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Froilán De Lózar



Leyendo a Antonio Altarribas, también como él me he preguntado por el rostro del asesino. Ese que de madrugada se sale de la fila, deja la comunidad en la que vive y va al encuentro de su víctima. ¿Sus padres lo saben?¿lo saben sus amigos?¿Dónde trabaja?¿Con qué cuadrilla alterna?¿Dormirá bien después de haber cumplido con su deber macabro?

Alguien a quien conoce, por medio de un anuncio en el periódico, un gesto pactado en la estación del tren, o una llamada que no se registró en ninguna parte, le ha pasado el encargo de secuestrar a una persona, y de matarla, si expirado el plazo que se le da al Gobierno de España, no se ha obtenido una respuesta plena y satisfactoria. Las calles están llenas de ojos supuestamente inyectados en sangre. La película es un mensaje permanente con final trágico que se ha ido fraguando a espaldas del barrio en el que vive durante muchas tardes, hasta ponerle nombre y apellido a su última víctima.

Quienes así deciden el destino de tantos seres semejantes, se dan cobijo ante sus propias leyes, aludiendo al apoyo de muchos que piensan como ellos, embarcados en una declaración de guerra.

Por eso, sus muertos, no son muertos normales.

En Abril de 1997, tadavía no hace un año, fue detenido Oskar Barreras, el hijo de un emigrante aragonés que trabajaba como bedel en un colegio de Bilbao, acusado de pertenecer al Comando Vizcaya y al que se le atribuían entre otras acciones, su presunta participación en el asesinato del Inspector de Policía Luis Andrés Samperio.

Su padre, movido entonces por quién sabe qué amargos sentimientos, poseído contra su voluntad por una extraña muestra de pasión y de miedo, albergando la duda de una equivocación, obligado a elegir entre el hijo y la calle, intentó explicar su estado enviando una carta al director de un diario vasco: “¿Cómo pudo poner una bomba sabiendo que yo estaba allí tan cerca?””Fue una explosión horrible, que casi destroza el barrio..., una salvajada. No me puedo creer que fuera mi hijo”. Y añadía: “Es todo muy complicado. Se han desatado unas fuerzas incontrolables. Nosotros nunca hubiéramos sospechado esto”.

La duda es una constante en nuestra vida, pero si era verdad aquello que contaban los periódicos de aquel muchacho, niño que fuera entre sus brazos, orgullo tantas veces de su padre, parte compleja de su vida, no debe extrañarnos su pregunta: “¿Qué le voy a decir ahora a la gente, a mis compañeros de partida, a los amigos?”

Es la revolución.

En aras de la revolución puede tocarle al padre morir mañana mismo, o a los padres de los amigos, o al propio terrorista que gustoso se inmola para provocar el grito de quienes le secundan.

Es la mano sangrienta, la encargada de llevar el último mensaje a un hombre que sale de su trabajo, baja del autobús, cruza la calle y a la entrada del portal, sin defensa, sin explicación alguna, sin saber qué tipo de guerra interna libra un hombre que mata a otro hombre del que no sabe nada, excepto el hábito que todos los días a aquella misma hora le devuelve a ese mismo lugar, recibe un tiro por la espalda, si es posible (si cabe pensar en la supuesta compasión que siente su asesino), en la nuca, para que cese toda la actividad que le mantuvo unido a una sociedad en la que fue creciendo una revolución que no entendimos.

Debe ser cosa del destino. Pasaba un día por allí, alguien supo que llevaba uniforme, y quedó inscrito en un nuevo registro, sin pensar quienes determinaron tal castigo de muerte, que su mayor ilusión era llegar a casa cada día y encontrar a una familia ante la mesa.

¿Quién ha sido el asesino? Apenas un muchacho que no pasó la guerra, que no viene del hambre, que no supo de Franco.

El pueblo no comprende qué es lo que quieren los que matan. Una vida no puede devolverse si algún día se negocia. Un padre no puede desligarse de su hijo, aunque fuera la mano ejecutora de unas ideas que rechaza.

Un individuo que lleva el cargo de verdugo, aunque esté plenamente convencido con el objetivo de un país independiente, no puede matar a medio mundo para convencer al otro medio de que así se escribirá mejor la historia.

Un Gobierno no puede cerrar los ojos ni los puños a esta historia sangrante.

Porque, ya se ha intentado todo y ni los lazos azules, ni el tremendo clamor de las últimas manifestaciones nos han devuelto arrepentido a ese hijo que, nadie explica cómo, se salió de la fila y se convirtió en el hombre lobo que devora a sus propios compañeros de partida.

Quienes le mandaron llamar, quienes le inculcaron la doctrina, quienes creyeron que la única razón para poner sobre la mesa un muerto era la independencia, nunca pensaron que, como dijo el escritor italiano Arturo Graf: “La vida es un negocio en el que no se obtiene una ganancia que no vaya acompañada de una pérdida” . Y este pensamiento encaja aquí perfectamente, pues a medida que se pierde una vida, se pierde una razón. Y sabemos que quien mata y quien justifica ahora la muerte, seguirá matando y justificándola mañana, aunque hubiera obtenido el beneplácito de todo lo que pide.

Podemos entender que se discuta, que se negocie, que se hable, que se pida, que se piense distinto, pero jamás podremos justificar ni una sola muerte.





Cuaderno de @Froilán
De la sección del autor "La Madeja", para "Diario Palentino" y Globedia.

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