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La audacia tiene premio

Octavio Augusto, primer emperador de Roma (64 a. de C.), fue uno de los que tomó parte en el sometimiento de cántabros y astures. Cuentan a este respecto que triunfaba entonces por su bravura y su lucha sin tregua contra los romanos Corocotta. No había día que no causara estragos y problemas, de manera que el emperador puso precio a su cabeza: un cuarto de millón de sextercios.
Ante tan abultada cifra, fue el mismo Corocotta quien se presentó ante el emperador para cobrar la recompensa. Impresionado por su audacia, no solo le dio la cantidad que había pregonado, sino que le dio la posibilidad de hacer la paz con Roma.

Corocotta, caudillo hispano
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No te rías, que es peor

Cicerón fue uno de los más importantes abogados de su tiempo. En cierta ocasión ejercía como acusador en un caso criminal. Un rico personaje de Roma había dado muerte a sus padres envenenándolos con unas tortas confeccionadas por él.
Como tenía dinero y podía pagarse una buena defensa, estaba tranquilo y se reía de Cicerón, a quien insultaba desde el banquillo.
En las conclusiones finales de la vista se dirigió al jurado en estos términos:
"Este hombre que se ríe se siente confiado, pero quién de vosotros probaría una de sus tortas?; ¿no os estremece la idea de hacerlo, mucho más que su mirada siniestra de parricida?".
Y tras estas palabras el acusado se convirtió en reo.

Cicerón, abogado, autor de las Catilinarias y las Filípicas.
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Que hablen las obras

Parece que Virgilio era tímido, así lo describen los cronistas, desconectado del alterne y las reuniones de palacio. Todo lo contrario que Octavio Augusto, que gustaba rodearse de genios y poetas. Un día acudió a la llamada del emperador y a uno de los cortesanos le pareció rara su actitud, siempre taciturno y en silencio.—.¿Eres mudo, acaso...? -le dijo. Como no le contestaba, el impertinente prosiguió:
—.O careces de lengua o si la tienes no sabes para qué sirve.Nada dijo el autor de las "Geórgicas". El emperador, que seguía la escena y los continuos improperios de aquel necio oficial, intervino diciendo:
—.Un hombre como Virgilio no tiene por qué hablar, pues habla por él su obra.

Publio Virgilio, poeta latino, nacido en el 70 a. de C.
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El favor de cobrar las deudas

Un hombre se acercó a Terencio con una bolsa de dinero y al tiempo le abrazó pidiéndole perdón por el tiempo transcurrido.
El autor de Heautontimorumenos (el atormentado de sí mismo), le correspondió al abrazo y le dio las gracias. Un amigo del comediógrafo que presenciaba la escena, le preguntó quién era:
-.Un amigo que hace tiempo le presté una suma de dinero y hoy ha tenido la gentileza de pagarme".
-.Pero, ¿por qué le das las gracias? -quiso saber el amigo.
-.Tal como están las cosas, que alguien te pague debe considerarse como un favor.

Terencio, comediógrafo latino, siglo II a. De C.

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El burro alquilado

Curiosa la anécdota que trascendió de este famoso orador griego. Dice que en cierta ocasión, la gente que acudió a oír su discurso se dormía, por lo que se le ocurrió contar un cuento:
Un muchacho alquilo un burro para ir desde Atenas a la ciudad de Megara. El sol caía a plomo y el muchacho se puso debajo del asno para buscar la sombra. El dueño del animal le dijo que aquello no se podía hacer. El muchacho quiso saber porqué. Pues, porque eso no figura en el contrato, le respondió el dueño del burro.
"Que no", "que sí", el público se fue despertando y cada uno fue tomando partido por uno o por otro. Demóstenes al ver aquello, pidió silencio y dijo:
"Ya veo que os interesa más una cosa tan tonta como esta que lo que os estaba diciendo acerca del interés de nuestro país. Sois más burros que el animal de mi cuento".

Demóstenes, orador y político griego, 340 a. de C.
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El triunfo de la virtud

Friné, una famosa cortesana, apostó con sus amigas que vencería la resistencia de Jenócrates de Calcedonia, seguidor de la Academia de Platón, que había puesto la virtud por delante de cualquier otra meta. La mujer no se anduvo en chiquitas, recurriendo a todos los trucos que conocía sobre el arte de la seducción. Aquella famosa hetaira, se empleó a fondo para que cayera de algún modo el incorruptible personaje, pero todos sus esfuerzos cayeron en saco roto. Como las compañeras se dieron cuenta que después de un tiempo y de intentarlo todo, Friné había fracasado, la exigieron que les pagara el importe acordado, pues había perdido la apuesta. Cuentan los cronistas que la más hermosa de las mujeres de su tiempo, dijo:
"Olvidaos; no he perdido nada porque todas suponíamos que Jenócrates era un hombre, pero es una estatua".

