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Repercusiones del arte metalúrgico

Salamanca, 1980...


Parece lógico empezar a desarrollar las repercusiones que se enuncian en el título de este trabajo, cuál era el estado del arte metalúrgico en aquellos momentos, tanto en el Nuevo Mundo como en el Viejo.
Don Alvaro Alonso Barba -el primer cura minero conocido- que desempeñó su curato y su mineralurgia en la Parroquia de San Bernardo de la Imperial Potosí, nos dejó escrito en su Arte de los Metales, entre otras cosas, cuántos eran estos, al menos en el año 1640 en que publicó su libro:




".... Los que no sin nota de vana curiosidad atribuyen a las Estrellas y Planetas particular influjo o dominio sobre algunas cosas, demás del General de los Cielos sobre todas las cosas sublunares, apropiaran a las Estrellas fixas la superintendencia en la producción de las piedras preciosas, que parecen las imitan no solo en el resplandor y lustre con que brillan, sino más principalmente en la fineza y permanencia de su ser, como, al contrario, por la inestabilidad y la poca constancia que en él parece tienen los metales, estando debaxo de varias formas, ya derretidos, ya quaxados, les señalan especial sujeción a los Planetas que, por la variedad que representan en sus movimientos, llaman Estrellas Erráticas. Atribúyenles su número, nombres y colores, llamando Sol al Oro; a la Plata, luna; Venus, al Cobre; Marte al Hierro; Saturno al Plomo; Júpiter al Estaño, y al Azogue Mercurio, aunque, por no ser metal aqueste último cuenta otros, en su lugar, al Electro, mezcla natural del Oro y PLata, en cierta proporción, que fue en un tiempo tenido por más precioso de todos. Pero, ni esta subordinación o aplicación es cierta, tampoco lo es que los metales no sean más de siete: antes se puede presumir, probablemente, que haya en el interior de la tierra más diferencias de ellos que las que de ordinario conocemos".

Es decir, que la humanidad había alcanzado aquel momento, el del Descubrimiento, haciendo lo que pudo y a veces lo que no debió con tan sólo siete metales. Parece oportuno subrayar que don Álvaro tenía razón: los metales iban a ser más de siete. De los noventa y dos elementos naturales que completan la Tabla Periódica, ochenta son metales, y son innumerables sus aleaciones.

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Imagen: De Alejandro Linares Garcia - commons.wikimedia.
Plato caliente en el taller de Abdón Punzo en Santa Clara del Cobre, Michoacán





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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Subí al árbol



Cuando en Tierra de Campos hay que subir, o se sube al cielo o se sube al árbol. Ni más, ni menos. Y si la morena del alma subió al cielo y el mozo quiere llorarla, busca el árbol uno, a solas, en tierra de campanarios, y sube. Sobre la rama, en el aire, despegado de la tierra, se siente más en el cielo, junto a ella. Testigo, el viento, que lleva el suspiro a la aldea.

Subí al árbol,
subí al árbol,
hasta la rama más alta,
y allí me puse a llorar
por mi morena del alma.
Gloria en el cielo,
llanto de un alma en la tierra.

Imagen: Ascenso al Mayo en Lores
Del libro "Cervera, Polentinos, Pernía y Castillería".
Froilán de Lózar
Editorial Aruz, 3ª edición, 2014






Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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La peste del estaño




Pregón para escuchar un concierto grabado


He aquí la huella de don Antonio grabada, por arte de la ciencia, sobre un plástico; huella que, por arte inverso, nos permite revivir el pasado y recrearnos en sonidos y vivencias. Se me ha honrado con la presentación de este disco, especie de torta quemada que resulta ser -ya lo veréis- un manjar recién salido de cualquier hornera, con delicioso sabor palentino. Yo he aceptado complaciente, no sólo por atender el deseo de mis queridos amigos los Guzmán Rubio, sino por reducir mi deuda de palentino y de vecino.

Soy uno de los pocos alumnos sin provecho de la Academia de Música que fundara don Antonio; que fue, por cierto, una de sus obras maestras, tanto por su concepción como por su realización. Sin embargo, paradójicamente, me considero uno de los más entusiastas admiradores de aquel maestro; acaso porque, como muchos de vosotros sabéis, mis vivencias infantiles tienen música de Banda al fondo. Lo cierto es que crecí entre la admiración y en respeto hacia él, que ahora se vuelve gratitud de palentino. De aquí la complacencia: me complace dejar constancia de la impresión perdurable que en  mí dejó la personalidad humana y musical de don Antonio cuando pude contemplar su vida y su muerte desde la distancia de la edad y desde la proximidad del tiempo; y dejar constancia, también, de la gratitud que, como palentino, repito, le debo por su obra, una parte muy pequeña de la cual vais a escuchar.

