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Sociedad socializada, deslavazada

Los trabajadores del hospital Insular de Gran Canaria denuncian que dos ancianos llevan seis meses residiendo en una sala de la unidad de urgencias, esperando que sus familias puedan hacerse cargo de ellos. Lo publica el periódico “Canarias siete”, que dice que están alojados en una sala destinada a pacientes psiquiátricos, sala que consta de doce camas y que debe estar cerrada con llave por seguridad de los enfermos psiquiátricos y de los demás usuarios del hospital.


Una responsable del Cabildo de Gran Canaria ha manifestado que “uno de los usuarios tiene familia, pero a lo mejor no puede atenderle, las realidades sociales son muy complejas”. Desde que el mundo es mundo hemos luchado por alargar la vida, por mejorar nuestras circunstancias y ahora que vamos consiguiendo algo hemos convertido la vejez en un problema, precisamente cuando más luchamos todos por alargar de nuestra vida. Somos pura contradicción.

Hablamos mucho de servicios sociales, hablamos mucho de ayudar a los más débiles e indefensos, pero cuando vas llegando a adulto te das cuenta de que en nuestra avanzada y ultramoderna sociedad las personas de determinada edad no pintan nada. O son personas activas, social, laboral, económicamente o no pintan nada. Los ancianos deben hacer frente a sus años, a sus dolores y males, a sus problemas personales o familiares y a su soledad. Y lamentablemente nos dirigimos a una sociedad de viejos, puesto que la natalidad va como va y nadie le quiere poner remedio. Tan de viejos que o reaccionamos o no podrá mantenerse en pie mucho tiempo.

Cualquier traza de solidaridad ha de pasar por reconocerlos y valorarlos, tal vez simplemente tener en cuenta su presencia. La próxima petición del  grupo municipal del PSOE de nuestro ayuntamiento de Palencia de crear un registro de personas que viven solas es un avance en ese paso, con demasiada frecuencia soledad y ancianidad van unidas. Las instituciones deben tomar las riendas de aquellas situaciones que antes corrían a cargo de la familia tradicional, una familia que al modernizarse ha perdido la cohesión y la fortaleza que tuvo un tiempo. Lo llamamos sociedad avanzada pero sería más justo hablar de sociedad deslavazada.

Me pregunto, parafraseando a Mafalda, si realmente avanzamos hacia adelante, si al perder unos valores e incorporar otros no nos olvidamos demasiado deprisa de aquellos que nos trasmitió la generación inmediatamente anterior. Porque estamos hablando de ayer, solamente de la sociedad de ayer. Soy consciente de los muchos valores positivos que ha incorporado nuestra sociedad en las últimas décadas, no los niego, pero les pongo un pero.

Recuerdo aún a las personas mayores de cuando yo era un niño hablando de “mantener las posturas y la compostura”, “compostura” es una de esas palabras que han desaparecido o están a punto de hacerlo. Y hablaban de cómo sentarse, a la mesa o en el autobús, qué más da, para no ser zafio, maleducado y molesto. Por ejemplo, no había que abandonarse en el asiento, dejarse caer y mantener las rodillas separadas. Porque eso era feo, si me permiten ustedes simplificar.

Leo ahora que en el metro o en el autobús de Madrid quieren poner unos cartelitos para que los señores, insisto: “los señores”, no se sienten, ustedes me sabrán perdonar, despatarraos. Y aquello que siempre había sido cuestión de educación y respeto social, aquello de lo que se encargaba la familia lo encaja el ayuntamiento en una campaña política contra el machismo  -qué narices tendrá qué ver- y le colocan una etiqueta en inglés para llamarlo manspreading.

Insisto, pareciéndome la iniciativa del  PSOE de Palencia absolutamente correcta y puede que imprescindible, no sé si la sociedad avanza hacia adelante cuando las instituciones tienen que hacerse cargo de lo que las familias no quieren o no pueden, sea la educación o sea el cuidado de nuestros ancianos. Por cierto, ¿las familias no pueden o no quieren? No acabo de saber qué me parece peor.

Y ya, señores, hasta otro rato. Si ustedes quieren más guerra, en tuiter me tienen a su disposición.







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Hay que parar este turismo

Leo en elpais.com, con la firma de Paco Nadal, una lista de lugares enemigos del turismo. Otra más. Y lo entiendo. Digo, listas de lugares muy turísticos enemigos del turismo. Contradicción. No sé si debo decir que es una contradicción aparente o lógica. O ambas cosas. Lo que tengo claro es que de alguna forma hay que parar esta invasión humana que destruye al hombre.


Las ciudades son grandes, demasiado grandes. Algunas ciudades. Barcelona. Madrid. Y además son invadidas por millones de turistas que llenan calles, plazas y parques. Son ya conocidas las reacciones de ciertos sectores de la población contra este disparate que impide llevar una vida lógica y sensata. ¿Para qué necesita más turistas Barcelona? ¿Para qué necesita crecer más? ¿Para qué necesita Venecia más turistas? En ese crecimiento ¿en qué salen beneficiados sus ciudadanos? ¿No es suficiente ya con lo que hay? ¿No hay suficiente riqueza (sí, mal repartida), suficientes habitantes, suficiente aglomeración, suficiente contaminación, suficiente desarrollo como para repartirlos, lo bueno y lo malo, con otros lugares? ¿No convendría un desarrollo más lógico, más cauto, más compartido, más humano para nuestra sociedad?

Me encuentro en las antípodas ideológicas de Ada Colau, es lo opuesto a una infinidad de cosas sensatas que he ido aprendiendo en la vida, pero tiene mucha razón cuando quiere poner freno a esta barbarie, controlar el número infinito de hoteles, frenar la avalancha de turistas que todas las mañanas desembarcan en las Ramblas. Una ciudad así no es humana. Concentrar en determinados puntos de la geografía esas inmensas riadas de personas que llegan, consumen imágenes para su colección de recuerdos, y desaparecen después de haber ensuciado, estorbado y molestado es la degradación del sentido común. Igualmente concentrar en determinados puntos de España el crecimiento económico, el desarrollismo industrial, las inversiones en infraestructuras es condenar a la extinción a las dos Españas, tanto a la industrial, desarrollada, contaminada y habitada España periférica (si exceptuamos a Madrid, mesetaria e interior) y a la España olvidada, rural, deshabitada, mortecina, pastoril, desindustrializada, envejecida, abandonada, agrícola, reseca y decadente.

Observe el lector que los adjetivos dedicados a esta última España son más numerosos. En ella vivo y en ella soy feliz. La conozco bien porque es mi día a día. A esta España no le importaría compartir algo de población y turismo e inversiones con Barcelona, Madrid o Torremolinos. Conste que yo no cambaría mi pequeña capital por una mayor. Pero hay infinidad de posibilidades, de huecos que rellenar o de lugares a punto de desaparecer en una España que está muriendo por inanición mientras otra España está a punto de morir por exceso de riqueza, grandeza e inversiones. Si, insisto, mal repartidas entre sus habitantes.

Comprendo que los ayuntamientos quieran poner coto a este dislate. Las ciudades surgieron en Mesopotamia para vivir. Y son invivibles. Ser más grande, tener más millones de habitantes o más miles de habitaciones turísticas es tener miles de problemas más. No es mejor el más grande sino el que vive mejor. Lamentablemente en muchas ciudades grandes se vive peor.

