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La peste del estaño



Pregon para escuchar un concierto grabado


He aquí la huella de don Antonio grabada, por arte de la ciencia, sobre un plástico; huella que, por arte inverso, nos permite revivir el pasado y recrearnos en sonidos y vivencias. Se me ha honrado con la presentación de este disco, especie de torta quemada que resulta ser -ya lo veréis- un manjar recién salido de cualquier hornera, con delicioso sabor palentino. Yo he aceptado complaciente, no sólo por atender el deseo de mis queridos amigos los Guzmán Rubio, sino por reducir mi deuda de palentino y de vecino.

Soy uno de los pocos alumnos sin provecho de la Academia de Música que fundara don Antonio; que fue, por cierto, una de sus obras maestras, tanto por su concepción como por su realización. Sin embargo, paradójicamente, me considero uno de los más entusiastas admiradores de aquel maestro; acaso porque, como muchos de vosotros sabéis, mis vivencias infantiles tienen música de Banda al fondo. Lo cierto es que crecí entre la admiración y en respeto hacia él, que ahora se vuelve gratitud de palentino. De aquí la complacencia: me complace dejar constancia de la impresión perdurable que en  mí dejó la personalidad humana y musical de don Antonio cuando pude contemplar su vida y su muerte desde la distancia de la edad y desde la proximidad del tiempo; y dejar constancia, también, de la gratitud que, como palentino, repito, le debo por su obra, una parte muy pequeña de la cual vais a escuchar.

Don Antonio perteneció a una de aquellas generaciones que buscaban la igualdad de oportunidades, no esperaban a que se las dieran. Para venir a Palencia como director de la Banda, buscó la oportunidad en oposición con once aspirantes más que terminaron felicitándole, reconociendo que aquella era la oportunidad del extremeño. Compuso la marcha prevista que, acaso por presentimiento, tituló "Hacia el triunfo"; la instrumentó para banda de cuarenta profesores; la transcribió de piano y orquesta; explicó las lecciones teórico-prácticas a dos educandos (clarinete y metal); y dirigió una obra a primera vista, y la marcha copuesta con el primer ejercicio. Así se calificó como Director indiscutible de nuestra Banda. Era el 7 de agosto de 1924.

Pero antes había dejado atrás unos años mozos entre sinsabores, privaciones y alguna austera suculencia. Los años habían ido quedando atrás, pero su talante se afirmaba, y su música, su patrimonio -que no su capital- se enriquecía hasta sumar, al morir, 236 obras. Fue un permanente insatisfecho consigo mismo, por eso creó y creó, buscando mejorar, a la vez que crecía su enorme respeto por los grandes maestros. Valentín Bleye diría, comentando su muerte, que era un supersticioso de su responsabilidad artística". Aquella superstición le llevó, a veces, a fragilizar sus propias obras humanas y artísticas; como ocurrió con la Coral que no resistió la disciplina que la i puso y con la que alcanzó éxitos apoteósicos. La Coral -su Coral- fue un instrumento para su arte, un órgano en su cabeza, un desafío para su magisterio; mientras técnica y humanamente le siguieron los coralistas, se produjeron los fenómenos difícilmente repetibles de sus actuaciones, acogidas con entusiasmo popular incontenible en Burgos, León, Torrelavega... y hasta en Valladolid. Pero cuando se rompió aquella disciplina, acaso por fatiga, la Coral enmudeció o cantó en falsete. El fenómeno del enmudecimiento de aquel órgano coral tiene también una interpretación metalúrgica que quiero aportar, contando con vuestra comprensión para mi oficio: los tubos de los órganos de verdad son, como sabéis, de estaño, metal que, cuando la temperatura baja, experimenta una transformación interna con cambio de volumen  y de forma que lleva a su desintegración; naturalmente, ya no vibra. El fenómeno se conoce como "peste del estaño". Se puede pensar que en ese órgano metafórico que fue la Coral, pudiera haber descendido la temperatura cordial por un  fenómeno sociológico, a científico, mucho más difícil de entender, y, también por ello, dejase de vibrar. Dejémoslo así, fue otra peste. Pero, ¿por qué se apestarán las mejores obras humanas? Pues... por eso, por eso que estáis pensando.




Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".
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La patrona de Palencia


Lo que vamos a escuchar en un  pasacalles, no un pasodoble.
Musicalmente no sabría explicar la diferencia que, por otro lado, está clara entre "pasa" y "paso"; son algo muy distinto. Pues bien, este pasacalle es una diana, una amable invitación al despertar alegre de una fiesta general y compartida. Ningún chiguito quedaría en la cama cuando pasara la Banda y, si no hubiera fuerza mayor, la seguiría como poseído. Es la magia de la música bien hecha con un propósito concreto; despertar al vecindario con la alegría contagiosa que echamos de menos cuando van faltando los motivos, y somos avaros con la poca que va quedando. Despertémonos una vez más.

Imagen: Catedral de Palencia
By Fmanzanal - commons.wikimedia.org




Felipe Calvo, humanista palentino. 
Obra Social y Cultural de la CAMPP
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Palencia Cañí


También en Camasobres le dictaron a Antonio el tema musical de este pasodoble. La canción original tiene la siguiente letra:

Aunque soy de la Pernía,
no soy del pueblo de Lores,
que soy de la bizarría
del pueblo de Camasobres.

O, también, esta otra, desdeñosa:

Me llamaste colorada
porque estoy descolorida.
Colorada es la manzana
y por dentro está podrida.

Tiene razón la moza, hay mucho colorete, en el carrillo y en la mente.