Don Antonio perteneció a una de aquellas generaciones que buscaban la igualdad de oportunidades, no esperaban a que se las dieran. Para venir a Palencia como director de la Banda, buscó la oportunidad en oposición con once aspirantes más que terminaron felicitándole, reconociendo que aquella era la oportunidad del extremeño. Compuso la marcha prevista que, acaso por presentimiento, tituló "Hacia el triunfo"; la instrumentó para banda de cuarenta profesores; la transcribió de piano y orquesta; explicó las lecciones teórico-prácticas a dos educandos (clarinete y metal); y dirigió una obra a primera vista, y la marcha copuesta con el primer ejercicio. Así se calificó como Director indiscutible de nuestra Banda. Era el 7 de agosto de 1924.

Pero antes había dejado atrás unos años mozos entre sinsabores, privaciones y alguna austera suculencia. Los años habían ido quedando atrás, pero su talante se afirmaba, y su música, su patrimonio -que no su capital- se enriquecía hasta sumar, al morir, 236 obras. Fue un permanente insatisfecho consigo mismo, por eso creó y creó, buscando mejorar, a la vez que crecía su enorme respeto por los grandes maestros. Valentín Bleye diría, comentando su muerte, que era un supersticioso de su responsabilidad artística". Aquella superstición le llevó, a veces, a fragilizar sus propias obras humanas y artísticas; como ocurrió con la Coral que no resistió la disciplina que la impuso y con la que alcanzó éxitos apoteósicos. La Coral -su Coral- fue un instrumento para su arte, un órgano en su cabeza, un desafío para su magisterio; mientras técnica y humanamente le siguieron los coralistas, se produjeron los fenómenos difícilmente repetibles de sus actuaciones, acogidas con entusiasmo popular incontenible en Burgos, León, Torrelavega... y hasta en Valladolid. Pero cuando se rompió aquella disciplina, acaso por fatiga, la Coral enmudeció o cantó en falsete. El fenómeno del enmudecimiento de aquel órgano coral tiene también una interpretación metalúrgica que quiero aportar, contando con vuestra comprensión para mi oficio: los tubos de los órganos de verdad son, como sabéis, de estaño, metal que, cuando la temperatura baja, experimenta una transformación interna con cambio de volumen  y de forma que lleva a su desintegración; naturalmente, ya no vibra.

El fenómeno se conoce como "peste del estaño". Se puede pensar que en ese órgano metafórico que fue la Coral, pudiera haber descendido la temperatura cordial por un  fenómeno sociológico, acientífico, mucho más difícil de entender, y, también por ello, dejase de vibrar. Dejémoslo así, fue otra peste. Pero, ¿por qué se apestarán las mejores obras humanas? Pues... por eso, por eso que estáis pensando.





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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Barrio y Mier, Anexo (I)


Froilán de Lózar

El presente texto no se incluyó dentro del libro publicado en 2008 por la "Institución Tello Téllez de Meneses". Como me parece interesante, lo he rescatado del olvido y os lo regalo en cinco capítulos.


Por las notas que se desprenden de sus discursos, además de “un sabio impar, un católico sin tacha y un caballero español del siglo de Oro” –como le califican los biógrafos, nuestro político, nuestro poeta, estuvo bañado de romanticismo. Cuando él inicia los estudios, el romanticismo en España ha tocado fondo (los historiadores calculan que nuestro romanticismo apenas dura dieciséis años (1834–1850), pero los efectos, como demuestran los escritos, alcanzan buena parte de su vida, y si entre sus virtudes, a las que él mismo hace alusión –como veremos en sus discursos– sin pretender, estimo yo, los aplausos o la compasión de quienes ocuparon los escaños, se habla de modestia y sencillez en fuerte contraste con la valía de su talento, debemos añadirle en alguna medida el pesimismo, el tedio, la frustración, como ausencia de una respuesta justa de quienes en aquellos años nos gobiernan, sin olvidar la pasión y la melancolía, todas ellas síntomas evidentes de un romanticismo que debió marcarle de algún modo.