Por razones que se me escapan España ha elegido un turismo de alpargata que en poco nos beneficia. Parece que en su momento alguien pensó que millones de mineros galeses borrachos o millones de obreros alemanes drogados y tratados como ganado eran mejor solución económica que unos pocos millones de adinerados dispuestos a pagar lo que se les pidiera si les ofreciera selección. Pero España es país de botellón, no de selección.






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Kiko Rivera en Guardo

La primera novia que tuve fue de Guardo, bueno, de al lado de Guardo pero como si fuese de Guardo. Aprovecho para contárselo ahora que mi esposa, 35 años juntos nos guardan, ha salido a comprar un helao. ¡35 años! Quiero decir que aquello era la prehistoria, al menos mi prehistoria. También por eso se lo cuento, ha llovido ya demasiado.

Guardo siempre me cayó bien, excepto cuando llegaba su equipo de fútbol a Venta de Baños y nos ganaban. Entonces me parecían todos unos… pero eso era lo raro, lo excepcional y mi aprecio por las buenas gentes que nos cuidan las puertas de la montaña ha ido siempre en ligero pero constante aumento. Hasta el otro día.

El otro día, la semana pasada, leí en algún sitio de internet, llámelo feisbuk, llámelo tuiter o como diablos les parezca oportuno, que las buenas gentes de Guardo se habían rebelado contra un concierto de Kiko Rivera. O sea, el Paquirrín de toda la vida. Que lo iban a incluir como parte del programa de fiestas. O era solo una iniciativa privada, ni lo sé ni me importa. Lo importante es que los guardenses han dicho que no, se han subido a la torre de la iglesia y han llamado a rebato, y reuniéndose labriegos y menestrales, licenciados y empleados, chachas y militares libres de servicio han dicho basta, “Este a Guardo no entra”

Y entonces, ese aprecio que había ido en ligero y constante ascenso sufrió un subidón de padre y muy señor mío. Que estoy enamorao de Guardo, coño. Así, de repente, casi como de aquella novieta de hace cuarenta años. Un subidón, Julio, un subidón. Que de las bases de la sociedad, de gentes de la calle, los mismos que te encuentras en un paseo por el barrio Barruelo o por el parque del río, surja un movimiento que cuestione la basura con que todos los días las televisiones infectan nuestro cerebro es algo que me llena el alma. Que nos levantemos contra esta cultura de la necedad es lo que necesita un pueblo, un país, una nación.

Porque hasta ahora lo natural, lo habitual al menos, ha sido dejarnos llevar por esa confusión social de valores que pone a la misma altura a Belén Esteban y a, pongamos, Miguel Delibes… con el inconveniente de que la Belenita sale más en la tele y el pobre Don Miguel… Era lo natural hasta que llegaron los guardenses a ponerlo todo patas p’arriba, ha sido lo natural que a Kiko Rivera lo adore una parte de la sociedad y la otra guarde silencio. Quizás el drama de la sociedad es que muchos guardan silencio. Bueno, en Guardo ya no lo guardan.

Desconozco, es que me importa bien poco, cómo ha acabado o cómo va a acabar la cosa. Ni siquiera me importa que el concierto sea barato, caro, privado o público. Me basta que un movimiento espontáneo haya cuestionado las bases de la enajenación mental que es la cultura actual. Claro que llamar cultura a la actual es como llamar concierto a lo de Kiko Rivera. Astracanada sería un nombre mucho más propio aunque sea lamentablemente lo que la sociedad actual acostumbra a ofrecernos.

Joer, qué distinta sería nuestra España si tomásemos ejemplo de las buenas gentes de Guardo, si las buenas gentes de Guardo, ya que están en ello, se pusieran también a liderar un movimiento de resistencia contra… esperen que voy a hacer una lista…. A ver…. No, no, lo dejo, no sigo, he empezado a pensar y me han salido cincuenta y tres cosas contra las que… Así que mejor lo dejo, no hay espacio radiofónico para tanto.

Hala, señores, les dejo, que me voy a leer cinco enciclopedias a ver si consigo comprender por qué diversos ayuntamientos se disponen a conmemorar – al menos eso dicen los recados de prensa- el chopecientos aniversario del emperador Carlos I, ese que llamamos el V, pero que fue el I, el que destruyó Castilla, nuestros pueblos y nuestras gentes, apoderándose de nuestra historia, cambiando nuestro futuro (que es nuestro triste presente) y se apoderó de un reino que era el nuestro. No faltará quien más allá de conmemorarlo lo celebre como si el tío hubiese sido un héroe. ¡La madre que lo parió! Que sí que era de verdad nuestra reina.

Adiós, señores, un abrazo a Guardo y en tuiter me tienen a su disposición.


 




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Bob Dylan se hace el sueco

Estoy consternado, señores; si en su momento ya me había dejado anonadado que le dieran el premio nobel de la paz a Obama sin haber hecho más que asomarse a la presidencia de su país, que ahora le hayan dado el de Literatura a… a…. a este… bueno, a “ese” señor me deja desmayado, desalentado, destruido...


Aunque les confieso que aún hay esperanza, el interesado no ha sido localizado después de varios días de llamadas incesantes de la academia sueca. El chiste es demasiado fácil pero no me resisto: Que se está haciendo el sueco, vaya, y no se da por enterado. O el interesante, para mí que se está haciendo el interesante y está echado encima de la cama, en calzoncillos, con un palillo entre los dientes, sonriendo maliciosamente y diciendo “llamad, llamad, malditos”. Así que todavía hay esperanza de que se lo retiren y se lo den a un… escritor. Perdonen que insista: a un escritor. Bastaría que el jurado se diese una vuelta por una biblioteca pública, se pusiera frente a cualquier estantería y se lo jugase a las tabas, seguro que acertaría.

El premio nobel de Literatura tenía varias honestas tradiciones que debían ser respetadas: dárselo a un autor angloparlante y bien conectado con la industria editorial; dárselo a un desconocido autor japonés o egipcio al que no entendían ni en su país… y de vez en cuando dárselo a un escritor, en España tenemos varios ejemplos. Dar el premio nobel a este individuo es ponerlo a la altura de Camilo José Cela, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez. Y desde luego lo ponía, solo teóricamente, por encima de Don Miguel Delibes. Dígame usté, señor mío, que el premio nobel de Literatura de este año escribía mejor que Delibes. Ya, ya sé que a alguno les sonará mucho eso de que “la respuesta, amigo mío, está escrita en el viento”…, pero también les suena Juan Ramón Jiménez y “Platero y yo”. ¿Acaso son textos equiparables? Soy de la triste opinión de que los académicos suecos han quedado al nivel del bueno de Platero, pero al nivel de un platero mohíno, apagado, sin vitalidad y sin las bondades del animal al que cantó el autor onubense. Al nivel burro… de carga.

Yo me temo que estos señores no han hecho sus deberes, que el invierno sueco les congela las neuronas y, claro, patinan, no se realizan de manera adecuada las conexiones y pasa esto. A ver, ¿por qué motivo le dan un premio a este pájaro y no se lo dan a Joaquín Sabina? ¿O a Serrat? También son del grupo de los protestones e inconformistas y con frecuencia tocan las guirnaldas inguinales al poder, como el premiado. ¿Era acaso ese el mérito escondido? Aunque ya puestos a ponerse exigentes, mi favorito habría sido Paquirrín. ¿Qué tienen otros que no tenga el chiguito de la Pantoja? Que se lo den, por favor, que se lo den.

