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Fragmentos de Anatole France

Esta primera parte de la selección de Anatole France, fue realizada por Manuel Lozano en su último viaje a París (noviembre de 2003.) No se citan -ex profeso- las fuentes, con el fin de organizar -desde la elusión y el anacronismo- un sólo texto.

"Y, ¿qué somos nosotros los pájaros?"
(Fragmentos de Anatole France)


Cuando se ve una cosa bella, se quiere poseerla. Es una inclinación natural que las leyes han previsto. Desear con fuerza es casi poseer.
No hay castos; solamente hay enfermos, hipócritas, maníacos y locos.
¿Qué provecho sacan los niños de una ciencia sin método, de una literatura falsamente práctica que no habla ni a la inteligencia ni al sentimiento?
 Habría que volver a las hermosas leyendas, a la poiésis de los poetas y de los pueblos, a todo lo que proporciona la experiencia de lo bello.

¡Ay! Nuestra sociedad está llena de farmaceúticos que temen a la imaginación. Y hacen muy mal. Es ella (con sus mentiras) la que siembra la virtud y la belleza en el mundo.
El arte de la guerra consiste en ordenar las fuerzas de tal modo que no puedan huir.
El bien público está formado por un buen número de males particulares.
Entonces, como no estudiaba nada, aprendía mucho.
Sabemos Marcos -dijo Nicias-, que tu Dios creó al mundo. Aquello fue, por cierto, una gran crisis de su existencia. Pues él existía desde una eternidad, sin haberse decidido a crearlo. Pero, si he de ser justo, reconozco que se encontraba en una situación de las más dificultosas. Tenía que permanecer inactivo para permanecer perfecto, aunque fuese aquello una imperdonable imprudencia en un Dios perfecto. Pero dinos, Marcos (agregó Nicias), cómo se las arregló para crear el mundo...

La historia no es una ciencia, es un arte. En sus aciertos interviene siempre la imaginación.

La independencia del pensamiento es la más orgullosa aristocracia.

La nada es un infinito que nos envuelve; venimos de allá y allá nos volveremos. La nada es un absurdo y una certeza; no se puede concebir, y, sin embargo, es.

La oscuridad nos envuelve a todos, pero mientras el sabio tropieza en alguna pared, el ignorante
permanece tranquilo en el centro de la estancia.

Llamamos buenas costumbres a las costumbres habituales; malas costumbres, a aquéllas a las que no
se está acostumbrado.

Llamamos peligrosos a los que poseen un espíritu contrario al nuestro, e inmorales a los que no profesan nuestra moral.

Los niños imaginan con facilidad las cosas que desean y no tienen. Cuando en su madurez conservan esa facultad maravillosa, se dice de ellos que son poetas o locos.

No hay gobierno popular. Gobernar es crear descontentos.

Sólo las mujeres y los médicos saben cuán necesaria y bienhechora es la mentira.

Una necedad repetida por treinta y seis millones de bocas, no deja de ser una necedad.

Levantando entonces la cabeza, vio en las paredes de la habitación pinturas que representaban escenas risueñas y familiares. Aquello era obra muy antigua y de exactitud maravillosa. Había cocineros que soplaban el fuego, con los carrillos hinchados; otros desplumaban gansos o cocían trozos de ternero en las marmitas. Más lejos, un cazador llevaba una gacela asaetada en sus hombros. En otra parte, los aldeanos se ocupaban en sembrar, segar y cosechar. Bailaban mujeres al compás de las violas, las flautas y el arpa. Una joven tocaba la tiorba. La flor de loto brillaba en sus cabellos negros, delicadamente trenzados (...) Y Pafnucio, luego de contemplarla, bajó los ojos y preguntó a la voz:    
-¿Por qué me mandas mirar esas imágenes? Representan sin dudas la vida terrena del idólatra cuyo
cuerpo reposa bajo mis pies, dentro de un féretro de basalto negro. Recuerdan la existencia de un
muerto, y, a pesar de los colores vívidos, son las sombras de una sombra. ¡La vida de un muerto!
¡Oh vanidad!

-Muerto está, pero vivió -replicó la voz- y tú morirás sin haber vivido.

Desde aquel día, no tuvo Pafnucio un instante de reposo. La voz le hablaba sin cesar. La tañedora de tiorba fijaba sus ojos en él, a través de sus largas pestañas. También le habló: -Mira: soy misteriosa y bella. Ámame;
cura en mis brazos el amor que te atormenta (...) Ámame, amigo; cede.
Como adversarios declarados no he tenido más que a los hagiógrafos.
¿No has oído hablar de los Acwin y de los Dióscuros? Los Acwin entre los indios y los Dióscuros entre los Helenos, representaban los dos crepúsculos...

Ya lo gente desaparecía -como oleada sombría- por los vomitorios.

"Esta es, caballero, la historia completa de la batalla de Fontenoy".

-Les confieso -le dije-, que ni Voltaire lo hubiera hecho tan bien.
-Bien que lo creo -contestó el guardia francés. Pero, ¿quién era Voltaire? Un burgués, sin duda, que nada entendía de la guerra. Tengo mucha sed. Hazme traer un vaso de cerveza.

