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La cascada de Gujuli


Con los primeros albores del día, el tren AVE sale escrupulosamente puntual de Atocha. Aquí y allá asientos vacíos y los ocupados parecen estarlo por robots inclinados sobre sus tabletas o sus móviles de alta gama. “¡Cómo ha cambiado el tren en este país!” piensa Nerea que viaja sola. “¡Qué inhóspitos y obsoletos han quedado los del pasado!”
Sueña con esos sábados que en régimen de compañerismo su padre la llevaba a la cascada de Gujuli. Impresionada la veía precipitarse al vacío sobre las rocas atravesadas que, afiladas como cuchillos, forman la vertical. ¡Qué coctelera de sensaciones le producía el rugir del agua en contraste con la finura de los destellos irisados al caer!

Le gustaba verla desde la distancia, su propia cordura le indicaba lo peligrosa que podía ser si se acercaba. Disfrutaba tumbándose en los montones de hojas caídas que se le quedaban prendidas en el pelo y en la ropa y al sacudirlas volaban como mariposas de colores. Olía a naturaleza, a campo y a oveja, porque las ovejas son parte inseparable del lugar.

El placer de vivir en calma por aquellos prados bajo un cielo azul solo era alterado por  una conmoción estrepitosa. El tren de las seis como un monstruo mecánico cubierto de hollín, serpenteaba con su traqueteo y sus silbidos que se  propagaban por los  alrededores. La estolidez de las ovejas al verlo contrastaba con su alegría al mover la mano para saludar, siempre con la esperanza de que alguien la respondiera y cuando se cumplía: ¡qué saltos daba de alegría!

No siente ingratitud hacia la modernidad, siente la pérdida de ese mundo mágico que se le  fue con aquellos trenes llenos de historias de amor y despedidas.

El AVE ha llegado a su destino, se mueve inquieta en su asiento y un sudor frío le recorre la espalda. Una vez más los sentimientos dolorosos irrumpen sin su consentimiento. El fondo del abismo se acerca. Su padre la espera y sabe que no lo reconocerá. El balón rodaba y quería cogerlo antes de que cayera por el precipicio. Cuando las manos de él lograron rescatarla asiéndola por los pies, el daño cerebral y el terror al vacío ya habían hecho mella en ella. Las fobias que sufre por la prosopagnosia adquirida, son consecuencias de esa tragedia.

Imagen: Curiosón
 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" @MPMoreno2017

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La guerra de las bacterias

"En el día de hoy, nuestro ejército cautivo y desarmado..." La batalla ha sido una confrontación sin igual, hemos luchado cuerpo a cuerpo, al final hemos sido vencidos y el pequeño ejército familiar ha quedado destrozado. 


Cuando nos llegó la primera avanzadilla, la obligamos a retirarse con cajas destempladas, aquí no tenía cabida y la derrotamos con contundencia. Entre los virus se extendió la alarma. Nos habíamos atrevido a ridiculizar a sus hermanos y la respuesta no se hizo esperar: todos los virus del mundo se aliaron para demostrar que quien ríe el último ríe mejor. Empezó la venganza. Negociaron con las bacterias el prepararlas el terreno y una vez que lo tuvieran,  para ellas sería coser y cantar. Parece que algún virus se quedó dentro de nuestra casa en estado latente y cuando llegó el gran cuerpo de batalla, —causante de la “onda epidémica” que asola la ciudad— le abrió la puerta a traición, como en Troya. Se nos coló un ejército formado por millones de elementos camuflados para que nuestro cuerpo no los conociera,  todos muy bien equipados y perfectamente organizados en sus tres mutaciones más agresivas: la de tipo mixto, A y B.  La invasión se produjo por el flanco más débil —la pequeña de la familia—. Nos demostraron que son grandes estrategas y saben golpear al adversario allá donde más le duele. Nos dejaron muy tocados, pero no hundidos.

En el fragor de la batalla, un nuevo traidor inesperado hizo coalición con el enemigo: el tiempo. En Vitoria,  cuando nos creíamos envueltos en un cálido invierno, cayeron las temperaturas en picado y amanecimos cubiertos con una capa de nieve de entre 5 y 15 centímetros. Los virus se quedaron al calor del hogar y siguieron engordando a nuestra costa. Como en la Invencible, aquí también, el tiempo jugaba en campo contrario.

Aprovechándose de la situación de debilidad en la que nos encontrábamos, llegó el ejército bacteriano. Nos arrasó. Las bacterias entraron a tropel y empezaron a celebrar su orgía. Astutas ellas, conocen las armas de destrucción masiva con las que contamos: los antibióticos, y nos hacen cuchufletas.

 
De la sección de la autora en "Curiosón":"Retazos de vida" ©M P Moreno 2017

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Leyendas, lamias y pastores

La laguna de Lamioxin se encuentra en Álava, en las Estribaciones del Gorbea. El porqué del nombre de esta laguna está muy claro: cuenta la leyenda que aquí habitan las lamias, seres femeninos de extraordinaria belleza y pies de pato. Lo que más les gusta es peinarse su larga melena con un peine de oro a la orilla de los manantiales, ríos o lagos en los que habitan. Con su canto han seducido a algunos hombres y se los han llevado sin que se haya sabido más de ellos. Una lamia convirtió a un zagal de nombre Urjauzi en la cascada de Gujuli porque en un descuido le había robado su espejo mágico. ¿Fue como yo os lo cuento?


Urjauzi y Otsoa eran pastores de la zona del Gorbea y grandes amigos desde la infancia. Un día Urjauzi andaba con su rebaño por las campas de Gujuli cuando oyó un dulcísimo canto, una maravillosa melodía que lo hipnotizaba. Se sintió tan atraído que se olvidó del ganado. Se fue adentrando por un tupido bosque de robles, hayas y tejos. Rezumaban humedad las hojas caídas y las ramas enmarañadas que pisaba. Era lo que rompía el silencio junto con otros sonidos imperceptibles que hacían pensar en que los ojos del bosque lo seguían. Los troncos de los robles centenarios tenían rasgos de monstruos como en los cuentos,  el olor a tierra húmeda lo inundaba todo y  el bosque lo envolvía con su magia y su misterio, pero Urjauzi no era consciente de ello.

Al acabar una pronunciada bajada, separó unas ramas y pudo contemplar la quietud de las aguas de la laguna de Lamioxin de la que procedía el canto que lo encandilaba. Sentada en un tronco cubierto de musgo, con los pies en el agua, una bellísima joven se peinaba su larga melena rubia con un peine de oro mirándose en un espejo. Urjauzi no podía separar los ojos de ella. Ella levantó la vista y al descubrirlo, se zambulló. Él se fue acercando muy despacio hasta la orilla. Quería verla otra vez. El espejo del agua le ocultaba sus profundidades devolviéndole solo las tonalidades otoñales del bosque.
Esperó.
Por fin, salió cantando con tanto divertimento que el joven no pudo menos que sonreír y acabaron riendo los dos. Desde entonces siempre lo esperaba, se hicieron amigos y ella le regaló un anillo.
Urjauzi ya no era el mismo, se había enamorado y vivía feliz. “Me voy a casar con la joven que vive en el bosque, la más maravillosa de este lugar”.
Otsoa cavilaba.
Un día se acercó a la laguna sigilosamente y le sobrecogió lo que  vio entre las ramas. Al sumergirse la joven en la laguna, sus pies quedaron al aire un instante y  eran garras palmeadas. ¡Era una Lamia! Urjauzi no podía creerlo, quería verlo con sus propios ojos. Cuando se lo dijo a ella,  se encontró con una dura y fría mirada que lo taladraba. Furioso se arrancó el anillo y lo tiró al agua. Quedó tan desconsolado que enfermó durante algún tiempo. Tiempo en que perdió a los dos.

El crudo invierno trajo ataques de los lobos a los rebaños. Urjauzi en solitario les plantó cara, pero… lágrimas de impotencia resbalaban por sus mejillas al ver a sus mastines agonizando desgarrados. Levantó la vista lanzando un grito desesperado. Entre el ramaje cubierto de nieve unos ojos lo estaban mirando. ¡Eran los ojos de Otsoa! Corrió hacia allí llamándolo. Solo vio un lobo atrasado que trotaba hacia la manada que ya alcanzaba la sierra del Gorbea.

El destino de su amigo le movió a buscar una solución. Abrió los cerrojos del baúl de sus dolorosos recuerdos y le vino a la mente el espejo mágico de ella. Concedía todo lo que se le pedía mirándolo de frente.  Se lo robaría y podría hacer que su amigo volviera a ser el de antes.

Muchos días se acercó a la laguna hasta que la suerte lo acompañó. Allí estaba la coqueta lamia. Quedó embelesado mirándola y casi se olvida de su cometido. Fue el descuido de ella al sumergirse para no ser vista, lo que le hizo reaccionar. Se acercó, cogió el espejo y se alejó rápidamente del lugar.