Luego me riñen ustedes porque soy pesimista, a ver si esto no es una demostración de que Occidente, la cultura occidental, tiene los pies de barro. Eso o está vendida al salvaje capitalismo editorial. Hala, escojan. Al paso que van las cosas el año que viene algún premio nobel de cualquier cosa le dan a Donald Trump. Aunque sea el de la chulería.

Adiós, señores, no perdamos la esperanza de que el año que viene el premio Princesa de Asturias de las Artes se lo den a Belén Esteban.






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135 años de Diario Palentino

Diario Palentino acaba de cumplir 135 años, 135 años que son de todos porque son parte de nosotros, un retrato continuo de los palentinos (y de las palentinas, como diría el cursi) y de nuestra evolución, de nuestros muchos sinsabores y de algunas alegrías, generalmente más escasas. Asomarse a las páginas de nuestro periódico es pasearse diariamente por nuestra geografía, por sus inquietudes y sus vicisitudes.



Tengo el honor de haber puesto mi humildísimo granito de arena en su sección de opinión durante veinte de esos años, viendo cada vez que me acercaba a la redacción cuánto esfuerzo ponen a diario sus profesionales para sacar adelante una de las instituciones locales y provinciales con más solera y más querida por los ciudadanos. Es inevitable hacer llegar mi felicitación por el cumpleaños a todos los amigos que allí dejé.

Con su trabajo, en ese retrato continuo de Palencia que decía al inicio, uno contempla la belleza de nuestra provincia, de norte a sur, y el esfuerzo cotidiano por salir delante de los ciudadanos, que a veces tiene más de ejercicio de supervivencia que de vivencia. Cuando llegan estas épocas del año a mí me entran unas ganas enormes de alabar las bellezas de los pueblos del norte, de esa recóndita montaña palentina, tal vez porque para meseta ya tuve bastante en mi infancia y juventud. Durante un instante siento ansias de mudarme a Brañosera, a La Pernía, a Valdivia…

Pero se me pasan enseguida, vivir allí es para súper héroes hechos de una madera especial, con unas dificultades especialmente grandes, para héroes, ya digo. La nuestra es una provincia de llegar, ver y escapar. Es bellísima, pero las distancias, las carreteras, los servicios, los hospitales, supermercados, tiendas, todo eso que llamamos calidad de vida, quedan muy lejos. Estamos configurando nuestra provincia en el vacío, así que enseguida se me pasan esas ganas y simplemente me las aguanto hasta la siguiente escapada. Eso, estamos haciendo una provincia de escapada, de “tente mientras cobro”, de oración del funcionario: “Señor, que aguante sin romperse hasta el próximo turno”.

Y eso que la actividad parece frenética a pesar de que la primavera es solo un solemne recuerdo y un etéreo deseo y las heladas ya han empezado a dejarnos su hosco saludo matutino. En las páginas de Diario Palentino uno no deja de encontrarse con maratones, jazz, encuentros de vehículos clásicos, celebraciones, inversiones… la vida, en definitiva, que sale a nuestro paso cada día.

Y sin embargo Palencia se muere, como todo el interior de España. No, amigos oyentes, no voy a volver a machacar sus estimados oídos con esta cantinela de la despoblación ya repetida otras veces, aunque sigue siendo dolorosamente verdad. Hoy, sin embargo, quiero resaltar el reverso de esta moneda, cómo otros, mucho más ricos que nosotros, más prósperos, más habitados, más industrializados, con futuro, con vida, reclaman del Estado más dinero, más inversiones, más actuaciones, más implicaciones, más compromisos. Los más ricos, quieren más, lloran más y encima nos insultan, nos amenazan y nos desprecian… y con la colaboración de políticos, suyos y nuestros, a los que no voy a calificar porque quiero salir de casa tranquilamente, lo van a conseguir.

Todo lo que se les ha dado hasta ahora no es suficiente, todo lo que se les ha dado hasta ahora ha impulsado su crecimiento e impedido el nuestro, todo lo que se les ha dado hasta ahora ha asegurado su progreso y limitado el nuestro. A pesar de lo cual hay entre nosotros mismos partidos políticos empeñados en que los pobres no somos justos con los ricos, en que los siervos no somos solidarios con los amos, en que los que han tenido que emigrar, castellanos como nosotros, por ejemplo, imponen su cultura por la fuerza. Como las neuronas se me están alborotando lo dejo ahí, señores, ustedes verán.

135 años representan muchos miles de fotografías, informaciones, análisis de Palencia hechos cotidianamente, es una minuciosa descripción de nuestros avatares a caballo de dos siglos, un retrato detallado de nuestra evolución. Enhorabuena a ese enorme equipo de profesionales que día a día nos lleva a casa todo cuanto sucede del Peñalabra al Cerrato.






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Las Edades del Hombre en Aguilar de Campoo

Reconozco que soy de natural pesimista. Que a la hora de mirar el vaso casi siempre lo suelo ver medio vacío. Ya saben, a lo peor solo soy un optimista bien informado. Así que aunque les confieso que no tenemos remedio ni solución y que el cielo está a punto de derrumbarse sobre nuestras cabezas también les confieso que de vez en cuando una lucecita se enciende en el horizonte y nos sirve de estímulo optimista. Es el caso, acaba de ocurrir.



Naturalmente me refiero a Aguilar de Campoo y su designación como sede de las Edades del hombre para dentro de dos años. Como les he dicho más de una vez Palencia es lo mejor que podía ocurrirme en la vida, pero Aguilar es también lo mejor que podía ocurrirle a Palencia. Confieso mi enamoramiento por el norte de nuestra provincia y mi deseo de cometer bigamia si me fuera posible y desposarme con Cervera y con Aguilar al mismo tiempo.

La crónica diaria de la provincia de Palencia es, casi, la crónica de un vacío humano y económico fuera de la capital. Por eso, amigo Julio César, admiro tanto tu labor en este programa, siempre retratando lo mejor que entre nosotros ocurre, ensalzando las labores de esa galaxia de pueblecitos imposibles extendidos por toda la geografía provincial. Pero en contradicción con ese vacío hay que resaltar la importancia de algunos núcleos capitales en la mitad norte, que sustentan la población, la actividad económica y cultural. Cervera y Aguilar, no, no solo ellos, son la prueba palpable de que la vida es posible fuera de la capital.

Que ahora hayamos tenido la suerte de que Aguilar haya sido designada para este importante acontecimiento es algo que hay que aprovechar. Ya, sí, es cierto, no solo es suerte, lo sé, lo sé. Detrás de esa suerte está el trabajo de las autoridades locales y provinciales (y ustedes son testigos de que no acostumbro a ceder al comentario tontamente laudatorio) y la existencia de un pasado rico y glorioso del que afortunadamente hemos sabido conservar suficientes testimonios en piedra y arte. Aquellos fuimos nosotros, los de los capiteles instructivos, los de las espadañas imposibles, los de las arquivoltas sabias, los de la fe y oración hechas piedra e historia. (Aquí mi pecho pediría incluir un comentario pesimista respecto al futuro de quienes tenemos tan brillante pasado, pero hoy me lo voy a callar, ustedes perdonen).

