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Miguel Delibes: el escritor de Castilla

Leer a Delibes va más allá de los referentes literarios, es como si el novelista nos invitase a detenernos ante un matorral, un cerro o una quebrada erosionada, una perdiz que arranca el vuelo, un conejo que huye o un viejo solitario que dormita al sol acunando sus recuerdos. El paisaje está vivo en su obra. La tierra está viva y sólo necesita ojos que observen su latido, y eso es lo que brindan los libros de Delibes porque él no describía ni diseccionaba el paisaje, sino que escuchaba sus palabras.




Era Miguel Delibes un hombre íntegro y honesto al que se propuso ganar de antemano el Premio Planeta:
Se me llegó a decir que nadie perdería, pero perdían los muchachos que estaban escribiendo una novela con la ilusión de ganar un premio que estaba concedido de antemano, y lo rechacé.
Al hacerlo rechazaba también una buena suma de dinero, lo cual con siete hijos es todavía más admirable.
Para mí el dinero tiene una importancia secundaria, una vez que se tiene lo suficiente, claro. Está por detrás de muchas cosas: de la amistad, de la dignidad, de la solidaridad, y no merece la pena mancharse.
Otro detalle de su fidelidad y del amor que sentía hacia Valladolid, su ciudad, lo protagonizó en 1975, cuando le ofrecieron la dirección del diario “El País”, tentándole incluso con un coto de caza en Madrid para paliar su nostalgia de provinciano, pero no aceptó. Este hombre de fidelidades deseaba pasar inadvertido, huyendo de actos públicos siempre que podía y refugiándose en la soledad del campo castellano con aquella humildad franciscana y afable que le caracterizó siempre.
También decía de sí mismo:
En poco tiempo voy de la angustia al júbilo, o a la inversa. Mi temperamento es triste, con tendencia al pesimismo y la melancolía.
En relación con su obra, al preguntarle cómo surge la idea de una novela, respondía que con frecuencia es un personaje el que le llama la atención, y va cobrando vida y se va llenando de familiares y amigos. Otras veces, el punto de partida es una escena callejera o una historia que le han contado:
“Desde luego, en una novela hay una parte observada, una parte imaginada y otra parte vivida. … A veces pienso que, en el fondo, los novelistas escribimos siempre la misma novela, sencillamente porque nuestra visión y juicios sobre las pasiones humanas y sobre la soledad del hombre y su destino no cambian.
Delibes es una de las figuras más importantes de la novela española de posguerra, de los primeros que asoman tras la guerra civil, y afirmaba que no le gustaba utilizar el lenguaje soez gratuitamente –a diferencia de Cela-  “por respeto a mí mismo, y a mis lectores.”

Miguel Delibes nació en Valladolid, en 1920. Su apellido francés penetró en España con los ferrocarriles del Norte, pues su abuelo Friedrich Pierre Delibes, fue uno de los constructores del ferrocarril español, casándose con la santanderina Saturnina Cortés y estableciéndose en Valladolid a finales del siglo XIX. El ámbito familiar de la familia Delibes era de burgueses liberales y católicos, progresistas en sus actitudes (su abuelo, por ejemplo, instauró la insólita costumbre de la bicicleta en aquellos tiempos). Uno de sus hijos, Adolfo, fue catedrático de la Escuela de Comercio y se casó con María Setién Echanove, con la que tuvo ocho hijos de los que Miguel fue el tercero. No tuvo la familia una vida fácil, pues el sueldo de profesor del padre apenas cubría los gastos de tantos hijos.

El padre salía al campo a cazar y pescar, y pronto empezaron a acompañarlo sus hijos. La Segunda República pilló a Miguel siendo todavía un niño que estudió en un colegio de monjas; fueron años de aprendizaje y religiosidad, que nunca abandonará. Una vez acabado el bachillerato, se encuentra con la guerra, y con la universidad cerrada. Su madre le cede el trastero de la casa, donde se reúne con chicos de su edad y hablan de la guerra, de la vida y de la muerte…+

Como presiente que será movilizado a los 18 años, se alista voluntario en el bando nacionalista, ingresando en la Marina en el crucero Canarias, cuya actividad principal fue el bloqueo de barcos enemigos o extranjeros. Acabada la guerra, continúa los estudios en la Escuela de Comercio y accede a la Facultad de Derecho; lee cuanto cae en sus manos, pero todavía no se ha planteado ser escritor.
En el panorama de la novelística de aquellos años, hay que recordar el tremendo vacío que supuso la guerra civil: Muertos autores como Unamuno, Valle-Inclán y Lorca en 1936, Antonio Machado en 1939, las editoriales preferían apostar por los autores extranjeros como Lajos Zhilay o Somerset Maugham, y habrá que esperar a 1945 para que Carmen Laforet reciba el Premio Nadal por su obra “Nada”, que confirma la posibilidad de un resurgimiento de la novela española, lo mismo que ocurre con “La familia de Pascual Duarte”, de Cela, publicada en 1942.

Delibes estudia, vuelve a reunirse con los amigos en la buhardilla, y entra en el Norte de Castilla como caricaturista.

En 1948, y con gran sorpresa de casi todos, recibe el Premio Nadal por su primera novela “La sombra del ciprés es alargada”, acogida de forma dispar por la crítica. En ella, el protagonista se verá obligado a llorar primero la muerte de un compañero, luego la de la esposa en un accidente que él mismo presencia… La prolongación de la sombra del ciprés es el testimonio del propio desamparo y de los recuerdos del que sobrevive. Se hacen patentes ya los elementos que configurarán su obra en lo sucesivo:
“En toda novela debe haber al menos tres elementos: un hombre, un paisaje y una pasión”.
Cuando escribe esta novela en 1947, tiene 26 años, es catedrático, subdirector del periódico, se ha casado y tiene un hijo. En 1950 se publica una de sus novelas más universales, “El camino” obra en que aparecen el mundo infantil, la muerte, y el campo como ámbito vital; con ella afirma haber encontrado al fin su fórmula, aunque temía que los demás no lo entendiesen.

En 1955 obtiene el Premio Nacional de Literatura por su 4ª novela “Diario de un cazador”, concebida como el cuaderno de caza de un bedel modesto que anota las piezas cobradas y también algunos sucesos de su vida.

El lector se encuentra ante un cazador que escribe,  confundiéndose personaje y escritor:
Para mí la caza no es una actividad accesoria. Antes que un escritor que caza, soy un cazador que escribe…
En 1958 es nombrado Director del Norte de Castilla, y una sección impulsada por él y titulada “Ancha es Castilla”, fue la causa de un choque con el Ministerio de Información y Turismo del que era titular Fraga Iribarne (que también planeaba un “experimento de libertad” y veía un peligro para él en dicha sección ); ello supuso el cese de Delibes como director, viajando tras ser cesado, a Chile, a París en 1958, invitado por el Congreso para la Libertad de la Cultura, a Estados Unidos en 1964, donde pasó seis meses. En el 68 visitó Checoslovaquia, sólo unos meses antes de la intervención soviética, experiencia que reflejará en su obra “La primavera de Praga”.

Y siguen sus novelas, y el éxito imparable de su autor: “La hoja roja”, una novela sobre la soledad, el peso de los años y la solidaridad de los que se ven sin el afecto de los demás. “Las Ratas” (1962), en que el tema de la caza tiene un matiz trágico en la figura de un niño que caza ratas para comer.
“Cinco horas con Mario” (1967), largo monólogo de una viuda muy conservadora que vela el cadáver de Mario, su marido, un profesor de historia liberal, durante cinco horas en las que quedan patentes las diferencias ideológicas y las posturas irreconciliables de ambos.

“Las guerras de nuestros antepasados” (1975), concebida como una transcripción magnetofónica del relato del protagonista ante el médico forense de la prisión en que se encuentra. Todos en su familia han hecho su guerra, y se lleva a un callejón sin salida a los que no han tenido la suya.

En mayo de 1975 ingresa en la Real Academia pronunciando un discurso sobre “El sentido del progreso desde mi obra”, en que hace una alabanza del campo frente a la ciudad y hace una defensa a ultranza del mundo natural.
Un año antes, el 1974, la muerte de su esposa lo sume en un vacío tremendo del que nunca logrará salir del todo.
Era la mitad de mí mismo. Nunca podré volver a vivir como he vivido con mi mujer. De un salto pasé de la juventud a la vejez, del afán creador al más puro escepticismo; es más, si llegara a crear una obra maestra, me sería en cierta medida indiferente.
Pasan varios años sin publicar, y en 1981 aparece una de sus mejores obras, “Los santos inocentes”, denuncia de la situación de marginación que sufren los pobres y los abusos que cometen “los señoritos”; termina de forma trágica.

En 1982 le conceden el Premio Príncipe de Asturias, compartido con Torrente Ballester.
Y continúa escribiendo imparable: “El disputado voto del señor Cayo” (1985), “Mi vida al aire libre” (1989), “Pegar la hebra” (1990), y en 1991 “Señora de rojo sobre fondo gris”, una ficción autobiográfica de los últimos meses de matrimonio. Necesitó 17 años para poder escribir sobre ella
Representó tanto, que no me he atrevido a escribir ni un artículo.
Temía haber escrito un libro sensiblero o cursi, dado lo mucho que todavía le dolía lo que escribía, pero la crítica lo tranquilizó.