Llegados a este punto debo añadir una reseña familiar, porque lejos de su talento me considero un autor romántico, ligado a la leyenda de la tierra que nos cobijó a ambos, bebiendo de sus fuentes, inmerso en la historia de los pequeños pueblos, que han visto cómo se iban modificando sus costumbres, cómo las nuevas formas políticas iban entrando lentamente, cómo entraba la técnica, acabando aquellas con sus fueros y abriendo esta última su ventana al modernismo, cediendo de esa manera buena parte de ese romanticismo que aquí se denotaba.

Quizá fuera su romanticismo lo que lleva a este nativo de Verdeña a no cobrar sus honorarios como abogado. Ya hubo otro paisano, Laureano Abad, nacido en Polentinos, bien instruído, católico, que sin los estudios y la sabiduría de Barrio y Mier alcanzó a base de lectura el conocimiento de las leyes, lo que llevaba a su despacho-escritorio, un rincón abotargado de libros y boletines oficiales, a muchas gentes de los pueblos cercanos en busca de solución y de consulta. Entre sus labores podemos citar la de secretario de Polentinos, Arbejal, Vañes, Valsadornil, donde, además, tallaba a los mozos y recababa datos para el Marqués de la Valdavia. Como Barrio y Mier, Laureano no cobraba sus honorarios o lo dejaba a la voluntad de sus clientes.

Se sabe que Matías murió en el campo abierto entonces denominado “Las Ventas del Espíritu Santo”, en el chalet de un cliente y amigo. Conoció ese amigo a través de un sacerdote, pues hallándose enredado en pleitos que no avanzaban, este le aconsejó que se pusiera en contacto con el bufete de Matías. Así lo hizo y poco después nuestro hombre desatascaba el expediente y ganaba el juicio. Barrio y Mier le pasó una nota diciéndole: “Mis haberes, son 500 ptas.: si le parecen excesivos rebaje lo que quiera”. El agradecido cliente le envió 2000 y, sabedor de sus problemas de salud, le cedió el chalet que poseía en las Ventas. [15]
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[15] Diario Palentino, 25 de Junio de 1909




Cuaderno de @Froilán
De la sección del autor "La Madeja", para "Diario Palentino" y Globedia.

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Suevos, Vándalos, Catos, Silingos, Visigodos....

  • Sintiéndose impotentes los romanos par contener la gran avalancha de tribus bárbaras que hacía largo tiempo amenazaban caer sobre el Imperio, hemos dicho que procuraron defenderse buscando para ello el auxilio de algunos de esos pueblos, a los que, a cambio de su ayuda, concedieron territorios donde asentarse. Tal política hizo que se detuviera algo la ruína del imperio, pero no bastó para evitarla.



España visigoda VII


En el año 406, gran número de suevos, vándalos, borgoñones, y de guerreros de otras tribus, cayeron sobre Italia, desde las orillas del Báltico, donde se hallaban asentadas, y si los esfuerzos hechos por Estilicon evitaron que se hicieran dueños de la península itálica, no pudieron impedir que se corriesen hacia las Galias, en cuya región se asentaron durante tres años, y desde la cual, en 409, vinieron a nuestro suelo, del cual se apoderaron con muy poco esfuerzo, a virtud del estado de debilidad en que se encontraba el poder de Roma en España, consecuencia natural de la decadencia del Imperio.

Los vándalos se enseñorearon de la parte meridional de nuestra patria, a que dieron nombre (Vandalucía), mientras que los alanos se hacían dueños del centro de la Península, y de la antigua Lusitania. Su estancia en nuestro suelo fue bien corta, pues después de sostener continuadas luchas con las demás tribus, especialmente con los suevos y visigodos, pasaron al África en 429, llamados por el gobernador romano Bonifacio, donde constituyeron un Estado, que logró cierto desarrollo y florecimiento.

Menores aún son las huellas que de su paso por España dejaron los catos y silingos. Llegaron a ella, revueltos con las otras tribus, y menos numerosas sin duda que éstas, y acaso menos guerreros también, fueron de tal suerte obscurecidos por ellas, que apenas si de ellos tenemos otro recuerdo que el de su nombre.

