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HISTORIA DE ESPAÑA

La callada por respuesta

El orador Isócrates fue invitado a comer en cierta ocasión por Nícocles, el rey de Salamina.
Como no decía nada, le dijo el rey:
—Te he invitado a mi mesa para escucharte; ¿por qué desde que empezó el banquete permaneces en silencio. ¿Acaso estás enfermo?.
Negó con la cabeza.
—Me mantengo callado por dos razones.
La una, porque de todo cuanto sé y conozco, nada puede interesaros.
La otra razón es que de cuanto a vos os interesa, confieso no saber nada, y no puedo hablar de lo que ignoro, como hacen otros.

Isócrates, orador y estilista, discípulo de Sócrates, muerto en el 338 a. de C. A los casi 100 años.
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El genio, a lo suyo

Curiosa la propuesta de este rival de Fidias. Policleto comenzó a esculpir dos estatuas a la vez, ambas representando el mismo motivo escultórico.
Trabajó en una de ellas en la soledad de su casa.
La otra la fue llevando a término a la puerta de la calle, admitiendo sugerencias y correcciones de conciudadanos y críticos.
Terminados los trabajos, los expuso en el ágora.
Las censuras cayeron sin cesar sobre la obra en la que tantos habían participado, mientras que la que hizo el artista en soledad recibió todos los plácemes.
El arquitecto, llamó a todos los que habían expresado su parecer y les habló en estos términos:
—Amigos, la obra que tenéis por más excelente la hice sin vuestro conocimiento; y la que ahora encontráis horrible, es más vuestra obra que la mía, pues en su elaboración seguí vuestro consejo. Daos, pues, cuenta, de que el artista no debe escuchar a nadie, como el viajero no debe apartarse de su camino".

Policleto de Sición, arquitecto y escultor griego
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Ingenio del asesino

Argos era una ciudad griega, famosa por su templo de Juno y sus hermosos caballos.
Allí vivía y mandaba el tirano Aristipo, que temeroso de que le sorprendieran, se encargaba personalmente de echar el cerrojo a las puertas, después de mandar salir a cuantos no fueran de su absoluta confianza.
Dicen que su cama se encontraba en una amplia cámara, en la más alta cama, lugar al que sólo se tenía acceso a través de una abertura practicada en el suelo.
Pero siempre hay algo que se te olvida. Parece que si alguien se lo propone no hay cerrojos que valgan. Y así se lo hicieron saber al gobernante. A lo que respondió:
—Ese cabo siempre quedará suelto, pues es más agudo el ingenio de quien trata de matar que el de aquel que intenta seguir viviendo.

Aristipo, tirano de Argos
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El legado de la paz

Cuentan los viejos cronistas cómo recibe Pericles el homenaje de los suyos en su lecho de muerte.
Unos alabando la magnificencia de los edificios levantados por el político ateniense, otros ponderando el auge de las ciencias y las letras.
Pericles observaba curioso el trajín de quienes venían a rendirle tributo y pleitesía y cuando se hizo el silencio, dijo:
—A nadie he oído mencionar lo mejor de cuanto os lego, aquello por lo que más he luchado: la tranquilidad.
Muero feliz porque nadie ha tenido que llorar por mi causa, ni envié a la muerte a ciudadano alguno. La paz es mi legado más valioso. En ella os dejo. Conservadla".

Pericles, militar y político ateniense.
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La costumbre de amar

Anaxágoras no había nacido en Atenas, pero vivió allí muchos años y la amaba como si fuera su verdadera patria.
Pero le perdió la política y tuvo que abandonar la ciudad por afirmar que "los astros fueron en su orígen masas de materia ardiendo". No era la primera metedura de pata. En otra ocasión había afirmado que el tamaño del Sol no era mayor que el Peloponeso...
Lo cierto es que se retiró a Lápsaco, lugar del Asia Menor y desde allí siguió añorando su ciudad amada.
—¿Tanto amabais a Atenas? -le preguntaron.
—La amo, la amé y la amaré.
Le propusieron llevarle allí una vez muerto a lo que contestó:
—¿Para qué? ¿Qué sentido tiene que me llevéis allí entonces? Sólo se ama en la vida presente. El camino hacia la otra es el mismo desde todas partes.