En 1995 se le concede el Premio Cervantes, y en 1998 aparece “El hereje”, libro que surgió como defensa de la libertad de conciencia al conocer la persecución implacable de las ideas erasmistas en la España del siglo XVI. Nos cuenta la historia de un vallisoletano, Cipriano Salcedo, perteneciente al círculo de Agustín de Cazalla, juzgados y ejecutados en 1559 en la Plaza Mayor de Valladolid y cuyo proceso es descrito admirablemente en la novela. Acabó el libro el mismo día en que le diagnosticaron un cáncer que logró superar.
Y continuó dando sus paseos por el Campo Grande, yendo a su querido pueblo de Sedano, conversando con los amigos y escribiendo, hasta que el 12 de marzo murió en su querido Valladolid y fue despedido con muestras impresionantes de dolor y cariño.
Sirvan como colofón algunos de los titulares de la prensa de aquellos días, y con ellos nuestro recuerdo cariñoso:

Se apaga el alma de Castilla, la voz más pura del castellano.
“Valladolid sí sabe lo que perdió”, “Se va el Nobel del pueblo”.
“El hombre que amaba a las palabras”
“Un novelista hecho de tierra, de aire libre, de humildad y coherencia”.

Imagen: Fundación Miguel Delibes commons.wikimedia.org
Entradas relacionadas: El hereje, por Froilán de Lózar





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Josefina Aldecoa, maestra y escritora.

Nace en La Robla (León) en 1926 y muere a finales de marzo de 2011 en Mazcuerras (Cantabria), a los 85 años.
El apellido Aldecoa era el de su marido, Ignacio Aldecoa, fallecido prematuramente en 1969 y con el que quiso de esa forma sellar un vínculo perenne.



Murió en Cantabria, en su casa de Mazcuerras, a donde se había retirado en los últimos tiempos. Y murió sin ruido y sin aspavientos, como había vivido. Su elegancia y su fuerte personalidad nunca necesitaron pregoneros porque todos sabíamos que era una gran dama, tolerante y sencilla, que poseía entre sus recuerdos más íntimos el haber estado casada con uno de los mejores novelistas de la posguerra con el que conmpartió años de felicidad indecible, y el ser una de las últimas supervivientes de la llamada Generación del 50, aquel grupo de escritores que pretendieron transformar el mundo con sus palabras.

Nacida en La Robla (León) en 1926, hija y nieta de maestras, fundó a los 33 años un colegio laico en Madrid, el Colegio Estilo, heredero de las ideas de la Institución Libre de Enseñanza ,que pretendía una educación libre, culta y laica, y uno de cuyos lemas era “Enseñar a pensar”.

Convencida de que sólo la educación puede cambiar a las personas, Aldecoa defendía el afecto como vía para la educación, pero también la firmeza y la claridad en las reglas. Solía decir que “no hay dedicación más hermosa que la enseñanza”.

“Justa, ética y rigurosa”  son tres adjetivos que su hija Susana le dedica al resumir su personalidad, la muerte de su marido la sumió en una profunda depresión y abandonó la literatura hasta que en 1990 publicó “Historia de una maestra”, la primera de las novelas de una importante trilogía. Precisamente en la tercera de ellas titulada “La fuerza del destino”, habla de la vejez y la soledad de forma increíblemente premonitoria, y también del exilio interior en el que a veces nos dejamos caer.

Su prosa limpia y elegante, así como los personajes que cruzan por sus novelas esforzándose por asumir la soledad, superar dificultades y mantener siempre la dignidad, convierten su obra en una de las más importantes y bien construidas con la que hemos podido disfrutar durante varias décadas y le damos las gracias por ello.

Defensora inteligente de las mujeres y de la enseñanza laica, esta mujer “elegante por fuera y por dentro” dividió sus afanes entre la literatura y la docencia, y siempre veneró el recuerdo del esposo fallecido.

Temas relacionados en Curiosón: Ignacio Aldecoa                            
Imagen: Instituto de Mayores y Servicios Sociales (IMSERSO), commons.wikimedia.org





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Emilia Pardo Bazán, una feminista de excepción

Recuerdo de la primera escritora naturalista en el
150 aniversario de su nacimiento.

Me ha parecido oportuno dedicar unas líneas al recuerdo de esta mujer admirable que revolucionó y escandalizó a sus contemporáneos.

Fueron muchas sus cualidades, y muchas también las dificultades con las que tuvo que luchar por su condición femenina. Sin embargo, a ella no la amilanó nunca la dificultad, y se lanzó al mundo de la cultura con avidez, con la curiosidad y la humildad del que desea saberlo todo y empieza desde el principio. Su mente científica y rigurosa, la impulsaba a informarse bien antes de hablar sobre un tema (leyó por igual libros de Botánica, Astronomía, Física, Historia, Teatro, Poesía...; en su afán de comprender la Filosofía, leyó a Kant, Spinoza, Shopenhauer, Aristóteles; y también aprendió inglés para poder disfrutar el teatro de Shakespeare, y alemán para captar los matices de la obra de Heine).

Al estar vetada la Universidad para ella, como para todas las mujeres de su época, la lectura y el estudio fueron su fuente de saber, por lo que su autodidactismo es aún más admirable.
Su temperamento vivo, arrollador y entusiasta, sorbía a grandes tragos la vida, y todo le parecía bien para aprender.

También fue siempre una excelente pedagoga que quería que sus conocimientos llegasen a los demás, y a esto dedicó muchas de sus páginas. Por eso cuando se creó para ella la primera cátedra femenina en la Universidad de Madrid, vio realizada una de sus mayores aspiraciones.

Su persona nunca pasaba desapercibida, por lo que tuvo grandes amigos y grandes enemigos. Muy especial tenía que ser esta mujer, que contó por igual con la amistad de Giner de los Ríos, Unamuno y Galdós, Menéndez y Pelayo y Juan Valera, siendo además admirada por políticos como Castelar y Canalejas.

Doña Emilia tuvo en realidad pocos enemigos y sí muchos envidiosos e hipócritas que no soportaban que una mujer innovase el campo de la literatura y se introdujese en terrenos reservados secularmente al varón.

Su defensa del Naturalismo primero, su encendida y constante defensa de los derechos de la mujer luego (sobre todo la necesidad de que ésta fuese educada y no domada), su descripción de los aspectos más sórdidos y terribles de la vida en el campo gallego (claro precedente del “esperpento” de Valle-Inclán), o la inmensa tristeza que siente cuando pierde España las últimas colonias y ella escribe artículos de profundo patriotismo que conectan con los autores del 98, así como el hecho de que nunca pedía perdón por hacerlo, rodearon su figura de una aureola de polémica.

Siempre fue tolerante y abierta: incluso en sus últimos años, cuando era una anciana venerable rodeada –como siempre- de elegancia y refinamiento, su título aristocrático nunca constituyó un obstáculo para que los más jóvenes se acercaran tímidamente a aquella señora “de saber oceánico”, liberal y hasta revolucionaria que había defendido lo indefendible y “que no se asustaba de nada porque todo le parecía bien”.

Viajera infatigable, cuyo conocimiento de otros países la hacía reflexionar sobre el suyo, era también muy sensible a la belleza, y muy vulnerable a la magia y el embrujo de la naturaleza gallega que la envolvía durante los veranos. Allí nació en 1851, en  La Coruña; hija única de familia noble, contó siempre con una vida agradable y fácil que tal vez influyó en su carácter afable y comunicativo.
Desde pequeña fue lectora incansable, primero de los románticos y luego de los autores realistas.
Casada a los diecisiete años, sacrificó su matrimonio al tener que elegir entre ser ella misma o una esposa obediente. Tuvo dos hijos que la adoraban.

“Gozadora de la vida”, buscó siempre el trato de escritores y poetas por parecerle que aprendía de ellos. Escribió novelas (“Los pazos de Ulloa”, “La madre naturaleza”, “La sirena negra”, “La tribuna”, etc), cuentos, artículos, conferencias, páginas magistrales en defensa de la mujer...
Murió en Madrid en 1921, a consecuencia de una gripe, y con gran contrariedad por todo lo que aún le quedaba sin hacer.

Sus importantes logros (Cátedra de Literatura, Presidencia de la Sección de Literatura en el Ateneo, Consejero de Instrucción Pública, así como el prestigio y el respeto que consiguió como escritora) ella los disfrutaba como logros de todas las mujeres. Por ello, la Pardo Bazán es, a mi entender, orgullo para todas las mujeres, y todas deberíamos estarle agradecidas. Sirva este recuerdo como muestra de ello.

Imagen: Curiosón 
Retrato de de Emilia Pardo Bazán, en el Parque de María Pita, A Coruña.






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El paso del tiempo en la obra de Llamazares

Julio Llamazares, leonés nacido en un pueblo sumergido hoy bajo las aguas, es una figura importante en el panorama de la Novela Española actual, aunque su primera incursión se produjo en el campo de la Poesía.



Nacido en 1955 en Vegamián, precisamente, en el corazón de esa naturaleza de su tierra, donde transcurren la prácticamente totalidad de sus obras.
Aunque es licenciado en Derecho, dedicó su tiempo, desde un principio, al periodismo escrito, radiofónico, y televisivo: es autor de numerosos artículos y reportajes, así como de algunos guiones de cine (Los viajes occidentales, en colaboración con Felipe Vega), o de TV (Tiempos modernos, Entre líneas...).

Su poesía es profunda, solemne, conmovedora; tiene esa magia única e indefinible que caracteriza a los verdaderos poetas, y aunque su obra novelística está totalmente consagrada, yo le pediría que no se olvide de escribir versos, pues es un auténtico regalo poder leer esos largos versos, lentos y llenos de profundas reflexiones.

Recuerdo una anécdota que me produjo perplejidad por lo sincera, y por lo que implicaba: Me comentaba nuestro autor que hace años, en un colegio al que fue invitado, le preguntaron acerca del uso de la sinestesia (figura retórica que él utiliza mucho, el título de su mejor novela “La lluvia amarilla”, por ejemplo, es una sinestesia). Pues bien su respuesta “Sines...¿qué”? y su simpática confesión al contarlo, me hizo reflexionar sobre la esencia de lo poético, y llegar una vez más al convencimiento de que la poesía verdadera no sólo consiste en dominar el estilo a la perfección, sino en sentir la belleza, el sentimiento y la música de las palabras, y comunicar esos sentimientos al lector.

