dentro de las mismas poblaciones muslímicas.

En cuanto a los mozárabes, si en un principio se les respetó su culto y se les concedieron ciertas libertades, estando sólo sujetos al pago de un fuerte impuesto, bien pronto cambió su situación, llegando en algunos momentos a ser cruelmente perseguidos.



Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
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Concentración del poder supremo



La misión de recaudar los impuestos y atender con su importe a las necesidades públicas, se hallaba también encomendada a funcionarios especiales.

Aceptaron los árabes al conquistar España, la división en regiones o provincias que existía; pero al constituirse el califato hubieron de organizarla nuevamente, dividiéndola en seis provincias mayores (Córdoba, Granada, Valencia, Zaragoza, Toledo y Mérida), y en otras varias de inferior categoría.
Las provincias, se hallaban gobernadas por un wali, delegado del califa, con facultades civiles y militares; existiendo también en ellas funcionarios encargados de la administración de justicia, encargados de cobrar el impuesto de aduanas, almotaríes, fieles pesadores, o almotaceaes, etcétera, etc. El poder omnímodo que estos walíes llegaron a ejercer, fue una de las causas que más contribuyeron a la destrucción del califato, sobre cuyas ruinas se erigieron aquella serie de pequeños reinos, conocidos en la historia con el nombre Estados de Taifas, más propios para
satisfacer la ambición de los walíes, que se proclamaron señores de ellos, que para sostener el poder de los musulmanes.

En cuanto al régimen municipal, puede afirmarse que no existía entre los árabes, ni era posible que existiera, dado el principio autoritario que informaba toda su vida política y administrativa. Es cierto que los encargados por los califas del gobierno de las ciudades, solían en ocasiones oír el consejo de los ancianos o de los principales; pero esto no suponía en manera alguna otra cosa que un tributo de consideración, rendido a aquellos que habían de  contribuir, en primer término, al sostenimiento de las cargas públicas, pues las libertades municipales con el carácter con que existieron en los reinos cristianos, no fueron jamás conocidas de los musulmanes.

Existieron entre los árabes diversos impuestos, unos de carácter personal y otros de carácter real.
Entre los primeros, figuraba el servicio militar, y los que son indispensables para la existencia de todo ejército, bagajes, transportes, alojamientos, etc. Según el Corán, todos los creyentes están obligados a hacer la guerra a cuantos no profesen la religión mahometana, hasta conseguir exterminarlos o verlos sometidos, de donde se deduce que el servicio militar pesaba entre los árabes sobre todos aquellos que tuvieran aptitud para empuñar las armas, siendo atribución del califa el determinar el número de ellos que en cada caso particular debían hacer la guerra. La idea de los ejércitos permanentes, no fue desconocida de los musulmanes, pues especialmente desde la constitución del califato, existió una especie de guardia, puesta a las inmediatas órdenes del soberano, y formada unas veces de renegados y otras de árabes o de africanos.



Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
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Organización político-administrativa


En cuanto a la organización político-administrativa de los árabes, debe distinguirse la administración central de la provincial y local, y examinar después los distintos servicios públicos que fueron establecidos, las instituciones religiosas y los elementos de cultura todos que trajeron a nuestro suelo.
El poder central se ejerció primero por los emires dependientes de Damasco, y sucesivamente por los emires independientes, los califas y los reyes de los pequeños Estados, creados a la desmembración del califato.

El jefe supremo, fue en todos los momentos de la vida del pueblo árabe, la representación de todos los poderes, tanto en el orden civil como en el religioso, debido al carácter de sumo sacerdote que siempre tuvo. Conviene, sin embargo, observar, que nunca tuvieron, en el riguroso sentido de la palabra, facultades legislativas ni judiciales los emires ni los califas, pues no existiendo entre los árabes otra ley que el Corán, no cabía la existencia de leyes nuevas, ni era posible que otros que los especialmente consagrados a interpretar, el libro sagrado, fueran los que aplicaran sus preceptos en la resolución de los asuntos judiciales. De suerte, que, reuniendo el jefe del poder supremo en su mando el poder civil, el militar y el religioso, si alguna limitación tenía, era sólo bajo este último aspecto.

En cuanto a la transmisión del poder supremo, nada se dice en el Corán, y los resultados  que tal vaguedad produjo en la vida toda del pueblo árabe, lo demuestra los disturbios ocurridos a la muerte de Mahoma entre los varios que aspiraron a sucederle, y que estuvieron a punto de destruir la unidad que el profeta había conseguido dar a su pueblo. Con el tiempo hubo de establecerse un sistema mixto, de hereditario, electivo, santuario, etc., pues de ordinario se concedió el califato al patriarca de la familia a que perteneciera el anterior, combinando esto con una especie de asociación hereditaria, hecha en vida por los soberanos, y aun con indicaciones respecto de los que habían de sucederles, después de su muerte. Esta falta de un principio definido sobre la materia, fue causa de la larga serie de asesinatos y destronamientos, que registra la historia de los soberanos musulmanes.

