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Barruelo, un pueblo lesionado




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En ese pueblo minero, del cual todo el que se aleja siempre habla con cariño, nací yo, pero habrían de pasar siete años cuando lo conocí por primera vez, ya que por circustancias que no vienen al caso vivíamos fuera. Creo que me gustó mucho esa tierra y sus gentes. Debió de ser así, ya que siempre que puedo vuelvo, aunque muy a mi pesar sólo de visita.            Normalmente siempre sigo la misma ruta. La formada por ese rosario de candorosos pueblecitos que van desde Matamorosa a Vallejo, remansos de paz, todos ellos habitados hoy por pocas gentes, pero como antaño, afables y sencillas. La naturaleza fue pródiga y generosa con Barruelo. Sus frondosos bosques, nacen abigarrados desde las mismas casas, en forma de monte bajo, denso y enigmático.

El conjunto es un vergel que tuvo que ser desentrañado por la mano del hombre, ya que esos bosques de intenso y brillante verdor, cubren la negra riqueza del carbón en toda su extensión. La mano del hombre hincó la piqueta y la pala que recoge la ciudad en su escudo, dando nacimiento a la mina. Esa tierra sufrió así su primera herida, una herida que en el transcurrir del tiempo se iría extendiendo como una úlcera maligna, desdibujando aquellas zonas verdes mayormente visibles desde los hogares. Me estoy refiriendo a la escombrera. Pero no hubo más remedio que hacerlo. La mina en su latir, significaba la propia existencia, vida y desarrollo del pueblo. A la par que aquella, crecía éste y por consiguiente el nivel de vida.

Había que sacrificarse y así se hizo. Durante muchos años sólo se vivió de, por y para la mina, pues significaba ingresos y estabilidad económica. Había, por tanto, alegría, sin perder el sereno ambiente de paz que infunde la grandiosidad del contorno. Barruelo siempre fue un pueblo alegre, muy visitado por las gentes, sobre todo jóvenes de los pueblos vecinos, especialmente atraídos en días de festejo, y sus habitantes han sido, de siempre, personas laboriosas de trato agradable, en especial la minería, quienes gustaban en sus ratos de alterne, vanagloriarse del rendimiento en su quehacer diario. En la profundidad de la mina, el amparo de la débil luz de las lamparillas, esos hombres, sacrificados por demás y no siempre comprendidos, lograban con medios de producción anticuados, que el nivel de ésta fuera abundante.

Sin embargo, alguien dijo que esa mina se debía de cerrar y se cerró. Sólo Dios sabe por qué, pues no creo que nadie por aquellos parajes lo sepa con rigor.

La noticia, como no, sensibilizó al pueblo. No podía aceptarse estoicamente una decisión tan drástica y lesionadora de tantas cosas. Sus habitantes, que antaño, cuando la ocasión lo requirió, supieron estar en la cresta de la ola frente a la opresión o injusticia social, tratan de defenderse por cauces legales, pero de nada valieron escritos, súplicas, entrevistas, comisionados a Madrid...etc. En plena producción de un mineral abundante y rico en poder energético, se cerró, siendo España deficitaria de todo tipo de combustibles.

Si la apertura de la mina lesionó en parte la belleza natural del paisaje, su cierre significó la lesión del bienestar de todo un pueblo en su conjunto.

Al personal más joven se le indemnizó con cantidades irrisorias y fueron despedidos, siéndolo de igual modo aquellos cuyos mejores años de su vida fueron quemados en la mina, los más antiguos, si bien a éstos se les asignó una pensión muy menguada, tanto, que ambas soluciones fueron origen de la emigración. La juventud inició el éxodo para ser seguidos, en muchos casos, por sus mayores. Durante años el pueblo de Barruelo ha latido lento. Aquella pujanza por la prosperidad fue descayendo; y si la alegría de un pueblo es en general patrimonio de la juventud, se fue apagando. Muchos hogares cerraron sus puertas y así siguen, abriéndose tan sólo en períodos de vacaciones, pues la nostalgia hace que así sea.Hoy, Barruelo, transcurridos muchos años, no ha recobrado el pulso de vida que le hizo vibrar como pueblo en marcha. Pueblo que incluso fue adelantado en la formación profesional de sus hombres jóvenes. La juventud se fue y se perdió con los años. Aquella es irrecuperable. Sólo el resurgir de aquello que engendró vida puede dar a ese pueblo nuevas ilusiones y nueva vida, me estoy refiriendo a la apertura de la mina. Pero una apertura total, integral y no la que de un tiempo a esta parte se viene haciendo, que en nada favorece ni beneficia al pueblo. Todo lo contrario. Lo están destruyendo más  con ese remover de escombros, cuyo contenido calórico es rico y aprovechable, y esa explotación del mineral que en algunas zonas se está haciendo a cielo abierto, sin demasiado control, destruyendo toda vegetación a su paso, originando grandes calveros que inexorablemente van creciendo día a día, rompiendo la colosal belleza del paisaje. Si esa destrucción no se frena, el paso de los años convertirá en historia lo que por bello siempre fue estimado y respetado por los allí nacidos. Sería una pena.

ARTÍCULO
@Alfredo Rodríguez García
Revista literaria "Pernía", Núm. 23 | Agosto de 1986

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