Sentado bajo un haya al lado del río Oiardo, con el espejo en las manos, no sabía cómo utilizarlo. Por más que lo miraba y le contaba lo de su amigo, no obtenía ningún resultado. Allí lo descubrió la lamia que buscaba su espejo mágico.

— ¿Cómo te llamas? —le habló desde la distancia.

El chico miró al espejo pensando que era el que hablaba. “Urjauzi”, le contestó. Y en ese instante se convirtió en la imponente cascada que domina el pueblo.

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Urjauzi = cascada
Otsoa = lobo

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" @MPMoreno2017

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Lita Cabellut

La lluvia cae sin cesar desde hace días en la ciudad de Barcelona y los pies descalzos de Lita se hunden en el lodo. El humo de las chimeneas que calientan los hogares se mezcla con la llovizna haciendo más negra la triste vida de la pequeña. La gente va y viene malhumorada bajo el paraguas sin fijarse en sus pequeñas manos amoratadas por el frío que extendidas han de seguir mendigando por las Ramblas y en el mercado de la Boquería. Es un ser invisible para los que pasan, alguien que pertenece al mundo de los olvidados. Niebla sucia y húmeda que le hace toser y se le incrusta en el alma. 


Niebla que envuelve la mirada de la abuela con un corazón de hielo, la codicia le corroe y desconfiada le arranca hasta el último céntimo. ¡Ay el día que regrese sin el jornal completo!
Y no es fácil conseguirlo, nunca ha sido fácil la vida de Lita desde que su madre, prostituta, la abandonó al nacer, para dejarla con una abuela que la utiliza como moneda de cambio. No conoce el calor de un abrazo, nunca le han dado un beso ni ha sentido el más leve roce de una mano comprensiva, no sabe de palabras como “te quiero”. Es niña de la calle y no se queja. Se sorbe las lágrimas que silenciosas surcan sus mejillas morenas cuando sus ojos negros se quedan absortos ante esos niños que, con sus libros, van camino del colegio. A ella se lo ha prohibido su abuela y es lo que más desea.

La vida dickensiana de Lita empezó a cambiar cuando a los ocho años fue internada en un orfanato al fallecer la abuela. Y la suerte, por fin, le dio la cara cuando a los 13 una familia la adoptó y la llevó a visitar el Museo del Prado. Su duende gitano se despertó, levantó las telas negras y grises que le atenazaban por dentro y por primera vez vio la vida en color al descubrir ese medio de expresión visual que lleva a plasmar lo que un artista está sintiendo. ¡Sería pintora! Y con la determinación del carácter propio de una superviviente, era analfabeta y disléxica, luchó por conseguir su sueño.
Su pintura impacta por el desgarro que conlleva. Los perdedores e invisibles de esta sociedad son los que protagonizan sus cuadros. Es la voz de los sin voz. Siempre sus pinturas tienen líneas, grietas, marcas que estorban para apreciar la delicadeza y finura con que pinta a sus personajes. Son esos brochazos que señalan las cicatrices que a cada uno le va dejando la vida. “Pero no creo que mi pintura sea pesimista. Al contrario, intento acariciar con ternura y belleza al feo para convertirlo en terciopelo” decía en una entrevista que leí en El Confidencial.

Hoy, afincada en La Haya, Lita Cabellut es la artista española mejor cotizada y  uno de los artistas más cotizados del planeta. ¡Pero qué poco conocida es en su tierra!

“La verdad es que no lo entiendo. Mi arte es muy español y yo soy profundamente española. Siempre en todo el mundo me presentan como la pintora española. Pero en mi casa, España, todavía no reconocen mi nombre”.

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" @MPMoreno2015

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Mi esperanza

Quién me iba a decir a mí que con mis manos encallecidas de tanto limpiar casas escribiría en el ordenador. Fue cosa de mi hija Esperanza, me matriculó en Educación de Adultos para que hiciera un curso de informática. Ir yo a estudiar con la vergüenza que me daba, si apenas fui a la escuela. Me convenció porque así podríamos hablar por el Skype. ¡Cielo santo qué palabra!



Fue cuando se iba a ir a Alemania a hacer el máster en Ciencias Medioambientales con una beca por sus buenas notas universitarias. No es porque sea mi hija pero es listísima, aunque muy callada, en esto sale a su padre. Su padre y yo fuimos a verla a Gotinga, nunca habíamos salido al extranjero y estábamos nerviosos, pero teníais que ver cómo se desenvolvía en alemán, se nos caía la baba.

Con la crisis en España tuve que buscar más casas porque me bajaron la hora el 50% y su padre metió horas extras de carga y descarga en un supermercado antes de ir a la calderería donde trabajaba. Orgullosos lo hacíamos para pagarle los estudios y que un día tuviera una vida mejor que la nuestra.
El día que con una sonrisa de oreja a oreja y una carta en la mano me dijo que la habían seleccionado para un trabajo, dejé la plancha, me sequé una lágrima con la punta del delantal y nos fundimos en un emocionado abrazo.
“Es en la central nuclear de Garoña, tengo que hacer un curso de prevención de riesgo, una oportunidad mamá”. 
Sus palabras gritaban lo que sus ojos negaban. No era una oportunidad: vigilante nocturno. A poco se me hiela la sangre. Cada noche, al despedirse melena al viento y mochila a la espalda con el mono especial del trabajo, me susurra al oído con gran entusiasmo: “No te preocupes mamá”. Y siento que la crisis no ha acabado con el idealismo propio de su juventud al ver los reflejos verdes en su mirada.
“Esto va a cambiar mamá, con nuestro esfuerzo va a cambiar”. 
Y la creo, porque es mi Esperanza.
Pero hoy a las cinco de la mañana ha sonado el teléfono, ha habido una explosión en la central y no era ella la que me hablaba.    

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" © María Pilar, 2016

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El fantasma del Palacio de Villasuso

El Palacio de Villa Suso, que hoy tiene su entrada principal por la medieval Plaza del Machete, está en el Casco Viejo vitoriano, tras la iglesia de San Miguel y a pocos metros de la plaza de la Virgen Blanca. Convertido en un moderno Palacio de Congresos, es visita obligada para todo el que quiera conocer Vitoria. Tal vez se puedan encontrar con el fantasma de la leyenda. A partir de ahí, todo lo contado en este relato es pura ficción.



Se celebraba un Congreso sobre Lenguas Minoritarias en el Palacio de Villa Suso. En un receso, el representante chileno preguntó a una de las azafatas por los servicios.  Giramos la cabeza para ver cómo su espalda se iba empequeñeciendo a medida que bajaba la escalinata para adentrarse en el antiguo sótano donde están los modernos baños. Se dice que son los más limpios de la ciudad porque los visitantes huyen de esta zona. El miedo al fantasma de la “emparedada” sigue atenazando. Su leyenda, bien conocida en la ciudad, obliga a los que tienen que bajar del Casco Viejo a la zona del ensanche a apresurar el paso o  dar un largo rodeo para evitar el palacio.

Corría el 1982 cuando las Instituciones de Vitoria decidieron rehabilitar el abandonado Palacio Renacentista de Villa Suso para transformarlo en un ambicioso centro de congresos dotado con los más modernos equipamientos técnicos.
Era un día huracanado y gélido cuando el grupo de técnicos en restauración de edificios antiguos se adentró en el palacio por la magna portada original que se abre en la zona alta. Llevaba más de cien años cerrado y el deterioro era considerable. Tasio propuso, entre risas y mofas, una apuesta que ganaría el que se encontrara con el fantasma que vagaba entre aquellos muros. El silencio delator de algo oscuro que había empezado a tejerse, le confirmó que sus compañeros estaban bajo la influencia de la maldición del fantasma. “‘Ya tengo algo jocoso que contar’, se dijo”.

El viento arremetía y el agua racheada empapaba a los que subían por la destrozada escalera con parte de la noble techumbre derrumbada. Tasio decidió introducirse en los sótanos donde todo era siniestro y una hostilidad amenazante parecía surgir de las entrañas del edificio. Una calma tensa dominaba ese espacio acrecentada por el lejano gemido de las bisagras de una ventana al golpearse. La humedad que parecía exhalar de los muros, había dibujado unas siluetas durante siglos que, a la luz de la linterna que llevaba en el casco, se transformaban en figuras negras y terroríficas que danzaban entre las sombras que se extendían por el lugar.  Él siguió avanzando como una sombra más de esa danza macabra que lo acosaba. Cuando llegó al final de aquel lúgubre pasillo, descargó el mazo que llevaba en la mano sobre la pared que lo cerraba; le sonó a hueco. Golpeó una vez más y al caer los primeros cascotes apareció entre el polvo del derrumbe un hueco tenebroso con fuerte olor corrompido. Era un muro falso que formaba con el de piedra del fondo un armario empotrado sin respiradero. “ ’Algo horroroso está a punto de ocurrir’, pensó”. Nervioso, agrandó el hueco lo suficiente para meter la cabeza con su linterna y cuando su vista se hizo a la luz del habitáculo, se quedó sin respiración. Unos estremecedores ojos lo estaban mirando. Una hermosa joven en cuclillas, con las uñas y manos destrozadas, le mostraba el desgarrador rictus de angustia con el que la muerte le había sorprendido.