Es frecuente que en los cantares populares se recojan las rivalidades entre pueblos próximos; ganas de pecar de "pico", porque, a la hora de la verdad yo sé que los de Lores se casan en Camasobres y las de Redondo en Polentinos, a pesar de la copla:

De Redondo me las dan,
de Redondo no las quiero,
las quiero de Polentinos
aunque no tengan dinero.

La proximidad, precisamente la proximidad, tiene mucho que ver en este forcejeo. No hay problema entre la Pernía y el Cerrato con tanta tierra de por medio.

Pero no sé de donde sacaría don Antonio ese título. Palencia ¿Cañí? Cabe pensar que fuera un homenaje personal a los gaditanos asentados en la Puebla, como el Galo, o el Quilino, o a los transéuntes innominados que acampaban en Puentecillas o en las Huertas del Obispo, o a los censados como Manolo y la Juana que con sus incontables churumbeles -serie que empezó con la Palmira, hecha de barro, cocida al sol- montaron guardia al hambre, al calor y al frío en una cueva de la trinchera que recorrían el burro y las vagonetas que vaciaban el Cristo.

Imagen: José Luis Estalayo



Felipe Calvo, humanista palentino. 
Obra Social y Cultural de la CAMPP
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Veinte años de su vida



Con competencia, entusiasmo, autoridad y generosidad, don Antonio logró que cantaran juntos, menestrales y comerciantes, contribuyentes y funcionarios, propietarios y renteros, y que lo hicieran bien en todos los aspectos. Díganlo si no los sobrevivientes de aquel apoteósico 11 de Junio de 1929 en el que llegábamos a Burgos en un tren especial arrastrado por una locomotora camuflada en "Jardinillo de la estación".

Apenas podía con las ramas y las flores que cubrían su tripa caliente de fuego y de emoción, no había casi respiro para su aliento blanco. Hubo que verla con cuatrocientos palentinos en pos, hacer camino entre mieses, sin fronteras, mensajera de fraternal amistad pregonada cantando desde el Parral y Fuentes Blancas, con un alto en el Espolón y otro en alguna piedra para sacar del vientre del pan sin miga, la tortilla.

Allí cantaron palentinos varones y chiguitos, hidalgos todos. Cantaría don Porfirio, un buen mozo que lo hacía en bajo; y el pulcro Dueñas que a falta de voz, alargaría el cuello. Y cantamos todos el precioso himno a Burgos que habíamos ensayado en la escuela. Sin duda, amigos, cantando se entiende la gente; hablando, menos.

Buscando voces en corrales, corros y cerros, don Antonio visitó el Cerrato donde, en algún alcor, cazó un ruiseñor encarnado en pastorcillo. Era un majo zagal a quien mi padre habría de enseñar. El muchacho languideció muy deprisa enjaulado en la capital, triste por la luz eléctrica que le escamoteaba el tránsito de cielo a firmamento, sin ovejas... y hubo que soltarle para que no muriera de murria cerrateña. Yo lo sentí, pero me alegro. Hizo bien. ¿Acaso los pagos de Castrillo no tienen derecho a ruiseñores?.

Aquel Antonio dedicó a Palencia veinte años de su vida. En 1928 renunciaría a la plaza de Baracaldo, y su temprana muerte podría relacionarse con una casi imposible renuncia a Sevilla, cuya plaza había ganado. Este triunfo profesional indiscutible -la dirección de la Banda de Sevilla- se le discutió su corazón, entrañablemente hundido en esta tierra. Mala cosa cuando el destino de un mismo cuerpo lo discuten cabeza y corazón. No se debe hacer nada en contra del corazón, pero puede ocurrir que el cerebro se enfade y rompa una vida; en este caso la de don Antonio, destinada a hacer música nada menos que en Sevilla, más cerca de Barcarrota. El corazón se salió con la suya: prefirió ser enterrado en Pan y Guindas, entre yeso y greda.

El 22 de Julio de 1944, Palencia,  muda de estupor, atónita, llora con los instrumentos y sus músicos. Al señor Ramón se le volarían las partituras para trombón, al Bolo de la paciencia, al tiempo que rompería entre sus manos crispadas la batuta del maestro; mientras tanto, la señora Margarita haría lo imposible por devolverle la vida a fuerza de avemarías con tila. La seña del silencio se había escrito en el Pentagrama del Instituto Viejo; un silencio increíble que no venía a cuento. Pasó un ángel y lo dejó mandado, aunque, por primera vez, sus músicos no le obedecieron a él.

Treinta y ocho años después se nos ofrece la oportunidad de escuchar algo de lo mucho que el maestro Ricis dedicó a este nuestra tierra, su Palencia. Es momento, pues, de agradecer a la Caja de Ahorros y Monte de Piedad que haya hecho posible esta audición y las que en tantos hogares palentinos radicados dentro y fuera de la provincia se celebrarán gracias a ella. Yo que soy de los de hogar lejos, aunque muy dentro, he tenido el privilegio de escuchar este disco y, al hilo de su música, he escrito los comentarios que os iré leyendo.



Felipe Calvo, humanista palentino. 
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Dar a conocer la obra de Antonio



Al pasar de los años el talante de don Antonio se afirmaba. Don Antonio fue don Antonio desde que se estrenó de director en La Gineta, hasta aquel 22 de julio en que murió, viviendo entre nosotros. Su entereza, su rigor, su consecuencia, le presentaba, a veces, como contradictorio. Como sería muy complicado, y nada oportuno, desarrollar ahora estas ideas, me voy a referir a dos anécdotas que nos llegaron en su día, precisamente desde la Gineta, y que, en mi opinión, perfilan muy bien la personalidad.