Y ese brillante pasado, esa infinidad de joyas deslavazadas, desperdigadas allá y acullá, aisladas en medio del vacío montañés, deben formar parte de nuestras “Edades”. No me refiero solo a que estén presentes físicamente en la exposición, tal imagen, tal cuadro, tal retablo. Esta es una ocasión única para encadenar, casi físicamente, los eslabones de tanta belleza. Los arcos torales, los frescos románicos o góticos, los canecillos, los pantocrátores, no se pueden trasladar a Aguilar. Ni tampoco la carretera de los pantanos, ni Piedrasluengas ni el Valle Escondido. Ni Fuente Cobre ni el Espigüete. Habrá entonces que trasladar a los visitantes. Habrá que encadenarlos a nuestras bellezas naturales o artísticas, habrá que someterlos a la dictablanda de nuestras riquezas históricas, habrá que enlazarlos a nuestras tradiciones montañesas. ¿Enlazar? Permítanme digitalizar esta idea: hay crear “links” con los visitantes, “links” que los encaminen a otros atractivos, sean geográficos, gastronómicos o culturales, y ustedes perdonen el barbarismo.

La ocasión es única, pasará mucho tiempo antes de que la belleza palentina vuelva a tener otro escaparate semejante. Somos como una hermosa chavalita universitaria que tiene mucho que enseñar por arriba y por abajo, y llámenme ustedes machista u otra cosa peor, no va a ninguna parte. Hay que crear las infraestructuras, inventar ocasiones si hiciera falta, magnificar ofertas, pero hay que aprovechar que miles de cámaras, miles de ojos, miles de opiniones van a pasar por Aguilar de Campoo. No pueden quedarse solo allí; todo el norte, con su arte, sus montañas, sus valles y sus ríos, debe estar presente y tirar de los visitantes hacia tanta hermosura palentina, que si hasta ahora ha sido casi siempre recóndita, debe pasar a exhibirse desvergonzada e impúdicamente: algo así como Olvido Hormigos, pero honesta y culta.

Palencia es una emoción, Palencia es un museo abierto y tiene muchas bellezas y mucho arte que enseñar. Es la hora de acabar con el recato y la discreción, hay que quitarse los siete velos y mostrar al mundo que la montaña palentina, toda la montaña palentina, es una tierra de ensueño que conocer, en la que vivir y en la que invertir. La ocasión es única, pero también Palencia lo es, y no podemos desperdiciarla. No podemos desperdiciarlas, quiero decir.

Imagen: Curiosón
capitel en Santa Cecilia, de Aguilar de Campóo.






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Tierra sin futuro

Miren, yo tengo muy claro que Palencia es lo mejor que me ha podido suceder. Sé desde hace tiempo que todo aquello que nuestros políticos nos han negado, desarrollo, nivel de vida, reconocimiento institucional, influencia, nos lo ha compensado Dios con generosidad. Y meto a Dios en esto con ganas, porque sí, porque me gusta llevar la contraria a la sociedad bienpensante y ser políticamente incorrecto.



Y nos lo ha compensado con tierras y paisajes de ensueño, que en manos más acertadas y capacitadas arrastrarían multitud de beneficios, pero nos gobiernan (y se les oponen) gentes incapaces o que tienen las manos atadas, me da igual. El caso es que pocas cosas hay más embriagadoras en Castilla que ver un amanecer de primavera desde un otero del Cerrato, comprobando como con el paso de los minutos la niebla se va disipando y en el fondo del valle aparece, difuminado al principio, brillante al final, uno de tantos pueblos dulces e hipnotizadores pero de los que el futuro ha salido huyendo hace varias décadas. Contemplar cómo las sombras van desapareciendo y cómo la torre de la parroquia aparece diáfana sobre el caserío al mismo tiempo que la voz del último niño llama a su madre y ver los tractores salir a las tierras, es sentirse en contacto con la naturaleza y gozar de sus mimos maternales y de su protección segura. El sur de la provincia es un homenaje a la historia, a la naturaleza, a nuestros antepasados, al esfuerzo, a la vida, a nosotros mismos.

Pero dejando atrás Ampudia y sus recatadas calles, o Cevico o Baltanás, la ciclópea Tierra de Campos, ese pelado horizonte infinito donde los godos aposentaron sus reales, sigue siendo una experiencia catedralicia, una existencia de sillares y adobes, de vientos gélidos o asfixiantes, hecha solo para superhombres. Y para supermujeres, lo digo para que no se me cabree el tonto de todas las semanas. Atravesar Tierra de Campos es duro, una experiencia casi mística, comparable a los grandes éxodos por los desiertos de los pueblos epopéyicos. La recompensa está en la mirada sin fin, la ausencia de límites y, pronto, en el dibujo aterciopelado que lenta y enternecedoramente va apareciendo en el límite norte. La montaña palentina exhibe su imponente estructura desde bien lejos y es un referente ético, moral y estético para el viajero. En medio, las tierras frescas y feraces de Boedo, Valdavia y Ojeda, que entretienen al viajero con arroyos y bosquecillos que juegan al escondite o al corre que te pillo con arquivoltas, canecillos y capiteles románicos.

Y detrás está Cervera, recientemente titulado El pueblo más bonito, en una montaña palentina llena de pueblos y ciudades bonitos, de ríos y arroyos seductores, de valles y montañas con ese encanto especial que solo conservan quienes saben ser bellos sin petulancia. Solo la belleza en humildad sabe conquistar, solo la belleza con discreción sabe enamorar, a lo demás llámenlo sexo de pago.

Les confieso que me gustaría ser bígamo, que estoy casado con quien conmigo va desde hace más de treinta años pero que me gustaría casarme con La Pernía, con Campoo, con Valdivia. Les confieso que mantengo un romance eterno con Cervera desde que paseé bajos sus soportales hospitalarios e impasibles cuando la más pura infancia. Cervera es un regalo, otro como Aguilar, que Cantabria hizo a Palencia, quizá porque, no lo olviden, Cantabria fue Castilla y puerto de Castilla hasta que alguien prefirió que fuese cabeza de ratón.

Palencia es una tierra de hermosura con título oficial, de belleza con premio organizado, de galanura con pancarta, como esa que acaban de otorgar a Cervera, pero que ha tenido la desgracia de caer en tierra olvidada, de caer en manos torpes, de caer en gentes sin poder ni influencia, de caer en ninguna parte. A Palencia, lo mejor que me ha podido pasar en esta vida, le habría ido mejor de haber caído en Cataluña o en Baviera, o en… Nos sobra historia, nos sobra belleza, nos sobra elegancia, pero nos falta industria, nos faltan proyectos, nos falta gente, nos falta poder, nos falta decisión. Futuro.

Por tuiter me tienen, señores, aún algo deprimido y malhumorado, en tuiter sigo a su disposición. @pedrodehoyos se despide hasta la semana que viene, si seguimos aquí.







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Exposición de Victorio Macho en Roma

Saluti da Roma, amigos lectores. Hoy tengo la fortuna de contarles que acabo de visitar la exposición de Victorio Macho en la piazza Navona y he salido profundamente decepcionado.


Quisiera ponerles en el contexto adecuado: Tanto Roma como la piazza Navona son dos grandes referentes culturales de nuestra civilización. Si yo quisiera tener un espacio cultural en Roma esta plaza sería sin duda el lugar escogido, o al menos tendría grandes posibilidades. Presentar al público cualquier oferta cultural al lado de este antiguo estadio de Domiciano es casi una garantía de éxito. Tener a muy pocos metros la colosal fuente de Bernini que representa los cuatro ríos del mundo es casi asegurar el éxito. Tener un espacio cultural junto al que pasan miles de turistas cada día es casi tener el éxito en la mano. Y sí, sé que he repetido tres veces en la misma frase las palabras "casi" y "éxito". Y evidentemente lo he hecho voluntariamente.