Alguien la colocó allí y la sujetó mientras la emparedaban viva con un bebé en las entrañas. Un aullido de horror salió de la garganta de Tasio cuyo eco se propagó hasta llegar a los oídos de sus compañeros. Tambaleándose se dobló sobre sí mismo y nunca pudo contarlo.
La verdad les golpeó la cara en cuanto llegaron. Fueron testigos de cómo la corriente de aire volatilizaba el cadáver para dejar en su lugar un macabro esqueleto con una cadena de oro en torno al cuello.

̶ Toda Vitoria considerará que se ha profanado la tumba de la “emparedada”  ̶ dijo Kepa atemorizado por lo que estaba viendo.
̶ ¿Os hacéis idea del revuelo que se formará en cuanto esto salte a la prensa?  ̶ añadió Mikel.
̶  No tenemos por qué alarmar a la sociedad  ̶ advirtió Itziar con una expresión que les confirmaba lo que sus palabras no habían pronunciado.

Y aquellas bóvedas, que horrorizadas habían guardado su secreto durante siglos, sellaron el pacto de silencio que los tres hicieron.

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" ©MPMoreno2016

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La lectura da alas a la imaginación



Allí estaba ella, leyendo. En el centro del basurero más peligroso del mundo. Una mujer joven de piel morena que me atrajo como  un imán. Sentada sobre bolsas y sacos de basura que había recogido a lo largo de todo el día, se la veía feliz con aquel libro en las manos. Parecía  acariciar las hojas que mostraban las cicatrices del tiempo pasado bajo tierra. Lo había liberado del más ingrato de los destinos y en compensación él la envolvía con el hechizo de sus letras.

Me quedé más o menos a un metro de distancia intentando no estropear el mágico momento. Toda ella me transmitía autenticidad y no podría ni imaginar lo paradójico que a mí me resultaba su situación. Parecía sentirse una mujer más que, tras una jornada durísima de trabajo, se permitía un momento de ocio disfrutando del placer de la lectura. La dignidad y serenidad que transmitía contrastaba con el mundo carroñero del vertedero que la rodeaba. De todo era capaz de evadirse cuando podía permitirse un rato de descanso bajo la lluvia gris para poder leer.  “¡Qué fuerza tiene el hábito lector que da esos apoyos en los que agarrarse!”, me dije.

Tal vez fue mi tos producida por el aire tóxico que me quemaba la garganta e irritaba los ojos lo que hizo que levantara la vista. Su serena mirada se cruzó con mis ojos anhelantes. No se sonrió ni frunció el ceño al verme cargado con mi equipo fotográfico en un lugar como aquel.

̶ ¿Qué tal el trabajo?
̶ Trabajo es trabajo  ̶ me contestó con un tono de voz suave.
̶ ¿Y el libro?
̶ Me da algo que hacer durante el día además de recoger basura  ̶ añadió con gran entusiasmo.

Y siguió buceando en las páginas de aquel libro salvado de uno de los incendios permanentes de la zona como si estuviera en una biblioteca, o mejor aún, en un banco de un parque rodeado de árboles. Y mientras leía, seguía soñando en parques verdes y su imaginación volaba por otras vidas que  le pintaban una sonrisa. Y yo cavilaba sobre las paradojas del destino. ¿Cómo era posible que ese monte que con su silueta negra desafiaba al cielo no podía con la semilla lectora que alguien un día sembró en ella? El imparable mundo de la imaginación lograba, gracias a la lectura, que al volver cada día a su trabajo no se sintiera náufrago sino navegante.

Como si el haber cruzado unas palabras con ella me hubiera autorizado a acercarme, me senté  a un lado en uno de los sacos. Inmóvil permaneció leyendo hasta que la oscuridad se impuso. Y se impuso el silencio de una ciudad cuando calla y se impuso el silencio entre un hombre y una mujer. ¿Para qué cosas profundas sirven las palabras? Hay silencios de amor y odio, y hay silencios de paz interior sobre los que se pone toda la esperanza.

Me había presentado allí a la búsqueda de la imagen terrible y desgarradora que impactase como reclamo y denuncia de ese vientre putrefacto de Dandora, y ella me regalaba un momento tranquilo de reflexión personal, una imagen tan llena de esperanza que me hizo replantear muchos prejuicios personales imbuidos por mi cultura occidental.

Como fotógrafo que sabe cuándo apretar el disparador, sentí el impulso que me arrastra por el mundo para conseguir la mejor foto de todas, abrí la cámara y disparé… hacia mi interior. La mejor fotografía de las que traje fue la de mí mismo.

©Imagen tomada por Micah Albert en Kenia
©María Pilar

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" @MPMoreno2015

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Entre los susurros del viento

María Pilar

Aunque permanecía cerrada y con sus puertas y ventanas selladas, yo bien sabía que la gran casona al lado de la nuestra latía suavemente porque era una casa con corazón, porque era una casa habitada. En sus piedras estaba grabada una intensa historia que a mí se me escapaba, la de la mujer misteriosa que vivía en ella y tan solo una vez al año se dejaba ver como salida de un cuento de hadas. Solo oír el chirriar del engranaje oxidado del gran portón remachado con herrajes, el tiempo se detenía, se me tragaba la voz e interrumpía mis juegos sabiendo que la mujer aparecería en nuestra casa atrapándome en aquella atmósfera de fábula que la rodeaba. Rápida me escondía detrás de la puerta y por la rendija espiaba.

Delgada, alta y muy blanca, parecía una mujer salida de un cuadro de Vermeer con esa aureola de paz que las envuelve y con ese matiz de luz que irradian de ellas mismas. Solo verla me hacía pensar que era dueña de montañas de secretos y poderes mágicos por lo que me atraía y a la vez me atemorizaba.

Era al final de la época estival, la higuera inclinada y vencida se desparramaba ocupando todo el corral rodeado por una tapia baja de piedra cerrateña que le hacía las veces de macetero. Su dueña, como había hecho años y años atrás, desde que alguien la dejó por otra preparado ya todo su ajuar, cumplía con el ritual de abandonar la casa y pisaba la calle solitaria y distante sin que se oyeran sus pasos porque iba flotando a un palmo del suelo mecida por aquella falda azul oscura que le llegaba hasta los tobillos y sostenida por el latido del corazón de la casa que la acompañaba.

Entre las luces y sombras de las ramas más bajas, se fijaba en los higos que habían llegado a su explosión de madurez y empezaban a abrirse dejando escapar su ungüento de miel y sus ojos percibían la satisfacción de degustarlos. Con la delicadeza de sus dedos enguantados tocaba su blandura y al reventarse algunos en sus finas manos la visión del jugoso dulce del interior la envolvía con su aroma y sus papilas gustativas entraban en funcionamiento adelantándose al placer de morder el exquisito bocado. La punta de su lengua  salía con el gesto de atrapar la parte de la pulpa adherida a los labios.

Los iba colocando con mimo en el cestillo de mimbre al que siempre ponía un fondo de hojas de higuera que sobresalían por los bordes. El resto los abandonaba y la higuera más respetada del pueblo a partir de ese momento, como si contaran con el permiso de su dueña, era ocupada por la algarabía de mirlos y pardales que entraban a degüello a picotear las hinchazones que estaban a reventar hasta que las dejaban vacías como pingajos sangrientos zarandeados por el viento.

Llevaba en una mano el cestillo que formaba un conjunto armonioso con toda su persona vestida al gusto de una época ya muy pasada y llamaba tímidamente con los nudillos de la otra a la puerta principal de nuestra casa que siempre estaba abierta. Al descubrirme fijaba en mí sus ojos profundos de un tono azul pálido y triste mirada y sus finos labios decían como para ella misma:
̶ ¡Cómo te pareces a ella!
Y era la voz de mi madre la que hablaba a mi espalda.
̶ ¡Ah! Es usted, Srta. María. Pero si no tiene que molestarse…
̶ Los mejores para ti mi niña.
Y el brillo que asomaba a sus ojos expresaba la ternura que sentía por ella a la vez que le temblaba la barbilla y se le quebraba la voz emocionada. Le entregaba el cestillo repleto de higos contemplando risueña con qué sorpresa mi madre los recibía como si no fuera una rutina de tantos años. Su voz de niña resonaba a sueños sin cumplir que sí veía realizados en mi madre y por alguna razón misteriosa lo percibía como una compensación a sus propias frustraciones. Solo bastaba observar con qué admiración la contemplaba. En esos momentos mi presencia se hacía invisible para ambas, sus vidas se fundían a través de un hilo invisible y se entendían más por lo que callaban que por las simples palabras que decían.