La primera refiere que unos miembros de la Banda que él dirigía en aquella localidad manchega, actuando en una solemnidad, no "entraron" en el momento oportuno con sus corcheas. El inesperado silencio lo llenó cumplidamente don Antonio con un "taco" de los que tanto se cotizan ahora en la Real Academia. De momento, la jota siguió sonando, pero don Antonio no podía zanjar así tan grave asunto. Sobre los compases de la jota decidió lo que iba a hacer, y lo hizo. Terminado el concierto, citó a los músicos en el ayuntamiento, los formó en semicírculo con atril plantado y partitura puesta; buscó las corcheas y encontrólas en su sitio. Pidió la llave del calabozo municipal y a batutazo limpio -que no hace daño más que donde tiene que hacerlo- estaba entrando en él a los muchachos cuando llegaron el señor Alcalde y el señor Curan a tiempo de interceder por ellos y lograr de don Antonio el indulto.

La segunda anécdota marca la misma dirección, pero puede decirse que es de signo contrario. Es ésta: Acompañana la Banda de la Gineta a la Virgen de los Remedios en un traslado procesional en pleno verano manchego. No había en el camino ni fuente ni cortijo, pero sí algún botijo en los carros del cortejo. Un  niño músico debió de pedir un trago, y se le negó en mala hora; repitió el feo gesto hasta que advertido don Antonio se hizo cargo del asunto haciendo suya la sed de los muchachos, y con la boca seca de la rabia, diría lo suficiente para que se detuviera la procesión. Puso de vuelta y media a los mezquinos sin omitir corchea alguna, y con otra media vuelta puso a su Banda de regreso hacia el agua fresca de la fuente del pueblo.

Del acierto de su manera de entender la paternidad responsable habla por sí solo este acto: aquí están, sin traumas, los hijos de don Antonio.

Todos a una se han propuesto dar a conocer la obra de su padre, sin quitarle una sola corchea, vaciando en los ejecutores de éste y otros homenajes cuantos recuerdos han servido para perfilar su imagen, incluidas anécdotas que no harían precisamente las delicias de los modernos educadores del trauma a flor de boca. Y es que, cuando don Antonio cortaba el pelo al cero es que así convenía a la cabeza del caso, aunque cupiera matizar si el uno o el dos no hubieran sido suficientes.

Pero como era él quien más sufría, se imponía a sí mismo el castigo a tope, al máximo, que era el mínimo, el cero. Ese permanente y emocionado recuerdo a vuestro padre me reafirma en la validez de la educación desde el amor, la firmeza y el rigor, bien ponderados.

El maestro Guzmán Ricis, pronto integrado, sincera, afectiva y generosamente en Palencia, se apoyó en la Banda para sus ya citadas creaciones más queridas: la Academia y la Coral. La Coral palentina surge cuando la zamorana, en memorable visita a Palencia (1928), conmueve a los palentinos y los despierta a la música por la garganta y el amor al pueblo. Don Antonio captó aquel despertar y compuso para él su "Levántate morenita". Se ponía así en marcha los afanes que produjeron el fenómeno social de la Coral, la manifestación artística, cordial y humana que más profundamente haya sacudido el alma popular de nuestra tierra.

Para saber más: 
La obra coral palentina de Antonio Guzmán Ricis
por Guzmán Rubio, Luis; Porro, Carlos A. (ed.)
Editorial: Diputación Provincial de Palencia
Año de la edición: 2011



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La peste del estaño




Pregón para escuchar un concierto grabado


He aquí la huella de don Antonio grabada, por arte de la ciencia, sobre un plástico; huella que, por arte inverso, nos permite revivir el pasado y recrearnos en sonidos y vivencias. Se me ha honrado con la presentación de este disco, especie de torta quemada que resulta ser -ya lo veréis- un manjar recién salido de cualquier hornera, con delicioso sabor palentino. Yo he aceptado complaciente, no sólo por atender el deseo de mis queridos amigos los Guzmán Rubio, sino por reducir mi deuda de palentino y de vecino.

Soy uno de los pocos alumnos sin provecho de la Academia de Música que fundara don Antonio; que fue, por cierto, una de sus obras maestras, tanto por su concepción como por su realización. Sin embargo, paradójicamente, me considero uno de los más entusiastas admiradores de aquel maestro; acaso porque, como muchos de vosotros sabéis, mis vivencias infantiles tienen música de Banda al fondo. Lo cierto es que crecí entre la admiración y en respeto hacia él, que ahora se vuelve gratitud de palentino. De aquí la complacencia: me complace dejar constancia de la impresión perdurable que en  mí dejó la personalidad humana y musical de don Antonio cuando pude contemplar su vida y su muerte desde la distancia de la edad y desde la proximidad del tiempo; y dejar constancia, también, de la gratitud que, como palentino, repito, le debo por su obra, una parte muy pequeña de la cual vais a escuchar.

Don Antonio perteneció a una de aquellas generaciones que buscaban la igualdad de oportunidades, no esperaban a que se las dieran. Para venir a Palencia como director de la Banda, buscó la oportunidad en oposición con once aspirantes más que terminaron felicitándole, reconociendo que aquella era la oportunidad del extremeño. Compuso la marcha prevista que, acaso por presentimiento, tituló "Hacia el triunfo"; la instrumentó para banda de cuarenta profesores; la transcribió de piano y orquesta; explicó las lecciones teórico-prácticas a dos educandos (clarinete y metal); y dirigió una obra a primera vista, y la marcha copuesta con el primer ejercicio. Así se calificó como Director indiscutible de nuestra Banda. Era el 7 de agosto de 1924.