Y, ¿qué somos nosotros los pájaros? Una nada, un mundo.

 







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Agradecimientos y saludos

"Premio Iberoamericano a la Excelencia Educativa 2004", conjuntamente con un "Doctorado Honoris Causa en Educación" por su trayectoria, al escritor y Profesor Manuel Lozano.

Queridos amigos:

Una alta preeminencia de luz y felicidad guiaron mi viaje a Perú, viaje realizado con motivo de la obtención del Premio a la Excelencia Educativa 2004 y el Doctorado Honoris Causa, otorgados por el Consejo Iberoamericano de Educación.

La Ceremonia de Premiación, que prácticamente ocupó todo el día 16 y que se prolongara por espacio de casi 12 horas, me permitió conocer a una gama amplísima de educadores y pensadores de todo el mundo (había casi 1000 invitados especiales, entre ellos la educadora más antigua del mundo, con sus espléndidos 100 años y 75 de docencia ininterrumpida), con los que debatimos, fervorosos, los más variados temas que atañen a nuestra cultura. Al fin y al cabo, como rescaté en mi discurso de recepción de los Premios, "La Cultura es lo que separa a fin de reunir: separa del inmediato orden fáctico semihumano para reunirse (reunirnos) en el orden en que se cumple lo humano" (Héctor Alvarez Murena, "El Nombre Secreto", 1970.) Este discurso de recepción, será prontamente editado por diferentes publicaciones impresas y por la red.

Fueron días de hallazgos y sorpresas permanentes. En esta preeminencia de la luz está, también, el hecho de haber conocido a los excelentes escritores Leo Zelada, Miguel Ildefonso, y Héctor Ñaupari Belupú, quienes -fieles a la palabra que organiza la fiesta de este mundo- me esperaban con un afectuoso, inteligente y emotivo recibimiento en el "Centro Cultural Antares", de Miraflores, el mismo día de mi llegada a Lima.

Leo Zelada, impulsado a sangre y fuego contra las mediocridades de tanto pseudo-apócrifo-círculo literario, ha emprendido la titánica tarea de compilar lo más representativo del estadio poético de Iberoamérica en su novísima "Antología Hispanoamericana de Poesía", que, en lo que va del año, ha sumado ya su cuarta edición. Tengo, a mi vez, el honor de haber sido publicado en esas cuatro ediciones.

No olvidaré nunca el fervor de la gente (que interrumpía las lecturas con no disimulados y acariciantes aplausos, participando activamente), nuestras incesantes conversaciones hechas de presencias para el deslumbramiento: guardianas esfinges que nos miran con asombro sacratísimo, Blanca Varela de bendecidos puertos de sangre, la voz circular de Emilio Wesphalen por ínsulas extrañas, y los tatuajes en fuga de los cuerpos (estoy parafraseando un poema personal) llevándonos desde Deleuze a Octave Mirbau.

En la última conferencia y lectura de mis libros Mansión Artaud, Bizancio bajo las aguas, y La noche desnuda de rostro ciego (acaecida en el "Centro Cultural La Noche", ya en pleno casco histórico de Lima, a metros de la modernista y neoclásica Plaza San Martín), tuve el privilegio de conocer al no menos excelente poeta Gerson Paredes Groz, autor de "Kódigos de sangre", investigador y redescubridor de la inquietante "Ciudad Mística de Pachacutec", docente de la Universidad Nacional de San Marcos, con quien me reencontrara y sumergiera por la sed de los palimpsestos, por todo vértigo y temblor que es la escritura.

Estos fueron días en que un nuevo mundo sentó en mí nuevas piedras de fundación. "El poeta se demora contemplando las piedras", escribió Giorgos Seferis. La piedra es desdoblada alegoría de lo que está por venir. Perú me poseyó con esa savia, con ese mosto, con una poesía que es, sin lugar a dudas, una de las más hondas y nutrientes de nuestra América.

¿Fue "la Cena que recrea y enamora", de San Juan de la Cruz, estupenda metáfora de toda poiésis? Sí, sin lugar a dudas. Son, también, un puente de fuego: inconfundible. Gracias, queridos amigos, por los cientos de mensajes enviados desde los más remotos sitios del mundo, gracias -nuevamente- a los hermanos de Perú por todo el amor y la hospitalidad que me brindaron.

Manuel Lozano, 27 de abril de 2004

Potsdata: Por archivos adjuntos, les acerco una de las noticias aparecida en el diario "La Razón" de Lima, uno de los más importantes de aquella ciudad, que da cuenta de la primera de mis conferencias, y algunas fotos de la premiación (junto al Dr. Aldo Néstor Lozano Rodolfi, Secretario de nuestra Fundación FIED, y con el Lic. Willy Manuel Hidalgo Rojas, Presidente del Consejo Iberoamericano, luego de recibir las condecoraciones.)










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El hilandero


El hilandero
en Marruecos
nos recuerda
una incesante
alegoría:
la habitada,
tangible
enunciación
del hacer.