Fuera, las ramas de la higuera se movían sobre la tapia y su rumor semejaba un murmullo de voces que solo ellas dos sabían interpretar. La luz del sol se filtraba por las ramas y se derramaba por la entrada de casa perfilando una estela luminosa al paso de un ser con aspecto tan frágil y vaporoso. La Srta. María parecía no notar el calor, se quitaba los finos guantes de cabritilla y se frotaba los dedos para calentárselos, dedos que recordaban los pequeños brotes desnudos de la higuera; con su mano huesuda  se metía entre el bonito sombrero de paja una guedeja de pelo plateado que se le había soltado, se ajustaba la toquilla de ganchillo y aparentando un quehacer inexistente desaparecía como una pluma movida por el viento. Yo salía a la entrada para verla, pero ya se había desvanecido, solo su fragancia a lavanda perduraba.

Los higos nunca se ponían en la mesa, se dejaban en la cocina para saborear a capricho del que quisiera. Mi madre siempre los comía despacio degustando recuerdos que yo intuía a través de  las fotografías de su infancia y juventud alegre y desenfadada.

Un tordo se posaba en la higuera y picoteaba un espléndido higo, otros se iban acercando con la misma intención. Las hojas volvían a rozarse entre sí y susurraban secretos incomprensibles que el viento se llevaba como un batir de alas. 

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" @MPMoreno2015

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Cuando un bosque se quema

El viento sur soplaba esa noche de primavera cuando Carlos que miraba por la ventana de su casa me atrajo con mimo, me rozó con sus labios, respiró muy hondo y parecía sentirse encantado con mi compañía. Después, con ese carácter tan suyo, me lanzó por la ventana y fui a caer en la broza al otro lado de la valla. Las hojas secas crujieron enfadadas, me rechazaban de plano y querían que de allí me largase porque la tragedia se cernía en mi entorno, pero yo no podía moverme, necesitaba ayuda, me estaba ahogando.



Un destello de fuego apareció en las hierbas más cercanas que como yesca se volatilizaron. Un hilo de humo se fue extendiendo, se oyó un chisporroteo hasta que unas llamas amarillas se agitaron incendiando el ramaje seco. La noche estaba como ausente, el inconsciente viento  siguió soplando y sacó una lengua roja que se elevó en el aire contagiando su calor al monte. El humo se hizo más negro que la noche entre los árboles centenarios y oscureció el cielo estrellado. Las llamas se apoderaron de la espesura, se propagaron con su rugido incontrolable y lo arrasaron todo sin piedad tapando los gritos que los animales lanzaban a la noche. El viento siguió azuzando lenguas de fuego, crujió el bosque a ritmo de diástole alocado y el tronar del fuego pasó la carretera, prendió los extensos campos de cultivo y se arrastró devorando lo que encontraba a su paso. El viento cómplice llevó noticias de dolor y llanto a los pueblos cercanos y Carlos muy a gusto en su cama, seguía soñando.

Quién responderá por esto, por tanta devastación y daño si soy una triste colilla y tú te justificas diciendo no poder dejarlo.

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" @MPMoreno2015

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Objetivo Guernica

El Hotel Frontón de Vitoria-Gasteiz situado en el corazón del ensanche era un referente en aquellos años 20. Aparte de artistas, toreros y famosos, la mayor parte de clientes eran familias de Madrid y sobre todo de Andalucía que en Vitoria buscaban “los espléndidos veranos del norte”. El servicio que los atendía era de lo más selecto, a las camareras se les exigía 1,70 de estatura y tenían fama de ser guapísimas, aunque el gran atractivo del hotel estaba en los deliciosos aromas y ricos sabores de su cocina que traspasaban los límites de la provincia. Para los vitorianos era todo un acontecimiento ver al comienzo del verano cómo enfilaban los flamantes coches de lujo conducidos por sus respectivos chóferes impecablemente uniformados camino del hotel. El rugir de los motores, el sonido de los cláxones y las voces con acento sureño atraía a buena parte de los vitorianos que se arremolinaban para no perderse detalle. El trasiego de idas y venidas al hotel aportaba vida y “famoseo” a una ciudad que apenas contaba con 50.000 habitantes.



Llegó la guerra y pasaron como testigos mudos los ecos de sociedad. El hotel Frontón ya no se despertaba a la vida todas las mañanas aireando su interior con ese viento norteño que le llegaba desde el Gorbea, ahora sus ventanas y puertas ocultaban secretos que lo hacían irrespirable. Los sofás chéster capitoné, las arañas de cristal, las molduras decoradas,… todo estaba en su sitio, pero como si le hubieran absorbido el alma empezó a envejecer y a parecer cansado.

Llegó la guerra y se llenó el hotel con la presencia de los oficiales alemanes de la Legión Cóndor y los uniformes de la Aviación Legionaria italiana. El Coronel Wolfram von Richthofen jefe del Estado Mayor de la Legión Cóndor se alojó en una suite del piso superior. En la mesilla de noche guardó una edición de EL Dominio del Aire de Giulio Douhet en cuyas páginas podía leerse: "el mejor modo de romper la resistencia del enemigo es lanzar ataques aéreos muy detrás de la línea del frente, incluso contra la propia población civil".

El  26 de abril de 1937 amaneció sereno y claro. En Guernica había mercado y algunos carros animados por el buen tiempo o simplemente movidos por la inercia se arrastraban por las calles hasta la zona de costumbre. Latía la vida entre regateos y compras de las escasas verduras y la carne de conejo se decía; otros, sin recursos, se limitaban a comer con los ojos. Susurros sobre las últimas noticias de la guerra contaban que el enemigo en pocos días podría llegar. Algunos esperaban que la Ciudad del Árbol no fuera atacada.

El 26 de abril de 1937 el Coronel Wolfram von Richthofen reunió a su gente en la mesa del hall del hotel junto con los colaboradores italianos de la Formación Legionaria de Mussolini. De forma educada pero con aplomo y de manera implacable, con las palabras justas y la gestualidad precisa, les dio las órdenes del bombardeo sobre un plano. Al despegar del aeródromo de Vitoria debían rebasar el litoral y luego dando media vuelta atacar Guernica de Norte a Sur. Algo rápido y limpio desde las alturas. Su misión era ultra secreta y la Legión Cóndor oficialmente no estaba en España, por lo que dejó en el buzón antes de salir camino del aeropuerto de Vitoria una carta para su mujer a una dirección desde la que se la harían llegar.

Eran las 16,30 cuando un fogonazo de luz profanó los cielos de Guernica y el estruendo lo levantó todo por los aires. Por la villa desolada se arrastró el terror. El árbol se secó, el viento se convirtió  en cenizas y la muerte adelantó la negrura de la noche. Ese día La villa de Guernica quedó convertida en un símbolo y memoria del horror

Por la noche los pilotos se reunieron contentos y eufóricos en el hotel para evaluar la misión. No habían registrado nada en especial salvo que el humo y el polvo sobre la ciudad resultaron muy molestos. Solo el hotel, donde se celebró una fiesta para celebrar el acontecimiento, iluminaba la negra noche vitoriana. Las estrellas, que avergonzadas se escondieron, fueron sustituidas por las arañas de cristal que brillaron con una energía espléndida sostenida por los comentarios jocosos de los participantes. Al brillo de la fiesta se sumaron las doradas burbujas del champán, la música de Wagner y el perfume de las cortesanas del prostíbulo especialmente creado para la Legión Cóndor. El cuarto de hora con una chica española costaba cien pesetas, el precio incluía una latita de aluminio con dos preservativos y el uso de dos grandes toallas.

Cuatro días después, mientras las tropas nacionales ocupaban Guernica, Wolfram von Richthofen apuntaba en su diario de guerra: “Guernica, ciudad de 5.000 habitantes, prácticamente arrasada. Cuando llegaron los primeros Junkers ya había humo por todas partes, nadie era capaz de distinguir los objetivos carretera, puente, arrabal. Habitantes en gran parte fuera de la ciudad por una fiesta, la mayor parte del resto la abandonó ya al principio. Una pequeña parte murió en refugios por los impactos. Todavía visibles los agujeros que las bombas han dejado en las calles. Simplemente fantástico”.

