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Ese dia está lejano



Inés Camaro Sánchez
La niña que no debió ser, VII

A José Ramos Rodríguez



Nada en la vida anhelé tanto como haberte conocido, abuelo - ¿Por qué la vida no quiso que nos conociéramos? - ¿Por qué no esperaste que yo naciera a la vida?

      Sé por tus hijos que eras exigente, perfeccionista, metódico, incansable y lo que dejaste atrás así lo dice. Otras personas dicen que eras humilde y tenías una generosidad sin límite. Que todos los conocimientos que tú te esforzabas por adquirir, después los transmitías a la gente que estuviera dispuesta a compartirlos. Tú creaste la escuela nocturna para mujeres y niñas a la luz del candil en Triufé y otros pueblos, quitándote tiempo de tu descanso y obligaciones. Más de una noche tuviste que andar los caminos con mal tiempo y los lobos siguiéndote los talones, pero eso no te hizo desistir. Con tu mujer, Teresa, criaste siete hijos y sufriste la pérdida de otros tres, lo que hirió tu corazón,   pero no lo derrotó. Ése es un dolor muy grande, pero tú lo calmaste con la infinidad de cosas que creabas.

    Desempeñaste labores de secretario para el Ayuntamiento, sin más estudios que lo aprendido en la escuela y en los libros de aquella noble casa de Madrid donde algunos inviernos trabajaste de cochero y cuidador de los caballos. Cuando regresabas al pueblo lo más importante que traías - aparte de tu persona esperada por todos - eran aquellos libros que te daban y que tú utilizabas para tus clases. También eras un maestro carpintero: mesas, sillas, cantareros, la emina de medir el grano, los cereros de la iglesia en los que madre ponía las velas y cirios al lado de su reclinatorio, también tallado por ti. Hacías, para tu familia y para otros, las maderas del piso de los cholos cuando éstos se desgastaban; y qué decir de la reparación de los palos de los arados o de los mangos de cualquier herramienta cuando rompían, o las estarafitas de la carreta o las engarillas. Sé que cuando caminabas por una touza mirabas buscando los tallos que te pudieran ser útiles. Además eras labrador y extraías de la tierra el sustento para alimentar a tu familia

    En tu tiempo nuestro pueblo contó con dos hombres dispuestos a impulsar y mejorar la vida de sus vecinos. Don Manuel Carbajo y tú: construisteis la escuela, las fuentes, el nuevo cementerio... Todo se hizo en días de concejo, esos días de trabajo gratis para la comunidad - pese al malestar de algunos. Y en tus últimos años alzaste una casa con la ayuda de tus hijos. La casa que te costó la vida, pues el día que pusiste la última losa en la cumbre algo te pasó en una pierna, no se si te cortaste o algo te picó, pero algún veneno entró en tu sangre y te mató. Por eso yo no te conocí. Tras tu muerte mi madre se hizo cargo de los trabajos del campo - hasta entonces había vivido con la abuela, pero al estar tus dos hijos varones en el frente, mi madre hubo de ir a dar jera para la Puebla, a arar las tierras de otro para ganar unos céntimos que buena falta hacían.

     Mi madre cogía una botella con agua, envolvía un trozo de pan negro con un poco de tocino y se iba a arar todo el día. Cuando regresaba no podía con sus cansados huesos, pero tenía que seguir ayudando a tu debilitada mujer en la casa - y con las cuatro niñas.
Cuando venían sus hermanos del frente con algún permiso ponía a hervir los calderos con agua para cocer los uniformes, llenos de piojos. Ése era el recuerdo que mi madre guardaba de sus veinte años.

    ¡¡Vaya vida!!  De eso ni tú ni nadie tuvo la culpa.