Friné, cortesana, amante y modelo del escultor Praxiteles.
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Que por ahí vengan todos los palos

"Hay gente que habla mal de ti a tus espaldas" -le decían a Aristóteles sus amigos.
"Destruyen tu fama y hacen trizas tu buen nombre". Aristóteles, que tuvo también grandes errores, como aquella afirmación de que las mujeres que se casaban jóvenes engendraban hembras, no le daba importancia a las habladurías: "La fama es cosa pasajera, como las nubes o el humo".
Como seguían insistiendo y le pronosticaban represalias del pueblo si permitía que siguieran hablando mal de su persona les dijo, para dejarlo aclarado definitivamente:
"A quienes hablan no estando yo, decidles que la ausencia todo lo torna llevadero; nos hace capaces de soportar incluso los palos."

Aristóteles, filósofo nacido en Estagira en el año 384 a de C
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La ley es para todos

Diodoro de Sicilia, cuenta en su biblioteca histórica que Diocles promulgó una ley prohibiendo llevar armas dentro del recinto urbano bajo pena de muerte. A poco de aprobarse, como se hallaban a las puertas de la ciudad los enemigos, Diocles salió de su palacio empuñando la espada.
Pero resulta que fue visto por un miembro del partido aristocrático, enemigo político, pidiendo que se cumpliera el castigo que él mismo había promulgado. Como reconoció que llevaba razón, se atravesó el vientre con la espada que llevaba en la mano, muriendo en medio del foro, entre el llanto de sus seguidores y el asombro de todos los ciudadanos.

Diocles, legislador de Siracusa, 414 a de C
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Perder la vida

Aristipo de Cirene era muy conocido porque arengaba a la gente a dominar las pasiones para lograr la felicidad. En cierta ocasión se dirigía a Corintio y se desató una fuerte tormenta. Como el filósofo puso de manifiesto su miedo al naufragio, un pasajero que hacía el mismo recorrido, le dijo: "¿Cómo tú, hombre de talento, tiemblas ante el riesgo de perder la vida, mientras que yo, que soy ignorante y de escasas luces, no tengo miedo?". A lo que respondió Aristipo: "La explicación está en lo que tú mismo has reconocido; tenemos vidas muy distintas que salvar; a mí no me importaría tampoco perderla si fuera como la tuya".
Aristipo de Cirene, filósofo, discípulo de Sócrates.
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El perro de Alcibiades

A veces es conveniente llamar la atención con alguna acción extravagante para que la gente mire hacia otra parte. Eso fue lo que hizo en cierta ocasión este político ateniense, un tanto provocador y controvertido. El caso es que Alcibíades cortó la cola de su perro, un animal que había costado una importante suma de dinero, lo que generó una gran polémica. Aquello se convirtió en tema de conversación, hasta que intervino para tranquilizarles: "Eso buscaba, que hablaran del can y me dejaran en paz, ya que mientras se ocupan del rabo de mi perro, no emplean el tiempo en tratar de averiguar pormenores de mi vida que guardo con mayor celo".
Alcibiades, político, sobrino de Pericles y discípulo de Sócrates. 
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Que jueguen los niños

Cuando murió Anaxágoras, maestro de Sócrates, a quien los cronistas de entonces le atribuyen el estudio que explica los eclipses, dejó en su testamento un último deseo: "Permítase a los niños que en memoria de mi muerte jueguen durante todas las horas que hubiere luz, durante todos los días del mes en que tuviere lugar mi muerte".
Y según cuenta Diogenes Laercio en "Vida y opiniones de los filósofos", esa costumbre seguía conservándose siete siglos después.

Anaxágoras, muere en el 428 (a. de C.)


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Por qué entra el amor

A Zenón de Elea le preguntaron en cierta ocasión si los sabios se enamoraban. Y él contestó que sí. Entonces quien le interpelaba, le dijo: "Es decir, que en eso se comportan igual que los tontos y los necios". Entonces el filósofo aclaró: "No. Los necios creen saber por qué aman; los tontos incluso dan sus razones, pero los sabios saben que no las hay, que nadie sabe por qué entra el amor en el alma, o sale".
Zenón de Elea, discípulo de Parménides (siglo V a. de C.)



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El osado que besó a su hija

Pisístrato se inició como tirano y acabó sus días como hombre justo. Dicen los cronistas que a él se debe la recopilación y conservación de los poemas homéricos. En una ocasión, su mujer, molesta porque un joven tuvo la osadía de besar a su hija en público, le rogó que le diera muerte, a lo que el ateniense contestó: ¿Cómo me pides que arrebate la vida a alguien cuyo delito es amar a nuestra hija? ¿Qué tendría que hacer entonces con quien la odiara?".
Pisístrato, político ateniense (527 a. de C.)


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Todo lo llevo conmigo

"El hombre debe aprender que la sabiduría es el único instrumento que tiene para pasar de la niñez a la edad anciana con dignidad y sin altanería, pues es su posesión más valiosa y menos perecedera. Que aprenda el hombre a regular su vida y a planear su estancia en el mundo tanto teniendo en cuenta una vida larga como una vida corta".
Se cuenta al respecto que, cuando evacuaron la ciudad ante el avance de los persas, y como todos se apresuraron a reunir sus pertenencias, al ver que Bías no se molestaba en preparar equipaje alguno le preguntaron el porqué y éste contestó: "Todo lo llevo conmigo".

Bías de Priene, uno de los siete sabios de Grecia (570 a. de C.)

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