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" @MPMoreno2016

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La casa de ladrillos rojos

En aquel pueblo el vivir era lento y desesperado, hierbas altas, cardos secos y al fondo el soto de chopos que impedía ver más allá de la carretera bordeada de olmos. De ese más allá surgían de vez en cuando los carruajes para ser cargados: harina de trigo, corderos y cerdos eran los alimentos más preciados, los caballos de más valía quedaban confiscados y los mozos más fuertes al servicio eran llevados. Con la modernidad se talaron los chopos, se entubó el arroyo, se convirtieron las altas hierbas en césped y se abrieron nuevas vías por las que las cigüeñas se desvían para dejar los niños en lugares lejanos. Hoy no esperes escuchar el croar de las ranas porque todas han emigrado. Hasta el perro tiene chip a diferencia del peludo guardián de antaño.



¿Qué ven las pupilas de los ojos del abuelo casi ciego tras los visillos de la ventana si ya no hay geranios? Tal vez se adentran en los bodegones de sus recuerdos y allí se detienen ante una casa de ladrillos rojos con dobles techos y muros falsos a la que ya solo se llega por las grietas de su memoria. Los sentires que se le han quedado prendidos entre los pliegues del alma afloran con tal transparencia que las ilusiones de entonces se despiertan alborotadas. La chimenea humea, le llega el rico olor del puchero; el gato se escabulle por la gatera no así el pastor alemán que corre hacia él con efusivos ladridos de reconocimiento. Envuelto en el viento sur que zarandea la ropa colgada entre la que distingue sus calcetines de lana vueltos del revés, siente que se aproxima una tormenta. Terrible tormenta la que nos asola desde hace unos años que nos dificulta tanto la supervivencia, le recuerda su madre. Está escondiendo unas desgastadas monedas en el respaldo de una silla a la vez que habla con su  padre que la observa con su traje oscuro y bigote negro sobre fondo enmarcado en sepia. Le suena tan nítida su voz cuando dice: "Para el chico, las va a necesitar". Ya no llora de dolor, ni grita de rabia, pero el miedo se le ha metido silenciosamente muy dentro y él, joven enérgico, aprieta los puños y se traga la cólera que le hierve las venas mientras se afana en ocultar unos sacos de harina entre un doble techo.

Las campanas de la iglesia suenan a desgarro, se hace el silencio, el sonido de los cascos de los caballos se acerca. Temblando y con los ojos empañados la madre se encuentra con los suyos en una mirada que sabe a dolor y miedo a perderlo, la de él risueña intenta darle ánimos ocultando sus propios sentimientos. Aparecen los carruajes de los militares para ser cargados, se respira una calma tensa. El cielo se torna gris y el viento seco narra el desespero en el que viven los del pueblo. Con señales los más arriesgados se pasan información sin ser pillados y hasta los gorriones que habitualmente protestan trinando con todas sus fuerzas se silencian avergonzados en cuanto ellos hacen acto de presencia. Moscas y mosquitos zumban sobre el grupo recién llegado. Algún ¡zas! en plena cara intenta atraparlos para terminar rascándose la picadura que se une como un plus al lote de lo arrebatado. En el lote de ese día, al abuelo se lo llevaron.

̶ Vamos a cenar abuelo.

Pero él absorto en esas imágenes con carga sonora de los plataneros del paseo zarandeados por el viento, solo escucha susurros de vida del paso del tiempo.

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" @MPMoreno2015

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Cuando los monstruos son los padres


Todo es ya una burda mentira y se acentúa más y más cada día cuando me obliga a que, delante de la gente, le llame papá. Él, haciéndose el sorprendido, me dice con la más agradable de las sonrisas:
— ¡Ah! Eres tú. ¿Qué quieres hija?
Mamá asegura que tengo el papá más maravilloso de todos. Me quedo mirándola con un profundo silencio que ella interpreta:
—Ves, es tan estupendo que al comprenderlo nos quedamos sin palabras.

Desde la oscuridad de mi rincón donde me escondo, miro por la rendija de la destartalada puerta. Mi corazón me golpea ante el temblor de las telarañas, el crujir de las tablas y la inquietante atmósfera que proyecta la luz del ventanuco. Pero algo me atrae especialmente. Es una muñeca ajada y sucia a la que le falta un brazo. Todo lo demás: cajas y baúles, sacos y materiales indescriptibles por el polvo que los cubre, la acompañan con su silencio. Aprieto los brazos contra mi pecho y le susurro que no tenga miedo que yo la protegeré.

De repente, su olor me sobresalta. Su cercanía me hace temblar. El miedo me ahoga. Sonríe y... Quiero morirme. Mis lágrimas resbalan silenciosas. Se enfurece y me hace daño. El pis me moja las piernas y mis dientes castañetean... Más tarde, soy yo la que está en el suelo maltrecha y dolorida.

—Cariño, parece que oigo a un gatito gimiendo arriba, en el desván.
— ¿Si? ¡Qué raro! Voy a ver.

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" ©MPMoreno2015

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La hora de las brujas


En aquel pueblo los sucesos no se catalogaban entre normales y paranormales. Decían que la bruja salía de noche con la luna de abril. Que espiaba por las ventanas y preparaba brebajes para sus maleficios. Que siempre había luz de velas negras tras las ventanas de su casa y que los perros aullaban y los gatos se erizaban a su paso. Circulaban dimes y diretes y todos se sentían influenciados.

Cuando el reloj de la iglesia daba las 12 campanadas congeló la noche. Teresa se quedó sin aliento al notar que alguien empujaba suavemente la ventana de su cocina. Un sudor frío le recorrió la espalda cuando se abrió y saltó un enorme gato negro. Fijó en ella sus pupilas verdes, se encrespó y maulló con furia. Gritó asustada y el gato saltó para atacarla. Cogió el atizador y corrió enloquecida tras él, lo que provocó un gran estropicio en los utensilios de cocina, pero logró asestarle un golpe en la pata derecha delantera y se marchó bufando dejando un halo de fuerte olor a podrido.

En la cola que se había formado en la tienda reinaba la excitación. Teresa contaba el insólito acontecimiento del que había sido víctima la noche anterior mostrando los arañazos en su cara y brazos. Con los ojos brillantes desgranaba la información insinuando sin decir, callando porque “ya me entendéis” y con voz más baja: “por la noche, se transforma en un terrible gato negro”. Pero ella, ahí donde la veían débil y sola, se crecía ante las dificultades. Le había atizado un buen golpe.

La llamada "bruja" se acercó sigilosa. La sonrisa se le quedó suspendida en los labios en un rictus decepcionante al oír parte de la conversación, tosió de manera fingida. Llevaba vendada la mano derecha.

Cuando pasó el invierno, los vientos primaverales traían agradables susurros que todos los vecinos de aquel pueblo querían atrapar, abrían las ventanas y puertas de sus casas para recibir la suave caricia del sol. El sufrimiento de la vecina, que un día fue atacada por el gato, se puso en evidencia, su casa seguía cerrada a cal y canto y si por alguna rendija entraba la luz, había clavado finas tablillas para evitarlo.

Las noches de luna llena, los reflejos de luz que se filtraban por las ramas de la higuera, proyectaban figuras florales en la pared de su cuarto. A ella le parecían arte de magia y mirándolas creía notar la presencia de algún espíritu maligno que la observaba. Entre insomnios y duermevelas el disco de la luna se le acercaba y en él podía distinguir rasgos de su vecina-bruja con una mueca sarcástica y una risa de ultratumba.

Con cada plenilunio de primavera, el desasosiego le aumentaba hasta que llegó a convertirse en obsesión. Durante el día lloraba atemorizada por los rincones de su casa y las noches, ¡ay las noches! Se habían vuelto en su peor tortura. Pesadillas nocturnas y angustiosos despertares la acosaban. Se veía perdida en lugares desconocidos, oscuros y terribles que le helaban la sangre. No había aire para respirar, ni persona viviente a la que pedir ayuda y de una u otra manera, siempre aparecía él con sus ojos verdes como chispas en la oscuridad y después, esa enorme masa oscura que se le acercaba para atacarla. A veces, le hacía señas con su pata vendada para que se acercase. Ella sólo gritaba. “¡vete, vete!” y corría y corría pero sus pies no avanzaban y la carcajada del gato negro le retumbaba en la sien.

Se estaba convirtiendo en una mujer consumida por la desesperación. Empezó a sugestionarse con la comida porque podía estar envenenada, a no encontrar algunos objetos que le eran imprescindibles o hallarlos en diferente sitio. Cualquier ruido la estremecía. Le inquietaba hasta el de sus propios pasos porque oía risas y voces que la seguían, se tenía que detener y mirar atrás para cerciorarse. Comenzó a andar descalza, pero las tablas crujían bajo sus pies. Cuando el torrente de lágrimas se le había secado, empezó a esconderse en uno de los armarios, allí en cuclillas pasaba la noche.