Julio Llamazares cree que la Poesía hay que leerla olvidándose de quien la escribió, y sentirla simplemente.

Recuerdo que casi se enfada al preguntarle su posible relación con el Existencialismo o con conceptos como el “Eterno Retorno” de Nietzsche, o con la poesía de Neruda. Me aseguraba no haber tenido en absoluto que ver con ellos, aunque sin embargo es clarísima la coincidencia en el tratamiento de algunos de esos temas.

A propósito de esto, me contó que cuando iniciaba su andadura literaria, conoció a varios escritores leoneses con motivo de la concesión de un premio; uno de ellos se le acercó y le preguntó con mucha gravedad si había leído la obra de X, y él, perplejo, dijo que sí aunque nunca había oído hablar de él. El que se lo había preguntado se dirigió a los demás diciendo: “¿Veis? Ya os decía yo, tiene una huella clarísima...”

Asegura haber obrado intuitiva y sentimentalmente en la mayoría de los casos, más que guiado por el conocimiento de la técnica literaria. También sostiene que la mirada del escritor es radicalmente distinta de la del profesor y el crítico literario: la creatividad y la intuición son el instrumental del primero, al que a veces no tiene acceso el segundo.

Cuando habla de su profesión, se muestra contrario a la mitificación de los escritores: él cree que se trata de hombres y mujeres normales cuya vida es normal, y es tajantemente opuesto al engolamiento y la frivolidad con que se mueven muchos compañeros de profesión.

Pese a no haberse “gregarizado”, adoptando posturas independientes frente a grupos y publicidad, la crítica ha sido generosa con él, y el público también:
En 1978 recibe el Premio “González de Lama” por su primera obra "La lentitud de los bueyes". En 1982, el Premio “Jorge Guillén” es para su siguiente obra en verso "Memoria de la nieve".
Premio Ícaro de Literatura (Diario 16) en el 83; Premio “Salón del Libro” de Burdeos a la mejor novela extranjera traducida al francés, por "Luna de lobos" en 1986.
Asimismo, en 1988 recibe el “Libro de Oro” de los Libreros Españoles, por su aportación innovadora a la Poesía y la Novela española contemporáneas.
Y más recientemente, ya en 1994, recibe en Italia el reconocimiento por la que, sin duda, es su mejor obra (La lluvia amarilla), que es considerada la mejor novela del año 1993.
También en el campo del periodismo ha recibido galardones: El Premio “Continente”, y el Premio “Correo Español el Pueblo Vasco”.

El gran tema de la obra de Julio Llamazares es la naturaleza, la tierra; y aunque el paisaje que él canta, añora o idealiza es uno bien concreto, el de sus montañas leonesas, sin embargo la emoción del paisaje y de la naturaleza que provoca en el lector es intensa, haciendo que cada uno de los que lo leen sepa trasladar ese sentimiento de la tierra a su propio entorno geográfico. Llamazares forma parte de una nueva oleada de narradores que inician su obra en el transcurso de los años 80. Son escritores cuya fecha de nacimiento se sitúa a partir de 1950, e irrumpen con fuerza en el mundo literario. (baste recordar nombres como Luis Landero, Antonio Muñoz Molina, Rosa Montero, Javier Marías, Jesús Ferrero, Luis Mateo, José María Merino, o el propio Julio Llamazares).
Reciben el nombre de “Los Nuevos”, es decir, posterior a “Los Novísimos”; también se les llama “Post-Novísimos”. Estos autores no ofrecen entre sí rasgos homogéneos, destacando la perspectiva personal desde la que abordan sus obras.

En el extremo opuesto, destaca el juicio descalificador de quien está ya en la cumbre (“No los leo, ni creo que haya más de dos o tres que queden dentro de un tiempo. Hay alguno inteligentes, pero, en general, me parecen novelistas de catequesis, muy disciplinaditos, muy obedientes, con la mano siempre extendida para ver si el Estado les da unas perras...”) Duras palabras que Cela les dedica, y que merecen una dura contestación de Llamazares, por cierto, en su artículo El arzobispo de Manila.
Dice Llamazares que cada novela “es una reflexión sobre sí mismo”, y esta frase ratifica la idea de que el sujeto que más a mano tiene el escritor, es precisamente él mismo.

Centrándome ya en su obra, La lentitud de los bueyes se publica en 1979, y su tono épico reside sobre todo en su deseo de rescatar una memoria colectiva, una sabiduría ancestral. Destaco las palabras del propio autor, a propósito de este primer libro, suficientemente elocuentes: “Yo pienso que todo lo que he escrito y todo lo que voy a escribir en mi vida, es el primer verso de mi primer libro de poesía: Nuestra quietud es dulce y azul y torturada en esta hora. / Todo es tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve”.
La lentitud de los bueyes es una reflexión sobre el tiempo y la soledad, sobre el sentido de la vida y de la muerte, la lentitud inexorable de la existencia...
Su música interior y las referencias constantes a los sueños parecen transportarnos al leerlo, así como su gran lirismo. Es evocada la íntima historia de su tierra, el barro, los árboles y los hombres que la poblaron a lo largo de los siglos, vislumbrándose ya el ruralismo nostálgico que empapará cada página de sus obras siguientes.
El tema principal de Memoria de la nieve (1982), su siguiente obra, es la memoria:
Se trata de recuperar un mundo inalcanzable.
El invierno y la nieve son elementos importantes en el libro; la nieve es a veces el medio de enlace con el pasado (“Ahora ya la nieve sustenta mi memoria”); pero también es la que destruye los recuerdos (“Nieva implacablemente sobre los páramos de mi memoria”).
En otros casos, la nieve es la muerte, el tiempo destructor (“La nieve está en mi corazón, como el silencio en las habitaciones de los balnearios”).

En 1985 se publica Luna de lobos, historia de cuatro maquis acorralados en las montañas del Norte al acabar la Guerra Civil, y a través de su difícil supervivencia, estos hombres van dejando su vida por el camino, y también sus ideales y sus sentimientos.
Acosados por sus perseguidores y por la misma naturaleza, esos cuatro hombres se vuelven alimañas, y se embarcan en una lucha brutal en la que matan para no morir, hasta el punto de que el último superviviente acaba como un lobo solitario que teme ser cazado igual que los lobos...
En 1988 aparece La lluvia amarilla, en la que se nos habla de esa lluvia de hojas secas otoñales, equiparándolas en su caída, a las personas y las cosas que van siendo destruidas lentamente por el tiempo implacable.

Está contada por Andrés, el último habitante de un pueblo abandonado del Pirineo, que nos irá describiendo detalladamente todos los pasos de destrucción y abandono, incluyendo el suicidio de su mujer, la muerte de la perra y la de él mismo, recibida pacientemente y casi con alivio.
El estilo de la novela es deslumbrante, cargado de metáforas, sinestesias y belleza; hay una constante simbología entre el color amarillo y la muerte (“La muerte es una lluvia paciente y amarilla que apaga los fuegos más violentos poco a poco”, e incluso al final, ve los reflejos de los chopos en el río “como columnas amarillas bajo la luz mortal y helada de la luna”...).
Se trata, en resumen, de una lucha perdida de antemano contra el tiempo y su implacable celeridad al apoderarse de personas y cosas.

En 1990 aparece publicado El río del olvido, relato de un viaje a pie hecho por el autor varios años antes, a lo largo del río Curueño, “el solitario y verde río que atraviesa en vertical el corazón de la montaña leonesa”, volviendo a encontrarse con viejos lugares y personas que poblaron su infancia.
Otras obras han ido saliendo, como En Babia (1991), que incluye artículos de opinión sobre diversos temas, auto describiéndose como “escéptico, sosegado y apacible, salvo que alguien se empeñe en buscarle las cosquillas”.

Una de sus últimas obras, se titula Escenas de cine mudo,y estamos ante una breve novela en que el protagonista recuerda su vida mientras observa los fotogramas del vestíbulo de un cine...





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Cien años sin Joaquín Costa

El 8 de febrero de 1911 moría en Huesca Joaquín Costa, un español eminente que sin duda trabajó como pocos por sacar a España del desastre en que se encontraba. Fundador y figura clave del Regeneracionismo, intentó hallar la clave para transformar y mejorar aquella sociedad en crisis de finales del siglo XIX (tan parecida, por otra parte, en muchos aspectos a la actual).




También entonces se producía una profunda crisis de valores: se habían perdido las últimas colonias, y aunque la masa vociferante y los políticos ineptos, que antes de la derrota arengaban a los soldados con ardor, se olvidaban de la derrota y reían en los cafés, otra España seria, reflexiva y profunda meditaba sobre la decadencia de su patria.

Los regeneracionistas, llenos de inteligencia y de patriotismo verdadero, sin pancartas pero con medidas sabias para mejorar, propugnaban cambios drásticos para salir del estancamiento, y dado que ese tema y ese intento -fallido por cierto- de regenerar a España nos suena hoy terriblemente familiar, creo interesante hacer un recuento de sus propuestas para lograrlo.

En primer lugar, creían necesario europeizar las estructuras políticas, sociales y económicas (el terrible miedo de Costa a la africanización de España), y también la modernización de la actividad agraria, el reparto de tierras, todo ello viable solamente con una clase dirigente cuya eficacia no solo estuviera en las palabras sino en los hechos. También defendían la idea de que había que mirar al futuro sin que el recuerdo de las glorias pasadas llevase al inmovilismo («doble llave al sepulcro del Cid»), y sobre todo, la necesidad de educar y alimentar al pueblo («La despensa y la escuela, la escuela y la despensa; y no hay otras claves para la regeneración de España. Una España rica y que coma, una España culta y que piense»).