Pero antes había dejado atrás unos años mozos entre sinsabores, privaciones y alguna austera suculencia. Los años habían ido quedando atrás, pero su talante se afirmaba, y su música, su patrimonio -que no su capital- se enriquecía hasta sumar, al morir, 236 obras. Fue un permanente insatisfecho consigo mismo, por eso creó y creó, buscando mejorar, a la vez que crecía su enorme respeto por los grandes maestros. Valentín Bleye diría, comentando su muerte, que era un supersticioso de su responsabilidad artística". Aquella superstición le llevó, a veces, a fragilizar sus propias obras humanas y artísticas; como ocurrió con la Coral que no resistió la disciplina que la impuso y con la que alcanzó éxitos apoteósicos. La Coral -su Coral- fue un instrumento para su arte, un órgano en su cabeza, un desafío para su magisterio; mientras técnica y humanamente le siguieron los coralistas, se produjeron los fenómenos difícilmente repetibles de sus actuaciones, acogidas con entusiasmo popular incontenible en Burgos, León, Torrelavega... y hasta en Valladolid. Pero cuando se rompió aquella disciplina, acaso por fatiga, la Coral enmudeció o cantó en falsete. El fenómeno del enmudecimiento de aquel órgano coral tiene también una interpretación metalúrgica que quiero aportar, contando con vuestra comprensión para mi oficio: los tubos de los órganos de verdad son, como sabéis, de estaño, metal que, cuando la temperatura baja, experimenta una transformación interna con cambio de volumen  y de forma que lleva a su desintegración; naturalmente, ya no vibra.

El fenómeno se conoce como "peste del estaño". Se puede pensar que en ese órgano metafórico que fue la Coral, pudiera haber descendido la temperatura cordial por un  fenómeno sociológico, acientífico, mucho más difícil de entender, y, también por ello, dejase de vibrar. Dejémoslo así, fue otra peste. Pero, ¿por qué se apestarán las mejores obras humanas? Pues... por eso, por eso que estáis pensando.



Felipe Calvo, humanista palentino. 
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Un herrero en la Universidad


Lo que vamos a escuchar de Jesús Juez -fijáos qué nombre- va a ser una lección singular, una lección atípica; es decir, no va a ser la típica lección y, sin embargo, va a ser una lección magistral, el tipo de lección que los que tenemos por oficio darlas, o por obligación tomarlas, debiéramos estar siempre dispuestos a recibir. En este caso será la lección de quien supo hacer con los metales, y de los metales, lo que en cada momento necesitó, y lo hizo superando con talento, con intuición, con tesón, con humildad, lo que acaso le faltara de medios y de conocimiento básico.

Cuando yo se la escuché en una memorable sobremesa, gozando de su hospitalidad en la entrañable y hermosa Cervera del Río Pisuerga, pensé que había escuchado cosas que eran metalúrgica y humanamente, demasiado interesantes para ser el único beneficiario, y me propuse hacer lo necesario para, venciendo su modestia, preparar este encuentro. Por otra parte, la cosa ha sido fácil porque en la sección de Metalurgia de la ANQUE y en el Departamento de la Facultad hay sensibilidad para estos temas y, gracias a ello, aquí tenemos al Sr. Juez que, en esta ocasión, más que a dictar sentencia, viene a dar testimonio.

Jesús, me gustaría que repitiera ante estos buenos amigos, lo que me contó en aquella conversación con la misma naturalidad que lo hizo aquel día; que recordara en voz alta sus vivencias "fraguadas" en Arbejal dando formal hierro y carácter al acero.

Los metales no deben ni pueden renunciar a su historia y, desde esa perspectiva histórica, debemos ver en los herreros rurales, mientras queden -y que sea por muchos años- los descendientes, por la vía del arte de los metales, de aquellos Magos de Oriente que forjaron herramientas para labrar las piedras del Templo de Salomón o lo surcos en la tierra prometida; náufragos en el mar hostil de una civilización pedante que sabe, pero no entiende, no siente.

Estos amigos, Jesús, somos sus compañeros de oficio, pero menos diestros. Estudiamos para saber el por qué de lo que usted sabe hacer como ninguno. Estamos dispuestos a meditar sobre nuestra vanidad, ante su ejemplar sencillez y la noticia de su habilidad con el hierro. De las pocas cosas que sabemos bien quiero destacarle una: sabemos que algunos estamos en la Universidad porque hombres como usted y como Eusebio -nuestro querido Eusebio- han aceptado, pacientes, su destino, y nos dan cada día, sin proponérselo, con envidiable señorío, la gran lección de trabajar a gusto. Tenía ganas de decir ésto precisamente aquí, como homenaje a ustedes, a los Jesuses y a los Eusebios que a diario hacen tanto, tan bien, y de manera tan inteligente; desde forjar un hacha o una azuela y darlas el temple debido, hasta tallar con ellas una viga de roble o una almadreña, o dejarlas un momento para dar una batida al lobo, una mano al jabalí o al corzo, o catar una colmena.

Queridos amigos, si entendiésemos lo que Jesús nos diga, situándonos en su momento y en su mundo, y fuese verdad nuestro conocimiento de los metales desde otra perspectiva que la de este cabal herrero, estaríamos en trance de encontrar la conjunción de dos menesteres recíprocamente necesarios, conjunción que vengo viendo buscar sin demasiado convencimiento, desde que uso de la razón científica, aunque de cuya necesidad hablaba así Reamur hace ya más de doscientos cincuenta años.