Encendió velas a sus santos protectores para contrarrestar la brujería que la poseía, mas las sombras de la velas también dibujaban figuras grotescas que se burlaban de ella. El fuego de una vela prendió una cortina, ascendió hasta la caja de la persiana y el humo se hizo irrespirable en toda la habitación. Ardieron papeles, vigas, muebles y el crepitar del fuego envolvió los gritos primero y los gemidos después de la vecina que, desorientada, se sentía en un laberinto en su propia casa. Envuelta en llamas huyó de la habitación y rodó por las escaleras. Su memoria cargada de fantasmas empezó a borrarse.

Los vecinos distinguieron claramente la silueta de un gato negro entre el denso humo que salía por la ventana.

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" ©MPMoreno2015

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Los caprichos del destino


María Pilar 

Siento que el corazón me falla, me empiezan a faltar las fuerzas, yo que he vivido una vida alegre y regalada en una de las mejores casas. Al impulso de mis pies volaba independiente y libre cuando otros querían hacerme suya, manos largas como telarañas. Sorteé peligros, salí ilesa y zumbona reía y cantaba.

Cuántas veces la mano del abuelo se me acercó rozándome, él presumía de que nunca fallaba, pero yo que puedo ver en todas las direcciones lo esquivaba y desde la distancia, burlona la lengua le sacaba.  

̶ Se me ha escapado  ̶  decía con fastidio.

Todas las mañanas se repetía el tintineo metálico del vaso de agua. Al acercarme mis antenas se ponían en alerta y del peligro me avisaban. Era su mano la que lo agitaba. Con mi alegría natural lo rodeaba, a modo de saludo le cantaba al oído y él zalamero me susurraba.

̶ Ya sé, ya sé que eres la más lista y la más rápida, pero un día serás mía.

Durante minutos daba vueltas al agua con la cucharilla y aun sabiendo que el azúcar ya estaba disuelta, se quedaba absorto observando el remolino que por la inercia del movimiento se formaba en el agua. Me conmovía verlo tan concentrado en ese agujero con sus ojos azules apesadumbrados que infundían al rostro una tristeza que embargaba; entonces, silenciosa me alejaba para no incomodarlo. Poco después volvía a ser el hombre enérgico, crítico y nada diplomático con el que yo me enfrentaba. 

Hoy no ha habido tintineo, ni mano, ni cuchara; un solitario vaso de agua cubierto de nubes negras esperaba y esperaba. He acariciado el borde y muy despacio he bajado la rampa hasta que mis patas han tocado el agua, su sabor dulce ha sido mi trampa. 

Peleo y lucho con fuerza en esta desigual batalla sabiendo imposible ganarla. Mientras, mi cabeza delibera sobre los caprichos del destino que al final nos ha unido a los dos. Toda la vida esquivando peligros y ahora yo solita me ahogo en un vaso de agua. 

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" ©MPMoreno2015

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Los colores de la vida



“¡El tiempo es oro!” decían los mayores acompañando las palabras con una sonrisa que traía aroma de lavanda sonando melodías. Pero a mi casa esos oropeles no llegaban. Tal vez el tiempo allí se había roto como se rompen los juguetes viejos.

La realidad era que la vida tenía diferentes colores que se repartían por barrios y a nosotros nos había tocado el negro. Mis ojos temerosos de niña no veían otro cielo que el húmedo y gris en los ojos de mamá a la que últimamente le afectaba tanto lo que se le metía en ellos. Para papá eran días sin tiempo, horas y horas de desconsuelo que no verbalizaba, pero que yo sabía que los pensamientos lo roían por dentro. Poco a poco fuimos sorteando el tiempo y el color verde empezó a envolvernos.
Fue cuando me acerqué a la abuela, que sentada en su silla baja miraba la ventana suspirando y gimiendo, para que me enseñara a tejer una inmensa cortina de colores que tapara la negrura del tiempo porque el arcoíris que a mí tanto me gustaba se asomaba a veces, para marcharse corriendo.

̶ Ya estoy tejiendo mi niña.
̶ ¿Sí? Y ¿Qué estás haciendo?
̶ Un bonito gorro con los siete colores para que te vaya con todo y lo puedas lucir cuando vuelvas al colegio.

 Arrastró el cesto de mimbre que tenía en el suelo lleno de ovillos de colores. Me hicieron reír los equilibrios de los que estaban más arriba balanceándose para mantener su postura; algunos lo lograron, otros rodaron por el suelo. Era lo mismo que les pasaba a los niños cuando jugaban al “chorro, morro, pico, tallo, qué”. ¡Cuánto tiempo hacía que no estaba entre ellos! La abuela me sacó de mis pensamientos, me mostró lo que sus manos expertas estaban tejiendo y a mí se me iluminó la cara atrapada por su sonrisa y su mirada cómplice. Sería nuestro secreto.

Y llegó el primer día de vuelta al colegio. Luciendo mi precioso gorro hice un gesto instintivo para sacarme el pelo, mamá con una sonrisa me mostró la trenza que se había tatuado en su hombro y rápidamente me pintó una a mí de anillo con un lacito pequeño. Papá me acompañó con la mochila nueva hasta la puerta del colegio. A los niños les encantó mi mochila y a las niñas el anillo, pero a nadie le importó que estuviera siempre con el gorro puesto.

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" @MPMoreno2015

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Violencia en el baño


Resiste con sus artríticos sonidos esa escalera de la que hoy se ha adueñado el fantasma de la soledad. Nerea, subiendo peldaño a peldaño hasta el 3º piso en el que vive sola, la equipara con el fluir de su vida y su memoria.

En los momentos que afloran sentimientos dolorosos ocultos entre los pliegues del alma, busca la compañía del agua,  percibir como fluye por su piel hace que se sienta bien. Añade  al baño sales de lavanda y se sumerge hasta el cuello cerrando los ojos para disfrutar de uno de los pocos placeres que se da en la vida. Cuando más relajada está oye un ruido apenas perceptible. ¡Están abriendo la puerta de su casa!

Las pisadas ya suenan por el pasillo. Siente el aliento de alguien que se acerca. Su corazón desbocado le hace encogerse sobre sí misma. A través de la mampara empañada nota que la puerta del baño se abre muy despacio. La tensión se hace irrespirable. Una sombra oscura ocupa aquel húmedo oasis absorbiendo todo el oxígeno. La sombra pasa una mano por el cristal para quitar el vaho. Ese ojo inmóvil que la observa le hiela la sangre. Cuando el  hombre abre la mampara le  descarga el spray de laca. Al echarse las manos al  rostro es cuando Nerea escucha un sonido metálico contra el suelo y la hoja del cuchillo le da alas para zafarse de los manotazos que él le lanza.

Más tarde regresa acompañada de la vecina del 1º y la policía. La puerta está abierta y el silencio lo inunda todo. Una mancha de sangre va ennegreciendo las baldosas del baño. Allí está él, muerto al golpearse la cabeza contra el lavabo.

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" 
©María Pilar
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Un juego de espejos

Me siento en un banco y compruebo en mi móvil que estoy en una zona wifi, pero mi atención se centra en el grupo de señores mayores con gorra, camisas de cuadros, pantalones oscuros y calzado cerrado. Unos sentados y otros apoyados en sus bastones conversan a la sombra de las acacias. También para ellos el pueblo es un juego de espejos. “¡Cómo han cambiado los tiempos!”


María Pilar

Me han bastado dos días de paso por mi pueblo para constatar por un lado, que sigue meciéndose entre amplios campos de cereal que se extienden hasta el infinito y le susurran sus nanas ante la suave caricia del viento y por otro, que es el lugar que aunque yo tarde en volver, siempre sintoniza con mi presencia; el viento me acoge con un cálido abrazo y me va contando tantas y tantas historias acaecidas en mi ausencia.

De mañana salgo a dar una vuelta y mis sentidos se agudizan con la curiosidad de la que está fuera de su rutina diaria y quiere tomar el pulso al lugar en el que se encuentra. Se respira sano, aire limpio bajo un cielo azul  y una luz brillante que perfila los contornos con  precisión. Me pregunto si el carácter de las personas que lo habitan participará de esa transparencia sin dobleces como la del cielo que los cobija. Me llega el olor natural del espliego. Inspiro la sonoridad de esta palabra que relaja a la vez que refresca… El rojo intenso de las picotas tiñe los cerezos y su carne apetitosa hace que las papilas gustativas entren en funcionamiento.

El paseo adoquinado que cruza el pueblo es una delicia. Los frondosos plataneros que lo recorren se alargan en un abrazo formando un arco donde una polifonía de trinos está en pleno concierto.  Plácida y feliz me dejo acariciar por la brisa y de trecho en trecho los bancos me invitan a sentarme y leer un rato. Hoy no toca, les digo. Miro los lugares que creía conocer perfectamente y cada poco me pregunto ¿es posible que me esté pasando a mí esto? Dicen que las ciudades cambian, pero que los pueblos permanecen… La imagen que durante tanto tiempo he guardado en mi memoria del lugar no coincide con la que estoy viendo. Algo me sobra por aquí y me falta por allá.