En cuanto a la organización política y administrativa del pueblo musulmán, conviene tener presente que al monarca, cualquiera que fuese su nombre, correspondían las facultades todas del poder central, facultades que desempeñaron siempre los califas de Oriente, sin tener a su lado consejo alguno. Por el contrario, en España, desde los tiempos de Abderrahman III, existió el Mexuar, cuyas facultades no aparecen bien determinadas, compuesto de los jefes de las tribus, que habían contribuido á la conversión del emirato en califato. Como formaban parte del Manar sólo aquéllos que el califa designaba, como sólo se oía su opinión en los asuntos que el jefe del Estado determinaba, y como éste, por último, era dueño de atemperar o no sus actos al parecer de tal consejo, se comprende cuan limitada había de ser su influencia en el manejo de los asuntos públicos.

Al lado de este elemento consultivo, existía una serie de funcionarios, encargados de dirigir la administración pública, bajo las órdenes del Agifo o primer ministro, cuyas funciones, como delegadas del monarca, eran más o menos extensas, según a la voluntad de éste convenía.



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Clases y elementos sociales



Según el principio, reconocido por todos los pueblos antiguos, de que aquél que conquistaba un país, se hacía dueño de todo su territorio, por el sólo hecho de dominarlo, los árabes se apoderaron de nuestro suelo, si bien parte de él hubieron de dejarlo en poder de los vencidos, mediante el pago de una contribución.

Los elementos sociales del pueblo árabe, son, de un lado, la representación del poder central, ejercida primero por los emires, más tarde por los califas, y últimamente por los soberanos de los pequeños Estados de Taifas; de otro, la nobleza, genuina representación del elemento árabe; el que en cierto sentido pudiéramos denominar sacerdotal, y, por último, la masa general del pueblo creyente, en oposición de los mozárabes y de los judíos.

El poder central lo ejercía el jefe del poder supremo, cualquiera que fuese su nombre, compartiéndolo en cierto modo con la nobleza, la cual, en algunos momentos, llegó á tomar algo del carácter feudal con que aparecía a la sazón en los reinos cristianos. De su seno salían los altos funcionarios de la administración central y provincial, siendo la vaguedad, que en punto a la manera de suceder al poder supremo, existía entre los árabes, causa del desarrollo e importancia que la nobleza llegó a adquirir, pues los califas tuvieron que halagar a sus parciales, con objeto de asegurar el logro de sus ambiciones.

Los imanes, santones, el elemento sacerdotal, en una palabra, eran los únicos depositarios de los libros sagrados, dirigían la oración y tenían a su cargo la enseñanza, a la vez que desempeñaban funciones judiciales, de donde se deduce que la influencia que entre los suyos ejercían, más bien fue debida al carácter civil de algunas de sus funciones, que al de las religiosas.

La masa general de los creyentes, se componía, en su mayoría, de los bereberes, que acompañaron a los árabes en su venida a España, y fueron los que llevaron el peso de la conquista de nuestro suelo. Esa masa de creyentes, gozaba de ciertos derechos civiles, pero sin tenerlos garantizados de un modo estable. A su lado figuraban los mozárabes. En un principio, les fue respetado su culto, y aun disfrutaron de cierta independencia, pero bien pronto su situación fue por todo extremo triste, y aun en algunos momentos hubieron de ser objeto de crueles persecuciones, pudiendo afirmarse que jamás ejercieron influencia alguna en el orden político.

Tampoco ejercieron influencia alguna en este orden los judíos, que, de ordinario, fueron mejor mirados que los cristianos, tanto porque su religión se diferenciaba menos del islamismo que la nuestra, cuanto porque en cierto modo habían ayudado a la conquista de España.



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Reseña general de los sucesos referentes a la España musulmana



Hemos dicho que los árabes invadieron España por el año 711, y que su dominación duró hasta el año 1492, en que tuvo lugar la toma de Granada. Durante todo ese lapso de tiempo, no fue la misma la organización social y política que dieron al territorio sometido a su poder. En un principio no existió realmente un poder central al frente de sus dominios, sino que ejercía el mando de las distintas provincias en que dividieron la España, un emir, especie de gobernador, delegado del califa de Damasco, jefe supremo de todos los dominios musulmanes. Pero si tal organización fue bastante para satisfacer las necesidades de los invasores en los primeros tiempos, más tarde, el gran desarrollo que adquirieron sus conquistas, la dificultad de comunicaciones entre España y Damasco y las rivalidades que entre unos y otros emires se despertaron, hicieron preciso un cambio de gobierno.

