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Rivas Cherif y los dinamiteros de la cultura

Juan Carlos López

      El paso de Cipriano Rivas Cherif por las cárceles franquistas es ilustrativo tanto de la maquinaria propagandística sobre las condiciones de vida de los presos republicanos desplegada durante los primeros años de la posguerra, como del punto de vista adoptado por el régimen ante la difusión de la cultura en general y el teatro en particular.
La propaganda franquista pretendió, mediante la creación del Patronato Central de Redención de Penas, minimizar el número de presos y la situación de estos en las cárceles con el alarde de proporcionar a los reclusos algún tipo de actividad que los ayudase a expiar sus crímenes, ser útiles a la nación y a sus familias y reducir los años de cautiverio, aunque la actividad, en el caso del trabajo, se realizase en condiciones cercanas a la esclavitud y a mayor gloria de Dios y de, por ejemplo, Dragados y Construcciones. Otra cosa era la difícil reinserción del penado que lograba cruzar la verja.

      La elección del nombre “redención” tanto para el Patronato como para el semanario promovido por este organismo no es inocua, pues no oculta el olor a sacristía: el delito político se consideraba, además de enfermedad, pecado. En el semanario Redención, única publicación periódica que, oficialmente, podían leer los presos, con la sana intención de borrar o lavar de los cerebros el virus marxista y otros bacilos ideológicamente dañinos, se cantaban las excelencias y los logros de la labor redentora y se invitaba a colaborar en la publicación a los redimibles.

      Entre las actividades de “redención” contaban los cuadros artísticos de las prisiones, destinados también al solaz de los encarcelados. En los cuadros artísticos se ofrecía a los parias sin libertad lo que la derecha supuestamente civilizada había intentado negar al pueblo durante los años de gobierno de la CEDA, cuyos representantes fueron motejados con acierto por Américo Castro de “dinamiteros de la cultura”: cantos y danzas populares y, sobre todo, un acercamiento al teatro del Siglo de Oro.

      En este contexto hay que situar la rocambolesca aventura carcelaria de Rivas Cherif. Este completo e innovador hombre de teatro y republicano convencido tuvo la buena o la mala suerte de ser cuñado de Manuel Azaña. Rivas Cherif fue cazado por la Gestapo en Francia y condenado en España a la pena capital. Fallecido Azaña, a Rivas Cherif se le conmutó la pena de muerte por una de treinta años. Pero estas vicisitudes no me interesan tanto ahora como el hecho de que, después de huir de la tentación en varios penales, Rivas Cherif, hombre de teatro al fin, aceptó la dirección del cuadro de El Dueso, gracias a la colaboración de Juan Sánchez Ralo, director del penal, el “poli bueno” (con todos mis respetos), y, sobre todo, el entusiasmo, no por la redención, sino por el teatro, de un número creciente de reclusos.

      A Rivas Cherif se le permitió seleccionar actores y, más allá de algún compromiso que no pudo evitar, repertorio. Sin embargo, no se conformó con esto, sino que propuso, y fue aceptada, la creación de un Teatro-Escuela, inspirado en sus andanzas con el Teatro Escuela de Arte, pero con unas limitaciones materiales que lo llevaron a ahondar en su concepción de un “teatro puro”, hermano de los hallazgos o los encuentros del Teatro del Pueblo de las Misiones Pedagógicas y de La Barraca.

      La experiencia del Teatro-Escuela de El Dueso, que han guardado la memoria de los participantes y, en especial, los minuciosos cuadernos de Rivas Cherif, duró lo que el régimen tardó en nombrar a un dinamitero de la cultura como nuevo director del penal y acabó, simbólicamente, con la destrucción de la cúpula Fortuny, única entonces en España, que el Teatro-Escuela construyó en El Dueso con chapas.

      Aunque la propaganda del Patronato presumiera, incluso después de desaparecido el Teatro-Escuela, de lo alcanzado en El Dueso, y aunque otros reclusos más politizados, como Buero Vallejo, se opusieran a su desarrollo, si hemos de creer a Rivas Cherif, la experiencia del Teatro-Escuela no fue tanto un ejemplo de claudicación o de colaboración, como de evasión espiritual, de paradójica resistencia. Desde este punto de vista, los cuerpos de los miembros del Teatro-Escuela estaban presos, no su conciencia.

Imágenes del Archivo Fundación García Lorca (Madrid).
Otra entrada del mismo autor en Curiosón: Navas del Madroño.

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