"Qué nuevos perfeccionamientos no se hubieran producido si los estudiosos que hubiesen adquirido conocimiento y experiencia en las varias partes de las ciencias naturales se hubieran tomado la molestia de examinar y razonar los ingeniosos trabajos desarrollados por el hombre adiestrado en su taller. De esta manera, ellos mismos apreciarían las necesidades del oficio, las limitaciones que han tenido retrasado al artesano, las dificultades que han obstruido su camino y la ayuda que se pueden prestar mutuamente los oficios, todo lo cual raras veces está en condiciones de percibir el propio trabajador, al que sí se le pondría en situación de hacer nuevos y útiles descubrimientos. Al mismo tiempo, podrían aprender de él qué parte de la teoría debe cultivarse con más interés, con objeto de explicar mejor los aspectos prácticos, y cómo enunciar ciertas reglas útiles en relación con las delicadas operaciones que dependen, hasta ahora, de la intuición de un hombre hábil, cuyo éxito es demasiadas veces incierto".

Está claro que las naciones que entendieron ese discurso, y supieron desarrollarle, han encontrado el provecho propio e ilustrado al mundo en el capo tecnológico. Ciertamente entre ellas no está España.

No fue fácil convencer a Jesús Juez para que viniera a contarnos su vida en la herrería, en la fragua, a enseñarnos cómo hacía con sus propias manos, guiadas por su cabeza y por la experiencia del maestro. Espero que nos lo cuente todo, todo lo que dé de sí este rato, no estamos en la competencia. Confío en que cuando llegue el momento de hablar del rito del tratamiento térmico no nos diga como su maestro a los contertulios de la fragua: "salios, que voy a templar". No le obedeceríamos; en la Universidad se ha perdido la buena costumbre de echar de clase a quien no merece estar en ella.

Jesús, tome usted la palabra que me corresponde darle en nombre de todos; sabe usted con cuánto afecto y emoción lo hago; y acepte también nuestro agradecimiento por haber accedido a nuestro deseo de escucharle.

Entrevista a Jesús Juez para la sección "Protagonistas" en el Norte de Castilla" por Froilán de Lózar



Felipe Calvo, humanista palentino. 
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El mejor establo del mundo

  • Quien llega allí inadvertido esperando encontrar el refugio que promete desde lejos el magnífico edificio, se da de bruces con una barra americana para vacas, y experimenta tan aflicción, tal indignación, que hace inútil el buen propósito de denunciar el hecho utilizando el recurso del humor, por mucha gracia que, en principio, le haga a uno encontrarse a una vaca acostada en lo que pudieran ser suites de la segunda planta o rumiando el aperitivo en el lounge mientras el ternero lame el mostrador, o se rasca en un marco, o se asoma curioso a una canalización de aire acondicionado que a él, hecho al cierzo, le hace estornudar.

 
Felipe Calvo
Palencia, 1978

La vaca es un animal que me cae particularmente bien. A las razones obvias puedo añadir que, durante el verano y ocasionalmente en el invierno, las tengo en Polentinos muy cerca de mis sentidos y de mis sentimientos. Por eso, por lo que respecta a las vacas, registro con complacencia que la Excma. Diputación Provincial -según creo- las está permitiendo -es de suponer que en usufructo- el uso y el abuso de lo que, estoy seguro es, por esa libertad de la Excma. Corporación, el mejor establo del mundo. Y si no, que lo digan las vacas de la cabaña de Brañosera. Porque ¿en qué establo del mundo se puede tumbar una vaca -quien dice una dice veinte- en la barra de un lujoso Bar, o se puede asomar a terrazas ajardinadas colgadas sobre el valle que, además, ofrece pasto jugoso y abundante?¿en qué establo del mundo se le permitiría expulsar de su recinto a embestidas, al hombre intruso, reservándose para sí el derecho de admisión? ¿en qué establo del mundo dispone de tantas privacidad en segundas plantas con maderas nobles y vidrios dobles? ¿en qué establo del mundo podría hacerse del cuerpo en todo, sin la subsiguiente molestia de la operación de limpieza por parte de los bípedos? ¿en qué establo del mundo gozan su congéneres de accesos y servicios generales pensados para los, así llamados, seres inteligentes de las sociedades avanzadas? y, por último, ¿en qué establo del mundo puede hacer todo esto, y mucho más, sin que la toque una teta nadie más que su simpático ternerillo? Pues en ninguno más que en el Establo- Refugio de El Golobar, un alarde de buen gusto, mal calculado y, por lo que más quisiéramos no haber visto, peor gestionado, cuyo estado actual sí me alegra por mi simpatía a la vaca, me averguenza como palentino y, con perdón de los autónomos, como español.


Me había propuesto tratar este asunto por la vía del humor, pero no cabe el humor; es demasiado esperpéntico. En aquel paraje impresionante, al que se llega por una carretera labrada en la roca, una roca de varios kilómetros que ofrece a ambos lados hermosos brezos y sabrosos arándanos, en aquel paraje -digo- alguien, no sé quién, trató de hacer un refugio de montaña para hombres cuando, por lo visto, lo que allí se necesitaba era un redil y una cabaña. Quien llega allí inadvertido esperando encontrar el refugio que promete desde lejos el magnífico edificio, se da de bruces con una barra americana para vacas, y experimenta tan aflicción, tal indignación, que hace inútil el buen propósito de denunciar el hecho utilizando el recurso del humor, por mucha gracia que, en principio, le haga a uno encontrarse a una vaca acostada en lo que pudieran ser suites de la segunda planta o rumiando el aperitivo en el lounge mientras el ternero lame el mostrador, o se rasca en un marco, o se asoma curioso a una canalización de aire acondicionado que a él, hecho al cierzo, le hace estornudar.