El hilandero apareció ante mí, en medio del bullicio de los zocos de Fez y del siempre presagioso canto anunciador del almuecín. No en vano utilizo el verbo "aparecer", en el sentido de una mirada que comprende y que nos retroalimenta cada vez. La imagen del anciano era tenue, pero a la vez me poseía con el esplendor del alarido.

El arduo y mítico oficio de hilandero es ya un oficio desvanecido o en vías en extinción en occidente. Desde las viejísimas parcas (perversas y juguetonas) tejiendo nuestro destino hasta la resignificación social y política de este trabajo hecha por Gandhi, sin dejar de recordar aquellas asombrosas hilanderas de Velázquez, el emblema continúa su metamorfosis.

El hilandero en Marruecos nos recuerda una incesante alegoría: la habitada, tangible enunciación del hacer.


Manuel Lozano
Buenos Aires, noviembre de 2003









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Una representación de la tribu


Por Manuel Lozano


ME ARROJO DONDE TUS MUERTES


¿Por qué no saludar a los muertos, a los increíbles decidores desde el silencio? ¿Por qué invocarlos hacia su lugar de retiro (óxido, clavos, monótona larva) para desgajar el vestigio de abrumante invisibilidad?
Para los muertos que llevamos dentro, como soñó Valéry. Para Dabove y Bloy y Gide y Nerval y Llull y Apolonio de Tyana y Macedonio y Silvina Ocampo y Olga Orozco que me amaban en sus jardines nocturnos, con sus rachas de alucinación, lamiéndome zarpas de fuego. "Me arrojo adonde los muertos", me repite (bajo aquella oración profana) un Georges Bataille rehén de su éxtasis.
Supongamos que no dejen de deslumbrar, de deslumbrarme. Supongamos que me abandonen, de nuevo, al primer desierto con un plato vacío. ¡Las apariencias! ¡El hambre arrastrando a sus traidores! ¡Las sombras cegadoras saludando al que ya no soy! ¡Carcajadas en el vacío del patinador!
De nuevo él: "Ahora mi deseo sólo tiene un objeto: lo que hay más allá de esas mil figuras y la noche."

Buenos Aires, principios de enero de 2003

 SE ANUNCIA UNA POSESION


Si miré los pliegues de la sed o escarbé entre burbujas el veneno de mi raza, quiero decir el veneno de las crías que pulsan el estrago pero también el balbuceo de mi inscripción en el mundo, que me custodie la peste. Así es la orden. Así es el vaho de sangre que deberá levantarse de las tumbas y quemar los dulces restos.
¿Entrarás como ladrón en la noche? ¿Serás el padre temido, la madre que vomita el desenlace? Escarcha en la cicatriz del mediodía. La música continúa su ignorado destino de sustancia desencajándose en los panales de la fiebre más pura con que erigir una tormenta.
Estatuas en el lecho de hierro. Frío en la piel del malhechor: estas semillas contienen las respuestas del desierto. Entonces ruedan los dados en la feria, adquieren el esplendor de los débiles. Este vitral sin fondo es mi entrada a la noche. ¿No ves como flotan -exactamente- estas córneas de mi profanación?

TEOFANIA


Con el cansancio de tus siervos, eliges la noche. Nadie edificará su morada en medio de los rastros de esta doncella. ¿Ración de vanidad que añades a las telarañas de esta boca? Hierve, exhorta a las piedras tu indiferencia y las palabras sucias. Con el diminuto tesón de las hormigas, eliges la noche.

TESPIS


La casa apacible quedó sepultada por las ruinas del grito. Has vuelto dividido con la noche que danza en la furia del áspid, que escarnece las bocas de tu melancolía.
Huecos y dientes arrastrados hasta la proa de un gemido. ¡Lloras en esta cena de cenizas! Bajas al muerto, al único, a la inventada criatura con gotas de blanquísimo temblor.

Después toqué el umbral y era de vidrio. ¿Por qué debo mirar tan lejos mi arco iris?

Villa Santa Lucía de Siracusa, enero 2003
*Derechos registrados 









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Tita Merello, aquella Graciela Oscura


En esta noche de capricho y de fandango
no sé con qué me van a hablar a mí de tango (...)
No quiero hacer jamás alarde de mi rango
pero no sé con qué me van a hablar a mí de tango (...)
"A mí no me hablen de tango"

J. M. Contursi-J. J. Paz



Manuel Lozano


Hoy, Buenos Aires, está un poco más solo. La inolvidable Tita, nuestra Bette Davis, nuestra Anna Magnani, nuestra María Félix, acaso nuestra Billie Holiday, pero también nuestra "tigra del corazón" como la vio Leda Valladares que asistió anonadada y ferviente a su encuentro con Victoria Ocampo, partió hacia una región seguramente más intensa .

El torpe periodismo y sus endebles manipuladores obscenos poco memoran el alto alcance creativo de Tita. Siempre las mismas fechas, los previsibles lugares de la muerte y el bajo vuelo, suspenso en la ceguera lucrativa...