Los suevos eran de todos los pueblos que invadieron la Península en los comienzos del siglo V, los de mayor cultura y civilización, debido al mayor trato que con los romanos habían tenido, mientras estuvieron asentados en la Germania, entre el Oder y el Danubio. De sus costumbres y usos existen algunos datos, merced a los escritores romanos y especialmente a Julio César.

Dueños de la parte noroeste de nuestro suelo, allí fundaron un imperio, que logró existir durante siglo y medio, y alcanzar bastante desenvolvimiento. Idólatras al llegar a España, profesaron el arrianismo desde su rey Rechiario y fueron convertidos al catolicismo bajo el reinado de Teodomiro, gracias a los esfuerzos de Martín de Dumiun, o el Dumiense, quien consiguió reunir un concilio en Braga. Sus instituciones todas guardaban gran analogía con las de los visigodos, y a ellas hay que atribuir el origen de algunas particularidades, que en la vida jurídica de la región donde se asentaron se observan, toda vez que sobre ella no pesaron durante la edad media otras influencias especiales que las determinaran.

El reino suevo murió a manos de los visigodos en los tiempos de Leovigildo.
Ocupaban, pues, la Península diferentes pueblos bárbaros cuando en el año 414 atravesaron los Pirineos los visigodos al mando de su rey Ataulfo.

Difícil, si no imposible, es preciso el origen de este pueblo, pues mientras que unos escritores suponen que procedía del Asia, y pertenecían a la reaza seyta, otros le creen escandinavo, y no falta quien, aunque con escaso fundamento, le atribuya un origen germano. Sea de ello lo que quiera, lo cierto es que en los primeros siglos de la era cristiana, aparecen situados en las orillas del Báltico, y entre los ríos Tanais y Danubio, y divididos en dos tribus: ostrogodos, o godos orientales, y visigodos, o godos occidentales, separados por el Boristenes. Ya porque encontraron en esas comarcas abundantes pastos para sus ganados, ya porque se lo impidieron las legiones romanas, es lo cierto que en ellas estuvieron asentados durante largo tiempo. Obligados más tarde por nuevas emigraciones de pueblos bárbaros, a correrse hacia el imperio, pactaron con ellos los romanos, y mediante el trato y comunicación que entre ambos pueblos se produjo, ejerció gran influencia sobre las primitivas costumbres de los visigodos, la cultura y civilización romana.

A la muerte de Teodosio, creyeron los visigodos llegado el momento de hacerse dueños del imperio, y a las órdenes de Alarico devastaron la Tracia, la Macedonia y la Tesalia. Arcadio, para conjurar el peligro, les concedió la Ilirica, y tras varias vicisitudes, favorables todas a sus planes, lograron imponerse a los romanos y llegar a nuestra patria, según unos, como auxiliares de los emperadores, para combatir a los demás pueblos bárbaros, según otros, con intento de asentarse definitivamente en ella.

Bien pronto lograron dominar en casi toda la Península, pues arrojados de ella los vándalos y alanos, y oscurecidos los catos y silingos, sólo quedaban, en la región noroeste, los suevos, a los que, como hemos dicho, vencieron en tiempo de Leovigildo.

Los hechos principales de la dominación visigoda, a partir desde la invasión, fueron, a parte de los ya indicados, el establecimiento de la duplicidad legislativa, mediante la aparición de códigos, de que nos ocuparemos en lugar oportuno; la conversión de Recaredo al catolicismo, uno de los primeros gérmenes de unidad que existieron; el mayor engrandecimiento de la monarquía visigoda; el cambio de carácter experimentado por la misma, y con el cual continuó, hasta que en el siglo VIII tuvo lugar la invasión árabe, que acabó con la invasión de los visigodos, cuando casi puede decirse que era un hecho la unión de los dos pueblos, el vencedor y el vencido.

De esa dominación, que duró unos 300 años, arranca la existencia de nuestra nacionalidad.



Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
De la serie, "Historia General del Derecho Español".


Es propiedad del Autor.
Queda hecho el depósito que marca la Ley.


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La propiedad


Entre los germanos, la idea de propiedad era un periodo de completa transición, como lo demuestran las diferentes indicaciones que hacen a este propósito Julio César y Tácito.

