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Ampudia, soportal de Castilla



Apenas superado el páramo el sendero serpentea en suave sucesión de curvas hacia Alconada, salvaguardia mística en Tierra de Campos. Recorrerlo en primavera, gustándolo con pausada delectación, es tarea acomodada para llevar a cabo al nacer el día. Permanentemente orlada por amapolas corretonas que parecen señalarme el camino la carretera baja entre laderas que abrazan los Campos Góticos con el Cerrato. Hasta que al final aparece Ampudia.

Cuando voy a llegar el cereal se cimbrea, alegre y dicharachero, sometido al dictado del vientecillo matutino; su color oscila del verde amarillento al verde oscuro según le acaricien los rayos del sol. A veces, regueros de amapolas de rojo fulgor parecen reunirse en corros, tal vez para confiarse sus aventuras por el páramo, bajo el amparo leal de la noche pasada.

En lo alto de la loma un enorme pino parece esperar en vano algún acontecimiento, quizá madurando alguna decisión difícil de tomar, quizá simplemente disfrutando de la perspectiva que dan los metros. Para altura, la de la Giralda de Campos, airoso trono gótico que lleva cientos de primaveras contemplando sereno la sucesión de estaciones.

Ampudia es una joya de Castilla retenida en el ámbar de la tradición, engarzada en soportales de piedra y madera y pulida con esmero por sus habitantes. Los soportales pregonan el linaje de la villa a la par que protegen de las inclemencias meteorológicas. Si alguien dudara de la vigencia de Castilla en el siglo XXI le bastaría con venir a pasear por ellos una mañana de primavera y detenerse petrificado a contemplar la colosal colegiata o el museo de arte sacro.

Al abrir la mañana pequeños corros familiares detenidos junto a sus puertas francas saludan, a la par extrañados y cercanos, al ajeno que osa irrumpir en la intimidad del lugar. Cuántas vidas se han confesado al amparo de sus esquinas, al cobijo del sabor mercantil y labriego de sus soportales.

El escudo del Duque de Lerma contempla desde lo alto del castillo la villa que se derrama a sus pies, quizá en ejemplo de sumisión propia de otros tiempos, escrita en las piedras de una muralla hoy desaparecida.

Ya no hay enhiestas alabardas que vigilen tras las almenas ni hoscos cañones que defiendan lo indefendible en nombre de la nobleza. Entre los afortunados habitantes de Ampudia sólo se perpetúan laboriosos valores de una Castilla milenaria que ha sabido con inteligencia preservar el patrimonio popular de su casco urbano.






Cuaderno de Pedro de Hoyos
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