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¿Donde vas a por agua?


Otra vez a Cervera. Don Antonio fue a por ella a Camasobres. Gran lugar para agua buena. Que lo digan si no los "lirones" que florecen en los prados recién destapados de nieve. ¡Qué pregunta tan inocente y tan pícara! Una excusa nada más. Si por el agua fuere, el perniano vería a su moza por doquier: en la ribera o en la peña, junto a los castros o cabe el acebal. Los mozos y las mozas de las primeras aguas del Pisuerga son ya "mozus" y "mozucas" a la greña y al amor entre peñas que se asoman a Cantabria.
Para que el amor no se despeñe,
da la esperanza larga
que el cordón que la diste
-¡otra vez el cordón!-
ya no la alcanza.
Cuando tengas bastante, átale corto, muchacha.

Imagen: José Luis Estalayo





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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No quiero tus avellanas


Estamos en Cervera. No hay otras breñas para avellanos. Ofrecerse y negarse avellanas es un buen pretexto para quererse, riñendo, Esta avellana galante es un fruto silvestre que sale en ramas derechas y recias, puesde, pues, exigir que se dé y se se tome con nobleza.

Sus razones tendrá el mozo para no querer tus avellanas, montañesa palentina; anda con cuidado no le fuerces demasiado porque se las dan de balde las mocitas de su pueblo. Eso dice.

También hay confites de por medio, para endulzar galanteos. Dejadme terciar en la disputa: si os hicieron daño no fue esa la intención; es un don de los confites; al revés que la avellana, son dulces al exterior y duros de corazón.

Todo el trigo es barato, mozo herido; lo regala el labrador sin que se entere el político. Las mozas son como son, se lacian como los lirios al estío, si no hay amor en el río. Dale avellanas, mocita, y dáselas bien que lo está deseando; y tirale los confites, pero que no le hagan daño.

Imagen: José Luis Estalayo





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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Los hortelanos

Las mozas han tenido problemas con hortelanos. Acaso ellos se negaron a acudir al Sotillo -qué digo, al Sotillo; pero, ¿donde está el Sotillo?- prefiriendo restar en la bodega. La dulzaina sonaría sólo para mozas y chopos. Por eso dicen ellas -con la boca pequeña y el ceño enojado- que:
Todos "los hortelanos"
son patituertos,
porque pisan las matas
de los pimientos".
¡Marramiau!

Gozad con esta copla y despedíos de requiebros en las huertas. Dentro de poco, ni patituertos ni enteros, nada de hortelanos y menos de pimientos. Esperemos que en la tierra negra y fértil bajo el estéril hormigón, algún arqueólogo postnuclear con cara de marciano, encuentre una pepita de pimiento, se le encienda el ordenador y averigüe que aquella cáscara puede realizarse nada menos que en el fruto rubicundo de un pimiento. Sólo le faltaría al marciano, inventar de nuevo el hortelano, aunque fuera patituerto.





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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De la Vega palentina

Si me excusáis la devoción os diré que, para mi, Vega con mayúscula no hay más que una: la de Saldaña. Allí solía ir don Antonio en busca de lo suyo: de redondas, de blancas, de negras, de corcheas y de fusas, en clave de agua de frutales y de chopos. Las encontraría prendidas en un pentagrama colgado sobre el Valle, entre la Morterona y los pinos, salidas de gargantas campesinas sorprendidas con la fresca, yendo o viniendo, recortándose sobre un horizonte encendido de alborada o de puesta. También los trinos de jilgueros y de mirlos, saliendo de la fronda rumorosa de mimbreras y sotillos en las orillas del río, le darían notas para su música en palentino. Seguro que Julián Torres, el músico barbero, estirpe del dulzaineros, le ayudaría a pescar en el aire vibrante, la armonía; en los arroyos los cangrejos.

El caso es que de la Vega se trajo inspiración y empeño que, de momento, vamos a escuchar hechos pasodoble.