 
España visigoda V


En el desenvolvimiento de la idea de propiedad, pueden señalarse tres momentos diversos: la propiedad mueble, la de las cosechas y la del suelo. Ningun pueblo, por mucho que sea el atraso en que se encuentre, deja de conocer la propiedad mueble, pues el hombre necesita los primeros momentos de su vida, armas con qué defenderse de las fieras y aun de sus semejantes, efectos con que cubrir sus carnes, y substancias que le sirvan de alimento. Con el tiempo, la necesidad de procurarse alimento para las épocas en que éste pueda escasear, da origen a la propiedad pecuaria; dando un paso más, aparece la de las cosechas, toda vez que los frutos producidos espontáneamente por la tierra, apenas si son aprovechables más que como pastos; y de esa propiedad de las cosechas, se pasa a la del suelo cultivado y a la de la caverna o choza donde la familia se cobija.

En esa evolución se encontraban los germanos antes de realizarse las invasiones, sin haber llegado todavía al último grado; es decir, que se hallaba grandemente desarrollada entre ellos la propiedad mueble, conocían la de los ganados y cosechas, pero no tenían noción siquiera de la inmueble. He aquí por qué al poco tiempo de verificada la invasión, aparece entre ellos la idea de la propiedad inmueble, pues acostumbrados al reparto de la tierra laborable, únicamente faltaba para la aparición de aquella que se asentaran definitivamente en un territorio. Existían entre los germanos diferentes modos de transmitirse la propiedad, ya por actos inter vivos, ya por actos mortis causa.

Eran aquellos: la ocupación, respecto de las cosas "nullius"; la accesión, en cuanto a los productos de los ganados, y aun en cierto modo a los frutos de la tierra; y la tradición, hecha por medio de la permuta. Entre los segundos, figuraba únicamente la sucesión intestada de padres e hijos, sucediendo en defectos de éstos, los hermanos, tíos paternos y maternos, por el orden que los enumeramos.

Al lado de las sucesiones, se admitían entre los germanos cierta especie de donaciones, pues el padre solían donar a los hijos, durante su vida, ciertos bienes que pasaban a éstos en plena propiedad, y que fueron el gérmen de la sucesión testamentaria.

De suerte, que bien podemos afirmar que a pesar de no existir la sucesión testamentaria, existía cierta tendencia a la misma entre esos pueblos. 



Matías Barrio y Mier (Verdeña, 1844 – Madrid, 1909)
De la serie, "Historia General del Derecho Español".


Es propiedad del Autor.
Queda hecho el depósito que marca la Ley.


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Historia General del Derecho Español

Soy curioso por naturaleza. Todo me inquieta y me sorprende. Y no soy amigo de atesorar cosas. Me agrada compartir lo que me gusta, lo que tengo, lo que encuentro de los demás que dice cosas interesantes, que cuenta la historia como la vieron y la vivieron en las últimas décadas del siglo XIX. Es por ello que quiero compartir por aquí, durante un tiempo, un libro viejo que me regaló hace dos años mi amigo, el abogado José Luis de Mier: "La Historia General del Derecho Español", en su segunda edición corregida y aumentada. Les dejo también, en inglés, la página de la Wikipedia donde se me cita como fuente, tanto en el blog Orígenes, como en "La Aventura Política de Matías Barrio y Mier", ensayo publicado en 2008 por la Institución Tello Téllez de Meneses, lo que me enorgullece, pues todo sirve para que se conozca, -al margen de su labor política-, su defensa a ultranza de la patria y sobre todo de su patria chica, lo que era señal inequívoca del alma del carlista.


 
Froilán de Lózar
Escritor y Publicista. Fundador de Curiosón


La tierra es importante. Lo fue para los carlistas y lo es para nosotros. Mira, lector, si has nacido aquí, ya lo sabes, sobra lo que pueda decirte; si no la conoces, servirán estas líneas para llevarte a ella.

Verdeña es uno de esos encantadores sitios: pequeño, tranquilo, adosado al altozano, enclavado en la margen derecha del arroyo que lleva el mismo nombre y que brota en la Verdegosa. Durante muchos años, los vecinos bebieron del agua que nacía en la fuente culebrera, y viendo el lugar, uno puede decir con el académico Gonzálo Alcalde Crespo: “Su entorno es un valle paradisíaco donde la calma y el silencio son sus reyes”.

El propio alejamiento de la sociedad a la que pertenecen, la placentera estancia en ese valle del que hablamos, todo invita a pensar que influye en su carácter. También la suerte de haber nacido en el seno de una de las familias más principales de la comarca.