Piazza Navona estaba repleta, llena de turistas que habían ido exclusivamente a ver la plaza y las fuentes, y ya puestos a ello también a tomar el sol y a comer y pasar el día por los alrededores. Pero nadie entraba a ver la exposición de Victorio Macho. Nadie. No, bueno, es posible que haya habido algún visitante más entre el feliz grupo inaugurador y mis dos visitas. Alguno habrá habido.

El caso es que ante la monumentalidad de la plaza Navona la sala de exposiciones que allí tiene el instituto Cervantes pasa absolutamente desapercibida. Permítanme que lo repita otra vez por si acaso no ha quedado claro: absolutamente desapercibida. Seguro que ni uno solo de los turistas, miles de ellos, que abarrotaban la plaza a esa hora había visto que ahí había una sala de exposiciones del Instituto Cervantes. Promoción de Palencia o de Victorio Macho fallida.


Al llegar a la plaza pregunté a unos carabinieri que amablemente me indicaron dónde había una librería española y que podría ser por allí, según creían, donde podría estar lo que yo buscaba. Y efectivamente, al lado de esa librería, escondida entre las terrazas repletas de sonrosados turistas, estaba la sala Dalí del Instituto Cervantes. Desapercibida, insisto. Casi sin ninguna señal exterior que indicara a cierta distancia a qué se dedicaba ese espacio. Es una sala pequeña, con una entrada discreta y una escasísima presencia en tan enorme plaza. Hay que estar muy cerca e ir muy pendiente de ello para saber que aquello es lo que es. Doy por descontado que habrá normas urbanísticas que impidan, déjenme decir una barbaridad, poner un cartel de neón para atraer a los turistas, claro, claro. Pero recuerdo a los oyentes que para encontrar este lugar el paseante tiene que dejar a su espalda piazza Navona... que es a lo que se va.

Y la exposición... Pues qué les voy a decir yo... Que si uno ha dejado atrás a Bernini no entra a ver a Victorio Macho. Lo siento, lo siento, caigan sobre mí las sietes plagas de Egipto. Pero oponer la sobriedad castellana de Macho a la exuberancia de formas del barroco italiano es perder el tiempo. Oponer la sencillez de una pequeña reproducción de Cristo del Otero a la monumentalidad de la fuente de los cuatro ríos es equivocarse, oponer el dinamismo de Bernini al hieratismo de Victorio Macho es equivocarse. Y en la equivocación incluyo también las otras dos pequeñas esculturas y los cuatro o cinco dibujos o bocetos presentes en la exposición. En la miniexposición. Bueno, lo siento, derrota por goleada. Como español, como palentino, me sentí mal, muy mal.


Pero si el contenido me defraudó, el continente también. El local es demasiado pequeño; en la planta baja tiene dos salas, pequeñas, donde se exhiben los trabajos de nuestro escultor. En esas dos salas las pocas obras que han quedado tras el robo parecen estar flotando, sobra espacio; aunque hubieran estado también las obras robadas tengo la impresión de que la sensación de pobreza, de escasez, dominaría al visitante.

En la sala inferior, con nueve sillas, vacías, claro, se pasaba, la primera de las veces que he ido, un documental sobre la vida del artista palentino. Yo lo dejé y me subí al sol, a la luz, a la vida. Al dinamismo, a la fuerza y al dramatismo de Bernini. Y no, no creo ser demasiado negativo, ni demasiado pesimista ni demasiado.... "anti". No estoy pronunciándome contra nadie, contra ningún partido, contra ninguna institución. En fin, que con el permiso de todos les dejo, que me están esperando unos spaguetti alle vongole para chuparse los dedos.








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Santa María es una emoción

El largo verano se ha perdido bruscamente detrás de la primera esquina de noviembre y el cielo se oscurece con rabia. Una cortina de grises sombríos amenazan desde el cielo con dejarse caer furibundos sobre el pueblo. La iglesia de Santa María quiere competir con los cerros y se pone de puntillas para atrapar las nubes y obligarlas a admirar su cimborrio. Así, aunque parecían tener prisa, los nubarrones se arremolinan espectantes y nerviosos junto a la corona del campanario, como atletas esperando el disparo de salida.



Sopla Otoño con fuerza y enrabieta las ramas de cedros y pinos del parque, se agitan las chimeneas y exhalan ventoleras que se enredan en el aire de los paseantes. Las gentes caminan más deprisa que otras veces, se saludan casi sin detenerse y las puertas de bares y comercios se mantienen abiertas apenas un instante. El ambiente ha cambiado en solo unas horas y está dominado por chaquetas y abrigos, botas y bufandas, prisas y adioses. Nadie quiere dejarse atrapar por un súbito frío que todos temían y esperaban. Nidos de cigüeña aterrados se preguntan si podrán resistir hasta la primavera mientras Otoño moroso muestra su irritación por no haber llegado a tiempo y quiere adueñarse de sembrados y baldíos, de calles y plazas.

Al fondo de la calle está la escuela. El patio, que hace dos horas estaba lleno de feroces guerreros, curtidos futbolistas o estrellas de la danza y de la canción, está ahora ocioso y apagado. Vacío el patio se aburre y si pudiera se mordería las uñas, desea que las horas pasen más deprisa y volver a sentir voces y carreras. Justo en ese momento sopla una ráfaga más violenta y los chopos se quejan con lágrimas verdes.

El cimborrio se conoce la historia mil veces repetida y se preocupa, sus sillares llevan cientos de años guardando el pueblo desde arriba y saben que va a pasar. El cielo se desploma y apresurados torrentes llenan calles y jardines, al final la lluvia siempre coincide con la salida de los niños. El Carrión, que lleva siglos besando a Santa María, comenta que para qué tanta furia, que serenidad y paciencia lo pueden todo. Si hay tiempo por delante.

El largo verano se ha perdido cuando noviembre doblaba la primera esquina y las nubes lo dominan todo. El cimborrio asiste hierático al temporal sabiendo que éste tampoco podrá con él, es piedra, es Castilla, es perenne.

 




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San Martín de Frómista, sitiado

He contemplado con absoluta desolación el desastre que alguien ha autorizado en San Martín de Frómista, monumento nacional desde 1894 y Bien de Interés cultural desde 1982, una joya que embebe a miles de visitantes al año al pie del Camino de Santiago, un monumento tan importante que es imposible saber la cantidad de dinero que ha empleado la Administración en su embellecimiento y mantenimiento. Desde que en 1895 Manuel Álvarez puso manos a la obra de restauración, tan polémica, ¿cuánto ha invertido el Estado en conservar y valorar tan preciosa joya románica?



Y sin embargo hoy le está creciendo un adosado a tan preciada reliquia, tan encima, tan encima que parece que va a devorarlo. Antes frente al monumento había un solar, un patio tapiado que daba aire a la joya románica, que permitía su contemplación como un edificio exento; ahora se está levantando una nueva vivienda y donde estaba ese patio se está edificando, cercando San Martín, tapiándolo, sitiándolo.

La construcción de un edificio tan próximo suena a burla a nuestro patrimono y desde luego es un insulto al esmero con que las autoridades han tratado en otro tiempo este preciadísimo monumento castellano. A San Martín le están tapando la fachada principal con un edificio contemporáneo que ofende y minusvalora una pieza emblemática del arte románico. Las obras de arte, usted sabe, lector, necesitan “aire”, espacio suficiente para ser observado a distancia. A San Martín de Frómista se lo niegan, le han metido casi encima una vivienda que entorpece y afea la contemplación.