Imagen: La casa torcida
De Valdavia - commons.wikimedia.org





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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Las bandas de oro


No podía falta en la obra de un caballero su homenaje a la mujer palentina, y menos aún cuando se da la circunstancia de que nuestras mujeres -muestras, de hidalgo-, fueron ya objeto del homenaje bien sabido del rey don Juan I de Castilla en la merced desusada, pero no derogada, de poder llevar banda dorada sobre su tocado. Eran distinciones bien ganadas -que no privilegios- cuando los castellanos rendían culto a Dios, al trabajo y al honor, y las castellanas realizábanse haciendo de una casa humilde, de barro y paja, un hogar santo. Tanto, que hacían la vida en "la gloria".

Yo os propongo, caballeros, que nos unamos a este homenaje a la mujer palentina escuchando de pie esta marcha que don Antonio las dedicó.





Felipe Calvo, humanista palentino. 
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Er Gutapercha

10 de junio de 1935
Er Gutapercha, al hacer la reseña de la novillada de la Feria de Pentecostés en El Diario Palentino, subrayaba que la mujer torera Juanita de la Cruz había estado mal y que fueron sus dos compañeros de terna los que animaron la tarde. Hacía el crítico esta apostilla final: «Juanita de la Cruz no nos gustó y nos hizo sentir la angustia, la pena de que hace unos días hablaba el revistero de uno de los periódicos madrileños, que embargaba al espectador sensato que presencia la actuación de estas señoritas toreras. Joselito de la Cal y Michelín consiguieron quitarnos el amargor de boca que nos dejara la primera parte de la novillada».



Con este pseudónimo firmaba el prestigioso maestro nacional don César Fernández Aguado sus crónicas de toros. No recuerdo haber conocido otro maestro aficionado a lo que se ha llamado la fiesta.
Los maestros han sido aficionados a la caza, como don José Franco, el de Buenavista; a la pesca del cangrejo, como don Isaac Casado, el de Herrera de Valdecañas; o a la de la trucha como nuestros contemporáneos Alejandro y Josefina, en Cervera; otras aficiones, como la política, no les interesaron, son gente seria. Lo que se hicieron, amén de trabajar y pasar necesidades, proover estudios de seminario, noviciado o Normal, y hacer relaciones públicas jugando "la partida". Pero nunca, que yo sepa, promocionaron novilleros y, menos aun, "novillos". Don César fue una excepción, ya que con sus crónicas algo haría por Julio Chico que andaba por entonces a vueltas -y no al ruedo, precisamente- con los novillos de Encinas. A don César le sobraba talento y escribiría de toros por entendimiento, por oficio, más que por afición. Digo yo.





Felipe Calvo, humanista palentino. 
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Acarrea, majito


Va a ser difícil para los jóvenes de la era nucleo-electrónico-espacial imaginarse un carro mordiendo caminos, gastando llantas haciendo roderas y lenguas, tirado por una reata de mulas. ¿Sabrán lo que es una mula? Aparte de hija de yegua y burro, o viceversa, una mula es un lustroso animal, reconocible por la marca de esquilo sobre las ancas y por los dedos sobre la marca, del que ya no se acuerdan ni los ecólogos. Un poderoso animal acabado, muerto a ruedas de tractor porque no le gusta el petróleo, que dejó sin trabajo al mulero y se le dio al mecánico. Y como estos jóvenes no han visto ninguna mula en acción, no saben lo que quiere decir ni ¡arre!... ni ¡sooo!...

Imaginaos, mozos, que hubiera que traer vino de tierras de Zamora, o aceite de la de Jaén, y llevar legumbre de la Vega o paños de Astudillo. El sol, el mismo; la misma tierra, tierra, hecha camino. Polvo; ruedas y mulas se encargan de mandarle al viento para que el mulero guste arcilla y sude tierra. Y así días y días. Posadas en la noche para un respiro y sopanvino con torreznos en la oscuridad rota por las torcidas que queman sebo. Alboradas hermosas y frescas para espantar perezas y seguir camino mientras se borran las estrellas. La Rumbosa y la Pinta mandan; el mulero grita para que obedezcan. ¡Acarrea, majito! si tus mulas merecen de plata las herraduras, tú vales oro, mulero.