Tenía lugar a la sazón en Oriente la célebre lucha de los Abasidas y los Omeyas, y entendiendo los árabes españoles que el joven Abderrahman, último descendiente de la familia de los Omeyas, reunía especiales condiciones para crear en nuestra patria un centro de cultura y de civilización, que llegara a competir con el de Damasco, le proclamaron califa en el año 755. Desde entonces, fue el califa el verdadero centro de unión de todas las aspiraciones de los árabes españoles, y si continuaron los emires al frente de las provincias, fué dependiendo ya del califa de Córdoba. Las principales provincias árabes fueron Toledo, Mérida, Zaragoza, Valencia y Murcia.

Las excepcionales dotes de Abderraman III, y de su hijo Alhaken, consiguieron engrandecer el califato, hasta el punto de realizarse casi el pensamiento que concibiera Ábderrahnian I de crear en Occidente un centro árabe que superara en esplendor al de Damasco, pero su florecimiento fue bien pasajero. Ya en el año 1004, algunos walíes se negaron a obedecer las órdenes del califa, iniciándose de tal suerte el movimiento, que dio por resultado la total ruina del califato en 1031, y la creación de los pequeños Estados de Taifas.

La invasión de los almorávides primero, y la de los almohades después; la creación del reino de Granada y su conquista, por Fernando el Católico, son los hechos capitales a que debemos aludir, después de los indicados, para terminar la indicación rapidísima, pero bastante a nuestro propósito, que nos proponíamos hacer de la dominación árabe.

Respecto de las personas, existían una serie de distinciones entre los musulmanes. Con efecto, según ellos, había creyentes y no creyentes, diferencia que no sólo lo era bajo el punto de vista religioso, sino también en consideración a la raza: entre los primeros había árabes y bereberes, siendo hasta el establecimiento del califato, en cuyo tiempo vinieron a nuestro suelo las principales familias que en Damasco constituían el partido vencido de los Omeyas, mucho mayor el número de éstos, que el de aquéllos; los no creyentes eran los cristianos, que se conservaban fieles a su religión, mozárabes, los que de ella habían renegado, y los judíos; los creyentes y no creyentes, podían también ser libres y esclavos.



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Mahoma y la invasión musulmana II


Otro de los principios cardinales de esta doctrina, es la afirmación de que siempre existirá en el mundo un
representante de Dios, el cual, asistido de continuo por la Providencia, velará por la propagación de la doctrina.
Mahoma predicaba la inmortalidad del alma, pero uno de sus mayores errores consistió en suponer que esa vida futura que en último término había de tener el alma, era una vida de carácter puramente mundano.



Otro de los principios predicados por Mahoma, fue la creencia de que todos los hechos se llevaban a cabo por estar así trazados en la mente de la Providencia. El fatalismo más exagerado fue, pues, uno de los principios sobre que descansaron las predicaciones de Mahoma, y ese fatalismo fue causa en más de una ocasión del quietismo y de la indiferencia que caracteriza en la historia al pueblo árabe.

En el Koran, libro en el que se reunieron las predicaciones del profeta, se encuentran algunos de los principios fundamentales de las diversas religiones que entre los árabes existían; en él aparecen preceptos del Cristianismo, del judaísmo, y aun de las primitivas creencias árabes, mezcladas con una porción de reglas, higiénicas las unas, morales las otras, de todos los órdenes, en una palabra.
Las prácticas religiosas propias de la religión árabe, son: la oración, acompañada de abluciones y de zalemas, el ayuno, la limosna, la peregrinación a la Meca, los sacrificios, en ciertos casos, y la guerra santa. Las abluciones deben hacerse con agua, y caso de no haberla, con arena; el ayuno consiste en no comer nada durante el día, y sí en la noche, y en la abstinencia de ciertos alimentos; la limosna, que es la protección al huérfano y a la viuda, y la hospitalidad a toda clase de gentes; y la guerra santa, como medio de propagar la doctrina.

Para que todo en el Koran sea vago e indeterminado, nada se dice en él respecto de la sucesión en la jefatura de los creyentes, lo cual pudo dar origen a la muerte de Mahoma a que desapareciera la unidad que éste había conseguido dar a su pueblo, pues muerto sin designar sucesor, fueron varios los que pretendieron serlo.