A fines de los 60´s, Tita grabó -"dijo", con excepcional irisamiento, endiablada y con filo de cuchillos- un tango escrito por los no menos recordados Ulises Petit de Murat y Astor Piazzolla: "Yo soy Graciela Oscura". Esa curiosa canción, que nunca alcanzó el merecido reconocimiento (como tantísimas cosas en este mezquino país), a pesar de haber sido interpretada magistralmente antes por Egle Martin, en este caso acompañada por Astor para el film "Extraña ternura" (1964)[1], dice:

"Yo soy Graciela Oscura,
al mundo entré descalza
forzando la puerta falsa,
de[2] padres desconocidos.
Yo soy un montón de trapos
acunados[3] por los sapos
que croan en los baldios...
Yo soy...
Yo soy Graciela que crece
entre manos que castigan,
entre voces tan amargas
como las agrias ortigas.
Yo soy Graciela, la chica,
que juega con las hormigas
en las tardes doloridas.
Yo soy...
Yo soy Graciela crecida
con los besos zaguaneros,
con las caricias, tatuajes,
que abren torpes senderos.
Yo soy Graciela, mal nombre
en las calles del recuerdo,
en brazos del primer hombre.
Yo soy...
Yo soy Graciela Oscura,
pero en cuartos enviciados.
Un motín de bocas duras
me dicen nombres prestados.
Yo soy Graciela Oscura...
Yo soy Graciela Oscura...
Oscura...
Graciela..."

Admitamos, por un instante, la representación alegórica del tango como un janus bifrons: sin lugar a dudas, el lado femenino del dios trazaría el rostro de Tita. Una caravana de personajes versátiles y alucinatorios diseñan, mientras tanto, lo que se da en llamar -eufemísticamente- trayectoria artística. Pero debajo de ellos subyace siempre un fuego terso y perseguidor: aquél que sitúa al hombre en la vida que se sueña[4] y se construye permanentemente en un continente de extremadas mutaciones. Crónicas de la dicha, de esplendores y de furia. El éxtasis nos funda en la mirada del mundo, nos refracta en la producción de su mirada del mundo. Ella lo dirá, alguna vez, de esta manera: "(...) Mi mejor personaje es el mío. Una actriz dramática se llora a sí misma cuando interpreta a un personaje teatral."

Por eso, Tita hace refulgir como pocos los soles de la oscuridad desde esos arrabales que, como bien advierte el tango, "hoy reinan en todo el mundo" . Y muestra el abierto, trágico corazón del hombre.

Manuel Lozano
Buenos Aires, a 26/28-XII-2002

________________

[1] Film dirigido por Daniel Tinayre, la banda sonora estuvo a cargo de Lucio Milena, Ulises Petit de Murat y Astor Piazzolla. Algunas de sus canciones pasaron a integrar el álbum "Astor Piazzolla, Egle Martin", de 1969. El mismo año del estreno del film, Tita Merello registró Graciela Oscura con el conjunto del pianista Carlos Figari.
[2] Respeto la licencia poética de Tita Merello: cambia la preposición original "con" (presente en la interpretación de Egle Martin) por la "de", que presupone el viraje de un mero "acompañamiento" de padres ignotos a un ostensible origen desamparado.
[3] En la versión de la Merello, los "trapos" son los acunados. En la de E. Martin, la primera persona del singular.
[4] ¿Acaso no nos lo recuerda Gérard de Nerval al comienzo de su Aurelia: "El sueño es una segunda vida. Jamás pude atravesar sin estremecerme esas puertas de marfil o córneas que nos separan del mundo invisible."?

Enacoré

¿Adónde, pero adónde bailaste la muerte de la incertidumbre con máscaras nevadas? ¿En qué ciudades se alzó el cautiverio de tu viejo linaje? Cómo chirridos de dientes me anunciarías la sed. Debo recobrarme, cerrar las puertas humedecidas por la medianoche. (Glaciares, estacas y el atribulado escondiendo la madeja huyen de estos ojos.) Anhelas la sombra de los pilares cobijando tu pena, llagando ese infierno con gotas de misericordia. Vuelven los chacales, ¿no lo sabes aún? Y acontecen las crías. Y el niño desentierra la cruz de sal confiada al lánguido olvido que no oye. Y me traspasan de espinas en la fiesta. Y muchos son los siervos. Y la respuesta salta de boca en boca. Y el vuelo es un ardor abierto en la herida de todos. Y el agua nocturna alcanza la preciosa sangre manando desde el fin.

Fotografía de Annemarie Heinrich

Manuel Lozano
New York, noviembre de 2001
©* Derechos registrados.
Pernía digital, 8 Enero 2003-Edita y Dirige: Froilán de Lózar









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La transfiguración de Lovecraft


Cuando no sean necesarios los jirones
del blanco esplendor de tu vacío en fuga
-el cercano en la piedad, tal vez el pavoroso-,
ni acariciar la mano ardida de la fiesta
porque aquello ha de cumplirse en esta brisa,
gotas del nombre escarchado bajarían por la piel.

Las telarañas del delirio se clavaron aquí
por tu languidez de espinas, pródigo errante.
La perpetua geometría
lame ahora el muelle donde embriagas
la caída fabulosa de los otros.
Hay una fosa de ausencia en el encuentro.
¿Qué estuche artificial acentuará las demoras,
si señalar el fuego es tu ley,
si cubrirte de escamas tu costumbre?
Oíste el himno:
¿Pero qué acantilado recibe a las mareas?
¿Qué pálido violín con raíces frenéticas
para el nadador de naufragios?
El feto desplegaría su hechizo.
Desertaste del hombre.
Fiebre, moscas y sueños.
Un tibio, dulce olor a crimen
reconoce en mí al desolado.