Anaxágoras, filósofo griego del 500 a. de C., maestro de Eurípides y Pericles.
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Los ojos del amor

Uno de los cortesanos de Darío cuentan que estaba muy enamorado de Leila, sentimiento que toda la Corte conocía. La historia llegó a oídos de Darío, que quiso conocer a la mujer que tanta pasiones levantaba, y como no vio en ella nada especial le preguntó al muchacho:
—¿Cómo puedes estar tan loco por ella? Es más bien fea.
—Sin embargo, Señor, para mi es hermosa.
Insistió el rey en que fuera objetivo, a lo que contestó el enamorado:
—Señor, vos no la amáis, pues de hacerlo veríais en ella lo que yo veo.

Darío I, el Persa, muerto en el 485 a. de C.
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El destino

Parece que Esquilo quiso huir del destino y como el oráculo le había predicho que moriría a consecuencia de la caída de una casa, salió de la ciudad para vivir errante, en descampado.
Un día, mientras estaba descansando, un águila que daba vueltas por encima dejó caer de entre sus garras una tortuga con tan mala fortuna que esta le dio a Esquilo en la cabeza, matándolo.
Se confirmaba así el oráculo, ya que de este animal siempre se dijo que lleva la casa a cuestas.

Esquilo, dramaturgo, padre de la tragedia griega, autor de la Orestiada.


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Secreto militar

Se dice que los habitantes de Sibaris, fueron los primeros que enseñaron a bailar a los caballos.
Plinio, el naturalista y escritor latino del siglo I, mencionó en más de una ocasión la preparación de aquellos animales para la danza. El magnífico espectáculo que suponía verlos sincronizados.
Secreto que llegó hasta Crotona (Calabria), quienes tuvieron acceso a la música que los ponía a bailar. Se cuenta que, estando ambos pueblos en el campo de batalla, un cortejo de trompeteros con añafiles reprodujeron fielmente los sones y los caballos sibaritas se pusieron a danzar en lugar de prepararse para el ataque, siendo así derrotados.

Sibaris, ciudad griega en el golfo de Tarento, destruida hacia el año 510 a. de C.
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Una amarga realidad

Este coetáneo de Parménides de Elea, consideraba que sólo existe una realidad, y que esta es el cambio: "Todo fluye. Nada permanece estable".
Tenía fama de pesimista y melancólico y cuentan que un día sus conciudadanos se sorprendieron al verle jugar con los muchachos, y le recriminaron. A lo que Heráclito contestó:
"Más me gusta hacer esto que ocuparme en asuntos de gobierno con los regidores de la ciudad, porque entonces me entra congoja y siento deseos de llorar amargamente por el destino efímero y vulgar que tienen todas las cosas".

Heráclito de Efeso (siglo V a. de C.)

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La audacia tiene premio

Octavio Augusto, primer emperador de Roma (64 a. de C.), fue uno de los que tomó parte en el sometimiento de cántabros y astures. Cuentan a este respecto que triunfaba entonces por su bravura y su lucha sin tregua contra los romanos Corocotta. No había día que no causara estragos y problemas, de manera que el emperador puso precio a su cabeza: un cuarto de millón de sextercios.
Ante tan abultada cifra, fue el mismo Corocotta quien se presentó ante el emperador para cobrar la recompensa. Impresionado por su audacia, no solo le dio la cantidad que había pregonado, sino que le dio la posibilidad de hacer la paz con Roma.