Designado al fin Abou-Bekre, extendieron los árabes su dominación con la conquista de la Siria, la Persia y el Egipto, desde donde se corrieron por la parte septentrional del África intentando atravesar el Mediterráneo y desembarcar en España, si bien con resultado negativo, en los tiempos de Wamba.

Sometidos completamente los bereberes que poblaban el Norte de África, región llamada por los árabes Al-Magreb, creyeron llegado el momento de extender sus conquistas por Europa; y, al efecto, bien por su propio impulso, como decimos, bien cediendo a las excitaciones de los hijos de Witiza, o de los hebreos que huyeron al África, desembarcaron en nuestro suelo, y en una sola batalla destrozaron el poder de los visigodos, haciéndose dueños de casi todo el reino, pues las pocas ciudades que, como Mérida, Tarragona y Toledo, presentaron alguna resistencia, cedieron pronto ante el empuje de los árabes, siendo seguro que éstos se hubieran extendido por el resto de Europa, a no haberles cerrado el paso los francos guiados por Carlos Martell en las llanuras de Poitiers.

Realizada la conquista de España por los musulmanes, los hispanos se encontraron ante una dominación de caracteres bien diversos a las que hasta entonces sufrieran, pues era el pueblo árabe totalmente distinto del nuestro en origen, religión, lengua, usos, costumbres, etc.,  lo cual explica que, repuestos los españoles de la sorpresa que les produjera el rápido triunfo de los árabes, comenzaran a rechazarlos, y sostuvieran con ellos esa lucha titánica de ocho siglos, que constituye la gran epopeya de la reconquista.

La especial situación en que por consecuencia de la invasión musulmana, se encontró España, hace que tengamos que variar el método seguido hasta aquí, pues de un lado es preciso examinar lo que fue el derecho en las comarcas dominadas por los árabes, y de otro debemos estudiar lo que el derecho fue dentro de los reinos cristianos, que bien pronto surgieron, como protesta viva contra el poder de la media luna.



Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
De la serie, "Historia General del Derecho Español".


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Mahoma y la invasión musulmana I


Al realizarse la invasión de los árabes,  se abre paso en la historia de nuestra patria un nuevo elemento, y como siempre que esto ocurre, debemos hacer algunas consideraciones respecto de sus antecedentes.
La vida del pueblo árabe no es bien conocida hasta el siglo VII. De ella sólo sabemos, que en la península arábiga bañada por el mar Rojo y el de las Indias, vivían varias tribus, pertenecientes unas al elemento autóctono de la Arabia, otras a la raza de Jectan, y otras de origen ismaelita, de organización, usos y costumbres análogas, aun cuando no iguales, y que en una de ellas, la de los koreichitas, nació Mahoma, personaje que logró dar a tales tribus, no sólo una nueva religión, sino la unidad bastante para constituir un pueblo fuerte.


Dedicado Mahoma durante su juventud al comercio, tuvo ocasión de conocer y estudiar la organización de los pueblos situados en la parte oriental de Asia y occidental de África. Después de madurado el pensamiento en el retiro que voluntariamente se impuso en el desierto, comenzó a predicar la nueva doctrina, y a buscar adictos, primero en su familia, y más tarde en la tribu a la que pertenecía. Como encontrara oposición en su tribu, huyó seguido de varios discípulos a Yatrib, llamada desde entonces Medina, ciudad del profeta. La huida de Mahoma desde la Meca a Medina, sirve de cómputo para la cronología de los árabes. En Medina, pues, continuó propagando su doctrina, afirmando que lo hacía por ser el continuador de la misión  desempeñada primero por Moisés y más tarde por Jesucristo, y que no venía a inventar creencia religiosa alguna,  sino a continuar la misión providencial que dentro del pueblo hebreo habían tenido Moisés y Jesucristo.

Se cuenta que cuando Mahoma empezaba sus predicaciones, y como encontrara oposición de parte de los sacerdotes coraixitas, alarmada su familia por el resultado que pudiera tener para ella tal oposición, hubo de decirle uno de sus parientes: 
«Si tratas de buscar prosélitos como medio de obtener dinero, yo te lo daré; y si eres un loco, es preciso curarte.» 
A lo cual contesta Mahoma que no quería dinero, porque despreciaba las riquezas, y que no era un loco, porque con la predicación de sus doctrinas cumplía la misión que Dios le había señalado. Varios son los principios fundamentales sobre los cuales descansa la religión predicada por Mahoma. El primero de ellos es la unidad de Dios. Mahoma, según sus propias palabras, «creía en un sólo Dios, uno en atributos y esencia, existente en sí y por sí, sin distinción de personas y atributos.» La consecuencia natural de este principio es la imposibilidad de simbolizar la idea divina, por medio de representaciones materiales. En este punto, pues, produjo la religión mahometana una verdadera revolución en las costumbres de los árabes, puesto que, según las creencias de éstos, la idea divina podía representarse por multitud de objetos materiales.




Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
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Otros precedentes históricos II


Favorecieron también la ruina de la monarquía visigoda, los vicios que en la organización de la misma existían. Era la monarquía entre los visigodos, según antes de ahora hemos indicado, un poder electivo, y no pudo sustraerse a
los inconvenientes que ofrecen los poderes de esta clase. Buena prueba de ello son la larga serie de revoluciones, destronamientos, asesinatos, etc., que en la historia de los monarcas godos se registra. Es cierto, que, según hicimos notar también en lugar oportuno, no era la monarquía visigoda despótica; pero no lo es menos que no se hallaba templada de un modo fijo y constante, a virtud de disposiciones legales, sino por la influencia moral que sobre todo el reino ejercían los nobles y los prelados especialmente, así como por la fuerza que los primeros representaban; y conviene advertir, que, si bien la influencia moral produce excelentes resultados, no siempre es bastante; y que la fuerza material, cuando se ejercita como límite del principio de autoridad, produce, de ordinario, los mismos males que trata de evitar. Todo esto es indudable que había de producir, como produjo, la existencia de bandos, parcialidades, divisiones, en una palabra, entre los principales elementos que debían concurrir a dar la unidad necesaria al reino visigodo.

Otra de las causas a que aludimos es la situación especial en que vivían los vencidos. La masa general del reino visigodo la formaban los hispanos, los cuales jamás dejaron de encontrarse en condiciones de inferioridad respecto de los visigodos. Bajo este punto de vista pueden notarse tres elementos que determinaron la poca resistencia opuesta a los intentos de los árabes. Una parte del pueblo hispano se manifestó contraria a su germanización, como siempre lo había sido a todo influjo extranjero. En efecto, las tribus situadas al norte de la Península, los vascos, cántabros, astures y galaicos, opusieron tanta resistencia a los visigodos, como la que en otro tiempo habían usado contra Roma, y lo prueba el hecho de que uno de los últimos monarcas, Wamba, tuvo que organizar una expedición para sujetarlos. En cambio, la mayor parte del pueblo hispano se hallaba poseído de un gran espíritu de indiferencia, pues la práctica le había demostrado, que si sabían luchar con energía contra los que pretendían dominarlos, siempre habían sido reducidos por armas no muy propias de la nobleza con que defendían su libertad. Por último, conviene tener presente, que el espíritu de desunión que en todas ocasiones existió entre las diversas tribus que poblaban la Península, hubo de manifestarse una vez más en la época a que nos referimos.

Los diversos caracteres de los pueblos visigodo y musulmán, que en aquellos momentos hacía preferible la dominación de éste sobre la de aquél, es la quinta de las causas apuntadas.
El pueblo visigodo, una vez asentado en España, perdió poco a poco con la vida sedentaria a que bien pronto hubo de acostumbrarse, aquella fuerza y vigor propia de todos los pueblos bárbaros, y en cambio el árabe aparecía a los ojos de los hispanos como un pueblo joven, en el que la guerra producía gran entusiasmo, por lo mismo que a ella le animaba sus creencias religiosas, y encajaba mejor dentro de sus costumbres y hábitos.

Entre las circunstancias de momento que contribuyeron a la caída de la monarquía visigoda, merecen citarse las disensiones que asolaron el reino, al ocurrir el destronamiento de Witiza, pues los partidarios de éste, una vez vencidos, contribuyeron, y no poco, al triunfo de las armas musulmanas, y la gran superioridad, no sólo numérica, sino en los hábitos de lucha que tenían los árabes sobre los visigodos, por el continuo guerrear a que aquellos venían acostumbrados.



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Otros precedentes históricos


Era España al verificarse la invasión de los bárbaros, una de las diócesis de la prefectura de las Galias, y se hallaba dividida en varias provincias, constituyendo una verdadera unidad territorial, enclavada dentro de la unidad general del imperio romano. Esa unidad se rompe, pasan por nuestro suelo los vándalos, alanos, silmgos, etc.;  se asientan en él los visigodos y los Suevos; del reino fundado por éstos, se apoderan aquéllos, en tiempo de Leovigildo, y después de este hecho, puede decirse que se constituye la unidad territorial en nuestra patria,
pues los pocos orientales que en ella continuaron, no constituían en realidad un elemento de importancia.

La unidad territorial se consiguió, pues, después que la religiosa y antes que la jurídica, siendo, por tanto, sobradamente tarde cuando se logró para que produjera sus naturales consecuencias.
Es más, al establecerse, se hizo con exceso, porque no se limitó a nuestra Península, sino a la Mauritana Tingitana y a la parte meridional de las Galias, y esta circunstancia quizás fue un peligro para esa misma unidad.