Imagen extraída del libro:
La vida de César González
Froilán de Lózar
Historias de la Montaña Palentina
Editorial Aruz, 2010





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Valentín Gallardo


Detrás de este título se puede adivinar un pasodoble, pero es un título compuesto con los nombres de Valentín Bleye y Félix Gallardo. Valentín Bleye fue un fino, culto y poético escritor que ejerció en periodismo. Coincidencias de gusto y sentimientos, aunque pudiera haber diferencias de estilo, aproximaron a Valentín y a don Antonio, y esta aproximación quedó plasmada en la zarzuela "El villano señor", inspirada en la leyenda de Alonso de Villada. Guzmán Ricis la compuso sobre libro de Bleye y de Antonio Cavada (don Manuel González Hoyos); zarzuela que, por cierto, habría que reponer. Félix Gallardo fue un cordial concejal del Ayuntamiento, que se ocupó con gran interés de los asuntos de la Banda, razón bastante para que don Antonio le distinguiera, como además trabajaba en el "Diario", donde escribía Valentín Bleye su "Dietario", la amistad entrelazó a todos e inspiró este pasodoble.





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Subí al árbol



Cuando en Tierra de Campos hay que subir, o se sube al cielo o se sube al árbol. Ni más, ni menos. Y si la morena del alma subió al cielo y el mozo quiere llorarla, busca el árbol uno, a solas, en tierra de campanarios, y sube. Sobre la rama, en el aire, despegado de la tierra, se siente más en el cielo, junto a ella. Testigo, el viento, que lleva el suspiro a la aldea.

Subí al árbol,
subí al árbol,
hasta la rama más alta,
y allí me puse a llorar
por mi morena del alma.
Gloria en el cielo,
llanto de un alma en la tierra.

Imagen: Ascenso al Mayo en Lores
Del libro "Cervera, Polentinos, Pernía y Castillería".
Froilán de Lózar
Editorial Aruz, 3ª edición, 2014






Felipe Calvo, humanista palentino. 
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La peste del estaño



Pregon para escuchar un concierto grabado


He aquí la huella de don Antonio grabada, por arte de la ciencia, sobre un plástico; huella que, por arte inverso, nos permite revivir el pasado y recrearnos en sonidos y vivencias. Se me ha honrado con la presentación de este disco, especie de torta quemada que resulta ser -ya lo veréis- un manjar recién salido de cualquier hornera, con delicioso sabor palentino. Yo he aceptado complaciente, no sólo por atender el deseo de mis queridos amigos los Guzmán Rubio, sino por reducir mi deuda de palentino y de vecino.

Soy uno de los pocos alumnos sin provecho de la Academia de Música que fundara don Antonio; que fue, por cierto, una de sus obras maestras, tanto por su concepción como por su realización. Sin embargo, paradójicamente, me considero uno de los más entusiastas admiradores de aquel maestro; acaso porque, como muchos de vosotros sabéis, mis vivencias infantiles tienen música de Banda al fondo. Lo cierto es que crecí entre la admiración y en respeto hacia él, que ahora se vuelve gratitud de palentino. De aquí la complacencia: me complace dejar constancia de la impresión perdurable que en  mí dejó la personalidad humana y musical de don Antonio cuando pude contemplar su vida y su muerte desde la distancia de la edad y desde la proximidad del tiempo; y dejar constancia, también, de la gratitud que, como palentino, repito, le debo por su obra, una parte muy pequeña de la cual vais a escuchar.

Don Antonio perteneció a una de aquellas generaciones que buscaban la igualdad de oportunidades, no esperaban a que se las dieran. Para venir a Palencia como director de la Banda, buscó la oportunidad en oposición con once aspirantes más que terminaron felicitándole, reconociendo que aquella era la oportunidad del extremeño. Compuso la marcha prevista que, acaso por presentimiento, tituló "Hacia el triunfo"; la instrumentó para banda de cuarenta profesores; la transcribió de piano y orquesta; explicó las lecciones teórico-prácticas a dos educandos (clarinete y metal); y dirigió una obra a primera vista, y la marcha copuesta con el primer ejercicio. Así se calificó como Director indiscutible de nuestra Banda. Era el 7 de agosto de 1924.