Sin embargo, Joaquín Costa, economista, historiador, profesor, jurista y político, no vio realizados sus deseos y pasó sus últimos años soportando una profunda incomprensión y una penosa dolencia que lo inmovilizó prácticamente, y murió con la conciencia de no haber logrado su propósito, en medio de una gran frustración y de un gran dolor («todo me ha huido»), siendo considerado por muchos como un fracasado.

Tal vez no se le pudo perdonar que luchase toda su vida contra la hipocresía y la ineficacia. Gran lección en estos tiempos que corren…

Imagen: www.biografiasyvidas.com/






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El Principito cumple 73 años

El Principito ( en  francés “Le Petit Prince”) es una novela corta, un cuento poético sobre la soledad, los afectos, la vida y la muerte, escrito por un aviador francés (Antoine de Saint-Exupéry) y publicado por primera vez en 1943.



Con ilustraciones que son acuarelas del propio autor, la obra fue publicada en una editorial estadounidense, en francés y en inglés, ya que el autor se encontraba exiliado en Nueva York desde el armisticio del general Pétain ante Hitler, con la misión de convencer al gobierno americano de que entrase en la guerra.

“El Principito” fue escrito en plena guerra mundial, como liberación probablemente de la angustia personal que sufría el autor.

El punto de partida fue un accidente sufrido en el delta del Nilo con su avión, y el aterrizaje forzoso en el desierto en 1935. A partir de ahí, fantasía y sentimiento se funden en la persona de un diminuto hombrecillo que se le acerca y le pide que le dibuje un cordero...

El libro es una metáfora constante en que se nos va repitiendo la idea de que normalmente damos importancia a aquello que no la tiene. Poco a poco las reflexiones inocentes del protagonista nos van conmoviendo, y caemos en la cuenta de que tiene razón.

Dice, por ejemplo, al recordar alguno de sus anteriores viajes:
Conozco un planeta donde hay un señor carmesí. Jamás ha aspirado una flor. Jamás ha mirado a una estrella. Jamás ha querido a nadie. No ha hecho más que sumas y restas. Y todo el día repite: “¡Soy un hombre serio!, ¡Soy un hombre serio!” Se infla de orgullo. Pero no es un hombre ¡es un hongo”.
El principito llega a la tierra desde otro planeta, el asteroide B 612, donde limpiaba los cráteres de los volcanes y arrancaba las semillas de los baobabs (representación metafórica de las tareas diarias y de los asuntos problemáticos, respectivamente).

El mensaje es profundo y a la vez muy sencillo:
Sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos...
El autor pertenece a la corriente existencialista que propone superar el absurdo de la vida mediante la acción y la confianza en lo que de bueno existe en el ser humano.
Desapareció el 31 de julio de 1944 durante una misión aérea, probablemente abatido por un avión alemán en el mar Tirreno. Pero su mensaje nos acompaña...





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Isabel Allende y los cuentos de Eva Luna

La lectura de los Cuentos de Eva Luna me hace reflexionar sobre algunos puntos importantes en la trayectoria de la autora, como son el protagonismo de la mujer, la presencia de los espíritus, el amor teñido de profundo romanticismo, la exuberante naturaleza americana o el trasfondo político chileno... 



Todos ellos están presentes en esta obra, que –por cierto- bien podría titularse “Cuentos de Isabel Allende”, pues detrás del yo que se oculta, advertimos a la propia autora desdoblándose en Eva Luna. Hay mucho de su propia vida detrás de la galería de personajes y ambientes en que se mueve. No es nuevo su deseo de volcar en los libros retazos de vida que oyó a personas queridas. Esteban Trueba, el gran patriarca de su primera novela La casa de los espíritus, era en realidad su abuelo, al que escribió una carta de quinientas páginas, aun sabiendo que nunca la leería; su abuela está inmortalizada en la figura de Clara; e incluso, su propia madre guarda bastante similitud con Consuelo, la madre de Eva Luna.

Toda una galería de mujeres aparecen representadas en sus Cuentos: mujeres sacrificadas, trabajadoras incansables que tienen que hacer frente a la crueldad y las borracheras de sus maridos y cargar con la debilidad de sus hijos. Mujeres que incluso –como Hortensia, en “Si me tocaras el corazón”- soporta su vida encerrada en un sótano, porque el hombre que la encerró allí para que nadie pudiese contemplarla, se olvidó de volver a visitarla...

No nos extraña que la propia Isabel Allende afirme que “sin humor, el castigo de ser mujer resultaría insoportable en un mundo fabricado a la medida de los hombres”.

El mundo de los espíritus y lo invisible, manejados por Isabel Allende, hace que nos sumerjamos en una atmósfera irreal, casi flotante, desde el principio hasta el fin: a Hortensia en el sótano “se le agudizaron los sentidos y aprendió a ver lo invisible, la rodearon los alucinantes espíritus que la conducían de la mano por otros universos”. Nos sorprende asimismo, el valor mágico de las hierbas que curan hasta las más mortíferas heridas, o el carácter igualmente mágico de las palabras: Walimai, cuyo nombre quiere decir “viento”, pertenece a la tribu de los Hijos de la Luna, como el padre de la propia Eva Luna.

Ante nuestra mirada europea desfilan los hechos más desmesurados e inconcebibles. La atracción total e inevitable de la selva tropical; el calor y la humedad del ambiente configuran todo un complejo mundo sensorial de olores, sabores y murmullos, que pueblan el alma de sensaciones a las que no estamos acostumbrados.

Los Cuentos de Eva Luna están salpicados de descripciones como ésta: ...múltiples variedades de orquídeas que trepaban por los troncos o colgaban como uvas de las ramas más altas, nube sde mariposas blancas que cubrían el suelo, y los pájaros de plumas iridiscentes que llenaban el aire con sus voces... Descripciones exuberantes como éstas, sólo pueden salir de un alma tropical empapada en la sensualidad de la jungla.

Algunas de sus descripciones nos recuerdan a García Márquez, cuando nos habla de la lluvia pertinaz que atraviesa los huesos, o la selva que configura los sentimientos y pasiones de los personajes. Pero sin duda es debido a que ambos viven ese ambiente y respiran en su propio cuerpo ese calor húmedo y pegajoso. La sensibilidad y delicadeza con las que la autora nos sumerge en los mundos tropicales, es fruto de una forma peculiar de sentir y pensar profundamente femenina.

El amor es un tema que se repite obsesivamente; porque Isabel Allende es una persona profundamente enamorada de todo lo que la rodea, y muy especialmente del hombre al que siguió hasta San Francisco, dejando atrás un matrimonio de 29 años.

También encontramos a lo largo de estas páginas otros temas profundamente humanos como la eutanasia, la venta clandestina de niños para comerciar con sus órganos, el cáncer...

El estilo de Isabel Allende es fuertemente atractivo; su despliegue metafórico es constante, sorprendiéndonos en cada página con el regalo de maravillosas metáforas en que lo mismo habla de “un corazón lleno de espuma, tras el supremo esfuerzo amoroso de un anciano”, como del “pelo de espiga” de una mujer.

Tal vez pueda tacharse de un romanticismo excesivo, pero la literatura y la vida misma nos están pidiendo a gritos un poco más de romanticismo y de optimismo con los que contrarrestar la vida diaria.

Debo constatar que, al menos a los jóvenes que han leído su obra, en las aulas, les ha interesado vivamente por su delicadeza y sensibilidad.

Imagen: De Mutari - commons.wikimedia





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Elio Antonio de Nebrija, humanista rebelde y tenaz

En el V Centenario de la publicación de la primera Gramática de la Lengua Castellana


El 18 de agosto de 1492 aparecía publicada la primera Gramática de la Lengua Castellana de Elio Antonio de Nebrija, meses después de la rendición de Granada, y cuando todavía estaban de viaje las naves de Colón.

Se trataba de la primera gramática de una lengua romance que se escribía en la Europa humanística, siendo asimismo la primera en apartarse de las gramáticas medievales.

Antes habían aparecido tratados rudimentarios referidos al francés o a las lenguas anglosajonas, pero no se pueden comparar con la obra de Nebrija, muy superior a ellos por su valor científico y su amplitud de miras: con sus sólidos conocimientos humanísticos, observa los rasgos en que el castellano difiere del latín; además, une el estudio gramatical con el de la métrica y las figuras retóricas, adelantándose sin saberlo a la moderna Estilística, para la cual el lenguaje y la creación literaria están indisolublemente unidos.

Antonio de Nebrija nació en la antigua Nebrissa Veneria, llamada hoy Lebrija, en la provincia de Sevilla. Aunque no está claro el año de su nacimiento, parece que fue en 1444.

A los 19 años va a Italia, con el fin de beber en las auténticas fuentes del saber latino; allí es becario en el Colegio Español de San Clemente, en la Universidad de Bolonia. Deseaba aprender nuevas cosas de los maestros del Humanismo para poder introducir nuevos métodos en las universidades españolas.

Pero al volver a España, convertido en un verdadero latinista, encuentra la barbarie de maestros mediocres que habían corrompido el latín, y arremete contra ellos en su intento de devolver su pureza primitiva a la lengua que tanto amaba.

Comienza su labor en la Universidad de Salamanca, en la que firma un contrato como Lector en 1475: se comprometía a leer dos lecciones diarias, una de Elocuencia y otra de Poesía. Opositó a la Cátedra de Prima de Gramática y la ganó, viendo en sus clases la necesidad de ejercer un método para acercar el latín a sus alumnos, y escribe las Introductiones Latinae, obra editada en 1481, y que se convierte en el texto utilizado en universidad salmantina en la enseñanza del latín, siendo traducido y utilizado también en otras universidades.