©Manuel Lozano
París, Octubre/2001
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
@Revista Pernía, nueva época, Noviembre 2015. Edita y Dirige, Froilán de Lózar

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Mansión Artaud | Melquisedec | Sopla el desterrado | Dudante o el jardín 
Jam session | Canta, lastimada mía | Orígenes de Alejandría | Tatuaje en fuga de los cuerpos 
Cuando a la deriva | Tres elementos del mundo | Pálido cerco de la sombra  
Canción de cuna en la superficie de los cuerpos | Juan José Aurreola | De los varios modelos de un frío inicial 
La transfiguración de Lovecraft









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De los varios modelos de un frío inicial


Dice, debe verlos,
los viejos, los pálidos, los míseros...

Hofmannsthal, La muerte de Tiziano

¿Cómo esculpe las mandíbulas de mi
/pequeño tigre
este teatro que ha sabido de la profanación
/y sus crías?
La osamenta cede su lugar al poseído
con duraznos que hieren y se apagan.
Me ocultan quienes me persiguen.
Largas noches, días suicidados,
vuelven a descifrar aquel gesto en la marea
blanca de mis muertes.
¿Cuál es el don entonces?
¡Aguijones, lampreas, lluvias vacías!
Miras desde abajo.
¿Dormiría derritiéndose en telarañas,
sublevándose en cruces de un juicio final
para rozar al ausente
con todo el viento sepultado en la luz?
Esa voz nace del estruendo,
babea entre pequeñas criaturas
perseguidas de la tierra.
La cabeza estalla.
¿Es posible, no es posible?

II
El antepasado vuelve a fecundarte
en lo remoto.

III
¿Yo me animo a perturbar el universo?,dirá Eliot
con el mismo ungüento de ridículo en su corbata.
Yo soy Lázaro, vengo de entre los muertos, dirá Eliot.

IV
El pago de congojas cruza el mausoleo.
Caliente aire sobre un mediodía,
no ha de morir el conmovido.
Aleteos en la sombra de su eternidad:
no, nunca está en el mismo lado.
Se quiebra.
Ya es un puente.

V
Pliegues de Verónica para exaltar un árbol.
Bajo hacia las colmenas y sepulcros.
Lupanar en los ojos del incesante.

VI
Arañas cuando las manos tejían la luz
G. Apollinaire

¿Adónde el encarnado?
¿Adónde la máscara de lluvia de niño del yacente?
¿Adónde el vértigo comido por hormigas?
¿Adónde el harapiento con su esfinge leprosa
siempre a cuestas por la orilla?
¿Adónde la que escancia el filoso perfume?
¿Adónde la taberna para nombrar mi dinastía nocturna,
mi decorado entre mármoles que gimen?
¿Adónde mi jardín de rocas
cuando entras con tu cuchillo y me desatas?
¿Pero debes pasar?
Somos los dioses.


©Manuel Lozano
La Habana, 3-Febrero de 2002
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
@Revista Pernía, nueva época, Noviembre 2015. Edita y Dirige, Froilán de Lózar

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Juan José Aurreola

Manuel Lozano con Juan José Aurreola,
autor de "Confabulario personal".

Vio a la humanidad que buceaba,
que buscaba infatigablemente el arquetipo perdido.
Cada hombre que nacía era un probable salvador;
cada muerto era una fórmula fallida

J.J. A., Confabulario


In memoriam

I
¿El verbo y el hambre son teatro
que desencastra en música hacia nadie?
Alcoholes de un barniz fosforescente,
babas de la placenta, piojos de la razón
decían
nadie es el fuego
nadie es el fuego

La breve edad raspa lo humano.
Ahora tiemblas desnudo con mi nombre.
Éste es el camino que te negó la sombra.
Memorias del corazón, la calle,
el enjambre de testigos invisibles,
gastan su fiebre y su desierto.
¿Por dónde irán las sobras de la herida
para buscar el tatuaje sumergido
en la escarcha de un mágico invierno
entre esas tribus que no te sospechaban?
Los jinetes se suicidaron allí.
Las telarañas mordieron
en el festín de los abatimientos
cada mantel de sangre.

II
¿Cómo se borra el yo en este laberinto
donde los ojos de Jesús ya se han secado?
¿Dónde aquel Juan de los jardines sobrenaturales
nadando en las alturas su velo negro?

III
Los hocicos desentierran plantas calientes.
Marcas de ácido hurgarás en tu mansión,
antiguas coronas del granizo de la trampa.
Le dabas la vida.
Le enumerabas el fracaso, noche a noche,
con ángeles de Migne y de Papini.

IV
Ya llega el ultraje.
Hierve el silencio,
¿boca estrellada contra las apariciones?
¿Quién dirá que no aúlla?

V
Ya llega el ultraje.
Ya llega el ultraje.
Los hierros exploran
inútilmente las vísceras.