Escribo, insisto, sin saber de quién es aquello, ni me importa. Estaría igualmente ofendido en el caso improbable de que un particular se hubiera dado el mal gusto, y se hubiera arruinado, en esta increíble trasmutación refugio-establo. Pero mucho me temo que sean organismos e instituciones de las llamadas públicas, los responsables de aquella indescriptible demasía. Id y ved para creer, palentinos; pasar por Brañosera bien vale este disgusto. Y, cuando lo veais, decidme si ya que no cabe el humor ante aquel panteón de millones, ante tamaño monumento a la despreocupación, ante tan gran desprecio al contribuyente, tampoco van a caber responsabilidades. Porque, si así fuera, si nadie fuese a responder al grito de condena que aquello arranca, cuando el próximo otoño subamos a saludar al viento recien hecho, a envolvernos de nubes que ruedan por la Sierra de Hijar, estrecharé la pezuña de la vaca y dejaré que me lama la mano su ternero, los únicos semovientes no responsables. Tan así lo creo que les llevaré un saco de hierba que este año ha sido buena la cosecha en Polentinos y no faltará quien me ceda unos canastos para el invierno de todos los animales del refugio.

Hace un mes que vengo retrasando el escribir lo escrito. Creía que el tiempo y la ocasión templarían esta invocación a la autoridad, moderarían la forma, suavizarían la condena... pero no ha sido así. Lo siento. No espero más; va como está. Quiero que los responsables -ya vereis como sale a relucir Fuenteovejuna- tengan tiempo de enmendalla: detener el vandálico despojo, reconstruir lo destruído, y darlo cometido reparando así el agravio social del abandono.

Si resultase que aquello no es de nadie, que nadie sabe para qué y cómo se hizo, que el asunto está tan complicado que lo mejor que puede hacerse es echárselo a las vacas, pues entonces, palentinos, apuntémonos a ternerillos para que no nos echen a cornadas de un refugio donde la única raza que cabría con razón sería la tudanca.



Felipe Calvo, humanista palentino. 
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Para saber más:
Un refugio en la sierra, artículo de Froilán de Lózar, 24/02/1998

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Agur jaunak, maestro


Felipe Calvo
Madrid, 1982


Mundaca es un prodigio de hermosura en esta mañana radiante de enero. EStá así dispuesto por quien puede. Se va a dar tierra a un maestro, a un vasco ejemplar, a un español superlativo cuya vida llena se acabó en Madrid. Había elegido la tierra de este camposanto colgado sobre la ría de Guernika, abierto al viento que se hace también vasco al pasar rozando el Machichaco o la isla de Izaro y sigue su camino, ría adentro, para mecer a un roble: el árbol. En este rincón inefable, balcón al mar entre su cuna y su sepulcro, está la tierra querida por él para el reposo en la esperanza cristiana; es la vuelta al hogar definitivo de los restos, que cierran una losa grabada con sus apellidos: Bustinza Lachiondo.

Ahí tienes, Mundaka, a Don Florencio, tu vizcaíno señor. Un hombre que cumplió como nadie la obligación de ser bueno sin ser visto.

Con qué ganas se habrán quedado los antibióticos de ganar a la muerte la batalla por la vida de Don Florencio, el gran compositor de su sinfonía, de la que, al menos una vez al año, interpretaba para sus alumnos, el solo del maestro. Su pasión magistral se vaciaba sobre el aula llena, en silencio, de una juventud pasmada que, puesta en pie, ovaciona durante minutos al profesor vencido y callado por la emoción.

¡Qué privilegio el mío haber tenido en cada etapa de mi vida, desde mi cuna a mi final, el maestro cabal!. El día que se acabe esta especie humana que nos compromete con su ciencia, con su oficio, y con su ejempo a bien hacer con generosidad, con mansedumbre, con fe, la humanidad, ahíta de leyes para el desgobierno, ayuna de educación, vacía de fe, llena de soberbia, acabará consigo.

En la lección del maestro no importa tanto la ciencia o el oficio como la conciencia, que es lo que transciende y se derrama por el prójimo siempre amado. En el caso de Don Florencio, era el recuerdo oportuno para los que sufren, su esperanza en los valores espirituales sin patria, su delicadeza, su honestidad, las calidades del "vir bonus".

Don Florencio se hizo tierra mientras los pagos de su Mundaka repetían el "Agur jaunak", para él tan querido. El sol no pudo con nuestro escalofrío. El mar de Viacaya que conoce bien este "agur" robusto que nos deja mudos de emoción, lo repetirá por nosotros, por todos sus discípulos. Dichoso este adiós a lo muertos que se quedan con los vivos, mientras su cuerpo espera en esta orilla. Un himno viril, rotundo, dicho en la lengua de ultratumba, cantada con la serenidad de una fe profunda.

Al coro se han unido una legión de voces y, forzando a gusto su garganta, han dicho en vasco el adiós de España a su maestro. Estos discípulos, Don Florencio, harán suyas las palabras de Scott con las que usted se despidió de sir Alexander Fleming:
"Nunca durante el curso de mi vida encontré a un hombre que me inspirase mayor admiración y afecto que usted. Sin embargo, nunca pude demostrarle lo mucho que su amistad significaba para mí, porque usted tenía mucho que dar y yo nada para corresponderle".
Su cuerpo ha llenado la vacante para su identidad y su amor filial en el panteón del camposanto de Mundaka. Quiera Dios seguir creando hombres de su condición y de su talla, y déjennos las leyes de la tierra seguir haciendo discípulos para vacantes de Elpidios, de Emilios, de Florencios. Porque aún es válido el sentido del texto en las "Partidas del Rey Sabio": "Discípulo deve ser antes el escolar que quiera aver honra de maestro".

Agur jaunak, maestro.