Pero antes había dejado atrás unos años mozos entre sinsabores, privaciones y alguna austera suculencia. Los años habían ido quedando atrás, pero su talante se afirmaba, y su música, su patrimonio -que no su capital- se enriquecía hasta sumar, al morir, 236 obras. Fue un permanente insatisfecho consigo mismo, por eso creó y creó, buscando mejorar, a la vez que crecía su enorme respeto por los grandes maestros. Valentín Bleye diría, comentando su muerte, que era un supersticioso de su responsabilidad artística". Aquella superstición le llevó, a veces, a fragilizar sus propias obras humanas y artísticas; como ocurrió con la Coral que no resistió la disciplina que la i puso y con la que alcanzó éxitos apoteósicos. La Coral -su Coral- fue un instrumento para su arte, un órgano en su cabeza, un desafío para su magisterio; mientras técnica y humanamente le siguieron los coralistas, se produjeron los fenómenos difícilmente repetibles de sus actuaciones, acogidas con entusiasmo popular incontenible en Burgos, León, Torrelavega... y hasta en Valladolid. Pero cuando se rompió aquella disciplina, acaso por fatiga, la Coral enmudeció o cantó en falsete. El fenómeno del enmudecimiento de aquel órgano coral tiene también una interpretación metalúrgica que quiero aportar, contando con vuestra comprensión para mi oficio: los tubos de los órganos de verdad son, como sabéis, de estaño, metal que, cuando la temperatura baja, experimenta una transformación interna con cambio de volumen  y de forma que lleva a su desintegración; naturalmente, ya no vibra. El fenómeno se conoce como "peste del estaño". Se puede pensar que en ese órgano metafórico que fue la Coral, pudiera haber descendido la temperatura cordial por un  fenómeno sociológico, a científico, mucho más difícil de entender, y, también por ello, dejase de vibrar. Dejémoslo así, fue otra peste. Pero, ¿por qué se apestarán las mejores obras humanas? Pues... por eso, por eso que estáis pensando.






Felipe Calvo, humanista palentino. 
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La patrona de Palencia


Lo que vamos a escuchar en un  pasacalles, no un pasodoble.
Musicalmente no sabría explicar la diferencia que, por otro lado, está clara entre "pasa" y "paso"; son algo muy distinto. Pues bien, este pasacalle es una diana, una amable invitación al despertar alegre de una fiesta general y compartida. Ningún chiguito quedaría en la cama cuando pasara la Banda y, si no hubiera fuerza mayor, la seguiría como poseído. Es la magia de la música bien hecha con un propósito concreto; despertar al vecindario con la alegría contagiosa que echamos de menos cuando van faltando los motivos, y somos avaros con la poca que va quedando. Despertémonos una vez más.

Imagen: Catedral de Palencia
By Fmanzanal - commons.wikimedia.org





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Palencia Cañí


También en Camasobres le dictaron a Antonio el tema musical de este pasodoble. La canción original tiene la siguiente letra:

Aunque soy de la Pernía,
no soy del pueblo de Lores,
que soy de la bizarría
del pueblo de Camasobres.

O, también, esta otra, desdeñosa:

Me llamaste colorada
porque estoy descolorida.
Colorada es la manzana
y por dentro está podrida.

Tiene razón la moza, hay mucho colorete, en el carrillo y en la mente.

Es frecuente que en los cantares populares se recojan las rivalidades entre pueblos próximos; ganas de pecar de "pico", porque, a la hora de la verdad yo sé que los de Lores se casan en Camasobres y las de Redondo en Polentinos, a pesar de la copla:

De Redondo me las dan,
de Redondo no las quiero,
las quiero de Polentinos
aunque no tengan dinero.

La proximidad, precisamente la proximidad, tiene mucho que ver en este forcejeo. No hay problema entre la Pernía y el Cerrato con tanta tierra de por medio.

Pero no sé de donde sacaría don Antonio ese título. Palencia ¿Cañí? Cabe pensar que fuera un homenaje personal a los gaditanos asentados en la Puebla, como el Galo, o el Quilino, o a los transéuntes innominados que acampaban en Puentecillas o en las Huertas del Obispo, o a los censados como Manolo y la Juana que con sus incontables churumbeles -serie que empezó con la Palmira, hecha de barro, cocida al sol- montaron guardia al hambre, al calor y al frío en una cueva de la trinchera que recorrían el burro y las vagonetas que vaciaban el Cristo.