VI
Progenie de lobas
no le preocupa el mar cayendo
hasta el vacío de la anunciación
te arrojan a la transparencia
el aire fue hielo ¿fue luz?
el fuego no tiene orillas
donde lamerte

Sequía
donde estallar en frío de almizcle,
me pregunta por los abismos del amor.
La hermosa clava su plumaje en la llanura.
Díselo.
En ese desván suplicaste una jaula.
¿El gesto, su nombre, un delirio de cosméticos?
Hambre sobre el verbo,
sacratísima hambre sobre la carne viva.


©Manuel Lozano
Buenos Aires, Diciembre de 2001
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
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Canción de cuna en la superficie de los cuerpos

Manuel Lozano, con Oscar Barney, 
director de cine y teatro argentino.


¿Has llorado con tu canto de brillante muerte,
si vienes con el licor inasible que manan
/los helechos
para ordenar la escritura del cadáver,
por amor al cadáver y su hundido teatro?
Alrededor de la pocilga, la sanguijuela ignora
los dientes arrastrando espuma de un oráculo
entre muslos entre destierros entre fogatas.
¿Has llorado con el olor de un grito,
si tu cama de malezas esconde el hormiguero
exacto de la locura?
Latidos de un tambor se extinguen
en el lujo pobrecito de estas tumbas.
No hay honras ni aceites en la cosecha.
¡Ay lluvias donde borrarme
el carnaval de mi amor por Nijinsky
!Esa cara advertía en tu fracaso
el fracaso desprendido de la lluvia.
Comiste en el muelle los despojos
de tu maleta de agujereada esfinge.
¿Has llorado el inútil resplandor de las piedras
si, la historia es sangre seca en los baldíos?
Tanta memoria prostituta.
Apoyas el ahogo en otra boca.


©Manuel Lozano
París, 27-X-2001
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
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Pálido cerco de la sombra

Manuel Lozano, entrevistado
para La Gaceta

La vejez mecía mi corazón, como mece
una loca a un niño muerto.
El silencio no me
amaba ya.
Y la lámpara se apagó.

O. W. de Lubicz Milosz


El visionario ha desollado la hendidura
por donde cae el amor, infancia adentro,
y en que aguardo el frío amante
del rumor de un irse de la tierra.
Perdido entre los tuyos,
te devorabas con fiebres
que engarzan y abandonan
el exacto rumor del bosque incendiado.
¿A qué crías, a qué sed, a qué funesta tribu
reclamaste por el oro de la lluvia?
¿Pero por qué se entregan esos hijos
que vienen con la esfinge tatuada de su lepra?
Nunca terminan los viajes bajo el puente,
bajo el puente donde un cuerpo tiembla:
tajo libérimo de la separación.
Hoy has llorado el mundo.
Huye todo presente.
Sin número, la música y el alba
calcinan los huesos de los hombres.
¿Quién acuña el hocico del ronco gemido del yacente?
Ahí tienes la tormenta.
Un ciruja en Bagdag bebe su sopa larvaria.
Pitágoras se sepulta en un sueño
con ataúdes de hierbas sin descanso.
Las viejas matronas alzan cucharas.
Whitman resplandece hasta doler.


©Manuel Lozano
París, tarde de 26 de Diciembre de 1996
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
@Revista Pernía, nueva época, Noviembre 2015. Edita y Dirige, Froilán de Lózar

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Tres elementos del mundo

Lozano, entrevista para
La Gaceta

Nuestros años como la araña meditarán.
Salmos, LXXXIX, 9

Ebrio de la sangre de las piedras,
idolatré a los caídos.
Se derramaron en mi pecho los ojos
de los forasteros que nacen en mitad
del diluvio.
¿Es éste el desperdicio convertido en un ala?
¿Adónde otro amarillo vigía, la cruel envoltura
sumergiéndose hasta el pico del fósil?
La plegaria hilvanaría tu lepra con la sal
hecha furia para el éxodo cautivo.
Ya escuchas el aleteo incesante de la mariposa
sobre el filo negro de la desnudez.
Recuperas el desierto y sus trabajos.
Ya cavas la herida con lóbrego esplendor,
la lames por fin, la incrustas en tu historia.
Entonces, ¿por qué no habrías
de morir bebiendo
en la maraña todo ese oro?


©Manuel Lozano
Victoria, Abadía del Niño Dios, 15-18/VI/2001
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
@Revista Pernía, nueva época, Diciembre 2015. Edita y Dirige, Froilán de Lózar

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Canción de cuna en la superficie de los cuerpos | Juan José Aurreola | De los varios modelos de un frío inicial 
La transfiguración de Lovecraft









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Cuando a la deriva



A Marcel Heinart

Una geometría de silencios
incrusta la inocencia en su delirio.
¿A qué noche me trajiste
revelando el costado de la perduración?
¿A qué inocencia, hijastra o grulla
de mudable leyenda?
Duermen en la frontera -borra de la luz-
con sus coronas rotas.
El sacrilegio es un perfume;
toda fragua, nada más que un error
deshecho entre las mordeduras del crimen.
¿De qué palabras derritirías la inocencia?
¿De qué yo sin el tú que fue nosotros?
Casas desfondadas en el cielo,
pantanos y niños de piel incandescente,
el mismo hambre en la memoria de mis manos,
y después aquella canción
cuando a la deriva rebobino mi infancia hasta la muerte.
¿Acaso no era un rey el que esperabas?


