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La memoria del alma

No suelo tener problemas a la hora de enfrentarme a la página en blanco, salvo cuando tengo que escribir de y sobre mi pueblo, Saldaña, localidad palentina “a un extremo de Tierra de Campos”, allí “donde empieza la sierra a ondular”, “donde nace la vega fecunda”.


Me desplacé a Saldaña para presentar mi novela La noche inacabada (Ediciones ENDE), de la mano de Gerardo León – alcalde del municipio -, y de Javier Quijano, amigo que fue desgranando opiniones sobre lo que había sentido al leerla. Resultó un acto emotivo, por la presencia de amigos y conocidos y por celebrarse en un lugar que acercaba, sí o sí, recuerdos de mi infancia y adolescencia, llamando con fuertes aldabonazos a las puertas de la memoria, la del alma, donde están encerradas tantas y tantas emociones contenidas, difíciles de controlar en momentos como el vivido en la tarde noche del pasado viernes.

Ver llena de amigos y conocidos la Sala de Exposiciones de La Casona, a pesar del temporal de lluvia y viento, que no cesó en toda la tarde, se lo debo a la magnífica organización del acto por parte del Ayuntamiento y al loable esfuerzo de Carmen Herrero, del departamento de Cultura y Turismo y amiga, para que resultara todo un éxito de asistencia de público. Gracias, gracias a todos, organizadores, presentadores y asistentes, por hacer irrepetible el 15 de abril de 2016, perpetuando en la memoria de mi alma todo lo acontecido, recordado y sentido durante sesenta minutos inolvidables.

Pernocté en Saldaña, y la lluvia fue la “culpable” de que no añadiera más emociones a las ya vividas, impidiendo que recorriera rincones de la infancia, lugares, parajes donde la naturaleza se muestra sin recato, esplendorosa y bella. Otra vez será. Sí visité, luchando contra el viento y la lluvia, la Plaza Vieja, mi querida Plaza Vieja. Ella y yo lloramos juntos al contemplar cómo el “dios automóvil” invadía sus entrañas, desnaturalizándola, emborronándola, robándole belleza… ¿Hasta cuando? Hasta que el pueblo quiera, supongo; o hasta que llegue el día en el que la propia Plaza se plante y diga “hasta aquí hemos llegado, no me merecéis” y termine de perder el embrujo tornándose gris y obsoleta, memoria, sólo memoria, anclada en el alma de todos cuantos la amamos y defendemos, sí, pero tan sólo eso, memoria del saldañismo, ese saldañismo que resiste y persiste en el alma de tantos saldañeses a pesar del paso del tiempo.

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Saldaña, donde empieza la sierra a ondular


Tomás, en los capítulos dedicados a la vida del Escritor, se toma justa venganza, con la mirada piadosa de la distancia, del ambiente represor y castrante del mundo rural allá por los años cincuenta. El Escritor recuerda desde la atalaya de su Isla:”tiempo oscuro, invierno permanente que instaló el nacionalcatolicismo, cargado de días insulsos, insípidos, inodoros, monocromos, con la Formación del Espíritu Nacional resonando en sus oídos”.

Blog de Pablo: Palabras


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Saldaña, donde empieza la sierra a ondular




Tomás Martín
BLOG DE PABLO SALDAÑA








Me contaba un viejo amigo que un día soñó un viaje desde la Saldania romana a la Saldaña de hoy, que se detuvo en la Villa Romana “La Olmeda” y que Marciano, el romano que amablemente recibe a los visitantes, le saludó como si se conocieran de toda la vida. Que le preguntó si, viniendo desde el mundo de los sueños, le traía noticias de Javier Cortes, el descubridor de la Villa. Mi amigo, sorprendido ante la actitud de Marciano, incrédulo se frotó los ojos pensando en cómo era posible que un hombre de otro tiempo, surgido de la ficción, supiera de su existencia y de la de Javier. Según me dijo, fue el propio Javier quien saliendo de las termas le mostró “La Olmeda”, le  contó las vicisitudes por las que pasó el extraordinario yacimiento arqueológico hasta verse convertido en lo que es hoy: una espléndida Villa Romana, joya arqueológica no sólo de Saldaña y su comarca, también de Palencia, de España y del mundo.