También intenta en esta obra demostrar que la gramática, como base de la buena expresión, es también el camino para acabar con la barbarie en otros campos del saber.

Escribe su Diccionario Latino-Español, en el que con orgullo manifiesta haber sido el primero en preocuparse por la situación del latín: (“yo fui el primero que abrí tienda de la lengua latina”).
En 1492 aparece publicada la Gramática de la Lengua Castellana.

Mientras tanto, el Cardenal Cisneros había preparado la fundación de la Universidad de Alcalá de Henares y la edición de la Biblia Políglota, pasando a formar parte Nebrija del equipo que trabaja en ella, junto con eminentes hebraístas, helenistas, etc.

Sin embargo, su actitud chocaba con la de los teólogos del equipo, quienes sostenían que no debían modificarse los textos de la Biblia latina, mientras él pensaba que debía aplicarse un criterio filológico, siendo necesaria una revisión de la Vulgata. Al ser convencido Cisneros por aquellos, Nebrija se retira del equipo.

En 1504 vuelve a opositar y gana la cátedra en Salamanca. Descuida sus clases, y al estar ausente de la cátedra más de cuatro meses, la Universidad la declara vacante. El Rey lo nombra su cronista, y en 1509 vuelve a opositar nuevamente a la cátedra de Retórica en Salamanca, no teniendo ningún rival para ello.

Pero el ambiente le es cada vez más hostil en la Universidad: al principio, era poco peligroso aquel gramático que amenazaba luchar por la pureza del latín, pero su lucha se va haciendo cada vez más incómoda, al probar que los juristas no entendían sus códigos, que los teólogos interpretaban a su antojo algunos pasajes de la Sagrada Escritura, o que los médicos no entendían las obras de autores que les servían de fuente...

Se puede deducir fácilmente el elevado número de enemigos que se iba granjeando, aunque tenía también admiradores fervientes.

En 1513, inexplicablemente (o quizá como una lógica explicación, deducida de lo dicho anteriormente), el Claustro de la Universidad Salmantina otorga más votos a un recién graduado que opositaba a la cátedra de Prima de Gramática, frente a Nebrija.

Esta derrota llenó de dolor al maestro, que abandona Salamanca para siempre, pasando a la nueva Universidad de Alcalá, donde Cisneros le concede la cátedra de Retórica con el privilegio de que “leyese lo que él quisiese, y si no quisiese leer, que no leyese; y que esto no lo mandaba dar por que trabajase, sino por pagarle lo que le debía España”.

Allí publicó en 1517 sus Reglas de Orthographía en lengua castellana, y allí murió el 2 de julio de 1522, alejado de la gloria y el fasto que presidían la vida española, y sobre todo, alejado también de amigos y rodeado de soledad e incomprensión.

Es curioso resaltar que al margen de sus conocimientos gramaticales, también hizo importantes incursiones en otros saberes de cuño científico: compuso unas tablas para calcular las horas de las distintas ciudades de Europa, diciendo en el prólogo de la obra que el fin con que las había hecho, era que no viniese a importunarle con preguntas un fraile amigo, cada vez que se paraba el reloj de su convento...





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Arthur Rimbaud, mito de la literatura moderna


La vida y la obra de Jean Arthur Rimbaud forman uno de los mitos más importantes de la literatura moderna; es la suya una personalidad tan sorprendente, que se le han asignado a la vez los calificativos de iluminado y psicópata.



Compuso a los diez años su primer poema, y dejó de escribir a los diecinueve, cuando se encontraba en la cumbre de su genio; pero antes, a los ocho años recién cumplidos, escribía en su cuadernillo de notas: “¡Diantre! Yo seré rentista. No tiene nada de agradable eso de gastar los pantalones sobre los bancos de la clase...”
Su presencia en el mundo literario puede ser comparada con un fugaz meteoro que cruzó los espacios de la Poesía, dejando un resplandor que iluminaría ya para siempre a todos aquellos que se acercan a ella.

Nacido en Charleville en 1854, su pequeña ciudad lo ahogaba, y dice de ella: “Mi ciudad natal es superiormente idiota entre las pequeñas ciudades de provincias; me muero en la vulgaridad, en la maldad, en el claroscuro”. Fue buen estudiante (el primero de la clase, muy respetado por sus profesores), y fue también un niño solitario y de carácter difícil, cuyas únicas diversiones eran la lectura y los juegos en el río, aburriéndose profundamente en la mediocridad de su vida.
Tampoco fue grata la relación que mantuvo con su madre, una severa e intransigente campesina llamada Valerie Ciuf; su padre, oficial de infantería, acaba yéndose de casa al no soportarla, y Arthur guardará siempre el mismo deseo. A los diecisiete años decide hacerse revolucionario (“todo menos trabajar”, será su lema), y su madre lo expulsa de casa.

En una larga carta escrita entonces a un amigo, perfila ya su concepto de la poesía: “El poeta –dice- no ha de ser simplemente un artista, sino un verdadero vidente”.

Su tempestuosa relación con Paul Verlaine marcará gran parte de su vida, y dejará en ambos poetas una intensa huella. Sus contradicciones le llevan a pasarse días enteros encerrado en un armario cuando rompe con él, y se dedica a aprender el ruso y el árabe. Le obsesiona entonces la idea de enriquecerse, y marcharse “donde sea y como sea”; pasa a Chipre, donde trabaja en una empresa de construcción, enferma de tifus, y se traslada más tarde a Egipto, dedicándose luego al tráfico de armas en Abisinia.

Es en estas fechas (1886), cuando la revista Vogue publica parte de sus Illuminations, en versos libres muy apreciados después por el Surrealismo, ya que modifica en ellos las leyes de la lógica hasta llegar a algunos poemas totalmente incomprensibles.

Consigue ser un hombre rico, pero en febrero de 1881 comienza a sentir las molestias de un tumor canceroso de origen reumático y sifilítico, por lo que regresa a Marsella y le es amputada una pierna, muriendo al poco tiempo después de una horrible agonía sólo atenuada por la morfina.
Esta muerte tan llena de desolación, esa vida tan provocativa y original, convierten su figura en alguien inquietante y a la vez atractivo ante nuestros ojos. La imagen del poeta homosexual, consumidor de hachís y bebedor de absenta, cínico y orgulloso, se nos presenta hoy teñida de los más sombríos tintes, y adivinamos a la vez tras ella, a un hombre inmaduro, necesitado de afectos maternales desde su infancia, genial, y profundamente solo. Nos impresiona su destino, movido tal vez por las fuerzas diabólicas a las que en ocasiones invocó.

Su obra es tan breve como extraordinaria: apenas algo más de cien poemas, escritos entre los catorce y los diecinueve años.

Igual que su amigo Verlaine, Rimbaud defiende la música como lo más importante de la poesía, siendo necesario según él, que el poeta sea capaz de fundir hábilmente la música y las sensaciones en un mundo evocador adecuado. Rechaza también la retórica de la poesía anterior, creyendo que el poeta debe crear un mundo diferente.

En su visión idealista y religiosa del mundo, el poeta, el que crea (el “poiein” de Baudelaire), recibe a través de la palabra la facultad de actuar sobre las cosas y de crear nombrando; en este sentido, Rimbaud pudo creerse “el igual de Dios”, y también es en ese aspecto en el que opone a la poesía trivial esa lengua “que será alma para el alma, resumiéndolo todo, perfumes, sonidos, coolres... una lengua objetiva que puede cambiar el mundo” (sin embargo, es tristemente constatable que Rimbaud no consiguió cambiar apenas nada durante su vida).

Cuando en 1871 publica el poema de las vocales, ya nos presenta en él un perfecto compendio de su teoría de las correspondencias y de las sinestesias:”¡Inventé el color de las vocales! A, negra; E, blanca; I, roja; O, azul; U, verde”; regulé la forma y el movimiento de cada consonante, y con ritmos instintivos, presumí de inventar un verso poético accesible, un día u otro, a todos los sentidos... Escribí sielencios, noches; anoté lo inexpresable. Fijé vértigos... Me acostumbré a la simple alucinación... Acabé por creer sagrado el desorden de mi espíritu... Ahora sé saludar a la belleza...”
Las sensaciones olfativas adquieren una extraordinaria importancia en la poesía a partir de estos autores, siendo asimiladas por el Modernismo y pasando luego a toda la poesía posterior.
Del mismo modo que Baudelaire y Verlaine, Rimbaud reivindica un mundo “diferente” para su poesía: perverso, angustioso e inquietante, es decir, el mundo poético del Simbolismo.

Para saber más, en Curiosón: Nuestra amistad con Rimbaud





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Carmen Rico-Godoy

Se cumplen hoy [12 de septiembre de 2001] quince años de la muerte en Madrid de Carmen Rico-Godoy. Hija de la también periodista Josefina Carabias y hermana de la diplomática María de las Mercedes Rico, nació en París, donde estaba exiliada su madre desde la Guerra Civil Española. Su padre, socialista y republicano, permaneció en prisión por el régimen franquista hasta 1944, año en que toda la familia se reunió en Madrid.


El feminismo machista de Carmen Rico-Godoy

Cómo ser una mujer y no morir en el intento es un título sugestivo que parece contener la panacea para combatir todos los problemas que conlleva la condición femenina.
La portada, perfectamente estudiada, viene a corroborar el impactante título de forma visual; pero al penetrar en el contenido, con la avidez de quien defiende –por encima de todo- la dignidad femenina, tropecé con el retrato de una mujer triste y resentida con la que no creo que sea fácil identificarse.
Su feminismo consiste en maldecir su suerte por ser “tía”, y en criticar la actitud de ellos, que hagan lo que hagan, le parece siempre mal.