©Manuel Lozano
Liége, Septiembre de 1992
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
@Revista Pernía, nueva época, Noviembre 2015. Edita y Dirige, Froilán de Lózar

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Tatuaje en fuga de los cuerpos

En primer lugar, signos: cuando, en una asamblea, el desnudo se codea con el vestido (y por consiguiente se opone a él), es decir fuera de las orgías...
Pierre Klossowsky
El autor con Mario Benedetti


Habría que ver cómo descrucifican
los cuerpos a la intemperie
en que el amor se pregunta
sobre hierbas todopoderosas,
y el oro carnicero de los ángeles
grita en la ceniza.

El hambre hace ya un recuento de capitulaciones.
Evaporas al traficante exacto
de toda tu vergüenza.
El sudario ofrece llagas
para un dios que está ciego.
¿Cómo pronunciar frente a la piel
su historia de tenues vejaciones a la luz?
¿Por qué no pronunciarme desnudez
en este dilatado país de un ardor tan fulmíneo?
De un zarpazo llegarás a la casa.
¿Cómo debo mirar ahora
la devastación y las puertas?
Tenebroso, imantado o quemante,
el revés de tu sexo muerde piedad
cuando me viertes.


©Manuel Lozano
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
@Revista Pernía, nueva época, Noviembre 2015. Edita y Dirige, Froilán de Lózar

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Orígenes de Alejandría

Lozano proclamado joven
 sobresaliente 1992 en Argentina

La raíz, ascendida en el viento,
vara de leche perturbada entre espinas,
debe aferrarse a su historia.
Abajo cantarían las grullas.
Hazme mansión de lo que callas:
Coróname de ardor por el regreso.

¿Por qué saliste,
madrastra de los espejos estériles?
¿Por qué juntaste los dientes
con la firme devoción del tembloroso?
Abajo cantarían las grullas.
Sangre hundida,
hambre de la tribu.
¿Qué hebras para la exhalación?

Antes de que viertas la herida,
idolatra tu llanto.
Son puertas aislándose
en la sal de mi sombra.
¿Fue tan lejos caer?
Abajo cantarían las grullas.
Mastines dejan oír
el rumor de la ciénaga.

A imagen y semejanza
de quien escarba y roba y me retiene
en la escritura más ciega,
te obstinas en la celebración.
Abajo cantarían las grullas.
¡Desagües y dudas
para el celo incrustado del fuego,
para tu hocico!


©Manuel Lozano
Praga, septiembre de 1999/Buenos Aires, Julio de 2001
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
@Revista Pernía, nueva época, Noviembre 2015. Edita y Dirige, Froilán de Lózar

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Canta, lastimada mía

  Con Mario Vargas LLosa
en la Universidad de Nueva York


Miguel de Cervantes
A Olga Orozco

¿Cómo era tu casa antes de la restauración?
Barro sobre barro
y esa debilísima lluvia que caía en las persianas,
tan esponjosa lluvia en la madera del viento,
cóncava, supliciada de la hoguera anterior al diluvio,
escurriéndose en la amarga envoltura
que la lleva a ser visión de polvo prometido en las cenizas:
caldera del escalofrío al borde de los labios.
Oscila este inmigrante sin poder atravesar siquiera,
sin apartarse del suntuoso pantano.
¿Qué ropaje amedrentado entre la fiebre y la seda,
pero más ajeno en el telar sonoro que devora la coraza del exilio
y en que anudo de una vez por todas mis sudarios?
Es inconsolable este doler,
este doler a grito final de condenado.
Son heladas las máquinas que ciegan,
los hornos que estrangulan.

Los alfileres que irrumpen en tanta desesperación estremecida.
¿Qué escafandra necesito para probarme el castigo?
¿Y qué máscara que no se derrita?
¿Qué vértigo sufrido en este amargo trayecto hacia la noche?
Me incuba el huevo de la alianza, la cáscara lila de un martirio
donde no puedes saber quién fragua las respuestas,
bajo qué hirviente superficie se sospecha el derrumbe
y el brillo en la fisura.
Este no es un muro que separe mis sueños del sueño del planeta,
una cámara increíble para fundir la usura de los huesos,
la fábula caníbal de la historia inocente.
Corría yo por la herrumbre del palacio,
sin darme cuenta apenas de esos alambrados
ocultando a los tréboles.

Líbrame de todo mal,
de los guijarros malditos hasta el borde.
Tú me conjuras de la muerte nauseabunda, de la muerte vibrátil,
de la muerte que pudre.
La última flor de la corona fue robada,
de agobiadora vida husmeando en el residuo de dos manos que han sido,
de las solas que en un lento infinito se abominan.
Han crucificado el cadáver,
el cadáver durmiente,
raptado en ese espejo invulnerable que circunda tu infancia,
por estos arrabales sin dios y sin testigos.
¿De qué inmundo misterio engendraste a tus padres,
adónde las pupilas de inocente basilisco?
¿Son las mismas que escupían la cuna,
que zumbaban de pavor en las orejas del monstruo?