Los jardines cuidados de unas casas de nueva construcción me confirman que están habitadas aunque no se estremece ninguno de sus visillos ante mi presencia. Las costumbres del lugar también han ido cambiando. El bar está cerrado a cal y canto a estas horas, no así sus muros que hablan de música del baile de los domingos enredada entre historias a ritmo de corazón. Desde fuera de los lavaderos oigo la animada conversación del grupo de mujeres, a veces confidencias porque bajan la voz, mientras suena el chapoteo del agua. Me decido a entrar y… ¡sorpresa! me encuentro con un bonito parque infantil sin niños. Balanceo un columpio y entre los entresijos del tiempo la risa de los niños se bambolea en una cuerda atada a dos chopos del soto.

Actualmente Villamediana tiene 185 habitantes. En casa me despertó el ruido de la maquinaria agrícola de los vecinos, pero a partir de ahí ¡qué poca actividad me he encontrado! Sigue siendo un lugar de doradas espigas, pero tiene más el aspecto de un bonito pueblo que se dedica a ofrecer vacaciones al aire libre para desconectar del estrés que da la profesión del campo.

Giro a mi izquierda y una casa solariega me hace un guiño ofreciéndose, no estoy en el Barrio Rojo de Ámsterdam, aquí son casas, esta fue la primera, no sería la única. Casas cerradas expuestas a las inclemencias del  tiempo que intentan mantenerse con su orgullo y dignidad. Forman parte  ̶ si alguien no lo impide ̶  de esos elementos  a punto de desaparecer llevándose toda la carga de la historia local que encierran entre sus muros, frente a las nuevas que junto con plazas y jardines, se superponen al perfil de los elementos de mis recuerdos. Cruzo la carretera que lleva a la ciudad y mecánicamente miro a un lado y a otro innecesariamente, parece que los que tuvieron que salir ya lo hicieron temprano y aún no han vuelto. En el pilón de los animales florecen rosales entre césped, arbustos y arbolado con riego automático en pleno verano. ¡Si los mayores levantaran la cabeza! El agua fue tan escasa en este pueblo… era figura habitual ver mujeres acarreando cántaros de manantiales de las afueras del pueblo cuando la fuente de la plaza se secaba. Con los avances de los tiempos modernos se conectó la red al río Pisuerga y se acabaron los problemas. La fotografía en blanco y negro muestra este lugar embarrado, muy animado por el croar de las ranas y los gritos de los niños cogiendo renacuajos. Transformado hoy en un jardín tan romántico lo único que le falta es el letrero: “Se acabó la tradición de tirar al pilón al joven que ose casarse con una chica del lugar”.

Tomo el camino del Camposanto como alma solitaria. El sol aprieta ya, se me derrite el tiempo. El chirriar de la puerta de hierro me sobrecoge porque puede perturbar el descanso de los que lo habitan. La muerte visita al pueblo con frecuencia, varios funerales se han celebrado este año, en general gente muy mayor porque bastantes han pasado los 90 años. Con la ausencia de nacimientos, la población  va mermando año tras año. Este ritmo agónico me desanima y opto por volver por otro lado buscando el bullicio de la gente. Paso por detrás de la iglesia que se alza orgullosa en un promontorio con su esbelta torre desde la que escudriña a todo el pueblo. ¿Cómo ocultarán los que viven aquí sus desavenencias para no ser vistos por “ese ojo que todo lo ve”? Inmensa iglesia catedral varada en el tiempo, símbolo de la prosperidad del lugar en el lejano medievo.
 Por La Calleja –la calle más estrecha del pueblo– me presento en la plaza. ¡Qué pequeña se ha hecho en mi ausencia! ¿Será por las lluvias que le han caído por lo que se ha encogido? Dos mujeres, que vienen de la tienda con la bolsa de la compra, conversan antes de entrar en casa. Nos saludamos con una amplia sonrisa. No se me escapa su interés por saber sobre mi presencia por estas tierras. Es fácil entrar en una animada conversación como si continuásemos con un “decíamos ayer…”.

Me siento en un banco y compruebo en mi móvil que estoy en una zona wifi, pero mi atención se centra en el grupo de señores mayores con gorra, camisas de cuadros, pantalones oscuros y calzado cerrado. Unos sentados y otros apoyados en sus bastones conversan a la sombra de las acacias. También para ellos el pueblo es un juego de espejos. “¡Cómo han cambiado los tiempos!” Con el realismo  escueto, sibilino y socarrón que caracteriza su manera de hablar  van dejando un rastro de momentos vividos, ilusiones frustradas y cicatrices que supuran aferradas a una memoria que se resiste a olvidar. Quiero cazar al vuelo algunas palabras, pero vivas como liebres se me escapan. Por fin, un localismo es el cabo que deshace la madeja enmarañada entre los entresijos del  tiempo y surgen recuerdos de infancia relegados al olvido. Afloran los sentimientos en los ojos emocionados de esta letra perdida que busca un lugar en el texto  aunque sabe que, como la letra k, desentona. Pero también sabe que a este pueblo le gusta que irrumpa de vez en cuando una nota discordante que le aporte una pincelada pintoresca como cuando Bernardo Atxaga pasó una temporada escribiendo Obabakoak.

Las campanadas del reloj del Ayuntamiento  me sacan de mis reflexiones y me avisan que siguen  marcando el ritmo de la vida de este pueblo.
 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" @MPMoreno2015

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Calle del Obispo Almaraz

“Al instante se propagó la trágica noticia del desastre y las primeras autoridades de la provincia se personaron en Villamediana […] El Sr. Obispo de la Diócesis D. Enrique Almaraz y Santos, que en el mismo día primero había salido para Asturias, comunicó por medio de una sentida carta la amargura de que se hallaba poseído por tan grande calamidad […] Se abrió una suscripción nacional y toda la prensa hizo un llamamiento para allegar recursos”.
D. Valentín Alonso en el Libro de Difuntos nº 7 de la Parroquia.

¿Llegó esa ayuda? La conflictividad social en el país era un hecho generalizado con el lema de “Trabajo y Pan”. Toda España se enfrentaba esos días a la subida del precio del trigo y al hambre. Además, la recaudación de impuestos especiales para mantener la guerra de Cuba —el Gobierno envió ese año a la isla 200.000 hombres en armas— gravaba sobre todo a las clases más bajas. No era posible que saliera una ayuda de donde no había.

Fue el 18 de agosto de 1898 cuando el Obispo Sr. Enrique Almaraz y Santos ̶ una vez que regresó de su estancia por tierras asturianas ̶ se acercó a Villamediana para celebrar solemnes funerales por todas las víctimas de la inundación. Ese día el sol suavizaba su calor, se suspendieron los trabajos y el pueblo entero se organizó para hacer los honores a tan ilustre huésped. En todas las casas se volcaron en la preparación de la visita y con curiosidad salieron a recibir a una de las personalidades más importantes de la provincia. Desde muy temprano ya estaban colocando los detalles que embellecieron al pueblo: balcones y ventanas engalanados con colchas de coloridos bordados, arcos de romero para marcar la ruta y niños bulliciosos ante tanta expectación agitando banderines. El pueblo olía a horno de leña en el que se preparaban los manjares para agasajar a los recién llegados.


En cuanto la comitiva asomó por el soto empezaron a repicar las campanas de la iglesia. Apareció un elegante carruaje tirado por caballos desde el que saludaba una mano con un gran anillo que producía destellos al mirar y tras ella, un hombre con aspecto bonachón los sonreía, llevaba solideo morado y lucía una gran cruz de plata y piedras preciosas sobre el pecho. Otros eclesiásticos formaban su séquito personal. Cuando llegaron a la escalinata de la iglesia donde los esperaban las autoridades, precedidos por los danzantes que acompañándose de castañuelas seguían los pasos a ritmo de pito y tambor, subieron hasta la monumental puerta de la iglesia y todos en procesión se adentraron en el templo. La maravillosa acústica transmitía los sonidos del órgano que interpretaba la música sacra reforzando la solemnidad de los ritos sagrados. Las mujeres, con la cabeza cubierta por el velo negro, se iban situando en la parte derecha y los hombres, con trajes oscuros y la cabeza descubierta, en la izquierda, y no faltó quien se situó en la parte trasera, muy cerca de la puerta.