Ella misma reconoce ser “una gilipollas que no sabe contener su insatisfacción permanente”; se enfada porque el camarero le da las vueltas de dinero a él, aunque sea ella la que ha pagado; también se siente muy ofendida porque Pepe, el de las hamacas de la playa, va directo hacia él aunque ella esté más cerca.

Sería absurdo por mi parte, negar que estos hechos son tan cotidianos como lamentables, demostrando como ella dice, que “éste es un mundo hecho para ellos”. Sin embargo, no creo que la solución a estos hábitos tan arraigados durante siglos en la sociedad, sea una actitud exagerada y grotesca como la de la protagonista, vomitando palabrotas innecesarias a diestro y siniestro, y adoptando la pose de dureza y autosuficiencia que critica en los hombres.

La verdad es que resulta un tipo de mujer histérica y amargada, incapaz de dominar su ira, y que hace la vida insoportable a quien convive con ella y a ella misma. En su vida hay un gran vacío y una gran frustración, y cuando llega el otoño siente que con las hojas de los árboles van cayendo las ilusiones y la esperanza de poder cambiar algo...

Pretende ridiculizar al hombre que vive con ella, y sólo consigue que compadezcamos al “infeliz” que tiene que soportarla; se pone como una auténtica furia con él porque deja sin tapar el frasco del champú y porque ronca, le echa en cara mil veces que sea hombre, y frecuentemente emplea la palabra “gilipollas” o “cabrón” para referirse a él. Ella misma en un alarde de sinceridad, confesará que no se soporta a sí misma, que se considera una “mierda”, y que quiere ser “un tío”...”
En resumen, una mujer convencida de que por serlo se la trata peor, sin darse cuenta de que en el fondo, con su actitud desagradable y autosuficiente provoca ramalazos de machismo y rechazos que, tal vez, con un talante más comprensivo y más dulce consiguiese evitar. Un compañero del periódico en que trabaja le dice en una ocasión: “Hay que ver las energías que gastáis las tías en pelearos gratuitamente con nosotros, y en inventaros ofensas imaginarias...”

Imagen subida por Mar Panizo Jiménez en Pinterest






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Alejandro Casona



  • El teatro de Alejandro Casona, cien años después



Se cumplen hoy 113 años del nacimiento de un gran autor de teatro, injustamente olvidado a pesar de ser uno de los representantes más importantes del teatro del 27. Tal vez su prolongado exilio y el escaso apoyo de la crítica cuando regresó a España, se encargaron de que el éxito de público –que siempre lo acompañó- diese paso a un olvido paulatino y a una escasa valoración de su teatro.

Alejandro Rodríguez Álvarez nació en Besullo (Asturias) el 23 de Marzo de 1903.
Desde Oviedo trasladó la matrícula al Instituto de Palencia en octubre de 1916, cursando en la capital palentina un curso de Bachillerato. Estudió Magisterio, y la vocación pedagógica siempre estuvo presente en su obra.

Dirigió el Teatro del Pueblo en 1931, y paralelamente a lo que hacía Lorca con La Barraca, Casona recorrió durante cinco años el mapa rural de la península, llevando a los más apartados rincones el sabor genuino del arte teatral. Era un teatro universitario en el que todo se hacía de forma desinteresada, y después de muchos años, Casona lo recordaba así: "Si alguna obra bella puedo enorgullecerme de haber hecho en mi vida, fue aquella, y si algo serio he aprendido sobre pueblo y teatro, fue allí donde lo aprendí".

En 1933 obtuvo el Premio Nacional de Literatura y el Premio Lope de Vega. Estrenó algunas obras antes del 36, y al sobrevenir la guerra civil se exilió a Francia, siendo director artístico de una compañía francesa de comedias. Viajó por Hispanoamérica y desde 1940 residió en Buenos Aires, donde se estrenaron sus obras principales: La dama del alba, Los árboles mueren de pie, La barca sin pescador, etc.
En 1962 regresó a España y en 1965 murió en Madrid.

A su regreso se estrenó La dama del alba, con gran éxito. Sin embargo, el aplauso del público llevó aparejado un descenso en la valoración de la crítica, tal vez porque el público español de entonces no era precisamente garantía de buen gusto. (Es necesario recordar que en los escenarios españoles se representaban obras de tema intrascendente y tonos triunfalistas o escapistas, según los casos, cumpliéndose lo que Lorca había dicho en su Charla sobre Teatro en 1935: “Los teatros están llenos de engañosas sirenas coronadas con rosas de invernadero, y el público está satisfecho y aplaude viendo corazones de serrín... El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la edificación de un país. Un teatro destrozado, donde las pezuñas sustituyen a las alas, puede adormecer a una nación entera”).

A la crítica de teatro de evasión que se le hizo a su teatro, se puede responder que a Casona le interesan sobre todo la Humanidad, el amor a la tierra, a la casa, a las tradiciones, las sombras, la fe, la muerte, y sobre todo el amor puro como sentimiento supremo entre los humanos.

No se trata de un teatro de evasión, pero tampoco de provocación, tratando los temas que siempre han interesado e interesarán al ser humano. Oigamos su propia valoración:
“No soy escapista que cierra los ojos a la realidad circundante... Lo que ocurre es que yo no considero sólo como realidad la angustia, la desesperación y el sexo. Creo que el sueño es otra realidad tan real como la vigilia”. 
Aunque sus planteamientos políticos fueron de izquierda, sus obras no tuvieron nunca un posición ideológica clara, y quizá por ello también se le tildó de evasivo. Tampoco pretendió novedades estéticas, situándose fuera del teatro de vanguardia.

Sin embargo, Casona fue un triunfador indiscutible de la escena: lo hizo en la República, en el exilio, y a su regreso a España. Su teatro de depurada técnica, sus obras perfectamente construidas valían para cualquier situación, y ésa fue a la vez su grandeza y su miseria.

En 1964 se estrenó El caballero de las espuelas de oro, cuyo protagonista es Francisco de Quevedo; en este certero acercamiento al personaje y a su entorno, resaltan sobre todo el desprecio a los cobardes, el odio a lo mezquino, el profundo amor a una patria más digna... Y cuando debe elegir entre su salvación personal, pactando con el poder, o su encarcelamiento en una fría celda de San Marcos de León, no se vende y elige lo segundo.

A este autor que fue considerado un poco Pirandello, otro poco Lorca y otro poco don José Zorrilla, pedagogo con inclinaciones mágicas, nostálgico de la bruma, siempre pugnando entre la realidad y el ensueño, cuyo teatro tiene la misma vigencia hoy que cuando se escribió -a pesar del injusto olvido que lo envuelve-, le dedicamos nuestro encendido recuerdo.





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San Juan de la Cruz


El 24 de junio de 1542 nacía en Fontiveros Juan de Yepes, y dado que es mucho lo escrito sobre él, me limitaré a analizar las huellas en su pensamiento de algunos místicos y pensadores musulmanes que vivieron en la península.


Es necesario recordar, en primer lugar, la proximidad geográfica entre cristianos y musulmanes y la coexistencia de sus respectivos sentimientos religiosos durante más de ocho siglos, lo cual favorecía indiscutiblemente la influencia mutua entre ellos. (La España cristiana se hizo mientras incorporaba
en su vida aquello que la forzaba a enlazar con la judería y el Islam, afirmaba Américo Castro).

En cuanto al linaje familiar del santo, estudios rigurosos aseguran que pertenecía al grupo de conversos que en Toledo llevaban ese nombre. Indicio de ello era la condición de médico de su tío (en la primera mitad del siglo XVI aún era excepcional encontrar un médico de sangre no judía), así como su predilección por el Antiguo Testamento; también responde a esta idea la contestación que dio a un visitante que le preguntó si era hijo de un labrador al verlo trabajar la huerta del convento (No soy tanto como eso, que soy hijo de un pobre tejedor).

San Juan, como Santa Teresa, evitaba hablar de su linaje, imponiendo ambos en sus conventos una norma abierta de caridad en la que no contaba para nada el origen familiar; ambos proclamaron que “sólo virtud es nobleza y honra verdadera”.

Su familia era pobre y del barrio de artesanos de Fontiveros donde nace San Juan, se trasladó a Arévalo seis años después en busca de trabajo, teniendo que acogerse a la caridad de Medina del Campo cuando, él, ya huéfano de padre, contaba nueve años.

Allí aprendió cuatro oficios: carpintero, sastre, entallador y pintor; y como no logró quedarse con ninguno de ellos, pasó a ser monaguillo y a pedir por las calles para los niños pobres de la Doctrina, y más tarde entró a trabajar en el Hospital de las Bubas y males contagiosos, simultaneando el trabajo con el estudio en el estudio de los Jesuitas. Como no le quedaba tiempo para estudiar durante el día, recurre a las noches y a su silencio para ello, terminando sus estudios en 1563, año en el que también entra como novicio en el Carmen de Santa Ana.

¿Qué sucedió para que un alumno excepcionalmente dotado como él abandonara los caminos de la ciencia y el saber de maestros como Fray Luis de León o “El Brocense”?
¿Acaso ciertas lecturas de este período explican este cambio de rumbo: neoplatónicos, Avicena? ¿Quizá alguna experiencia vivida?