Me pregunto si tanta necesidad de espacio hay en la inmensidad de Tierra de Campos, si los horizontes no están suficientemente lejanos, si nuestra ¿civilizada? Administración autonómica no ha podido encontrar mejor manera de compaginar derechos de unos y otros; me pregunto si no quedaban alternativas para facilitar la construcción y mantener límpido San Martín; me pregunto dónde quedan el entendimiento y la sensibilidad artística de quien autorizó enterrar San Martín entre edificios.

Tapian San Martín, cuya elegancia exenta tantas veces hemos contemplado tantos, y ya que estamos en tiempos de crisis déjenme acabar con un argumento económico: ¿qué hacemos ahora con esos millones que durante más de cien años hemos gastado en ponerlo en valor? ¿Para qué?






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Covalagua es una emoción

A mi derecha el páramo está desnudo, solitario, yermo. Solo rocas desgastadas por siglos de agua lo adoquinan desigualmente. Tropeles de nubes lo envuelven y lo protegen, envolviéndolo en serenidad. A mi izquierda, cubierta de densa vegetación, la ladera se precipita velozmente en busca ansiosa del valle. Orondas gotas de agua caen plácidamente, cada una es mensajera de la tormenta que se anuncia en el otro lado del horizonte.


Cuando la montaña lo permite sopla el aire con virulencia, revolviendo robles y quejigos que se lamentan con rumor de angustia al ser zarandeados. La carretera asciende inclemente, sin tener en cuenta los kilómetros que llevan mis piernas ni que la noche amenaza con caer prematuramente. Estrecho el paso, me calo el sombrero y me aprieto el abrigo. Aprieto también la mano que me acompaña, la que lleva treinta años acompañándome.

Allá en lo alto, después de varias curvas, está Covalagua y lo llena todo de olor a fresco, a bosque y a Naturaleza nueva. Se esconde el agua entre piedras, presurosa cantando penas camino de las profundidades, rocas y árboles se estiran y alzan el cuello para verla perderse detrás de los recovecos. Cuántas veces he soñado con quedarme allí una mañana en silencio, renunciando solo un instante de mi vida al mundanal alboroto, oyendo el susurro de tejos y rebollos. Simplemente viendo al agua correr, jugando a perseguir los regatos que llevan allá abajo, al infantil río Ivia.

Envuelto en nubes y silencio, Covalagua es una exhibición de la naturaleza contra la angustia, una pausa contra el vértigo, una proclama en piedra y agua contra el artificio de la humanidad. A solas con la naturaleza el hombre se siente pobre y cobarde, desconfiado de pisar y molestar a la madre Tierra, de respirar y perturbar a los dioses de bosques y fuentes, de sentirse fuera de sitio, en nido ajeno. Miro los ojos que me miran y del bosque surge un trueno que rotula el momento. Volvemos despacio. Las protestas del viento entre orgullosas hayas y humildes brezos responden monocordemente a la laica letanía que marcan nuestros pasos por el camino de vuelta.

Detrás de nosotros se cierra la tarde con grises y negros. Se supone que volvemos a casa, a una civilización encastillada en plástico, acero y neón. Si queremos llamarlo civilización.






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Soy crítico con España

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Soy crítico con España. Muy crítico. Hay cosas que no me gustan y me parecen impropias de un país evolucionado, justo y moderno. La crisis, por ejemplo. Las tarjetas negras, ésas que imbécilmente nos hemos empeñado en llamar “black” de políticos de derechas, izquierdas y centrocuentistas. Las cuentas en Suiza, los eres falsos, el sindicalista asturiano, el tesorero del PP… ¿Y qué me dicen de esos absurdos protocolos para médicos y enfermeros del ébola que les permite irse de vacaciones sin control ninguno? ¿No hay motivos para quejarse de España? ¿O de los políticos españoles?
Y sin embargo tenemos motivos sobrados para estar orgullosos de España… ¡Cómo resistimos la crisis, cómo la pagamos parados, funcionarios y pensionistas! Somos el primer país en generosidad como hemos demostrado con los trasplantes de órganos, trayendo a casa a nuestros misioneros enfermos de ébola o a montañeros y espeleólogos perdidos por el mundo.


Pedro de Hoyos
Escritor y Comunicador castellano, seguidor de Curiosón

Pedro en "Periodista Digital"
Pedro en "Diario Siglo XXI"

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Primavera en La Ojeda

Nubes como cantos grises, oscuros y negros, cubren los cielos. Llueve intensa primavera y la Ojeda no ofrece refugio ante el olor exuberante a lilas en floración. La Ojeda, que es la mejor publicidad de la primavera palentina, empieza suave y sugerente, quizá temerosa del paseante, para terminar brava y orgullosa a las puertas de Cervera en una sinfonía de maneras y colores que muestra la hombría de una tierra difícil de domeñar.

Dulce y ondulada un kilómetro atrás, la carretera se ha ido trasformando en ardor de curvas, subidas y bajadas que encabritan el ánimo. Desde valles y colinas la montaña palentina, madre coraje de nuestra tierra, ofrece un espectáculo a veces luminoso, a veces oscuro, todavía salpicado de nieves, que cierra un escenario de verdes y ocres vivificado por riachuelos a punto de rebosar. Por ellos la savia corre atropellada, alocada, en busca de una salida hacia la meseta.

Llueve primavera y bosquecillos batidos por la tormenta se agitan nerviosos ofreciéndose generosamente a los vientos. De pronto la breve tormenta cesa, ha sido un suspiro, y vuelve la euforia de la quietud. La Ojeda es calma hecha para el hombre, es tiempo detenido en el tiempo y paz revestida de silencio. Cuando los árboles y el viento terminan su diálogo fanfarrón y pendenciero vuelven los pájaros a sus pláticas barrocas que si bien parecen un soliloquio sinsentido a ellos vale para entenderse y negociar sus vidas.

Pero estábamos en las lilas. Desde cualquier altillo se ven lilas enluciendo los campos. La primavera es La Ojeda y la Ojeda en primavera es olor a lilas. Delante de sillares de muchos siglos o junto a rústicas casas de adobe las lilas son semáforo que llama a detenerse y contemplar, a sentir la vida con complacencia y relajación, a esperar y dejar que caiga el sol, ahora que asoma, gastando abusivamente la tarde en llenarse los ojos de verde brillante y de ocre esperanzador.

Es la Ojeda, que termina bravucona y arrogante a las puertas de la montaña. Nubes como cantos grises, oscuros y negros cubren los cielos; en Cervera de nuevo llueve primavera intensa pero los soportales ofrecen cobijo a quien sabe recrearse entre sus vetustas piedras. La vida se desenvuelve a ritmo de ocio y fiesta, que Cervera es Castilla y hoy es el día de la propia fiesta.






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El beso se hace conjuro


  • Enero soliviantado se cubre de nubes de malos propósitos. Se agolpan a empellones, echando a las demás para hacerse sitio, disputando cada metro de horizonte por llegar las primeras. Desde arriba Palencia parece pequeña e indefensa, un borroso espacio de luz a medio camino entre Cerrato y Tierra de Campos. Por la noche la vida se refugia en casa buscando fuerzas para el día siguiente.





El parque se ilumina a la cadencia del semáforo de la calle. Abandonados a su resignación algunos juegos gimnásticos yacen en el centro, esperando que al día siguiente algún anciano desocupado mate una porción de la mañana dando vueltas a una manivela o simulando un esquiador de fondo sobre unos balancines. Amparándolos y envolviéndolos abetos y pinos los defienden de las inclemencias de enero. Nubes malcontentas que no auguran nada bueno ayudan cegando la luna.