Ya en Saldaña, mi amigo disfrutó de un patrimonio natural incomparable. Caminó junto a la ribera del Carrión contemplando campos y arboledas, escuchando el silbar del viento y el rugir de las aguas que bajo los arcos del Puente Viejo discurrían en torrente hacia Carrión de los  Condes. Brincaban las truchas en el río y vadeaban los cangrejos en arroyos y manantiales; crecían las alubias en las fértiles huertas y rumiaban las vacas tras ser ordeñadas al caer la tarde. Una bandada de codornices surcó el cielo al tiempo que una perdiz cruzaba el camino seguida de sus polluelos. Toda una explosión de la naturaleza se ofrecía ante sus ojos, inundaba sus sentidos, se incrustaba en su mente… 

Y llegó a la emblemática Plaza Vieja, uno de los tesoros saldañeses mejor guardado, plaza porticada, empedrada y testigo según cuenta la leyenda de la primera corrida de toros celebrada en España y de los famosos y tradicionales mercados de los martes, donde las transacciones comerciales se firmaban con un apretón de manos. De ella afirma José María Caballero González, historiador de la villa:   «Siempre, bajo la oquedad de un cielo azul, de una noche de estrellas o de una sombra sin huellas. Siempre, el cuadrilátero sin entornos y sin pliegues de la Plaza Vieja, se yergue sobre sí misma  y espera como un punto en el tiempo infinito». 


Abandonó el “cuadrilátero sin entornos” y se puso a conversar con los saldañeses de hoy; y les pregunto por los saldañeses de ayer asentados en La Morterona, lugar desde el que pudo contemplar el esplendor de la Vega, una paleta de colores que atraviesa el Carrión con su amplia gama de tonalidades confundiéndose con el paisaje, regando campos y choperas, alejándose de la sierra que empieza a ondular camino de Guardo y de Riaño. Y le invade a mi amigo tal sensación de paz que siente el viento que azota su rostro como una caricia, como el suave aleteo de las golondrinas que van y vienen sin rumbo fijo, como el soplo de un abanico mecido por mano femenina. Las golondrinas se van retirando conforme el sol se esconde en el horizonte, y mi amigo abandona La Morterona cargado de sensaciones. Antes de que anochezca quiere visitar la Ermita del Valle, de la que tanto le han hablado los saldañeses, templo de fe, de religiosidad, para empaparse de leyenda y de historia en torno a la imagen de la Virgen del Valle, patrona de Saldaña. 



Regresa a la villa entre lomas y pinares, y se topa con la Iglesia de San Pedro, que alberga el Museo de “La Olmeda”, epicentro de la Saldaña cultural, lugar de obligada visita antes de enfilar la calle que lleva a la Plaza del Marqués de La Valdavia, centro neurálgico hoy de la villa, lugar de encuentro y de alterne, con El Bodegón y La Casa Torcida como exponentes de la gastronomía saldañesa. Y le hablan de Fundiciones Quintana, casi cuatro siglos de tradición en la fabricación de campanas, y del sector lácteo surgido en los pueblos de alrededor, y de las ciegas, dulce típico saldañés, de las alubias pintas y blancas, de la deseada industria, del sostenimiento a duras penas de la población... 



Y hace noche, y antes de buscar el merecido descanso hurga en la historia de la villa que se debate entre el costumbrismo y la modernidad. Indaga sobre la idiosincrasia de sus gentes, sobre lo que fue y es este lugar al que no llegan ni el ferrocarril ni las modernas autovías pero entra en los sentidos, seduce y cautiva hasta el punto de que al abandonarla piensas en volver a visitarla. Cuando el reloj del Ayuntamiento desgranaba las doce campanas, camino del hotel se detuvo de nuevo en la Plaza Vieja a contemplar las estrellas.

Tomas Martín para Curiosón, septiembre 2011

Mi nombre es Tomás Martín. A veces, utilizo el seudónimo de Pablo Saldaña en recuerdo de mi padre, que se llamaba Pablo y era natural, como yo, de la preciosa villa de Saldaña (Palencia, España). Un día, como aficionado, me apasionó la Tauromaquia, hoy en decadencia bajo mi punto de vista. Me gusta la literatura, la poesía, la música, el cine… y por el camino fui dejando alguna que otra vocación que ahora, liberado de obligaciones profesionales, pretendo recuperar. Si algo he aprendido en los últimos años es lo maravilloso que resulta mandar sobre el tiempo, sin obligaciones horarias, sin que el reloj gobierne y controle mi caminar.

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