Te marca el hogar. Los caminos te marcan. Las costumbres rurales a las que Matías homenajea con generosidad –como luego veremos–, las gentes, el estilo conservador que impera en el contorno.

Todo ello me empuja a elaborar una pequeña parte de la semblanza de Matías Barrio y Mier, hombre impregnado de la savia del pueblo, meritorio cantor de sus leyendas, digno representante de su causa, empeñado en transmitir la voz que a él le inculcaron.

Como más adelante veremos reflejado en alguno de sus discursos, Matías defiende con ardor los pequeños núcleos rurales, pidiendo a sus compañeros y adversarios que consideren las dificultades de todo tipo por las que atraviesan, las limitaciones a las que están sometidos por la distancia, los eximios recursos y la necesidad de ayudarles a conservar el patrimonio: sus tierras, sus hábitos, sus creencias.

Hablo de Matías por necesidad. Apenas dispongo de materia humana: cuáles eran sus aficiones, con quién jugaba siendo niño, qué obligaciones o qué metas le imponían sus progenitores, y ya, unos años más tarde, quién le induce a la doctrina carlista, quién le pone en el camino de la representación parlamentaria, y a qué se debe, sobre todo, ese apoyo ámpliamente mayoritario de la gente de su tierra, ¿no dicen que nadie es profeta en ella?...

Para saber más:
Otras referencias:
El tomo segundo de la obra, en nuestro blog


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Pasajeros a Indias, 1503 - 1790 (VI)

  • La piratería produjo graves pérdidas a la Hacienda española y los corsarios hostigaron los puertos del Caribe, y del Pacífico, en una verdadera guerra comercial que trataba de romper el monopolio español. Unas veces eran los franceses, otra los ingleses y casi siempre los holandeses; dependía de las alianzas que estuvieran vigentes en cada momento.



Ver capítulo anteriores


José María González-Cotera Guerra
Marzo, 2005


CAPÍTULO VI
La navegación



En un principio, los navíos salían en expediciones de carácter exploratorio o militar, armados por encomenderos o por la propia Corona. Siguió, más tarde, la libre circulación en navíos aislados, o de "registro", que pronto hubo que abandonar ante la aparición de los corsarios y piratas, mauritanos y franceses primero y más tarde ingleses y holandeses, que hacían presa fácil de los buques aislados. Ello condujo a la navegación por el sistema de "flotas", o convoyes defendidos por navíos de guerra fuertemente artillados. Las ordenanzas señalaban qué armamento debían llevar los buques mercantes para su defensa, pero ésta no era suficiente para hacer frente a los piratas; a ello se unía el incumplimiento de las ordenanzas al respecto, llegándose a alquilar artillería para pasar la inspección que era devuelta a renglón seguido. Se llegó a prohibir esta práctica mediante una pragmática específica que señalaba graves penas para los infractores. Pese a todas estas disposiciones, era a los buques de escolta o "en conserva" a quienes estaba encomendada la custodia de las flotas. Finalmente, en 1561 se impuso la concentración de toda la navegación en dos flotas anuales, una que zarpaba de abril y mayo, rumbo a Nueva España, Honduras y las Antillas y la otra en agosto, hacia Tierra Firme, tocando en los puertos de Nombre de Dios, Santa Marta, Portobelo, Cartagena y en algunos más. Los viajeros al Perú debían atravesar el istmo por tierra y reanudar la navegación por el Pacífico. La primera comenzó a llamarse la Armada o Flota de Nueva España, la segunda Flota de los Galeones; con el tiempo se simplificaron estas denominaciones quedando reducidas a la "Armada" o "Flota" y los "Galeones". Las flotas pasaban el invierno en Indias, esperando los vientos favorables para el regreso que se realizaba de manera inversa, reuniéndose en La Habana ambas formaciones, que juntas partían hacia España, en una sola flota, hacia marzo. Esta formidable escuadra era seguida de cerca por corsarios y piratas, que caían sobre cualquier navío desprevenido o desarbolado por algún temporal. Solo así les era posible hacer alguna presa.