Imagen: José Luis Estalayo





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Veinte años de su vida



Con competencia, entusiasmo, autoridad y generosidad, don Antonio logró que cantaran juntos, menestrales y comerciantes, contribuyentes y funcionarios, propietarios y renteros, y que lo hicieran bien en todos los aspectos. Díganlo si no los sobrevivientes de aquel apoteósico 11 de Junio de 1929 en el que llegábamos a Burgos en un tren especial arrastrado por una locomotora camuflada en "Jardinillo de la estación".

Apenas podía con las ramas y las flores que cubrían su tripa caliente de fuego y de emoción, no había casi respiro para su aliento blanco. Hubo que verla con cuatrocientos palentinos en pos, hacer camino entre mieses, sin fronteras, mensajera de fraternal amistad pregonada cantando desde el Parral y Fuentes Blancas, con un alto en el Espolón y otro en alguna piedra para sacar del vientre del pan sin miga, la tortilla.

Allí cantaron palentinos varones y chiguitos, hidalgos todos. Cantaría don Porfirio, un buen mozo que lo hacía en bajo; y el pulcro Dueñas que a falta de voz, alargaría el cuello. Y cantamos todos el precioso himno a Burgos que habíamos ensayado en la escuela. Sin duda, amigos, cantando se entiende la gente; hablando, menos.

Buscando voces en corrales, corros y cerros, don Antonio visitó el Cerrato donde, en algún alcor, cazó un ruiseñor encarnado en pastorcillo. Era un majo zagal a quien mi padre habría de enseñar. El muchacho languideció muy deprisa enjaulado en la capital, triste por la luz eléctrica que le escamoteaba el tránsito de cielo a firmamento, sin ovejas... y hubo que soltarle para que no muriera de murria cerrateña. Yo lo sentí, pero me alegro. Hizo bien. ¿Acaso los pagos de Castrillo no tienen derecho a ruiseñores?.

Aquel Antonio dedicó a Palencia veinte años de su vida. En 1928 renunciaría a la plaza de Baracaldo, y su temprana muerte podría relacionarse con una casi imposible renuncia a Sevilla, cuya plaza había ganado. Este triunfo profesional indiscutible -la dirección de la Banda de Sevilla- se le discutió su corazón, entrañablemente hundido en esta tierra. Mala cosa cuando el destino de un mismo cuerpo lo discuten cabeza y corazón. No se debe hacer nada en contra del corazón, pero puede ocurrir que el cerebro se enfade y rompa una vida; en este caso la de don Antonio, destinada a hacer música nada menos que en Sevilla, más cerca de Barcarrota. El corazón se salió con la suya: prefirió ser enterrado en Pan y Guindas, entre yeso y greda.

El 22 de Julio de 1944, Palencia,  muda de estupor, atónita, llora con los instrumentos y sus músicos. Al señor Ramón se le volarían las partituras para trombón, al Bolo de la paciencia, al tiempo que rompería entre sus manos crispadas la batuta del maestro; mientras tanto, la señora Margarita haría lo imposible por devolverle la vida a fuerza de avemarías con tila. La seña del silencio se había escrito en el Pentagrama del Instituto Viejo; un silencio increíble que no venía a cuento. Pasó un ángel y lo dejó mandado, aunque, por primera vez, sus músicos no le obedecieron a él.

Treinta y ocho años después se nos ofrece la oportunidad de escuchar algo de lo mucho que el maestro Ricis dedicó a este nuestra tierra, su Palencia. Es momento, pues, de agradecer a la Caja de Ahorros y Monte de Piedad que haya hecho posible esta audición y las que en tantos hogares palentinos radicados dentro y fuera de la provincia se celebrarán gracias a ella. Yo que soy de los de hogar lejos, aunque muy dentro, he tenido el privilegio de escuchar este disco y, al hilo de su música, he escrito los comentarios que os iré leyendo.