    Tus hijos, al acabar la guerra, se fueron a Madrid. Allí hicieron el resto de su vida. No les importó la casa que recién terminaste, tampoco permitieron a mi madre vivir en ella, pese a ser la única que se quedó unos años en el pueblo y  que siguió durante su vida frecuentándolo. El invierno pasado se derrumbó. Nunca nadie vivió en ella, sólo el horno lo utilizó mi madre para hacer pan - el día que amasaba no nos dejaba llegar corriendo  porque decía que le despertábamos la masa. Nunca podrás saber cuán sabia era mi madre,claro que tenía a quién parecerse. Llorarías, abuelo, como yo lo hago si vieras cómo está nuestro pueblo y su término. Los hijos que os heredaron no honraron vuestra memoria. Vuestro legado se pierde. Parece como si lo que os esforzasteis en transmitir los hizo altivos; pensaron que su tierra ya no merecía la pena y se fueron lejos, en busca de metas más altas. Cómo te imagino, abuelo, tomando decisiones; hablando a la puerta de la iglesia a los vecinos, acordando cuando hacer concejo para ir a segar las gatiñas y hacer las gueras a los cotos. O a abrir o cerrar las cañadas, o reparar los caminos que se estropeaban con las lluvias o ir a arrancar cepas de las urces al monte para calentar la escuela. ¡¡Había tanto que hacer!!  - a parte de lo propio. También te imagino, abuelo, en ese día que os reuníais los cofrades con una hogaza de pan en la que clavabais una vela y la bendecíais y, con un poco de vino, la compartíais y hablabais de las fincas de la iglesia, de la escuela, de quién las cogía en arriendo y de cómo celebrar las fiestas. Terminabais rezando por los cofrades muertos. Lo sé porque, de niña, una vez espié cómo eran esas reuniones de hombres.

    Yo intento conservar todo lo que sé que era tuyo de lo que quedó por tu casa, después de que la desvalijaran cuando ya estábamos ausentes del pueblo, para ver si adquiero algo de tu sabiduría. Leo y releo tus viejos libros tratando de  sentir lo que tú pensabas al hacerlo. También las viejas cartas y fotos que te envió tu primo Dionisio, primero desde Cuba y después en Ohio.

    Ahora soy mayor y dispongo  de mucho tiempo - ya no hay trabajo para gente como yo; te sorprenderías cuánta gente ahora está en mi situación y la experiencia no es tenida en cuenta. Es ahora cuando he podido hablar con personas que te conocieron, y en más de una ocasión se me saltan las lágrimas cuando me dicen lo que significó para ellos lo que tú hiciste. Aún no he tenido tiempo de repasar todos los papeles de contratos de compra y venta entre particulares que acudían a ti para que los redactaras. Hiciste una gran labor, abuelo. Si alguien se ganó el cielo, ése fuiste tú. Y seguro estás allí, tras la puerta.

Quizás algún día podamos encontrarnos en el cielo. Sería extraño: yo hoy tengo ya más años de los que tú tenías al morir; si el cielo te conservó joven yo me vería mayor que tú. Además yo no me he ganado el derecho al cielo. A veces no supe desprenderme de prejuicios, de lastres que hacían que me preocupara más de mí que de lo que le ocurría a los demás. Últimamente me duele nuestra tierra, ver en qué se ha convertido no me da paz y me he prometido a mi misma no abandonarla jamás. No quiero un lugar en el cementerio al lado de mis padres: cuando Dios diga, yo seré polvo en el viento y me fundiré en el suelo donde crecen los árboles. Allí esperaré a que nuestra tierra vuelva a ser lo que fue. Quiero ser hoja y sentir el viento ,la lluvia y la nieve. Quiero oír el sonido de la noche y el aullido de los lobos, quiero oír cantar canciones de segadores y el sonido de las campanas y el bullicio de los niños jugando en el recreo de las escuelas. Como ves, algo difícil. Mientras, el cielo tendrá que esperar.

    No pude ser un varón para perpetuar tu apellido - aunque en mí ya se hubiera perdido - como hubiera sido el deseo de mis padres. Como no me he ganado el derecho a llevarlo, todavía no lo uso. Tu sangre, mi sangre, la regalé a quién le hizo falta y muchas personas la llevan; pero no encuentro en nadie tu nobleza y tus valores. Será porque en mí se devaluó.

      Pero, aunque nunca nos encontremos, yo siempre te quise y te querré. Sin haberte conocido has sido la persona que más admiré. Será porque todo y todos hablaban de ti, aunque nunca pude sentarme en tu regazo ni sentir tus abrazos. Pero siempre, al pasar por delante de tu casa, con el pensamiento te llamaba, y aun te llamo. "Abuelo".

__________________

Nota de la autora

Sobre mi, yo nada soy,solo una mujer con inquietudes. Un día me di cuenta que el pasado de nuestra tierra y nuestra gente quedaban en el olvido y tenía que hacer algo pues ellos no merecen que su esfuerzo no sea reconocido y no lo sepan nuestros hijos. Nunca me dediqué a escribir, eso se nota. Mi vida fué otra. Gracias Froilán, vos si que hacéis una magnífica labor. Un abrazo.


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