De la unidad familiar, puede decirse algo análogo a la que acabamos de indicar respecto de la unidad territorial, pues la completa separación que entre los vencidos y vencedores se estableció, a virtud principalmente de la prohibición de celebrar matrimonios entre individuos de una y otra raza, subsistió durante largo tiempo, según hemos indicado.

Igual consideración cabe hacer respecto de la unidad social, relativa al goce de las tierras y de los derechos. Al tiempo de verificarse la invasión, se dividieron las tierras en tres partes, de las cuales se reservaron dos los visigodos, eximiéndoles de toda tributación, y concedieron la restante a los hispanos, gravándola con fuertes cargas, sin que en un principio se permitiera que pasaran las de unos a los otros. Es cierto que el Fuero Juzgo borró esa diferencia, permitiendo que los visigodos poseyeran tierras de las asignadas los hispanos y viceversa, pero siempre continuaron las cargas pesando sobre la tercia romana.

Otro tanto acontecía respecto del goce de los demás derechos, pues las diferencias por razón de raza, subsistieron constantemente. Los monarcas, la clase noble, eran de la raza vencedora, y sólo los hispanos ejercieron influencia en la gobernación pública, por pertenecer a dicho elemento el clero, en su inmensa mayoría.

En cuanto a la unidad política, puede afirmarse, rigurosamente hablando, que no se logró jamás, aun cuando fueran favorables a tal corriente las tendencias que existieron desde el Fuero Juzgo, porque siempre, en más o en menos, existieron diferencias entre vencidos y vencedores.

Consecuencia de la falta de unidad que en todos los órdenes existió en la monarquía visigoda, fue la falta de unión que se observa entre los dos pueblos que la integraban: el visigodo y el hispano. Estos pueblos, nunca llegaron a fundirse, y la separación en que vivieron, hizo que no tuvieran los hispanos, al realizarse la invasión de los árabes, estímulo ninguno que les moviera a tomar parte activa en la defensa del reino, pues ellos, después de todo, sólo iban a cambiar de dominador, si los mahometanos triunfaban.



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Caída de la monarquía visigoda


En el examen del período anterior, hemos visto lo tardíamente que se logró la unidad dentro de la monarquía visigoda, cómo hubo de conseguirse la unidad en el orden religioso, jurídico, territorial, familiar y social, y cómo si no se logró en el político, se avanzó bastante, y casi estuvo a punto de conseguirse; mas tales resultados se alcanzaron en momentos que impidieron se obtuvieran de ellos las naturales y lógicas consecuencias.

La primera unidad que se consiguió fue la religiosa. A poco de verificarse la invasión de los visigodos, existían en nuestro suelo cuatro religiones:
  • Paganismo, profesado por los Suevos. 
  • Arrianismo, a que rendían culto los Visigodos.
  • Catolicismo, doctrina propia de los Hispanos.
  • Judaísmo, de los orientales, que aún se encontraban en mayor o menor número en España. 
Con el tiempo, los suevos se convirtieron a la religión verdadera, y aun cuando incurrieron en el error de Arrio, al ser sometidos por Leovigildo, profesaban de nuevo la religión católica, a la que rindieron culto las visigodos desde Recaredo. Desde ese momento sólo hay en España dos religiones, el catolicismo y el judaísmo. De suerte, que puede decirse que la unidad religiosa estaba lograda por el pequeño número de los que profesaban las ideas judaicas, pero era ya tarde para que tal hecho produjera sus naturales frutos. Y como si esto no fuera bastante, las herejías que en algunos momentos se hicieron, algún camino retardaron todavía el logro de las demás unidades, para las que era una gran base la religiosa.

La unidad jurídica, uno de los principales elementos para dar a un pueblo la coexión necesaria, fue también tardíamente conseguida por los visigodos.

Existía en España a la venida de los visigodos una sola legislación: la romana. Después de aquel hecho, hubo dos, como hemos visto: propia la una de los vencedores, peculiar la otra de los vencidos. Tal diversidad jurídica, sancionada primero por las costumbres visigodas y las leyes romanas, y después por los Códigos de Eurico y Alarico, subsistió hasta la publicación del Fuero Juzgo, hecho que tuvo lugar en los últimos años de la monarquía visigoda.



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De la dominación goda a la musulmana



A principios del siglo VIII existía en nuestro país fuerte y vigorosa, al parecer, la monarquía visigoda; y, sin embargo, en el año 711 cae al embate de un pueblo que por primera vez interviene en la vida de nuestra patria, de la que se apodera en breve tiempo, sin encontrar resistencia seria de parte de los visigodos, y mucho menos de parte de los hispanos. 