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Dar a conocer la obra de Antonio



Al pasar de los años el talante de don Antonio se afirmaba. Don Antonio fue don Antonio desde que se estrenó de director en La Gineta, hasta aquel 22 de julio en que murió, viviendo entre nosotros. Su entereza, su rigor, su consecuencia, le presentaba, a veces, como contradictorio. Como sería muy complicado, y nada oportuno, desarrollar ahora estas ideas, me voy a referir a dos anécdotas que nos llegaron en su día, precisamente desde la Gineta, y que, en mi opinión, perfilan muy bien la personalidad.

La primera refiere que unos miembros de la Banda que él dirigía en aquella localidad manchega, actuando en una solemnidad, no "entraron" en el momento oportuno con sus corcheas. El inesperado silencio lo llenó cumplidamente don Antonio con un "taco" de los que tanto se cotizan ahora en la Real Academia. De momento, la jota siguió sonando, pero don Antonio no podía zanjar así tan grave asunto. Sobre los compases de la jota decidió lo que iba a hacer, y lo hizo. Terminado el concierto, citó a los músicos en el ayuntamiento, los formó en semicírculo con atril plantado y partitura puesta; buscó las corcheas y encontrólas en su sitio. Pidió la llave del calabozo municipal y a batutazo limpio -que no hace daño más que donde tiene que hacerlo- estaba entrando en él a los muchachos cuando llegaron el señor Alcalde y el señor Curan a tiempo de interceder por ellos y lograr de don Antonio el indulto.

La segunda anécdota marca la misma dirección, pero puede decirse que es de signo contrario. Es ésta: Acompañana la Banda de la Gineta a la Virgen de los Remedios en un traslado procesional en pleno verano manchego. No había en el camino ni fuente ni cortijo, pero sí algún botijo en los carros del cortejo. Un  niño músico debió de pedir un trago, y se le negó en mala hora; repitió el feo gesto hasta que advertido don Antonio se hizo cargo del asunto haciendo suya la sed de los muchachos, y con la boca seca de la rabia, diría lo suficiente para que se detuviera la procesión. Puso de vuelta y media a los mezquinos sin omitir corchea alguna, y con otra media vuelta puso a su Banda de regreso hacia el agua fresca de la fuente del pueblo.

Del acierto de su manera de entender la paternidad responsable habla por sí solo este acto: aquí están, sin traumas, los hijos de don Antonio.

Todos a una se han propuesto dar a conocer la obra de su padre, sin quitarle una sola corchea, vaciando en los ejecutores de éste y otros homenajes cuantos recuerdos han servido para perfilar su imagen, incluidas anécdotas que no harían precisamente las delicias de los modernos educadores del trauma a flor de boca. Y es que, cuando don Antonio cortaba el pelo al cero es que así convenía a la cabeza del caso, aunque cupiera matizar si el uno o el dos no hubieran sido suficientes.

Pero como era él quien más sufría, se imponía a sí mismo el castigo a tope, al máximo, que era el mínimo, el cero. Ese permanente y emocionado recuerdo a vuestro padre me reafirma en la validez de la educación desde el amor, la firmeza y el rigor, bien ponderados.

El maestro Guzmán Ricis, pronto integrado, sincera, afectiva y generosamente en Palencia, se apoyó en la Banda para sus ya citadas creaciones más queridas: la Academia y la Coral. La Coral palentina surge cuando la zamorana, en memorable visita a Palencia (1928), conmueve a los palentinos y los despierta a la música por la garganta y el amor al pueblo. Don Antonio captó aquel despertar y compuso para él su "Levántate morenita". Se ponía así en marcha los afanes que produjeron el fenómeno social de la Coral, la manifestación artística, cordial y humana que más profundamente haya sacudido el alma popular de nuestra tierra.