No hay peregrino tenaz ni cruel alabancioso
que limpie mi cara de Van Eyck para la aurora.
Canta, lastimada mía.
De sangre, nada más que de elegida sangre
te hiciste pedigüeña en esta hora de la sed en que me ahogas
no pudiendo levantar a aquél que sufre.
Será como una lámpara en el pequeño alféizar de una casa abandonada.
No me recuerden el crimen.
¿Cómo me diste tanta soledad si estaba lleno?
Las piedras urden lo que graba tu piel en los baldíos.
¿Cómo es entonces el camino?
Estás a punto de trizar el bloque de hielo que te encierra
en viejas, atroces migraciones al silencio
revelando ciudades partidas por un ala.
Canta, lastimada mía.
En la negrura del mar rozo mi cuerpo,
mi fardo de preguntas,
esta fotografía salvada para siempre del naufragio.
Canta, lastimada mía.
La voluptuosa canta de blanco sobre un fondo rojo.
Canta en las cuevas masticando ayeres desde su porvenir milenario.
Canta, lastimada mía.Canta ahora.Y despréndete.

©Manuel Lozano
Marruecos, Fez, Octubre de 1998
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
@Revista Pernía, nueva época, Octubre 2015. Edita y Dirige, Froilán de Lózar

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Jam session

El autor con
Jorge Amado y su esposa 
Zélia Gattai, en Málaga

El resplandor sosiega en este lado.
Esperabas el lugar del resplandor,
no debe ser la palabra,
la lastimada.

©Manuel Lozano
Málaga, (España) 18-II-1993
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
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Dudante o el jardín amurallado


Omnis qui se dubitatem intelligit, verum intelligit, et de hac re quam intelligit certus est.*
Agustín, De vera religione, 39,73

Ensañada entre las cuerdas del abismo,
su boca absorbe lo que dejas.
Dice que han de incendiarse estos trigales
como antiguamente la más turbia arena del fin.
¿Por qué la cara y el robo
de esa memoria entre los tréboles?

La verdad, lujuriosa madrastra, inventa
un desierto oscilante para escalar
la indecible vejez de la criatura.
Padre, lámeme las heridas.
Perro, lámeme las heridas.
Madre, lámeme las heridas.
Ya las manos son agua de sangre
de la noche de quien golpea harapos.
¿Y los ríos donde perder
el amarre de tus cercos de sombra
hacia el festejo de las pesadillas?
Dijiste que despertar era su increíble,
entre tirones y metamorfosis.

Así extraviaste las piedras, los ríos de mármol
como cruces en el cuerpo de tus muertos.
Hubieras reclinado tu abandono
a los dientes del pájaro.
Era fácil caer, aun sin pronunciar tragedia.
Pálido doblez de un salto que se anuncia en la noche
y sale por la alcantarilla.
Reparte sus juguetes en el funeral
de los amordazados al latido.
Invoca temblor y abre el muelle
del filoso en la ausencia.
Aplaudirían los siervos
la voz de aquel desconocido que se borra.
¿A lo lejos los desesperados,
los que sobrevienen en ataúdes concéntricos?
Son incompletos los trozos,
las bocas, el plañido, tus trofeos.
¡Qué testigos espían desde puertas lejanas,
esos astrólogos de ojos vaciados,
esparcidos entre el futuro de mis crías!
Me leían en el rayo.
Ellos bailaban.
¡Cuánto fin y comienzo
del hambre hasta la saciedad del baldío!
Risas como el suicidio de una marioneta.
Padre, perro, madre,
escalofrío de tu especie, sólo adentro,
¿por qué subes a la caliente mansión
con la leche perdida de una loba?
Apenas ardió leíste en su rostro:
"Crucificado en la palabra."

*Todo aquel que sabe que duda, comprende la verdad y está seguro de lo que comprende.


©Manuel Lozano
Victoria, Abadía del Niño Dios, 15-18/VI/2001
* Prohibida la reproducción sin autorización previa del autor. Derechos reservados.
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Sopla el desterrado


Palabras tendidas a la tarde de un corazón que se
enfría.
La música te desnuda, sacral y victorioso.
Has visto el resplandor entre las cruces.


©Manuel Lozano
Victoria, Abadía del Niño Dios, 15-18/VI/2001
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Melquisedec

En la imagen,
Manuel Lozano con Wole

Salmo, 109

Horas en que la lluvia sana
la herida inextinguible.
Ellos te engendran,
libándome como rocío diverso
entre sombras que vuelven al jardín,
que sueñan jardín antes de irse.
La redención cuida sus vientos de orfandad
y todavía escuchas el rumor
escondido de la tierra.

Quédate, luciente.
¿Y cuántas veces supimos restañar
el ojo en la tormenta
hasta exhumar las jerarquías,
los ritos, los linajes perplejos?

El cardo se desmembra
aun sin verlo.
Prestidigitador.
Sucede siempre en la aurora.


©Manuel Lozano
Victoria, Abadía del Niño Dios, 15-18/VI/2001
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