La liturgia fue espectacular como sólo la iglesia sabe hacerlo; presidiendo, la mitra; en su entorno capas que se plegaban y balancean y voces varoniles cantando la misa de réquiem que resonaban en las bóvedas de crucería y se trasmitían por los arcos ojivales. En otro nivel, oculto a los ojos de los de fuera, latía un sentimiento de pueblo que había sido capaz de aparcar sus diferencias para afrontar la desgracia con solidaridad humana.

Acabada la ceremonia religiosa, en la gran mesa ya lucía el banquete: embutidos tradicionales, jamón serrano y quesos curados; aromáticas liebres del monte, cangrejos de río con su rojo intenso entre diferentes aromas, pollos de corral con una irresistible salsa para chuparse los dedos y los lechazos asados tostados por fuera y blanditos por dentro. Todo regado con uno de los mejores vinos del lugar y acompañado del pan blanco y crujiente preparado para la ocasión en el horno de leña de la Sra. María.

Las autoridades del pueblo, con la inseguridad que les daba el no saber de protocolo, estaban pendientes de la actitud del Sr. Obispo con los jugos gástricos alterados ante el olor que desprendían tan sabrosas viandas. Él se quitó el solideo, se lo dio a su secretario y se sentó en la presidencia de la mesa haciéndoles un gesto para que lo acompañaran ocupando los sitios preparados para la ocasión. Bendijo brevemente los alimentos y sacudiendo la servilleta se la colocó en el cuello con lo que el aura sagrada que le rodeaba desapareció como desapareció el frescor de la sala del ayuntamiento, habilitada de comedor, contagiada por los alimentos y por el calor de los comensales cuya temperatura iba en aumento.

El Sr. Obispo echó mano de un cangrejo y sorbiéndolo para que ni una gota de la salsa se le escapase les dijo:

̶ Aquí estamos en confianza, a disfrutar como se merecen estos majares.

̶ Qué campechano es el Sr. Obispo ̶ se dijeron y gustosos se animaron a participar de semejante festín.

Cuando las señoras del pueblo, que trabajaron lo indecible para que todo saliera perfecto, comentaron que iban a pasar a los postres, el Sr. Obispo comentó que él antes se tomaría una copa más de ese buen vino que les habían servido.

̶ Este obispo es una ruina ̶ se murmuró entre el grupo de autoridades del pueblo.

Como no les quedaba más vino, abrieron la caja que le habían preparado para entregarle como regalo y en cuanto lo probó les dijo:

̶ ¡Qué guardado se lo tenían! Han dejado el mejor vino para el final.

Al acercarse el auxiliar del Sr. Obispo al Sr. Alcalde para decirle que era el momento de la entrega de un detalle como recuerdo de la visita, este se sintió perplejo, no les quedaba nada. El concejal que grababa las lápidas del cementerio muy enojado masculló:

̶ A este tragón un saco de piedras le regalaba yo.

̶ ¡Tú mismo lo has dicho! ̶ respondió el alcalde con una astuta mirada ̶ Corta una buena piedra y graba su nombre, le regalaremos una calle del pueblo.

 
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Al otro lado del río


Sólo Felipe se quedó rezagado y sacando una navaja toledana, talló una cruz en el tronco del chopo más cercano al lugar donde habían encontrado a la niña. Fijó su vista en la casa de piedra que se veía al otro lado, parecía ruinosa y estaba casi cubierta por la hiedra, pero el ruido renqueante que producía le confirmó que el viejo molino seguía en activo. Limpió la navaja pasándola por su pantalón de pana ajado y sucio, la cerró, y se dirigió hacia el grupo.

Al salir a zona más amplia para cruzar el puente de regreso, echó un vistazo a la era más cercana donde una mula de talle alto, dirigida por un chaval cubierto con un sombreo de paja, daba vueltas tirando de un trillo. Un perro corría cerca y ladraba a los gorriones que levantaban el vuelo. La emoción lo embargó y un punto de rabia brilló en sus ojos. Se sentó en una piedra y apoyando la cara en una de sus manos, pasó tiempo y tiempo. Fue capaz de abstraerse del mundo exterior y pudo reflexionar sobre la encrucijada en la que se encontraba buscando una salida que le permitiera avanzar. No se movió hasta que tomó la decisión más importante de su vida, su boda programada para después de recoger la cosecha podía esperar. Se marcharía lejos, muy lejos, donde pudiera comenzar una nueva vida. Argentina era el país de las oportunidades ¿por qué no iba a encontrar la suya?

Declinaba la luz del día, el sol de poniente despedía destellos de sangre y oro que se confundían con su pelo. No podía quitarse de la cabeza la imagen de Elena, su melena agitada por el viento y sus grandes ojos negros. Sintió una punzada interior. Tiró unas piedras al río, se entretuvo viéndolas saltar y escuchando su chapoteo. Percibió la leve brisa del atardecer, era el momento cuando se oía el tintineo de los rebaños y las mujeres se sentaban a la fresca para coser o hacer punto. Pero… ya nada era igual. Envuelto en esa magia de la puesta de sol que sólo tienen esas tierras castellanas se reafirmó en su decisión y se dijo: ¡lo haré por los dos!

 
De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" @MPMoreno2015

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Buscando a la niña de 7 años

Hay entre el pueblo de Villamediana  y el río Pisuerga un extenso valle que se ha ido formando por sedimentación tanto del arrastre y depósito de las aguas de escorrentía como de los arroyos que lo cruzan. 


La abuela, mujer de carácter, era la mejor amazona de la zona y montada en su caballo, aparecía en cualquiera de sus fincas cuando menos se lo esperaban para vigilar el trabajo de los obreros. Lo que en un hombre se hubiera visto como normal, en ella chocaba, era mujer y ¡vaya mujer! No se sometió al papel de esposa sumisa que marcaban los cánones de la época. Antes del nublado —los de la zona todavía hablan de antes del nublado como referencia temporal— estaba pletórica de salud y vida, y después salió de él envejecida y enferma.

El ama de llaves, enjuta y cargada de espaldas, musitaba un soniquete de oración para ahuyentar los malos espíritus. Envuelta en un halo de tristeza que embargaba su espíritu le susurró a la abuela que seguía oyendo noche tras noche cantar al búho encima de la casa. La abuela la recriminaba diciéndole: ¿te parece poca desgracia la que ya estamos padeciendo?  Cada vez que volvían los de la búsqueda los inquiría con un gesto acompañado de una enérgica mirada. Al ver la negación en sus rostros, se enojaba y  decía: ¡mi nieta a merced de las alimañas! Sentada en su silla, con las uñas ennegrecidas por el trabajo de los últimos días, miraba las paredes húmedas de su casa y con amargura decía que estaba resignada a todo menos a no encontrar a su nieta. Determinó salir ella con la cuadrilla. Ese día se vistió el carácter del que siempre había hecho gala y les dijo: no tenemos más suelo que el que pisamos y si está lleno de lodo pues lo tendremos que secar.

Avanzaron bajo las sombras de los olmos que había a los lados del camino hasta llegar al otro lado del río.  Allí se vivía la normalidad que ellos habían perdido, el sol brillaba con alegría sobre cerros pardos y campos dorados, los pardales trinaban entre las ramas de los árboles y el viento traía el olor de la cosecha que se estaba recogiendo en las parvas de las eras.

Cruzaron el puente romano y siguieron el camino angosto por donde se metieron en la densa orilla del río. La frondosidad de la maleza, matorrales y espinos hacía que fuera complicado moverse. Los tábanos los asaeteaban y los moscardones zumbaban por doquier. El encargado de los jornaleros que encabezaba el grupo parecía estar seguro de encontrar allí lo que buscaban.

—Mirad, mirad— dijo.
— ¿Qué pasa?— le contestó Felipe.
—Allí, allí, ¡hay algo!

Las chicharras no paraban de cantar y el río seguía con su grave rumor. Los del grupo se santiguaron y se quitaron el sombrero de paja. Donde el río hacía un gran meandro, allí había escupido a la niña. Una sombra más negra que la noche los envolvió a todos. Un sapo saltó en el barrizal y sintieron el rozar de la culebra al deslizarse. Sí, era ella, ella que ya no miraba. Había sido arrastrada a 11 kilómetros de donde había caído. Un estremecimiento recorrió el cuerpo de la abuela que rápidamente la envolvió en su mantón negro, la cogió en brazos y sin más, tomó la vereda que le conducía a su casa  y, aunque no pudo con las alimañas que tanto temía, sí se la arrebató de las garras a las aves rapaces que sobrevolaban la zona. No quiso escuchar más la corriente de agua, ni giró la cabeza para contemplar la placidez y relajación veraniega en la que vivían los pueblos del otro lado. Echó a andar con la cabeza alta y los ojos arrasados en lágrimas, sintió frío y percibió con inquietud su propio fin.  Los demás, en silencio, la siguieron.


De la sección de la autora en "Curiosón": "Retazos de vida" @MPMoreno2015

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