La piratería produjo graves pérdidas a la Hacienda española y los corsarios hostigaron los puertos del Caribe, y del Pacífico, en una verdadera guerra comercial que trataba de romper el monopolio español. Unas veces eran los franceses, otra los ingleses y casi siempre los holandeses; dependía de las alianzas que estuvieran vigentes en cada momento. Pero con todo y con eso, fueron las tormentas y demás peripecias de la navegación las que generalmente hundían los galeones en los cayos de Florida o frente a la bahía de Cádiz. Hay que pensar en las dificultades que había que afrontar en estos viajes, a pesar del notable avance técnico desarrollado en el siglo XVI por navegantes e ingenieros navales. Precisamente la Casa de la Contratación llevó a cabo una tarea notabilísima en este campo. Se creó el cargo de "piloto mayor", cargo de suma importancia que fue ocupado, entre otros, por Américo Vespucio, Sebastián Caboto y Juan Díaz de Solis; y una escuela de pilotos donde se formaban navegantes y cartógrafos. Se impulsó la fabricación de instrumentos náuticos y a lo largo del siglo XVI se fue completando la información de derroteros, necesaria para avanzar en el descubrimiento y conquista de nuevos territorios. Los pilotos tenían que dar cuenta, a su vuelta, de sus anotaciones de accidentes geográficos, cabos, ensenadas, aguadas, etc, que quedaba registrada en un mapa maestro ("padrón real") del que se hacían copias para las sucesivas expediciones. [16]
Otros aspectos dignos de consignar son el empleo de nuevos productos para la fabricación de aparejos, la utilización de maderas imputrescibles para navegar por aguas más cálidas de lo hasta entonces acostumbrado, etc. que permitieron en menos de cien años desde el descubrimiento, mejorar la seguridad y la efectividad de la navegación más que en los tres mil años anteriores. La navegación debe a portugueses y españoles mucho más de lo que se atribuye a los europeos del norte, ingleses en especial. Otra cosa muy diferente es el estancamiento que sufre la ciencia náutica, en España a partir de la segunda mitad del siglo XVII. En el XVI se escribió el primer tratado de navegación y construcción naval, el "Quatri partitu en Cosmographia pratica", más conocido como "Espejo de navegantes", del cosmógrafo Alonso de Chaves, [17] que no llegó a publicarse. Otro tratado que tampoco se publicó es el "Itinerario de navegación de los mares y tierras occidentales" del capitán Juan de Escalante de Mendoza, natural de Ribadedeva. [18]  En el capítulo 6 damos noticia de este capitán. Es necesario citar en este apartado al santanderino Diego García de Palacio, jurisconsulto, tratadista y militar. En 1572 fue nombrado oidor de la Audiencia de Guatemala; pasó luego a Nueva España, donde se doctoró en leyes y sería también oidor de su Real Audiencia, consultor del Santo Oficio, y rector de la Universidad de México. Mandó una escuadra que combatió al corsario Drake. Escribió dos libros relacionados con el arte militar y con la navegación que son: "Diálogos militares de la formación e información de personas, instrumentos y cosas necesarias para el buen uso de la guerra" (1583) dividido en cuatro libros del que el tercero es el primer tratado escrito en castellano sobre la artillería, y la "Instrucción náutica para el buen uso y regimiento de las naos, su traza y gobierno, conforme a la altura de México" (1587). Está escrita en forma de diálogo dividida en cuatro libros, el cuarto dedicado a construcción naval es el primer libro impreso sobre esta materia. Los interlocutores son un vizcaíno que pregunta y un experto montañés que responde. [19]

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[16] C. H. Haring. Comercio y Navegación entre España y las Indias en la época de los Habsburgo. México. Fondo de Cultura Económica. 1939. 
[17] Fue publicado por el Museo Naval de Madrid en 1983 con estudio de Paulino Castañeda, Mariano Cuesta y Pilar Hernández. El manuscrito no está fechado pero en este estudio lo sitúan entre 1520 y 1538. Ma Isabel Vicente Maroto. El Arte de navegar y la construcción naval. Técnica e Ingeniería en España I. El Renacimiento. Manuel Silva Suárez, ed. Real Academia de Ingeniería. Institución Fernando el Católico, Prensas Universitarias de Zaragoza. 2004. p.504. 
[18] Ibidem, p. 505
[19] Ibidem, p. 504 y 560




Capítulos de la obra de José María González-Cotera Guerra publicados en este blog.
Enlace a la sección Curiosón invitado y al índice de lo publicado en este blog.