Para saber más: 
La obra coral palentina de Antonio Guzmán Ricis
por Guzmán Rubio, Luis; Porro, Carlos A. (ed.)
Editorial: Diputación Provincial de Palencia
Año de la edición: 2011





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La peste del estaño




Pregón para escuchar un concierto grabado


He aquí la huella de don Antonio grabada, por arte de la ciencia, sobre un plástico; huella que, por arte inverso, nos permite revivir el pasado y recrearnos en sonidos y vivencias. Se me ha honrado con la presentación de este disco, especie de torta quemada que resulta ser -ya lo veréis- un manjar recién salido de cualquier hornera, con delicioso sabor palentino. Yo he aceptado complaciente, no sólo por atender el deseo de mis queridos amigos los Guzmán Rubio, sino por reducir mi deuda de palentino y de vecino.

Soy uno de los pocos alumnos sin provecho de la Academia de Música que fundara don Antonio; que fue, por cierto, una de sus obras maestras, tanto por su concepción como por su realización. Sin embargo, paradójicamente, me considero uno de los más entusiastas admiradores de aquel maestro; acaso porque, como muchos de vosotros sabéis, mis vivencias infantiles tienen música de Banda al fondo. Lo cierto es que crecí entre la admiración y en respeto hacia él, que ahora se vuelve gratitud de palentino. De aquí la complacencia: me complace dejar constancia de la impresión perdurable que en  mí dejó la personalidad humana y musical de don Antonio cuando pude contemplar su vida y su muerte desde la distancia de la edad y desde la proximidad del tiempo; y dejar constancia, también, de la gratitud que, como palentino, repito, le debo por su obra, una parte muy pequeña de la cual vais a escuchar.

Don Antonio perteneció a una de aquellas generaciones que buscaban la igualdad de oportunidades, no esperaban a que se las dieran. Para venir a Palencia como director de la Banda, buscó la oportunidad en oposición con once aspirantes más que terminaron felicitándole, reconociendo que aquella era la oportunidad del extremeño. Compuso la marcha prevista que, acaso por presentimiento, tituló "Hacia el triunfo"; la instrumentó para banda de cuarenta profesores; la transcribió de piano y orquesta; explicó las lecciones teórico-prácticas a dos educandos (clarinete y metal); y dirigió una obra a primera vista, y la marcha copuesta con el primer ejercicio. Así se calificó como Director indiscutible de nuestra Banda. Era el 7 de agosto de 1924.

Pero antes había dejado atrás unos años mozos entre sinsabores, privaciones y alguna austera suculencia. Los años habían ido quedando atrás, pero su talante se afirmaba, y su música, su patrimonio -que no su capital- se enriquecía hasta sumar, al morir, 236 obras. Fue un permanente insatisfecho consigo mismo, por eso creó y creó, buscando mejorar, a la vez que crecía su enorme respeto por los grandes maestros. Valentín Bleye diría, comentando su muerte, que era un supersticioso de su responsabilidad artística". Aquella superstición le llevó, a veces, a fragilizar sus propias obras humanas y artísticas; como ocurrió con la Coral que no resistió la disciplina que la impuso y con la que alcanzó éxitos apoteósicos. La Coral -su Coral- fue un instrumento para su arte, un órgano en su cabeza, un desafío para su magisterio; mientras técnica y humanamente le siguieron los coralistas, se produjeron los fenómenos difícilmente repetibles de sus actuaciones, acogidas con entusiasmo popular incontenible en Burgos, León, Torrelavega... y hasta en Valladolid. Pero cuando se rompió aquella disciplina, acaso por fatiga, la Coral enmudeció o cantó en falsete. El fenómeno del enmudecimiento de aquel órgano coral tiene también una interpretación metalúrgica que quiero aportar, contando con vuestra comprensión para mi oficio: los tubos de los órganos de verdad son, como sabéis, de estaño, metal que, cuando la temperatura baja, experimenta una transformación interna con cambio de volumen  y de forma que lleva a su desintegración; naturalmente, ya no vibra.

El fenómeno se conoce como "peste del estaño". Se puede pensar que en ese órgano metafórico que fue la Coral, pudiera haber descendido la temperatura cordial por un  fenómeno sociológico, acientífico, mucho más difícil de entender, y, también por ello, dejase de vibrar. Dejémoslo así, fue otra peste. Pero, ¿por qué se apestarán las mejores obras humanas? Pues... por eso, por eso que estáis pensando.





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Montaña palentina: Belleza y Arte

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