Corocotta, caudillo hispano
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No te rías, que es peor

Cicerón fue uno de los más importantes abogados de su tiempo. En cierta ocasión ejercía como acusador en un caso criminal. Un rico personaje de Roma había dado muerte a sus padres envenenándolos con unas tortas confeccionadas por él.
Como tenía dinero y podía pagarse una buena defensa, estaba tranquilo y se reía de Cicerón, a quien insultaba desde el banquillo.
En las conclusiones finales de la vista se dirigió al jurado en estos términos:
"Este hombre que se ríe se siente confiado, pero quién de vosotros probaría una de sus tortas?; ¿no os estremece la idea de hacerlo, mucho más que su mirada siniestra de parricida?".
Y tras estas palabras el acusado se convirtió en reo.

Cicerón, abogado, autor de las Catilinarias y las Filípicas.
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Que hablen las obras

Parece que Virgilio era tímido, así lo describen los cronistas, desconectado del alterne y las reuniones de palacio. Todo lo contrario que Octavio Augusto, que gustaba rodearse de genios y poetas. Un día acudió a la llamada del emperador y a uno de los cortesanos le pareció rara su actitud, siempre taciturno y en silencio.—.¿Eres mudo, acaso...? -le dijo. Como no le contestaba, el impertinente prosiguió:
—.O careces de lengua o si la tienes no sabes para qué sirve.Nada dijo el autor de las "Geórgicas". El emperador, que seguía la escena y los continuos improperios de aquel necio oficial, intervino diciendo:
—.Un hombre como Virgilio no tiene por qué hablar, pues habla por él su obra.

Publio Virgilio, poeta latino, nacido en el 70 a. de C.
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El favor de cobrar las deudas

Un hombre se acercó a Terencio con una bolsa de dinero y al tiempo le abrazó pidiéndole perdón por el tiempo transcurrido.
El autor de Heautontimorumenos (el atormentado de sí mismo), le correspondió al abrazo y le dio las gracias. Un amigo del comediógrafo que presenciaba la escena, le preguntó quién era:
-.Un amigo que hace tiempo le presté una suma de dinero y hoy ha tenido la gentileza de pagarme".
-.Pero, ¿por qué le das las gracias? -quiso saber el amigo.
-.Tal como están las cosas, que alguien te pague debe considerarse como un favor.

Terencio, comediógrafo latino, siglo II a. De C.

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El burro alquilado

Curiosa la anécdota que trascendió de este famoso orador griego. Dice que en cierta ocasión, la gente que acudió a oír su discurso se dormía, por lo que se le ocurrió contar un cuento:
Un muchacho alquilo un burro para ir desde Atenas a la ciudad de Megara. El sol caía a plomo y el muchacho se puso debajo del asno para buscar la sombra. El dueño del animal le dijo que aquello no se podía hacer. El muchacho quiso saber porqué. Pues, porque eso no figura en el contrato, le respondió el dueño del burro.
"Que no", "que sí", el público se fue despertando y cada uno fue tomando partido por uno o por otro. Demóstenes al ver aquello, pidió silencio y dijo:
"Ya veo que os interesa más una cosa tan tonta como esta que lo que os estaba diciendo acerca del interés de nuestro país. Sois más burros que el animal de mi cuento".

Demóstenes, orador y político griego, 340 a. de C.
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El triunfo de la virtud

Friné, una famosa cortesana, apostó con sus amigas que vencería la resistencia de Jenócrates de Calcedonia, seguidor de la Academia de Platón, que había puesto la virtud por delante de cualquier otra meta. La mujer no se anduvo en chiquitas, recurriendo a todos los trucos que conocía sobre el arte de la seducción. Aquella famosa hetaira, se empleó a fondo para que cayera de algún modo el incorruptible personaje, pero todos sus esfuerzos cayeron en saco roto. Como las compañeras se dieron cuenta que después de un tiempo y de intentarlo todo, Friné había fracasado, la exigieron que les pagara el importe acordado, pues había perdido la apuesta. Cuentan los cronistas que la más hermosa de las mujeres de su tiempo, dijo:
"Olvidaos; no he perdido nada porque todas suponíamos que Jenócrates era un hombre, pero es una estatua".

