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QUINTAESENCIAS

De pastores y recuerdos

Carmen Arroyo  |  SENTIR DE LA PALABRA

A la vuelta de Autillo de Campos, (celebración de la efemérides de la coronación de Fernando III el Santo, como rey de Castilla), paramos en Revilla. El pastor vive allí con su mujer y cuatro hijos. Cuida de 400 ovejas. Es un hombre amable. Le he prometido una foto que le tomé. Llegará. Y, por asociación de imágenes, recordé que hace años el presidente de la Diputación, Enrique Martín, me invitó a dar el pregón en Puente Agudín. Y hablé, ¡cómo no!, de aquellos rebaños que subían desde mi tierra extremeña a comer los pastos del Norte palentino. La trashumancia era necesaria y daba trabajo a muchas personas. Los pastores hacían noche en “El parador de Porora”, el de arriba, de mis abuelos Natividad y Antimo, pues más abajo, en la misma carretera del Puerto de Perales, estaba el de Clemente, hermano de mi abuelo: “El parador de abajo”.

La casa, situada al final de la curva conocida como la “revuelta de los portugueses”, porque ellos trabajaron en ese tramo de la carretera, ofrecía posibilidad de descanso a pastores y ovejas. Las encerraban en los corrales y sus cuidadores pasaban la noche en el pajar o en el cobertizo. Antes, la cena. Mi abuela preparaba una tortilla grande con patatas de la cosecha y huevos fresquitos. La sandía de la huerta ponía el punto dulce, antes de tomar un café solo, de puchero y  manga.

El oficio de pastor no era cosa baladí. Había que pasar por grados en los que el aprendizaje corría en paralelo en años y desparpajo. Quien valía, avanzaba así: Zagal, Sobrero, Ayudante, Rabadán. A este grado, se llegaba con los 18 cumplidos y se tenía derecho a llevar en el rebaño 48 ovejas propias y a la venta de lana y de los lechazos que producían. Se acercaba  el momento de pensar en “dar el paso”, es decir, casarse con alguna mocita del Norte o del pueblo de nacimiento. Algunos lo hicieron con jóvenes palentinas. Una de ellas “dulce como la miel y blanca y suave, igual que los pétalos de la jara”, así la describía y enamoró a Carpio, pastor portugués. No sé si llegó a casarse con ella porque cuando cumplí seis años dejé la tierra y emigré a Valladolid con mis padres.

Quienes deseaban prosperar en el oficio hacían méritos para conseguir el grado de Soto Mayoral y, por fin,  el de Mayoral. No todos lograban este puesto en el que había que tomar decisiones importantes en la elección de lugares de pastoreo, ferias a las que acudir para la venta y compra de lo necesario y, por supuesto, el cuidado del resto de los pastores que le acompañaban. Hace un tiempo leí que hay una escuela de pastores en la que se está tratando de recuperar este oficio. Termino con unos versos de J. Hilario Tundidor dedicados a Revilla:

 “La carie del adobe, el esqueleto de la tierra,
tufo que no es de brezos ni de encina
o carballo sino de muerte, de ocre
desolación. Vez así, sobre los campos góticos: Revilla
en soledad, su caída o retorno, como barbecho es,
barbecho que ya nunca iniciará de nuevo su cauce de labranza.”


Imagen: José Luis Estalayo




SENTIR DE LA PALABRA
Sección para "Curiosón" de Carmen Arroyo.


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