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La perfección y los conocimientos (I)

Froilán de Lózar

Yo no soy un maestro, soy un aprendiz.
GERARDO DIEGO

Los ideales no existen, ni en la política, ni en la Cultura.
Sobrevivir parece el ideal absoluto.
LUIS Mª DE VILLENA


Hablar o escribir de cualquier cosa con riguroso acierto, equivale a saber todo de todo. Ello, además de innecesario, es imposible. ¿Para qué necesitan los sastres saber cómo se hace el tapón de una botella, o el motor de una avioneta de ciertas características (1).

Aprender todo sobre todas las materias, nos llevaría a convertir los estudios en ocio y viceversa. Esto parece ridículo, pues todas las cosas aprendidas se quedarían impracticables y no sólo por falta de conocimientos, sino de tiempo. Aun con eso, suponiendo que aprendiésemos lo bastante de cada cosa, quedarían desconocidos e impracticables muchos otros detalles importantes, lo que viene a confirmar que, efectivamente, no somos especialistas de nada hasta ese extremo que muchas personas pretenden entender o alcanzar.

Cada una de las actividades que el hombre desempeña, incluso aquellas que pudieran parecer más insignificantes, requieren de un constante esfuerzo, mucho más en este tiempo de cambios tan rápidos, donde se exige un proceso renovador permanente y un acercamiento continuo al cliente, en el caso de un comerciante; al alumno, si se trata de un profesor; al pueblo, en el caso del político…
Incluso, dedicándonos plenamente en tiempo y en esfuerzo al estudio y la práctica de una materia determinada nunca llegaríamos a pronunciar esa palabra mágica: ¡ya lo sé todo!.

Teniendo en cuenta estas observaciones, no procede exigirle a un hombre que ejerza, hable o escriba como especialista de algo. Los hay. Alguien en el límite de lo absurdo, les ha revestido de este título y espera de ellos (parece entonces lógico), una respuesta que no se ha dado nunca porque tal vez no exista. Avanzar por la vida como superdotados, implica ignorar la mutación hacia la que vamos, la transformación en la que estamos inmersos y, sobre todo, la valoración justa de todos esos cambios.

Hemos de ser conscientes y emitir una opinión no como irrebatible, sino como algo que ha de ser mejorado antes o después por otros hombres. Dar un juicio por irrevocable, equivale a obligar a los demás a ver las cosas por el mismo cristal que nosotros las vemos, cuando sabemos que en cada ser se dan estímulos y sensaciones diferentes.

De otro modo, si así fuera y, sin dejar de ser libres, tomásemos como ideal lo que unos pocos escriben en la prensa, lo que otros pocos comentan en la radio o en la televisión, o lo que un grupo reducido proclama en la tribuna de los conferenciantes, sobrarían muchos interrogantes y estaríamos viviendo en perfección.
Si todos pensásemos igual o viésemos las cosas de igual forma, la vida no tendría aliciente. Si todos viésemos por igual el mar o una flor, no existirían los poetas o todos haríamos versos. Para unos, el mar no es más que una extensión muy grande de terreno ocupada por el agua; para otros, en cambio, “el mar sonríe a lo lejos./ Dientes de espuma, labios de cielo”. 

Federico García Lorca escribió:

Pobre mar condenado 
a eterno movimiento
habiendo antes estado
quieto en el firmamento”.

¿Quién sabe de los labios o de la amargura del mar, si no son los poetas? Podíamos citar a Rafael Alberti o Antonio Machado… Dice este último:

Érase de un marinero que hizo un jardín junto al mar
y se metió a jardinero.  
Estaba el jardín en flor 
y el jardinero se fue 
por esos mares de Dios…

Por otro lado, hay trabajos que agobian y entristecen, ya que para vivir moral y espiritualmente de ellos, hay que vivir de otros económicamente. (2).

__________

(1) Hay conocimientos que se hacen imprescindibles; en cambio, hay otros que son innecesarios.
(2) “Estás alarmado y cansado. Alarmado porque pasas de los 50 y no ves la forma de liberarte de un trabajo cada día más lejano a tus verdaderas aspiraciones. Cansado, porque ya no dispones de las energías de tus 30 años para llevar una doble vida. Tienes la sensación de estar perdiendo el tiempo para lo que juzgas y sabes más importante: tu obra”.   
Luis de Pablo en “Diario 16”-.

Del ensayo inédito del autor: “El Futuro inmediato”, 1990






Cuaderno de @Froilán
De la sección del autor "La Madeja", para "Diario Palentino" y Globedia.

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