Friné, cortesana, amante y modelo del escultor Praxiteles.
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Que por ahí vengan todos los palos

"Hay gente que habla mal de ti a tus espaldas" -le decían a Aristóteles sus amigos.
"Destruyen tu fama y hacen trizas tu buen nombre". Aristóteles, que tuvo también grandes errores, como aquella afirmación de que las mujeres que se casaban jóvenes engendraban hembras, no le daba importancia a las habladurías: "La fama es cosa pasajera, como las nubes o el humo".
Como seguían insistiendo y le pronosticaban represalias del pueblo si permitía que siguieran hablando mal de su persona les dijo, para dejarlo aclarado definitivamente:
"A quienes hablan no estando yo, decidles que la ausencia todo lo torna llevadero; nos hace capaces de soportar incluso los palos."

Aristóteles, filósofo nacido en Estagira en el año 384 a de C
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La ley es para todos

Diodoro de Sicilia, cuenta en su biblioteca histórica que Diocles promulgó una ley prohibiendo llevar armas dentro del recinto urbano bajo pena de muerte. A poco de aprobarse, como se hallaban a las puertas de la ciudad los enemigos, Diocles salió de su palacio empuñando la espada.
Pero resulta que fue visto por un miembro del partido aristocrático, enemigo político, pidiendo que se cumpliera el castigo que él mismo había promulgado. Como reconoció que llevaba razón, se atravesó el vientre con la espada que llevaba en la mano, muriendo en medio del foro, entre el llanto de sus seguidores y el asombro de todos los ciudadanos.

Diocles, legislador de Siracusa, 414 a de C
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Perder la vida

Aristipo de Cirene era muy conocido porque arengaba a la gente a dominar las pasiones para lograr la felicidad. En cierta ocasión se dirigía a Corintio y se desató una fuerte tormenta. Como el filósofo puso de manifiesto su miedo al naufragio, un pasajero que hacía el mismo recorrido, le dijo: "¿Cómo tú, hombre de talento, tiemblas ante el riesgo de perder la vida, mientras que yo, que soy ignorante y de escasas luces, no tengo miedo?". A lo que respondió Aristipo: "La explicación está en lo que tú mismo has reconocido; tenemos vidas muy distintas que salvar; a mí no me importaría tampoco perderla si fuera como la tuya".
Aristipo de Cirene, filósofo, discípulo de Sócrates.
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El perro de Alcibiades

A veces es conveniente llamar la atención con alguna acción extravagante para que la gente mire hacia otra parte. Eso fue lo que hizo en cierta ocasión este político ateniense, un tanto provocador y controvertido. El caso es que Alcibíades cortó la cola de su perro, un animal que había costado una importante suma de dinero, lo que generó una gran polémica. Aquello se convirtió en tema de conversación, hasta que intervino para tranquilizarles: "Eso buscaba, que hablaran del can y me dejaran en paz, ya que mientras se ocupan del rabo de mi perro, no emplean el tiempo en tratar de averiguar pormenores de mi vida que guardo con mayor celo".
Alcibiades, político, sobrino de Pericles y discípulo de Sócrates. 
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Que jueguen los niños

Cuando murió Anaxágoras, maestro de Sócrates, a quien los cronistas de entonces le atribuyen el estudio que explica los eclipses, dejó en su testamento un último deseo: "Permítase a los niños que en memoria de mi muerte jueguen durante todas las horas que hubiere luz, durante todos los días del mes en que tuviere lugar mi muerte".
Y según cuenta Diogenes Laercio en "Vida y opiniones de los filósofos", esa costumbre seguía conservándose siete siglos después.

Anaxágoras, muere en el 428 (a. de C.)


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NUESTRO PERIÓDICO

Montaña palentina: Belleza y Arte

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