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Románico desde el edén, presentación - Curiosón | refranes populares | las mejores fotos | pueblos de España

GRANDES COMO SU NOMBRE

Románico desde el edén, presentación


A Mongui,
Mejor amigo y leal compañero,
que con Pruna y Troylo
ya disfruta del verde edén del cielo.
 

Me llamo Mongui y soy un perro de raza yorkshire terrier. Tipo medio, nunca quise destacar en nada. Soy madrileño porque nací en Madrid, pero por una serie de avatares en los que no se me consultó, me trasladaron a un rincón de sudeste español llamado Almería. Tendría yo un añito. Allí me presentaron a un señor del que pronto me apercibí era bastante rarito. Se dedicaba a discutir y pelearse con todo el mundo y, encima, cobraba por eso. Me adiestró para distinguir clientes que pagaban de los que no, obligándome a oler el lado de la cartera  para delatar, con mis ladridos, las vacías de las llenas a las que darles acceso a su consulta, manteniéndome toda su larga jornada laboral en el sillón y tras su espalda para no levantar sospechas, quedando así a socaire de cualquier inspección que pusiera al descubierto mi falta de aseguramiento y cotización a la Seguridad Social. El decía que era por mi comodidad y optimización de su tiempo, pero yo nunca lo entendí porque siempre tenía el mismo horario de paseo: al mediodía y a las siete de la tarde. A veces creo que lo hacía para que mi vejiga no explotara, aunque yo intentaba darle avisos de alarma meándome por los rincones del despacho y despreciando las hojas de periódico que él, pacientemente, ponía a diario para ese menester. ¡ Como si a mi me interesaran las noticias de este país, cuando lo que quería era que cotizara para mi pensión de jubilación y que me reconociera la categoría profesional de secretario-administrativo-segurata, con condición de trabajador por cuenta ajena con contrato fijo e indefinido!.


Puso un cartel en la entrada con prevención de ALARMA, lo que me obligaba a que, además de mis múltiples tareas, también  y por el mismo jornal, tenía que hacer de avisador para sustituir, con mis ladridos,  la sirena de la engañosa central de alarma anunciada. También me enseñó a echar la siesta sin distinción estacional, y a roncar. Esto último, decía, que era para no sentirse sólo y mantenernos unidos a través de la sinfonía de la música de las esferas celestiales. Acabé aceptándolo y al cabo de los años comprendí que no era mala la idea o, al menos, ya no me lo parecía tanto.

Aunque lo más de lo más, eran sus aficiones. Este padre putativo mío, entre demanda y recurso se dedicaba a leer, investigar y escribir mucho sobre algo que él llamaba " románico". Al principio, creí que alguien con tendencia romántica podría ser una buena opción y que había tenido suerte de caer en manos de persona con corazón, pero pronto reparé en la diferencia fonética y semántica entre románico y romántico. Sobre todo, cuando me presentó a su grupo de amigos. Los había de todos lugares, sitios, profesiones, gustos y colores. Se autodenominaban Salud y románico - que era el grito ritual del brindis- o la Cofradía del Simio, cuando a los postres empinaban un brebaje incoloro que llamaban anís. Desgastaban sus piernas en atrevidas trochas y riscos -que para mí eran un paseo- buscando ermitas viejas y raspando sus piedras. Hasta sacaban cientos de fotografías que luego discutían y en cuyo significado malamente se ponían de acuerdo.

 En tan dilatado tiempo, he ido conociendo uno a uno de ellos, los he olisqueado y hasta he acabado acostumbrándome a sus cariñosas torturas pero, aunque he acabado queriéndolos, he de reconocer que también son raros, muy raros.

Mi padre de adopción me ha obligado a viajar en coche, tren y avión por toda España y del extranjero. Me ha hecho pernoctar en hoteles de cuatro o más estrellas donde permitían acceso a seres de mi raza y nos asignaban suites que yo despreciaba porque había descubierto que no había mejor lecho que las piernas abiertas de este tonto románico entre las que siempre encontré una tierna almohada para mi cabeza. Me ha hecho comer cosas inauditas: jamón de jabugo, queso curado, salmón, patatas fritas, pizza... y hasta trozos del bocata de sardinas en aceite que tocaba los días del fútbol de la selección.

Por eso hoy que estoy aquí, en este Edén celestial de verdes praderas junto a Pruna y a Troylo, liberado de mi tiranía docenal,  os quiero contar mis aventuras.




Mongui ha muerto y me deja desolado. Compañero, aventurero románico y vital desde hace doce años, se marcha al Edén y me deja un profundo vacío. Con el recorrí todo el románico hispano y extranjero. Manuel Gila (Almería)

1 comentario:

Mara dijo...

Siento que hayas perdido a tu fiel compañero.

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