No es que el pueblo visigodo hubiese perdido sus elementos de fuerza y vigor, ni es tampoco que careciera de las instituciones necesarias para presentarse al nivel, cuando menos, de los demás que poblaban la Europa. Por el contrario, sus leyes eran las mejores de aquella época; la Iglesia visigoda era una de las más ilustres, cual lo acredita el nombre de prelados tan insignes como San Isidoro, San Leandro, San Eugenio y San Ildefonso, y aquella unidad, por tanto tiempo deseada, se había logrado en el orden religioso, de igual suerte que en el político y en el social.

Mas lo cierto es que, a pesar de todo ello, en una sola batalla, librada allá en el extremo meridional de la Península y no lejos de los campos de Munda, donde siglos antes dieran los españoles prueba inequívoca de su valor y de su fiereza, pereció la monarquía visigoda. Es, pues, indudable que para la realización de tal hecho, debieron existir graves causas, pues no de otra suerte cabe explicar el fácil triunfo que obtuvo sobre las huestes visigodas, un pueblo, que, como el musulmán, tan contrario era, no sólo al indígena, sino a todos los que en España habían  dominado, tanto en el orden político, como en el social y religioso.

Esas causas fueron, a nuestro juicio, las siguientes: lo tardíamente que se había logrado la unidad en todos los órdenes, y como consecuencia de ello, la falta de fusión entre los dos elementos que integraban la monarquía goda; los vicios orgánicos de que adolecía la constitución del reino visigodo; la situación especial en que se encontraban los diversos pueblos que existían en la Península; los caracteres contrapuestos de los pueblos visigodo y musulmán, que en aquellos momentos hacían preferible la dominación de éste a la de aquél; y, por último, un conjunto de circunstancias, de causas accidentales que favorecieron en el momento de realizarse la invasión, el triunfo de los musulmanes.



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Recursos contra las sentencias




Respecto de los documentos se establece, entre otra porción de reglas, que deben hacer fe en los juicios, los que, hechos según ley, contienen la fecha de su otorgamiento y las firmas del otorgante y de los testigos, aun cuando si aquél, por causa de enfermedad, no pudiese firmar, era válido si bien los testigos estaban obligados a presentarlo al juez o al obispo, en el caso de que el otorgante muriese antes de los seis meses siguientes al otorgamiento.

El juramento deferido se admite únicamente como medio supletorio. En punto a la sentencia, conviene notar que
los jueces están obligados á dictarla en todos los asuntos de que conozcan, salvo el caso de que no existan disposiciones legales sobre la materia objeto del pleito, pues entonces están autorizados para suspender la tramitación y consultar al monarca; son responsables de las sentencias injustas que dicten a sabiendas, por dádivas o promesas, o por no oir las alegaciones de las partes debidamente, no estimar las pruebas presentadas por las mismas, etc., etc.

También son numerosas las disposiciones contenidas en el Fuero Juzgo, en cuanto a los asuntos criminales. En ellos es de creer que los obispos no tuvieran intervención, pues por diferentes leyes canónicas vigentes ya en la época a que nos referimos, estaban privados de entender en hechos que se castigasen con pena de muerte.

Comenzaba el procedimiento por acusación querella y aun de oficio en algunos casos. En los delitos contra la propiedad, el acusador debía presentar al juez una especie de indicios de prueba; si no resultaba probado el hecho denunciado, el acusador era castigado con la pena que a aquél se impusiera, premiándole en el caso contrario. Merece consignarse, que en el procedimiento criminal consignado en el Fuero Juzgo, cuya esencia es análoga al civil, del que acabamos de ocuparnos, se rechazan de ordinario las pruebas vulgares, si bien se admite el tormento como medio de hacer confesar a los reos, y aun en algunos casos el juramento compurgatorio.

Durante el proceso, el acusado podía ser reducido a prisión, pero sólo tratándose de delitos graves. A la acusación y a la declaración del procesado, seguía el período de prueba, algo confundido en este procedimiento con aquellos actos; a éste la sentencia, y a ella su ejecución, caso de que no prosperaran los recursos contra la misma establecidos. A la ejecución de las sentencias, se procuraba darlas la mayor publicidad posible, y era misión de los sayones ejecutarlas cuando eran personales.

De lo dicho se infiere la gran superioridad del Fuero Juzgo, respecto de los códigos de la misma época, y aun de algunos de fecha posterior en punto al procedimiento, siendo el mayor elogio que de él puede hacerse, el hecho de admitir tan sólo los medios de prueba racionales cuando tanto valor se daba en otros países a las pruebas vulgares.