De momento la paz no cede y sólo sopla un leve airecillo que arrastra hojas y acuna las ramas más débiles y alejadas. Para los que prefieren la tormenta a la helada el momento es ideal para pasear y ventilar propósitos e intenciones, consintiendo a la cabeza vagar al lento ritmo de los acontecimientos nocturnos. La hora es dulce y una ventana abierta muestra al parque murmullos familiares, explicaciones en torno a la mesa y una caricia fugaz.

Las nubes se dan codazos y se animan mutuamente, ninguna quiere ser la primera pero al final la más joven se alborota y deja salir un relumbre que ilumina un santiamén el parque. Enseguida otras la copian y se establece un diálogo de truenos perezosos y graves que en ronca tormenta de ideas debaten cómo pasar la noche. Un rayo centellea y le responde un trueno de voz imponente; al otro lado una nube obesa no se calla y reclama con voz chillona, coros grotescos subrayan por lo bajo la disputa sustituyéndose unos a otros, imponiéndose, empujándose todos para hacerse sitio en la noche. Huele a lluvia, se siente venir, y eso que el Carrión, que suele ser chaval reposado, corre como adolescente henchido. Una pareja, que cruzaba queriéndose, aprieta el paso a pesar de que no tiene prisa. De pronto ella se para, pide más y él se lo da en la boca.

El beso se hace conjuro y tanto alboroto se deshace en nada. Sólo los abetos, algo nerviosos, tardan en calmarse y se agitan como si algo les preocupase, ellos que han resistido mil arrebatos del cielo cada invierno se remueven todavía algún tiempo. Pero vuelve la tranquilidad al parque, marcada por la intermitencia del semáforo. Abandonados a su resignación algunos juegos gimnásticos esperan al anciano del día siguiente. Bajo la intensa luna blanca pinos y abetos los acompañan hasta el amanecer.







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Tijeras de hielo

Caen tijeras de hielo sobre la meseta y las calles se vacían. A lo lejos una ventana titila y de ella sale una débil luz que disputa inútilmente contra la niebla. Henchida y satisfecha, la niebla colma todos los espacios de la ciudad queriendo apropiarse de ella.


Se abraza a las pilastras de los soportales y quiere ser parte de los edificios y monumentos. Quiere ser la Catedral y la torre calada de San Miguel. Quiere ser Palencia y quiere ser piedra y ser Historia.

En los Jardinillos se entretiene entre rincones y penumbras; deambula, disfrutando y gozando la noche entre la naturaleza postiza y las murallas de San Pablo;  se acerca a la estación y quiere ser tren y quiere ser viaje; contradictoria y humana, quiere irse y quedarse, ser noche y hacerse alba. Humedad helada, penetra bajo la piel de Palencia y deja su semilla de hielo para el día siguiente. Si es que amanece.

Si es que amanece quiere sentir la plaza de abastos en el momento en que se descorre el primer candado y la despensa de Palencia se llena antes de que la noche se rompa, quiere empaparse de Palencia y ser una más, mezclarse con menestrales y empresarios, operarios y vendedores, y aprender el lenguaje de la noche y el discurso del esfuerzo y maldecir con ellos el frío de diciembre. Ennoblecida busca la salida y asciende.

Arriba, entre los fanales de calles o plazas, pretende disimular y parece hacerse más liviana y trasparente. Junto a ellos se disfraza de oro y reflejos para no molestar y parece casi que no existiera. Abajo, en la calle, definitivamente embaucadora, confunde los ojos de un solitario que trasnocha a la búsqueda del sueño perdido y le despista para que pierda su rumbo. Se aposta en las esquinas que llevan hasta el río y reclama al forastero con  mirada vanidosa y sensual. Le enseña Puentecillas y le pasea por el Puente Mayor. Quiere ser Palencia y quiere ser agua que baja por Castilla.






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Tajo de agua en Castilla

Sobre el tajo de agua que hiende la meseta y divide la tierra queda todavía el surco que trazó la última barcaza. Se acaba el día y la bonanza se refleja en el agua, se prolonga hasta la agonía de la tarde y se pierde detrás de la recta interminable, donde el horizonte marca la caída del sol. Apenas ha tocado tierras de Cerrato y ya se aleja hacia Valladolid; con Tierra de Campos a sus espaldas el canal de Castilla navega camino del desenlace que como en los grandes libros sólo se desvelará al final.

Huérfano ya de viajes de trigo, con las esperanzas finalmente amarradas a las esclusas clausuradas y sin voces que lo despidan, el sueño de los ilustrados se dirige devorando pausadamente la tarde hacia la puesta del sol. Soledad se llama su camino y lo envuelve en una neblina de sosiego y calma que fluye con provocativa lentitud, nada parece cambiar en él pero nunca se detiene. Es la vida, es el canal, es Castilla. 

Enhiestos álamos enmarcan sus orillas, señalan al cielo elevándose ingrávidos y subrayan con motas doradas y ocres que el verano se va a acabar. De vez en cuando un alboroto vocinglero señala una despedida y un batir de alas inicia el adiós. Alguna pluma desprendida cae mecida en el vacío.

La luz apagada del final del día, blanco y dorado lo enmarcan todo, reverbera sobre ondas blandas y revuelve el reflejo en el agua. Todo se funde en el horizonte, allá donde el canal va a desaparecer, donde el sol busca ya su sueño terminado su camino, más breve cada tarde, más cansado y más otoñal. Pero no quiere despedirse el sol de tierras de Villamuriel y se amodorra en los árboles con llama débil y sosegada, queriendo prolongar la luz y alargar la vida. Las nubes, buscando en la compañía amparo de la noche, se amontonan en blancos y grises sosegándose a la espera del amanecer.

El agua, que a mis pies es serena, delicada y trasparente, se vuelve de acero cien metros más allá pero mantiene siempre la mansedumbre a que está acostumbrada. Remolonea y quisiera entretenerse contando al viento lo que lleva ya visto pero el canal es como Castilla, mansedad eterna y callado estoicismo, y jamás ha cuestionado a sus creadores cuál es su destino ni por qué sigue aquí. Ni una pregunta, ni una queja. Sólo silencio y eternidad.






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España premia a quienes la ofenden

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Pertenezco a esta Castilla que parió a España y está siendo deshecha por ella, amo a Castilla y por ella me siento español, aunque siempre rabiando cada vez que España premia a quienes la ofenden, la menosprecian o se intentan alejar de ella; pertenezco a una Castilla que está desaparecida en una España desagradecida y miserable con su madre, a una España que está dispuesta a negociar lo que sea con los separatistas, dándoles, una vez más, repetida, insistente, machaconamente, aquello que exigen aunque signifique negar y relegar a la inexistencia a su propia madre, su alma castellana.

Por cierto, ceder a las presiones nacionalistas se ha hecho desde el año 75. Con los geniales resultados que estamos comprobando. Si esto ha sucedido repetidamente desde hace cuarenta años… ¿quién nos dice que no va a volver a pasar con las nuevas cesiones que se preparan?

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Pedro de Hoyos
Escritor y Comunicador castellano, seguidor de Curiosón



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Repoblar España desde Brañosera

Para nuestra desgracia nadie hará caso de este desgarrador lamento y el interior de España será ese desierto que ya vislumbramos.