Felipe Calvo, humanista palentino. 
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Homenaje a Javier Cortés

Queridos amigos, Querido Javier: 
En alguna de nuestras visitas a La Olmeda, escuché de ti que el señor de aquella villa fue un Senador, romano naturalmente. Si ello hubiera sido así, no deja de ser curioso que 1700 años  después otro Senador, éste por Palencia, sea hoy el encargado de ofrecerte este homenaje, tan relacionado con la vida de mi colega.



No sé si habrás podido comprobar ese extremo relativo a la personalidad del señor de la villa, me imagino que será muy difícil documentarlo, como vosotros decís. Para mí este es un fallo de lo que pudiéramos llamar "tecnología vital", o una inexplicable imprevisión del Creador, porque, si bien contamos con sangre roja para los villanos y azul para la nobleza, que yo sepa, los huesos que son de nuestros cuerpos lo más permanente, lo que de referencia material queda de nosotros en el reposo de los siglos, nuestros huesos, digo, no tienen color, mejor dicho, son todos del mismo, tanto los de los colonos como los de los señores. De haber sido unos blancos, otros rojos, otros azules y otros verdes, por ejemplo, los arqueólogos habríais tenido resueltos muchos problemas de identificación en los enterramientos que descubrís. Así, ahora por ejemplo, podríamos saber si esa costilla o aquel fémur pertenecieron a un villano o a un Senador del Imperio que acabó con sus huesos ahí en la Vega.

Algo sé de estas tribulaciones arqueológicas porque también hice mis excavaciones como furtivo en las laderas del castillo, donde, naturalmente, no encontré más que huesos y todos del mismo color. Mis tías, Josefa y Serviliana, que me los descubrieron escondidos en la tenada, después de santiguarse siete veces y de llamarme judío, llegaron a la conclusión de que debían ser huesos de moros, dado el color oscuro. El ser de moros y no cristianos añadía un morbo especial al hallazgo y tuve que deshacerme de ellos, amén de someterme a una especie de exorcismo, con invocación, claro está, a la Virgen del Valle, para que me salieron los demonios morunosos del cuerpo. Así acabó mi precoz y corta experiencia arqueológica.

Como por los por huesos, Javier, no lo vas a poder saber, en la duda me quedo con la hipótesis de que el fémur en cuestión pudiera ser de un Senador aunque no esté coloreado. Necesito que así sea porque quiero en nombre de aquel colega además de en el mio propio, ofrecerte y unirme a este merecidísimo homenaje. Aquí está tu pueblo, tu Saldaña y su comarca que te dirán, por boca del Señor alcalde, lo orgullosos que estamos de ti; por mi parte estoy encantado de atribuirme la representación del Senado romano. Estoy seguro de que estén donde estén sus huesos, se habrán conmovido, como se está conmoviendo de emoción nuestro esqueleto entero en este acto.

Queridos saldañeses, no voy a descubriros nada que vosotros no sepáis de Javier Cortés. Pocas veces se podría decir con más propiedad que vosotros tenéis de él un conocimiento más cabal que el que yo pueda tener; pero suele ocurrir que la proximidad tiende a trivializar los hechos y las conductas más extraordinarios, los más ejemplares. Por eso mi testimonio de saldañés en el exilio, un saldañés de huesos blancos y admirando con perspectiva la vida y la obra de Javier Cortés.

Javier es para mí un asceta a quien le fue dada la Vega para que hundiera en su tierra la reja de su fe, en ella y en sus pobladores. Con esa herramienta espiritual, y con la casualidad que nunca niega Dios a quienes la buscan y la trabajan, Javier hizo el gran descubrimiento de la primera piedra de una ruina culta que estaba enterrada. Alumbró así la Villa de La Olmeda que ha permitido reconstruir la peripecia en Hispania de un
romano ilustre, e iluminar con ello la historia de la meseta romana.

Permitidme una brevisima puesta en escena de lo descubierto por Javier.

La región vacía que ocupaba principalmente las tierras de nuestra actual provincia, era eminentemente agrícola, como lo es ahora, antes de ser conquistada por Roma; se cosechaban ya en ella excelentes y abundantes cereales; de entonces nos han llegado el trillo (tribulum) y los graneros.

Aunque la conquista romana debió de herir profundamente a la vitalidad hispana, es preciso reconocer que los romanos aportaron mejores técnicas, racionalizaron los cultivos y salpicaron los lugares más propicios con una red de Villas como sistema idóneo para la explotación de la tierra cultivable. Las de nuestro entorno -La Olmeda, Quintanilla, Añoza, Villatoquite, ...- son patrimonio intelectual de Javier Cortés.

Él es ahora su verdadero señor por virtud o de su descubrimiento o de su desprendimiento, y, en todo caso, de sus afanes. La villa como idea, es el antecedente de la casona, de la casa grande, llena de buen gusto y empapada de la autoridad del dueño, en medio del campo cultivado; no hubo villas en baldíos.

Las rodeaba un campo adecuado y fértil, llano, a la ribera de un río; y las comunicaba una calzada por la que exportaba sus productos y recibía los beneficios. Las vías y las calzadas de itinerario de Antonio o del Anónimo de Ravena, fueron los medios de penetración e implantación de formas de vida y de modelos económicos, técnicos y culturales, cuyo conjunto constituye lo que se conoce como la romanización de los pueblos peninsulares prerromanos, cuyas ciudades a diferencia de las villas, estaban situadas en lugares estratégicos, rodeadas de sólidas murallas que encerraban viviendas rústicas para un pueblo rudo.