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Organización judicial



La organización judicial se hallaba entre los visigodos confundida con la administrativa. Con el nombre de juez se designaba, no a funcionarios de un orden especial, como hoy acontece, sino a todos aquellos que tenían por las leyes la misión de juzgar; de sus fallos cabía una especie de apelación en el orden civil, ante los funcionarios superiores, y en el eclesiástico, ante los obispos, pues éstos tenían facultad para revisar las sentencias que estimasen injustas, pudiendo llegar a entender de los asuntos judiciales en alzada el monarca, ya por sí, ya mediante las personas por él designadas.

El ministerio público era desconocido en aquellos tiempos; era sí preciso que en los asuntos criminales hubiese acusación, pero debía hacerla el ofendido por el delito, o algún individuo de su familia.

Existen indicios para suponer que al lado de los jueces había funcionarios especiales, depositarios de la fe pública, ante los cuales debían realizarse los principales actos de la administración de justicia, así como funcionarios subalternos conocidos con el nombre de sayones.

En el lib. II del Fuero Juzgo se contienen disposiciones bastantes completas respecto de la tramitación de los juicios. En él se establece que la comparecencia es indispensable, tanto en el denunciante como en el demandado, a quien se castiga, caso de no comparecer, pudiendo llegarse, por su ausencia, a declararle rebelde.

La comparecencia puede hacerse personalmente, o por medio de tercera persona, pero ésta ha de ser de condición igual a la de la otra parte, para evitar que, buscando el auxilio de los poderosos, se haga presión sobre los juzgadores.
Algunas personas, como el rey y los obispos, están privados por esta misma razón de seguir los pleitos por sí. La mujer necesita la autorización del marido para pleitear, el cual a su vez, necesita la de aquélla para representarla en juicio.

La demanda, así como la contestación, puede hacerse verbalmente o por escrito, y se ignora, -porque sobre este punto la ley es bastante parca-, cuántas podrían ser las réplicas y dúplicas.

En cuanto al sistema probatorio, conviene notar que es bastante racional el establecido en el Fuero Juzgo. Los medios de prueba son tres: testigos, documentos y juramento diferido, sin que el orden en que los enumeramos suponga que se daba la preferencia al primero respecto de los otros, pues cuando los testigos afirmasen cosa distinta de la consignada en un documento, debía estarse a lo que éste dijera; el orden, pues, significa tan sólo que la prueba testifical era la más frecuente, cosa natural en un período en el que la escritura era poca conocida.

Pueden ser testigos los mayores de catorce años, tanto varones como hembras; son preferidos los presenciales á los de referencias, y es preciso, para que su testimonio sea válido, que reúnan determinadas circunstancias.



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La falsificación y otras conductas




En punto a las falsedades, se diferencia el falso testimonio de la falsificación de documentos y de moneda y de la adulteración de los metales preciosos.

El primero se castiga haciendo pagar al ofensor lo que hubiese perdido el ofendido a causa de tal testimonio, si el falsario era de elevada condición y entregándole como siervo en otro caso.
La falsificación de documentos se castiga con azotes, pérdida de la mano derecha y una suma mayor o menor, según la importancia del escrito falsificado y la condición del autor. La falsificación de moneda se pena pecuniariamente
del mismo modo que la adulteración de metales.

Por último, se castigan los ultrajes hechos a los muertos, las violaciones de sepulturas y hechos análogos, así como los delitos de orden religioso, en los cuales, no sólo se trata de reprimir la falta de fe, sino las asonadas que los que en tal desgracia vivían solían cometer.

Las penas establecidas por el Fuero Juzgo, son unas personales y otras pecuniarias. La prisión, que sirve de base a los sistemas penales modernos, se admite sólo como excepción, aun tratándose de la preventiva. Las personales son: muerte, cegamiento, castración, mutilación, flagelación, servidumbre y destierro.
Con la pena capital se castigan los delitos más graves, como el homicidio, el asesinato y el parricidio; la de cegamiento, se aplica ordinariamente a los reos de muerte que son indultados; la de castración, en el delito de sodomía y en algún otro; para la de mutilación, se tiene en cuenta el daño causado, con objeto de hacerle sufrir semejante daño al reo. Respecto de las penas pecuniarias, conviene advertir que ya no revisten el carácter de la compensación, sino que su cuantía se halla fijada en las leyes y su importe se aplica a las necesidades sociales.

Terminado el examen que rápidamente hemos hecho de las doctrinas consignadas en el Fuero Juzgo a propósito del derecho penal, nos toca analizar las que respecto del procesal contiene.



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