En cuanto a la huella del Islam en su pensamiento, es evidente, ante todo, la conexión entre su “Cántico Espiritual” y “El Cantar de los Cantares” de Salomón, es evidente también la influencia de Garcilaso de la Vega, tanto en los temas como en la perfección y delicadeza de los sentimientos que describe; y por supuesto, de pensadores cristianos como San Dionisio Areopagita, cuya doctrina consiste en llegar a la perfección de la vida espiritual mediante la posesión de Dios por la unión amorosa, y también de su compañera en la tarea de reformar el Carmelo; se puede decir incluso, que San Juan procede doctrinalmente de Santa Teresa, sin que ello reste originalidad ni rigor a su doctrina;  sin embargo, no hay que olvidar que también Santa Teresa recibe influencias del pensamiento sufí en el sistema de símbolos que usa, concretamente con el símil de los castillos: siglos antes Algazel comparaba el corazón del hombre con un castillo asediado por multitud de enemigos, siendo las tentaciones del demonio como los ladridos de un perro feroz que quiere meterse dentro de sus murallas. Y ya en el siglo XVI, se extiende entre la espiritualidad musulmana la versión de la vida del hombre, y fuera de ella está Satanás.  Sin duda, Santa Teresa pudo conocer esta alegoría, más o menos deformada, y aplicarla a los siete grados de oración, lo mismo que hará San Juan en su “Noche oscura del alma”.

Pero ya ciñéndome más a la influencia concreta de figuras islámicas sobre su poesía, es evidente que Ibn-Abbad de Ronda (nacido en 1371), le influye decisivamente. Su idea de la “renuncia” será la base sobre la que se asienta el sistema místico de San Juan; según esa teoría, Dios es inaccesible a la criatura, no siendo algo que podamos sentir, imaginar, pensar o querer.

Por ello, el místico debe buscarlo exclusivamente, con desprecio absoluto de toda criatura, y para lograrlo, el mismo Dios le envía estados de angustia y desolación (“quadd” o “aprieto” para ellos, “vía purgativa” para San Juan), alternando con momentos de inmenso consuelo (“vía iluminativa”).
Los chadilíes de Al-Andalus ya expresaron en el siglo XI esa alternancia a través del símbolo Noche-Día, que tan trascendental resulta en el misticismo del santo.

Asimismo, el concepto de renuncia lo encarnaban en símbolos como “purgación”, “desnudo”, “vacío”, “alejamiento”, o “libertad”, y es precisamente la coincidencia entre la terminología chadilí y la de San Juan, uno de los argumentos más importantes para probar su dependencia.

Ibn Arabí de Murcia había dicho, algunos siglos antes: Lo serás todo, cuando hagas de ti Nada. ¿No es este pensamiento el origen de todos los pensamientos del santo sobre el tema? Llegados a este punto, cabe preguntarse cómo pudo llegar hasta él la cultura oriental... No tuvo que ser necesariamente de modo directo, sino que bien pudo ser a través de los moriscos recién convertidos con los que tuvo relación en Granada.

Es muy probable también que esa doctrina musulmana rodase entre algunos cristianos, moros o judíos, oralmente, reducida a simples sentencias, igual que el Romancero había circulado siglos atrás y todavía lo hacía.

Por otra parte, San Juan era muy culto, y su conocimiento del pensamiento místico musulmán es fácilmente demostrable. Durante su época de estudiante en Salamanca, tanto en la universidad como en el convento de San Andrés, sin duda escuchó en más de una ocasión las explicaciones de los textos del carmelita inglés John Baconthorp, cuya doctrina seguía exactamente el sistema del sufismo oriental de Algazel. También pudo conocer por este conducto muchas tesis de Averroes, entre ellas la de que Dios ha entregado a los hombres la revelación en forma de metáforas y símbolos.

Sin embargo, es necesario y doloroso recordar que San Juan estuvo nueve meses preso en Toledo por el Tribunal de la Inquisición, y que intentaron acusarlo de “iluminista” por defender el contacto directo con Dios y no a través de los cauces institucionales; y también debemos recordar que la austeridad de la iglesia construida por sus discípulos en las Batuecas, sorprende precisamente en una época en la que la exuberancia y la riqueza eran importantísimas en la Iglesia, así como también nos sorprende su muerte en Úbeda, no rodeado de veneración precisamente, sino incomprendido y tratado con dureza por sus mismos hermanos de religión; por todo ello es por lo que se me antoja mil veces más admirable hoy la figura de aquel fraile “pequeño de cuerpo pero inmenso de alma”, como solía definirlo Santa Teresa.

Para saber más: San Juan de la Cruz biografías y vidas
Imagen: biografías y vidas





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50 años sin Ignacio Aldecoa


Es el gran olvidado, la figura principal de la novela española de los 50, y sin embargo su obra ha sido ignorada, y también lo que representó y todavía representa en el panorama literario español del siglo XX.


Podría servir de excusa su temprana muerte en 1969, a los 44 años, pero es realmente injusto y revela una gran ignorancia el no dar el lugar que merece al autor que retrató como nadie a «las pobres gentes de España» en sus novelas, y que de haber vivido unos años más, habría renovado de forma vivificadora el panorama novelístico español.

Aldecoa sabía mirar, y toda la miseria, la sumisión, la infelicidad y las soledades que veía a su alrededor, las trasladaba a sus páginas sin artificio alguno. Su renuncia a la fantasía fue siempre voluntaria, e incluso cuando por la magnitud de los hechos que describía sentía la tentación de grandilocuencias heroicas, las descartaba al momento y prefería siempre la sencillez, esa sencillez clásica que hace que sus obras sean una lección magistral que no decrece con el paso de los años.

Gran Sol, su gran obra del mar, que obtuvo el Premio de la Crítica en 1959 y está construida en el espacio limitado de un barco de pesca que se dirige a alta mar, ha sido calificada como «la novela técnicamente perfecta», alarde de contención y sobriedad y sin embargo cargada de una fuerza impresionante. Sus personajes transitan por su obra como supervivientes de un naufragio, ante la mirada llena de comprensión y apoyo del autor. Agrupó sus novelas en trilogías inacabadas (El fulgor y la sangre, Con el viento solano), y destacó particularmente como autor de Cuentos.

Ignacio Aldecoa había nacido en Vitoria en 1925 y murió repentinamente en 1969, de una angina de pecho y su pérdida conmocionó el panorama literario español. Se había casado en 1952 con una joven leonesa que frecuentaba las tertulias poéticas de la Biblioteca de Azcárate en León, con Crémer y G. de Lama; también escribía y con el tiempo adoptaría el apellido de su marido (hablamos de Josefina Aldecoa, excelente y querida escritora).

Aldecoa nunca utilizó a sus personajes como instrumentos al servicio de ideas ni tampoco adoptó posturas tendenciosas o sentimentales, razón por la cual su obra resulta hoy aún más admirable. Por ello, por lo que hizo y por lo que estaba dispuesto a hacer, lo recordamos cuando se cumplen 50 años de su muerte.  

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Ignacio Aldecoa Isasi (Vitoria, Álava, 24 de julio de 1925 - Madrid, 15 de noviembre de 1969).
imagen vista en www.escritores.org






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Juan Ramón Jiménez, en busca de la poesía pura

Si ha habido un poeta puro, esencial, desnudo, ése ha sido Juan Ramón Jiménez, poeta de la belleza por la belleza, poeta también de la palabra por la palabra; descubridor de la belleza de la palabra, del valor de la palabra cuando es exacta, cuando es sonora, cuando es verdadera…





Su poesía es un canto a la palabra.

¡Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas!,
Que mi palabra sea
la cosa misma
creada por mi alma nuevamente.

Hay mucho pesimismo en su obra y mucha oscuridad, a pesar del maravilloso colorido de sus atardeceres malvas y violetas, de los campos floridos de primavera o los reflejos de la niebla, en el fondo está un hombre atormentado por la vida, un hombre que busca la inmortalidad a través de la poesía (“Al lado de mi cuerpo muerto, mi Obra viva”), y que vive obsesionado por ello. Y precisamente fue esa obsesión la que le impidió vivir en plenitud y alcanzar la felicidad.

Juan Ramón fue un hombre solitario y retraído de temperamento nervioso e hipersensible, un espíritu inestable y contradictorio.

Con cierto aire árabe, muy varonil, con una voz melancólica y profunda, fue poco amigo de actos públicos, conferencias y homenajes; de hecho, no aceptó ser académico.
Como dato curioso, diremos que tenía una letra muy difícil de entender, y en la imprenta le cobraban un real más por línea…

Por su búsqueda de belleza y absoluto, su poesía sirvió de guía a los poetas puros y al Grupo del 27. Los poetas de la posguerra se alejaron de su estética, más preocupados por problemas sociales, pero al estabilizarse el panorama de la poesía, en cada poeta que intenta renovar el lenguaje poético está y estará presente Juan Ramón Jiménez como un ejemplo incuestionable. De hecho, la poesía actual sigue siendo deudora del poeta de Moguer, aunque pretenda ignorarlo.

De su biografía importa más cuanto se refiere a su vida literaria. La Obra, la Poesía, fue el eje verdadero de su existencia, y siempre intentará apartar de su vida todo lo que no tenga que ver con ella (“Yo tengo en mi casa, / por su gusto y el mío, a la Poesía. / Y nuestra relación es la de dos apasionados”). Tal vez no cayó en la cuenta de que la poesía no es un elemento químico que pueda aislarse…

Juan Ramón nació un 24 de diciembre de 1881 en Palos de Moguer, y su pueblo y el recuerdo de los atardeceres malvas, del sol de otoño, de las salinas, del mar… estarán siempre presentes en su obra.

Su infancia fue solitaria, de niño “guardado” que observaba la vida tras los cristales de su vieja casa y veía cómo otros niños jugaban y reían, espiando crepúsculos y nubes desde miradores y balcones. La muerte de su padre en 1900 mientras dormía le traumatizó profundamente, y en realidad nunca se repuso de ese temor a morir de la misma forma.
Después de un viaje infructuoso a Madrid, escribe “Platero y yo”. Este poema en prosa responde a un momento de humanización en el que el poeta habla al amigo muerto con tonos elegíacos conmovedores. Es la “comunicación de la soledad”, cargada de lirismo.