Abrumados como estamos por la crisis económica de nunca acabar no nos damos cuenta de que otras crisis, igual de peligrosas pero más enmascaradas, nos van a comer por los pies. Los graves problemas de natalidad y repoblación son en realidad dos caras de la misma moneda, la llamamos progreso y modernidad.


Por algún motivo nos hemos creído que progreso y bienestar significan urbanismo y carencia de hijos. Y hemos pensado que sin tener hijos y viviendo amontonados en una megalópolis seremos más felices. Esta absurda situación la pusieron de relieve algunos alcaldes de la ruta de los foramontanos –qué momentos más felices he vivido en Ruente- que se reunieron el lunes pasado en Brañosera para celebrar la carta puebla otorgada por el conde Munio Núñez a los primeros pobladores de la montaña palentina.

Mientras pueblos y campos son abandonados por las autoridades, las ciudades se hacen cada año más inhumanas e inhabitables. Trasporte, ruido, encarecimiento y contaminación, además de despersonalización y hacinamiento, son el precio que estamos pagando por soportar la vida en condiciones imposibles.

Al mismo tiempo el abandonado mundo rural pierde calidad de vida, con el encarecimiento o desaparición de los servicios públicos. Cierran escuelas, consultorios y farmacias rurales y desaparecen otros servicios y comercios que por debajo de un determinado número de clientes son imposibles de mantener.

Hay sin embargo un tipo de ciudad hecha a medida del ser humano, de dimensiones medias, con distancias tolerables, con precios aceptables, con una elevadísima calidad de vida. Y sin embargo, centrados en otros problemas más urgentes pero no menos graves, estamos dando de lado a esta ciudad racional y humana. Los alcaldes de norte de Palencia y los de las zonas limítrofes de Cantabria hicieron en voz alta la muy sensata petición de una ley que facilite vivir e instalarse en los pueblos. Llamativamenete el presidente de la Diputación de Palencia pidió que se legisle para todos los ciudadanos, no sólo para los vecinos de las ciudades.

Para nuestra desgracia nadie hará caso de este desgarrador lamento y el interior de España será ese desierto que ya vislumbramos, nadie parece querer poner remedio, a lo peor es que no sabemos escoger a quienes nos gobiernan, en cuyo caso la culpa es de quienes se conforman.






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Valdivia es una emoción


Corre el domingo sereno y sopla entre riscos buscando reposo de primavera. Una nube observa desde lo alto cómo la montaña se viste de silencio y paz, sólo la retorcida carretera nos trae de vez en cuando noticia de que el mundo existe, bullicioso y arrogante.

En Revilla de Pomar Palencia se pone de puntillas para alcanzar el rabioso azul del cielo. El viajero se siente en contacto con la madre Tierra, pisando suelos milenarios, hollados por el hombre desde que es hombre. Desde antes de ser hombre. Canto Hito es un dedo acusador que señala en las alturas al Responsable de la belleza de riscos y valles que ciervos altaneros cruzan burlando el olfato del zorro. Viejas piedras agrietadas guardan entre prados el recuerdo de ovejas que aquí pastaban por miles; agotada la trashumancia, todavía sobre la áspera pradera herida por siglos de erosión permanecen en pie los casetos de los pastores, homenaje a ras de suelo a una vida engullida por la modernidad.

Sopla el viento y baña de solemnidad Covalagua.  Al visitante Covalagua le parece vientre del que nace la belleza, cuna donde se mece la montaña para derramarse sobre el valle. El río Ivia, infantil y discreto, busca salida a sus tímidas aguas, bañando entre saltos plantas de aulaga que colorean la mañana de luz intensa. Más arriba, Valcabado es mirada lujuriosa a la naturaleza, lugar que escogería el diablo si lo conociera para tentar a Jesús: “Todo esto te daré si, postrándote, me adoraras”.  Viento y sol y naturaleza lo llenan todo de silencio.

Durante la mañana el sol cansa de luz a Espigüete y Curavacas, torres del homenaje desde donde Castilla vigila el azul cantábrico, mojones que señalan en el horizonte el final de Palencia. Entre ellos y yo se pierde el verde primaveral salpicado de motas de tejados rojos. Por la tarde desde el promontorio se ve al sol acostarse entre ambos, testigos eternos de tierra eterna, almenadas murallas de los páramos. Sombras y matices de variada densidad han ido marcando el paso de las horas y en el atardecer difuminan sus aristas y los revisten de solemnidad.

La temperatura baja deprisa y el viajero hunde la cabeza entre los hombros y emprende la huida. Valdivia queda atrás y en ella espera la emoción de la verdad de la tierra y la naturaleza. Una nube observa desde lo alto cómo la montaña se viste de silencio y paz, sólo la retorcida carretera nos trae de vez en cuando noticia de que el mundo existe, bullicioso y arrogante.






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Cervera de Pisuerga


Cervera es dama madura y noble, orgullosa de sentirse admirada. Pasear por ella es pasear protegido por el señorío de sus soportales y degustar el aire puro y límpido. Cervera huele a monte, a río y a bosque, es ciudad y naturaleza, tradición y futuro.

Pierdo con deleite las horas ante el puente que lleva la carretera hacia Potes y el mar. Observo desde allí el discurrir del Pisuerga camino de la planicie mesetaria y comprendo que su rumor es un lamento afónico por la pérdida de las altas montañas, una despedida del paisaje quebrado para ir en busca del Duero en la tierra horizontal.

Más allá del puente, pasado Vañes, se esconden los pueblos encantados de la Pernía. Todavía vaga libremente por ella el oso, que la montaña palentina guarda severo respeto por la convivencia entre entorno salvaje y siglo XXI. Y si ya no hiela como en otros tiempos la vida sigue siendo dura en San Salvador, en los Redondos, en Lebanza.

Éstos son pueblos de bosque y piedra, nieve y fuego, envueltos en verdor y frescor, pueblos que acogen historias de amores y guerras de Reconquista y férreos monumentos religiosos que mezclan con pasmosa naturalidad románico, barroco, neoclásico y rococó. No puedo evitar que repiquetee en mi mente la áspera castellanidad de los nombres de estos lugares: Tremaya, Casavegas, Camasobres, Cantamuda, con su altiva y desafiante espadaña, Los Llazos… Nombres que traen memoria de luchas, de fronteras y repoblación medievales. Y Fuentecobre, surgimiento del Pisuerga, nacimiento casi de Palencia.

Subo hasta Piedrasluengas. Desde el mirador inmensos hayedos parecen alfombrarlo todo. Frente a mí, bajando por Valdeprado, tengo la Castilla de gestas marineras; a mi espalda, Castilla de campos de batalla; mar azul del cielo y mar de verde cereal en primavera. Nubes coronan el pétreo Peñalabra pregonando un peligro del que prefiero huir.

Vuelvo sobre mis pasos y regreso a Cervera. Sus casas de piedra, sus blasones y su iglesia me hablan de un pueblo con cimientos arraigados en los años, pero al mismo tiempo nuevos barrios, parques y edificios públicos anuncian una villa que no se detiene a admirarse en vano, sino que trabaja con firmeza y decisión. Late Cervera y el pico Almonga, cíclope protector, no se pierde detalle contemplando el ir y venir de sus gentes a los distintos anhelos de cada día.

Cervera es dama madura y noble, orgullosa de sentirse admirada, que huele a monte, río y bosque.






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NUESTRO PERIÓDICO

Montaña palentina: Belleza y Arte

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