Dos siglos antes de Cristo necesitó Roma para llegar a someter a los diversos pueblos hispanos con la ayuda de los primeros vencidos y captados, lo cual debió acentuar los rasgos vigorosos de las primeras formas de los hispanos nativos. La hispania primitiva era el confín de la tierra, de una tierra áspera y de comunicaciones muy difíciles, de la que los historiadores y geógrafos griegos y romanos empezaron a hablar cuando su pueblo, al que me vengo refiriendo, era ya milenario. A este pueblo le había tocado ocupar o defender este extremo del mundo conocido y esta circunstancia determinó  según D. Claudio Sánchez Albornoz que fuese: "ávido de aventuras, amador de libertad, sufridor de dolores y fatigas, gustador de caudillaje, nada razonador, xenófobo, acerado, orgulloso, ariscado, bravo, impulsivo y vehemente". No pudo ser de otra manera el nieto de las comunidades más audaces, más inquietas, del mundo antiguo.

Pero, insisto, la dominación de Roma fue fecunda y muy importante para que se hiciera lo que fuera España: favoreció el contacto entre culturas diferentes, la relación entre personas de distinta procedencia, e inspiró la unidad superior de Hispania mediante la creación de Instituciones.

El largo señorío de Roma, que duró aproximadamente cinco siglos, dejó entre otras cosas, la huella casi insuperable de sus textos de Derecho, la de sus obras públicas, la de sus villas con todo su significado.

Sirva esta referencia para que cuando volváis a visitar La Olmeda, amigos, os asoméis a La Morterona, tratéis de recrear su momento en la historia; que penséis en sus protagonistas y en sus circunstancias, en sus artes, en sus materiales, ... Preguntaos cómo sería esta Vega, esta campiña. Acaso las cárcavas de las cuestas de Relea y del Castillo -que no sería más que uno de tantos sitios- no estarían aún corroídas por los aguaceros. ¿Qué habría cuando no hubo pinos? ¿Habría en la ribera, verderas o plantíos, o habría árboles recios?
Prescindid del puente, de la barbacana, de los gaviones y tened vías de piedra, volved al carro y caballo. Escuchad en la fronda el grito de la res en celo; dejad a oscuras el campo, y en silencio como cuando el señor mandara... Situaros a más en roble una Virgen que reinaría en esta comarca.

Al volver en sí de aquel momento y os encontréis con la realidad tangible de esta Saldaña, enlazada, por la sangre de sucesivas generaciones, con aquella recreada que produjo el hecho histórico de La Olmeda, cuando volváis a encontraros con vosotros mismos haced el propósito de trabajar tanto y tan bien como lo hicieron nuestros antepasados. A los más próximos los tenéis todos, estoy seguro, en una fotografía de familia como la que yo he contemplado con especial atención estos días. En ella nuestros abuelos, nuestros padres, nuestros tíos y una canalla que cuesta identificar están dispuestos jerárquicamente -como debe ser- alrededor de los patriarcas en mi caso Isabel y Tomás.

La fotografía, como recordareis, se tomaba en el corral. El piso de tierra, paja y cagalitas, se cubría con mantas de labor, la tapia con una colcha; los personajes también se cubrían de pies a cabeza con un paño negro y faldas de fiesta y con lino blanco en camisas, puntillas, puñetas y lazos. Allí no había más carne al aire que la cara y las manos; ni en los niños - la canalla- que gastaban medias de punto y faldas largas pero enseñando las enaguas. Botas altas para todos; para ellas abotonadas con la horquilla.

Probablemente os estaréis preguntando a qué viene en esta ocasión este comentario. Verdaderamente puede que me haya pasado; pero viene a cuento porque en el mosaico de Aquiles que descubriera Javier aparecen en unos medallones de la cenefa los que se piensa que pudieran ser retratos de los señores y parientes de la Villa. No quiero decir que los personajes allí representados tengan parecido físico con los de mi fotografía, pero sí antropológico. Mi tío Epifanio, mi tía Seviliana y mi tía Secundina tienen nombre y faz de romanos ilustres, eso es evidente. Y digo más: a juzgar por los retratos de tu villa, querido Javier, que más hubieran querido sus señores que parecerse a mi madre y a mis rudos tíos.

Lo que quiero decir con ésto es que tu descubrimiento, Javier, además de ser intrínsecamente hermoso es como un eslabón perdido y recuperado de una cadena de acontecimientos -la historia- que a veces se nos ocultan pero que nunca se interrumpen.

Gracias ascético Javier por habernos descubierto que hace 1600 años hubo una Palencia romana creadora, culta. Gracias por tu permanente lección en la que uno no sabe qué apreciar más si tu dedicación, si tu sabiduría, si tu humildad o si tu liberalidad. Nos tienes admirados.

Yo creo, amigos, que con este acto hemos formalizado el casamiento siempre difícil de un buen partido soltero Hijo Predilecto de Saldaña, con Doña Olmeda, la Villa predilecta de la Castilla romana.

Que tengas muchas villas más.



Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".
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Felipe Calvo, humanista palentino


Con apasionamiento

La entrañable figura de Felipe Calvo estuvo rodeada de admiración y reconocimiento aquí, en su tierra, casi desde su adolescencia. Elpidio y María, sus padres, maestros nacionales, ercan conocidos -casi venerados- en aquellos tiempos en los que la tarea educativa tenía algo de sagrado, por un amplio sector de la ciudadanía palentina.

El paso del tiempo convirtió al muchacho en un personaje de dimensión nacional. Pero su vinculación a esta tierra era tan profunda que necesariamente debería ser duradera. Y lo fue. Lo fue y lo sigue siendo. Los palentinos han dado su nombre a una de las calles de la ciudad. El Ayuntamiento convoca cada año el premio de investigación científico !Felipe Calvo". Y su Palencia pregonada hará presente por generaciones todo el amor que Don Felipe tenía por su tierra. Aquí todos los que le trataron hablan de él con apasionamiento.

Santiago Francia Lorenzo
Académico de la Tello Téllez
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