En 1914 conoce a Zenobia Camprubí, una mujer moderna, guapa, elegante y avanzada para su época, que supo insuflar seguridad, fortaleza y ansias de vivir en nuestro poeta. Juan Ramón cambió de carácter al conocerla, se olvida de la muerte y escribe poemas llenos de alegría de vivir. Como recuerdo de su viaje de novios a Estados Unidos, escribe una de sus obras principales: “Diario de un poeta recién casado”, que supone una apertura al mundo, un descubrimiento de las personas y las cosas. El poema se hace movimiento, y el verso libre tiene una cadencia que es el recuerdo del movimiento suave de las olas durante el viaje… Comienza su camino hacia la poesía pura.

Tras la guerra civil realizó otro viaje que iniciaba su período de exiliado. Nunca volvería a pisar Juan Ramón su patria. Ese hecho sacudió sus fibras más íntimas a pesar de que nunca se había implicado excesivamente en los problemas políticos.

Al poco tiempo de llegar a suelo americano cae enfermo y está cierto tiempo sin escribir; cuando sale del hospital, siente un arrebato incontenible, un chorro de poesía angustiada y caótica, casi automática, que constituye su obra “Espacio”.

El 25 de octubre de 1956 se le comunicó la concesión del Premio Nobel “por su pureza lírica, que constituye en lengua española un ejemplo de alta espiritualidad y de pureza artística”, mientras Zenobia agonizaba, víctima del cáncer. La que había sido su enfermera, su secretaria, su compañera y hasta un poco su madre y su chófer, moría tres días después, dejando al poeta sumido en la mayor de las soledades (“todo es menos”, decía). La sobrevive dos años escasos, y el 29 de mayo de 1958 muere a consecuencia de una bronconeumonía.

Cuando se cumplen cincuenta y ocho años de su muerte, queremos hacer patente nuestro homenaje de admiración y gratitud también,  a uno de los más grandes poetas que por encima de modas, de tiempos y de lugares, han existido…
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Fotografía tomada de la revista "LA NACIÓN, Un siglo en sus columnas", editada por el diario La Nación con motivo de cumplirse 100 años de su fundación. Buenos Aires 4 de enero de 1970.






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La tragedia de los cátaros

En el siglo XI comienza a verse a estas gentes desinteresadas y bondadosas (cátaros, perfectos, buenos hombres o albigenses).


Efectivamente, las gentes del país de Oc, tolerante y natural, parecía como si vivieran en medio de la poesía frente a la del resto de Francia, brutal e inculta. La palabra LANGUEDOC procede precisamente de ahí: frente a la «langue d’Oil», la «langue d’Oc», que dio nombre a esa región.

Amaban la paz y la libertad y su tiempo se repartía entre la meditación y el trabajo. No aceptaban los castigos de los nobles ni de la Iglesia, y tenían una moral exigente que les impedía matar o engañar. Pero también (y aquí es donde más enemigos fueron concitando), rechazaban los sacramentos y el lujo de la Iglesia, siendo llamados por las gentes para ayudarlos a morir, y provocando poco a poco las iras de Roma, que en varias ocasiones los conminó a abjurar de sus creencias, hasta que en el año 1209 dio comienzo la llamada Cruzada contra los albigenses, bendecida por el Papa Inocencio III y vista con agrado por el Rey de Francia para su política expansionista. Era la primera vez que se organizaba una cruzada contra un pueblo cristiano.

Hay muchos episodios lamentables pero entre todos destaca el asedio y posterior destrucción de la ciudad de Béziers, que fue quemada y asolada, con el balance de unos 20.000 muertos según documentos de la época. Fue una matanza de proporciones colosales, cometiéndose con la población indefensa atrocidades que resultan increíbles incluso para la época. Allí se dio la famosa orden: «Matadlos a todos, y Dios ya separará a los buenos…» El botín era inmenso, lo cual hizo que se alistaran miles de personas sin escrúpulos ni recursos dentro de las filas cristianas. El sanguinario y cruel Simón de Monfort estuvo al mando y fue recompensado en el Concilio de Letrán.

Desde 1243, caídas Carcasona y Toulouse, el castillo de Montségur era el último bastión del catarismo. Allí se refugiaron unas 500 personas que fueron sitiadas por más de 20.000, y tras varios meses se negoció la rendición.

La mayor parte de ellos no abjuraron y fueron quemados en un prado situado en la ladera de la montaña y que aún hoy se conserva. La contemplación de Montségur impresiona, y lo digo por haberlo experimentado personalmente. Multitud de leyendas corren por sus muros derruidos, y los Pirineos guardan celosamente su secreto y el recuerdo de aquel terrible genocidio cometido en nombre de Dios, del que se cumplen 800 años.

@Imagen: Cruz cátara, en Wikipedia






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Simone de Beauvoir: Existencialismo y feminismo inteligente



En 2008 se cumplieron 100 años del nacimiento de Simone de Beauvoir, una francesa apasionada y fascinante, polémica, fuerte e independiente, laboriosa, implacable; una de las figuras intelectuales más influyentes de nuestro tiempo.






Probablemente su verdadera aportación no sea su obra sino su propia vida, la confesión personal de una mujer de su siglo, desasosegada, contradictoria y quizá por eso mismo viva. Su ejemplo, su figura altiva de burguesa contestataria, incluso sus errores, su ruptura con todos y consigo misma, hicieron de ella una de las mujeres más libres de la historia y por ello será admirada siempre.

Nació en París en 1908, en una familia de la alta burguesía venida a menos, de la que conservará ese sentido elitista de la existencia que en no pocas ocasiones chocará frontalmente con sus ideas progresistas de izquierda.

Cuando cursaba sus estudios secundarios en la Sorbona, en 1929, conoció al que sería su compañero de camino durante cincuenta años de peripecias culturales, personales y sociales: el filósofo Jean Paul Sartre. El impacto de la capacidad intelectual de Sartre la sedujo para siempre, y ambos dejaron una gran lección a las generaciones futuras: soñaron con la aventura intelectual que podría tranformar el mundo y murieron siendo fieles a esos sueños de juventud.

El hecho de que fuese relegada voluntariamente a un segundo plano, aun cuando su valía intelectual no era inferior a la de Sartre, hay que buscarlo en el profundo amor que sintió por él. Sin embargo, a pesar de esta sumisión y de considerarlo siempre superior a ella, su gran mérito fue el de enseñarnos que la mujer podía “ser” por sí misma, además de “estar con”. Y así, la confianza que siempre tuvo en que su propio sexo no debía ser nunca un obstáculo para conseguir las metas propuestas, le da a Beauvoir la actualidad y la modernidad que hoy admiramos.

Fue profesora desde 1929 a 1943 en institutos de Marsella, Rouen y París, y durante veinte años también fue miembro del consejo de redacción de “Les Temps Modernes”, revista de gran importancia en la época. Escribió numerosos ensayos y llevó a sus novelas los hechos más importantes de su propia biografía, así como los conceptos básicos del existencialismo.
Solía escribir en las cafeterías de sus tiempos de estudiante, cálidas y bulliciosas, y vivió intensamente el pulso de aquella vida alocada de los años 20 en el barrio parisino de Montparnasse, centro de “peregrinación” de los intelectuales vanguardistas de la época, donde el vino y las anfetaminas no solían faltar…

Entre sus obras destacan: “Los Mandarines”, novela publicada en 1954, ganadora del Premio Goncourt y considerada como la novela más importante para entender los conflictos intelectuales de la vida francesa y europea en los años 50. Es la crónica de su generación, el relato de los problemas de conciencia de los escritores de su tiempo.

Pero su libro más famoso es, sin duda, “El Segundo Sexo”, publicado en 1949, y uno de los pilares fundamentales de la posterior revolución feminista. Se trata probablemente de la mayor aportación ensayística en el campo de la reflexión sobre el lugar de la mujer en nuestra sociedad, enfocado desde múltiples puntos de vista: científico, histórico, filosófico, psicológico, cultural…

Partiendo de los mitos, supersticiones, ideologías y experiencias personales, llega a la conclusión de que la pretendida psicología femenina no es más que el resultado de unos condicionamientos sociales y educativos. La diferencia entre los sexos, según su opinión, es pura conveniencia impuesta por la sociedad ( “On ne naît pas femme, on le devient”= “no se nace mujer, se llega a serlo”).
No se trata de un libro reivindicativo, sino explicativo. Es, ante todo, una concepción igualitaria  de los seres humanos, según la cual la diferencia de sexos no altera su igualdad de condición.
A la aventura puramente intelectual hay que sumar innumerables viejes por todo el mundo, firmas y manifiestos por todas las causas por las que le pareció justo luchar.

En 1980 muere Sartre, y ella le sobrevive hasta 1986.

Para Simone de Beauvoir, y ya recapitulando sus ideas, no se trata tanto de que las mujeres tengan el derecho a gritar y exigir lo que les corresponde y a reafirmarse como mujeres, sino de que el resto de la sociedad lo acepte, y sean reconocidas como seres humanos completos. Y a ello dedicó su vida.
Enseñó a mirar a los hombres de frente, de igual a igual, a repartir responsabilidades, y a no ser sólo una flor en el ojal…
Por ello, creo que debemos agradecérselo y recordarla con gratitud.
Gracias, Simone, desde este 2016 de tan borrosos caminos, mi gratitud como mujer…

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«Simone de Beauvoir2» de Milner Moshe - Disponible bajo la licencia CC BY-SA 3.0 vía Wikimedia Commons.






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