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Carta al desuso, al olvido. A mi cercana muerte. A un árbol… con tres heridas vengo.




Estimada cercana muerte o a quien por algún casual me lea.


Como escribió el poeta del pueblo, con tres heridas vengo. La de la vida, la del amor, la de la muerte... Y aunque parezca mentira y en pleno siglo XXI, vengo a abandonar este mundo de la cruel voluntad del ser humano. Condenado a muerte me hallo en la cuna de los árboles, en el África que tanto quiero. Mi delito haber confiado en los hombres y mi pecado no haber seguido una religión con fervor para en estos momentos sentirme algo más reconfortado.

La realidad le saca a uno de la vida, y le devuelve a los cementerios poblados de intrahistorias valientes, de verdades a medias que jamás verán la luz. Mientras, las plazas de los pueblos se llenan en los países ricos de tecnología con la que atontar a los niños y, en los países pobres, ropas nuevas y falsas sonrisas para fomentar la competitividad y el ansia por valores cada vez menos colectivos. De domingos soleados, de candorosas y escondidas sábanas donde bregar con la política, el hambre, la ambición y hasta con la familia.

La herida de la vida la traigo, aunque conseguí plantar muchos árboles y criar animales, también sentí morir a varios, incluyendo a algunos seres humanos. Cuando alguien te dedica su involuntaria última mirada algo imborrable se te clava en el alma. Una huida que te persigue ya hasta momentos como éste en el que te vienen recuerdos mezclados con ganas de vomitar  y que alguien te despierte y te saque de este territorio nauseabundo donde el olor es insoportable. Donde el pecho te va a estallar porque el corazón pesa más que la vida.

La herida del amor la traigo porque varias veces en mi juventud no fui correspondido, en mi madurez y en mi vejez ya no podré amar más. Van a cortar mis alas. Si quien lea estas letras vuelve a escuchar un disparo… que se acuerde de mí y de cómo tantas y tantas veces ha sido derrotada la justicia por el hombre.

La herida de la muerte la traigo en el sonido de cada noche, en el deambular de las botas de los guardias, en el cadalso que me persigue en cada sueño. Gélido sonido del viento cuando oscurece. Gritos de mis compañeros de celda cuando preguntan el por qué entre lágrimas tras ser compelidos a rastras hacia un viaje sin retorno.

Si ves un árbol, acuérdate de quien lo plantó y valora que durante años ha sobrevivido, a pesar de los peligros de la naturaleza, incluyendo la amenaza del ser humano.

Si ves un árbol acuérdate cómo detrás hay una historia del tiempo, cada ser que ha interactuado con él. Cada pájaro que lo ha sobrevolado hasta hacer de él su abrigo y guiándose por la forma de sus ramas y su copa ha alimentado a sus crías y buscado en sus frutos materia para mantener a su progenie.

Si ves un árbol acuérdate de alguien que como yo los amaba tanto.

Sólo me consuela saber que con mis restos, aunque se los echen a los perros o a los cerdos, los acabarán defecando y con ellos, abonarán el campo.

Y por lo tanto muero tranquilo al saber que tras venir con tres heridas algún día daré de comer a un bosque y con mi fuerza medrará dinámico  y vigoroso para mantener en pie a multitud de criaturas.

Con mi fallecimiento sanará la herida de la vida, la de la muerte y la del amor.

Por eso Thánatos, aunque te siento cercana y me deslumbra el brillo de tu guadaña, nunca podrás arrebatarme  lo que un hombre puede hacer por un árbol.





Cuaderno de Chema
De la serie, "La curiosidad hizo sabio al gato".

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